El jefe indio Seattle
y su ejemplo de
defensa de la Naturaleza
Por lo que se refiere al panteísmo y a un ecologismo basado en el sentimiento de integración del hombre con el conjunto de la realidad con la que formamos una unidad absoluta, tiene mucho interés la lectura y la reflexión sobre el escrito del jefe indio Seattle, dirigido al presidente de los Estados Unidos a propósito de la petición de compra de sus tierras que éste le había hecho. A través de la carta del jefe indio Seattle puede comprobarse su visión panteísta de la realidad, llena de admiración, de amor y de respeto por la naturaleza, una comprensión mucho más avanzada que la de nuestra “cultura europea” (?), mucho más artificiosa y alejada de esa comprensión y de ese sentimiento que caracteriza el contacto del hombre con esa realidad de la que forma parte y de la que recibe todo lo que le permite subsistir. En dicha carta se dice, entre otras cosas, lo siguiente:
“¿Cómo se puede comprar o vender el firmamento, ni aun el calor de la tierra? Dicha idea nos es desconocida. Si no somos dueños de la frescura del aire ni del fulgor de las aguas ¿cómo podrán ustedes comprarlos?
Cada parcela de esta tierra es sagrada para mi pueblo. Cada brillante mata de pino, cada grano de arena en las playas, cada gota de rocío en los oscuros bosques, cada altozano y hasta el sonido de cada insecto es sagrado a la memoria y al pasado de mi pueblo. La savia que circula por las venas de los árboles lleva consigo las memorias de los pieles rojas.
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Somos parte de la tierra y, asimismo, ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas; el venado, el caballo, la gran águila: éstos son nuestros hermanos. Las escarpadas peñas, los húmedos prados, el caballo y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia.
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El agua cristalina que corre por ríos y arroyuelos no es solamente agua, sino que también representa la sangre de nuestros antepasados. Si les vendemos tierras deben recordar que la tierra es sagrada y, a la vez, deben enseñar a sus hijos que es sagrada, y que cada reflejo fantasmagórico en las aguas claras de los lagos cuenta los sucesos y memorias de las vidas de nuestras gentes. El murmullo del agua es la voz del padre de mi padre. Los ríos son nuestros hermanos y sacian nuestra sed, son portadores de nuestras canoas y alimentan a nuestros hijos.
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El aire tiene un valor inestimable para el piel roja, ya que todos los seres comparten un mismo aliento: la bestia, el árbol, el hombre, todos respiramos el mismo aire.[...] El viento que dio a nuestros abuelos el primