Nietzsche: El superhombre y el
nazismo hitleriano
En algunas ocasiones se ha llegado a
considerar, aunque sólo sea por quienes tienen un conocimiento superficial del
pensamiento de Nietzsche, que su concepto del superhombre hacía referencia a
hombres del tipo de la antigua raza aria, a la que menciona en diversas
ocasiones como ejemplo de raza noble,
con su conducta espontánea, impetuosa y libre, comportándose desde valores
propios y no sometidos a supuestos deberes objetivos, en contraposición a los
plebeyos o “esclavos”.
Sin embargo, el superhombre, aunque
compartiría sus valores, al menos en parte, con aquella “raza aria” y con otros
pueblos, representa más un ideal para el futuro que una nostalgia del pasado.
Según el propio Nietzsche, los alemanes de su tiempo nada tenían que ver con
aquella raza, respecto a la cual, al igual que respecto al imperio romano,
manifestó su admiración por su forma de vida realizada desde la libertad más
absoluta y desde el desprecio a cualquier norma que frenase sus impulsos
espontáneos, agresivos y dominadores, similares a los que pudiera sentir
cualquier animal predador.
En la Alemania de la segunda mitad del siglo XIX, el
tiempo de Nietzsche, hubo ya una considerable tendencia a ensalzar a este país
desde un chauvinismo exagerado, que quedó plasmada en agrupaciones como la
Asociación Pangermánica, antecesora del posterior partido nazi hitleriano. A
dicha asociación y como un personaje de alguna relevancia perteneció Bernhard
Förster, cuyo matrimonio con Elisabeth, la hermana de Nietzsche, éste
desaprobó, manifestando en diversas ocasiones su antipatía hacia la ideología
antisemita.
En relación con esta ideología se
creó el himno alemán, que tenía como uno de sus versos
“¡Alemania, Alemania, sobre todo!”,
que fue utilizado también como
consigna. En relación con ella escribió Nietzsche:
“es quizá la consigna más estúpida que haya existido
jamás”[1].
Además, lejos de ser un fanático
defensor de todo lo alemán, Nietzsche criticó duramente a sus compatriotas, a
quienes en cierto momento definió como “obediencia y piernas largas” y a
quienes criticó también por su exagerada afición a la cerveza.
También dijo de ellos:
- “Los alemanes
son perezosos y de ahí el que prefieran adaptarse a un modelo, se ahorran el
tener que pensar”[2].
- “…desde hace casi mil años
este pueblo [Alemania] se ha venido entonteciendo paulatinamente; en parte
alguna se ha hecho un uso más vicioso de los dos grandes narcóticos europeos:
del alcohol y el cristianismo […] ¡…cuánta cerveza hay en la
inteligencia alemana!”[3].
En relación con esta cuestión tiene
interés también hacer referencia al sentimiento de Nietzsche respecto a sus
orígenes, pues, lejos de mostrarse orgulloso de sus ascendientes alemanes, lo
estaba de sus posibles ascendientes polacos, convencido incluso hasta el punto
de llegar a escribir “…me parece que en
lo esencial sigo siendo polaco”. En efecto, escribe Nietzsche:
“Me
han contado que el origen de mi linaje y de mi nombre se retrotrae a unos
nobles polacos que se llamaban Niëtzky, que hace unos cien años abandonaron la
casa y el título […] Lo que en mí haya de sangre alemana proviene únicamente de
mi madre, de la familia Oehler, y de la madre de mi padre, de la familia
Krause, pero me parece que en lo esencial sigo siendo polaco”[4].
De hecho, cuenta también que en
múltiples ocasiones los polacos con quienes se encontraba lo saludaban como a
un polaco por su fisionomía.
Por otra parte, no tuvo inconveniente alguno en
renunciar a su nacionalidad prusiana (alemana) para adoptar la suiza, lo cual
habría sido impensable en alguien que hubiese pretendido enaltecer a su pueblo
de manera fanática, al margen de que también y a pesar de sus críticas afirmase
su amor por Alemania.
Además, a pesar de sentir especial admiración por
Goethe y también en determinados momentos por A. Schopenhauer y por R. Wagner
y, a pesar de sentir un afecto natural hacia su patria alemana, llegó a
lamentar haber escrito en alemán su obra Así
habló Zaratustra en cuanto tal detalle pudiera servir de excusa para que se
interpretase su pensamiento como un apoyo a las aspiraciones imperialistas de
los gobernantes alemanes:
“El
hecho de que esté escrito en alemán es, por lo menos intempestivo; desearía
haberlo escrito en francés, para que no aparezca como apoyo de algún tipo de
aspiración imperial alemana”[5].
Por quien Nietzsche mostró su
admiración en diversos momentos no fue por los alemanes sino precisamente por
los judíos, a quienes tanto odio
manifestó el partido nazi y contra quienes tantos actos de barbarie realizaron
antes y durante la segunda guerra mundial. No obstante, también criticó a los
judíos del pasado, pero no por otro motivo sino porque consideró que habían
sido los creadores de la “moral de esclavos”, basada en el resentimiento, y porque, a través del judío Pablo de Tarso especialmente,
habían creado el cristianismo, con su carácter igualmente nihilista, negador de
los valores de la vida y basado en el resentimiento contra los señores, quienes habían sido dotados por la Naturaleza de una fuerte
vitalidad que les había llevado a afirmar el valor de la vida terrena y a vivir
sin someterse a otro valor o a otra norma que no fuera la de sus propios
deseos.
Como ejemplo de pueblo especialmente valioso en la
historia de la humanidad Nietzsche manifestó su admiración no por Alemania sino
por el Imperio Romano, pueblo
organizado que conquistó y estructuró una gran parte de los pueblos de Europa y
del norte de África.
El motivo principal por el que en diversas ocasiones
se haya interpretado su pensamiento como precursor del nazismo se encuentra
especialmente en la actitud de su hermana, quien, aprovechando el estado de
absoluta postración de Nietzsche durante sus últimos años de vida, sumido ya en
la locura, no tuvo escrúpulos en introducir en la obra no publicada de su
hermano una serie de cambios de tendencia pronazi.
Con posterioridad se descubrió este falseamiento de
sus escritos, y a raíz de este descubrimiento se realizaron estudios detallados
a fin de conocer qué era lo escrito realmente por Nietzsche y qué era una
corrección o un falseamiento introducido por su hermana. Estos estudios dieron
finalmente como resultado la publicación, en los años sesenta del pasado siglo,
de una nueva edición de las obras de Nietzsche a cargo de Mazzino Montinari y
de Giorgio Colli, eliminando de ella las lamentables falsedades introducidas
por su hermana.
Y, por lo que se refiere a la hipótesis de que su
doctrina acerca del superhombre tuviera
algo que ver con una supuesta raza aria,
es evidente que tal concepto no tuvo nada que ver con ese ridículo interés del
fanatismo nazi, a pesar de que la obsesiva idea de Nietzsche de favorecer la
llegada del superhombre le condujese a defender el sacrificio o la
esclavización de la masa, según se ha podido ver en capítulos anteriores, y a
pesar de que este “ideal” del superhombre pudo influir de algún modo en que se
interpretase su pensamiento desde una perspectiva muy alejada de sus
ideas.
Por ello, hay que evitar cualquier interpretación racista, nacionalista o antisemita de
su pensamiento, pues son muchas las ocasiones en las que abiertamente Nietzsche
se pronunció en contra de las tendencias indicadas.
Así, por lo
que se refiere al racismo y al
nacionalismo, se pronunció de manera explícita en contra de tales ideologías y en
favor de una unión europea, de la que fue en cierto modo precursor, de
acuerdo con pasajes como los siguientes:
- “Los hombres sin patria somos demasiado múltiples y
heterogéneos en punto a raza y origen, en cuanto “hombres modernos”, y en
consecuencia no estamos dispuestos a
participar de la mendaz y narcisista autoadmiración racial que se exhibe
hoy día en Alemania como signo de “alemanidad” [...] En una palabra — ¡y que
sea nuestra “palabra de honor”! — somos buenos
europeos”[6].
- “Me agradaría [...] que
Europa se vea, al fin, obligada [al igual que Rusia] a volverse igualmente
peligrosa, es decir, a aunarse, por obra de una casta nueva, ama de Europa, en
una voluntad única, una denodada y terrible voluntad propia capaz de fijarse
metas a través de milenios; —para que se acabe, por fin, la larga comedia de su
fragmentación en Estados y también de su fragmentación en voluntades dinásticas
y democráticas”[7].
- “A causa del divorcio
morboso que la locura nacionalista ha establecido, y establece todavía, entre
los pueblos de Europa, [...] se pasan por alto o se interpretan de una manera
antojadiza y mendaz signos absolutamente inequívocos de que Europa quiere unificarse”[8].
De manera más concreta y en
relación con el nacionalismo el punto de vista de Nietzsche fue, pues,
inequívocamente crítico y expresamente favorable a la unidad de Europa,
pretendiendo, eso sí, para Europa una hegemonía mundial. En este sentido podría
decirse que Nietzsche sí defendió un cierto nacionalismo, pero no el nacionalismo
alemán sino el nacionalismo europeo. Escribe en relación con esta
cuestión:
-
“el nacionalismo, esa enfermedad e insensatez más reñida
con la cultura que darse pueda, esa névrose nationale [neurosis nacional] de que está aquejada Europa, esa perpetuación de la
fragmentación del continente en un mosaico de pequeños estados, de la política mezquina; han despojado a la propia Europa de su
sentido, de su razón,
la han metido en un callejón sin salida…”[9].
- “Estamos en medio del
peligroso carnaval del delirio de las nacionalidades, donde toda fina razón se
ha escabullido y la vanidad de los más groseros pueblos perdidos grita por sus
derechos de existencia separada y de soberanía...”[10].
En definitiva, resulta evidente que, en relación con los nacionalismos
de pequeños estados o regiones europeas, Nietzsche tuvo una mente muy clara
y los criticó en diversas ocasiones, tanto desde reflexiones de carácter
general como en referencia a la propia Alemania y sus regiones.
Desde un planteamiento general escribió:
“Es sabido que ciencia y
sentimiento nacional son términos contradictorios”[11].
Respecto a estas breves palabras,
hay que decir que efectivamente desde una perspectiva científica no hay
argumento ninguno que sirva para apoyar a los nacionalismos, sobre todo cuando
analizamos los argumentos con que los nacionalistas suelen defender tales
doctrinas, que tienen como base el Rh sanguíneo, la lengua hablada o los
supuestos orígenes inmemoriales de sus habitantes, aunque en el fondo y de
manera más o menos consciente, sea la mayor riqueza de la correspondiente
región separatista el argumento principal -aunque no reconocido- por el que se
defiende su independencia o su superioridad sobre otras regiones, en cuanto se
considere que sus habitantes, separados del resto, vivirían mejor-.
En
relación con el nacionalismo escribe Nietzsche:
“Cuanto más definida está la
unidad orgánica […] tanto más fuerte será su
odio a lo extranjero. La simpatía por los que pertenecen a la comunidad y
el odio por el extranjero crecen juntos”[12].
Aquí la perspicacia de Nietzsche
acierta plenamente en cuanto es un hecho fácilmente observable que cuanto más
unidos se sienten quienes apoyan un sentimiento nacionalista, más crece en
ellos el odio contra el diferente o simplemente contra quien piensa de manera
distinta. Y, si se quiere un ejemplo no muy lejano, no hay más que recordar el
de Hitler y lo sucedido en Alemania gracias a su locura nacionalista y racista.
Por otra parte y en cuanto el nacionalismo racista de Hitler iba unido a
un militarismo extremo, tiene interés reflejar el punto de vista de Nietzsche,
quien acerca de esta cuestión escribió:
“Llegará el día en que el pueblo de los ejércitos
más victoriosos decida la supresión del
ejército”[13]
Refiriéndose al nacionalismo de diversas regiones de la
propia Alemania, Nietzsche se lamentaba igualmente a causa de esta doctrina tan
absurda:
- “En ese momento [año 1815]
cayó de pronto la noche sobre el espíritu alemán, que hasta entonces había
tenido un día prolongado y alegre: la patria, las fronteras, el terruño, los
ancestros —todo tipo de estrecheces comenzaron de pronto a reivindicar
sus derechos”[14].
Y ya, en su propia época, le resultó fácil ver lo absurdo y
ridículo que resultaba la exaltación patria, como si tuviera sentido que
cualquier pueblo se creyera el centro del universo y como una realidad tan
especial que no pudiese convivir en paz con los demás pueblos:
“No somos lo bastante
estúpidos para entusiasmarnos por el principio de “Alemania por encima de todo”
o por el Reich alemán”[15].
Por lo que
se refiere a su actitud respecto a los judíos, manifestó con absoluta
claridad su admiración hacia ese pueblo, así como la consideración y apoyo a la
idea de que los judíos deseaban sentirse aceptados e integrados en Europa.
Criticó, por ello, a los antisemitas y llegó incluso a pedir su “destierro”.
Sin embargo, hay que matizar lo anterior señalando que en otros momentos, fue
especialmente crítico con los judíos y es posible que sus duras críticas con
respecto a la religión y a la moral procedentes de los judíos ayudase en cierta
medida a que se malinterpretase su pensamiento, considerándolo equivocadamente
como racista. En ese sentido y en relación con la moral judía, escribió:
“Todo lo que se ha hecho sobre la tierra contra “los
nobles”, “los poderosos”, “los amos”, “los gobernantes” es muy poca cosa en
comparación con lo que han hecho contra ellos los judíos, ese pueblo sacerdotal
que sólo ha sabido vengarse de sus enemigos y opresores, en definitiva,
invirtiendo radicalmente los valores de éstos, es decir, mediante un acto de venganza de lo más espiritual. [...] Los
judíos han sido quienes en un alarde de pasmosa consecuencia osaron invertir la
ecuación valorativa aristocrática (bueno = aristocrático = poderoso = hermoso =
feliz = grato a Dios) y defendieron su inversión con encarnizamiento de odio
frenético, proclamando: “¡únicamente los miserables, los pobres, los
impotentes, los humildes son los buenos; únicamente los atribulados, los
agobiados, los enfermos, los feos son los piadosos y gratos a Dios, y serán los
únicos que gozarán de la eterna bienaventuranza; —en cambio vosotros, los nobles
y poderosos, sois para siempre los malignos, los crueles, los concupiscentes,
los insaciables, los impíos, y hasta la consumación de los siglos seréis los
réprobos, los maldecidos y condenados!”... Sabido es quién ha recogido la
herencia de esta inversión judía de los valores... [...] con los judíos se
inicia la sublevación de los esclavos en
la moral...”[16].
Sin
embargo, desde una perspectiva no moral sino sólo hablando de los judíos como
pueblo, el punto de vista de Nietzsche fue de una profunda admiración, tal como
queda de manifiesto en el siguiente pasaje:
“...los judíos son, hoy por
hoy, la raza más fuerte, tenaz y pura en Europa; saben sobrevivir bajo las
condiciones más adversas [...] Es innegable que los judíos, si quisieran -o si
se los forzaba, como parecen proponérselo los antisemitas-, podrían asegurarse
ya ahora el predominio, y aun literalmente el dominio sobre Europa, como lo es,
por otra parte, que no aspiran, no
hacen planes, para tal objetivo. Por ahora, muy al contrario, quieren y desean [...] ser absorbidos,
asimilados en Europa, por Europa; ansían verse por fin firmemente arraigados,
admitidos y respetados en alguna parte y poner término a su existencia
trashumante, al ‘judío erran-te’”. Debiera prestarse atención y apoyo a esta
tendencia y aspiración [...], para cuyo fin sería quizá conveniente y natural
desterrar a los gritones antisemitas. Debiera facilitarse la asimilación de los
judíos”[17].
Lo que sí
se puede decir de Nietzsche es que tuvo un pensamiento exageradamente elitista, pues no sólo señaló la existencia de dos tipos de moral, la moral de
señores y la moral de esclavos, sino que habló ampliamente de la existencia de
dos tipos de personas claramente diferenciadas, los “nobles” y la “plebe”, y se
pronunció abiertamente en favor de los “nobles”, defendiendo además –como
Aristóteles- la idea de que los la plebe -los “esclavos”- debían realizar las
tareas físicas necesarias para que los “nobles” -los señores- pudieran cumplir
con su propia misión, relacionada con la cultura -la filosofía, el arte, la
ciencia y la política, tareas para las que la plebe no estaba preparada, ni
convenía que lo estuviera, tanto por el bien de la “plebe” como, sobre todo,
por el bien de los “nobles”, pues, según escribe Nietzsche en relación con esta
cuestión,
“En realidad, los
sufrimientos y privaciones aumentan con el crecimiento de la cultura del
individuo; las capas inferiores son las más obtusas; mejorar su situación
significa: hacerlas más aptas para el sufrimiento.
[…] Si la necesidad y el refinamiento
de una formación cultural superior se infiltran en la clase trabajadora,
entonces ésta ya no podrá realizar ese trabajo sin sufrir de una manera
desproporcionada. Un obrero formado hasta ese punto aspira al ocio y no se
limita a reivindicar un alivio de su trabajo, sino la liberación del mismo, es decir:
quiere endosárselo a otro. Podría pensarse tal vez en una satisfacción de sus
deseos y en una importación masiva de poblaciones bárbaras de Asia y África, de
forma que el mundo civilizado tuviese permanentemente a su servicio al mundo no
civilizado, y de esta manera se considerase propiamente la incultura como
motivo forzoso de servidumbre”[18].
Estas palabras de Nietzsche pueden parecer duras y crueles
contra la plebe, pero pensemos en que, de hecho, dentro de la sociedad actual
el trabajo más o menos especializado requiere de una formación que determina
que los mejor preparados y más aptos intelectualmente tengan tales trabajos y
una remuneración bastante superior a la de quienes se ocupan de tareas
sencillas y que exigen un bajo nivel de formación. Esta realidad
económico-laboral no parece muy distinta de la que Nietzsche propone.
Sin
embargo, a diferencia del punto de vista de Platón sobre estos trabajos y sobre
la permeabilidad de las clases sociales de su utópica república, Nietzsche no
se planteó como algo positivo la formación cultural de la masa trabajadora, que
podría permitirle cambiar su estatus laboral, sino que, por el contrario, sólo
pensó que dicha formación podría perjudicar a la clase trabajadora en cuanto
sólo sería causa de sufrimiento para dicha clase, pues pensó que la vida de un
esclavo con un nivel cultural alto sería mucho más dura que si estaba
simplemente adaptado al trabajo rutinario de cada día. Nietzsche no se
planteaba la opción de que el proletario dejase de serlo para ascender a un
trabajo de categoría superior.
Igualmente
y en relación con la formación de la infancia y de la juventud, y como una
consecuencia de su elitismo, no fue partidario de generalizar la enseñanza para
todas las personas y clases sociales sino que, a diferencia de Platón, defendió
un sis-tema de clases absolutamente separadas, llegando a condenar de manera
egoísta a la clase trabajadora a permanecer eternamente en su bajo estatus
económico-laboral, al margen de cuáles fueran sus capacidades para ascender a
una clase más acorde con tales capacidades, a fin de que la élite siempre
dispusiera de esclavos:
“...si se quiere esclavos [...] no se los ha de
educar para señores”[19],
Consecuente
con el punto de vista manifestado en el pasaje anterior, pero de manera más
dura, según escribe R. Safranski, Nietzsche estuvo en contra de las medidas que
se planteaban en Basilea para mejorar la vida de los trabajadores, como la
reducción de la jornada laboral de doce a once horas diarias, y apoyó
igualmente el trabajo infantil. Sin embargo, defendió que las condiciones
laborales del trabajador fueran soportables[20],
defensa que estaba en contradicción con medidas que no apoyó y que podrían
haber hecho más soportables tales condiciones.
Posiblemente
el ambiente de su época así como el de su vida, alejada del conocimiento
directo de la vida tan miserable del proletariado del siglo XIX, centrada en
sus propios problemas de salud y en su vocación por cuestiones filosóficas y
culturales de otro tipo así como su exagerado elitismo le impidieron ponderar
adecuadamente cómo eran en realidad esas condiciones de vida de los
trabajadores, y tal desconocimiento pudo condicionar en una medida importante
su falta de sensibilidad respecto a este problema tan grave, aunque, por otra
parte, su elitismo pudo conducirle a creer que el trabajador no debía hacer
otra cosa que trabajar, de manera que, teniendo cubiertas sus necesidades
básicas elementales, no cayese en la tentación de tratar de salir de su estatus
de “esclavo” al servicio de los “nobles”.
[1] Sabiduría para pasado mañana (citado en adelante con las
siglas SPM), Principios de 1884, pág. 209. Tecnos, Madrid, 2009. Con esa letra
y, en especial, con las palabras «Deutschland, Deutschland über alles» se pretendía
fortalecer el sentimiento de unidad de Alemania, que por entonces (1841)
todavía no era fuerte. Por cierto, se trata de una consigna muy parecida a la
consigna electoral utilizada por D. Trump “¡America first!” (“¡América
primero!”).
[2] SPM, Finales de
1880, pág. 149. Tecnos, Madrid, 2009.
[3] El ocaso de los ídolos, “Lo que falta a los alemanes”, 2.
[4] Fragmentos póstumos (citado en adelante con las siglas FP),
II, 21 [2]; verano de 1882; Tecnos, Madrid, 2008
[5] SPM,
Verano de 1887, p. 300. Tecnos, Madrid, 2009.
[6] La gaya ciencia, parág.
377. La cursiva es mía.
[7] Más allá del bien y del mal (citado en adelante con las
siglas BM), parág. 208.
[8] BM, parág. 255.
[9] Ecce Homo, “El
caso Wagner”, cap. 2.
[10] SPM,
Otoño de 1885-Otoño de 1886, p. 251. Tecnos, Madrid, 2009.
[11] SPM, Otoño de 1878, p. 126. Tecnos, Madrid, 2009.
[12] SPM, Verano de 1883. Tecnos, Madrid, 2009.
[13] SPM, Julio-agosto de 1879, p. 127. Tecnos, Madrid, 2009.
[14] SPM, Otoño de 1885-Otoño de 1886, p. 251. Tecnos, Madrid, 2009.
[15] La inocencia del devenir, parág 2514. Prestigio, B. Aires,
1970.
[16] La genealogía de la moral I párrafo 7.
[17] O. c., parág. 251. La
cursiva es mía.
[18] SPM, pág. 121-122; Otoño de 1877. Tecnos, Madrid, 2009.
[19] SPM,
Noviembre de 1887-Marzo de 1888, p. 310. Tecnos, Madrid, 2009.
[20] Safranski, R.: Nietzsche,
biografía de su pensamiento, p. 158. Círculo de Lectores, Barcelona, 2001.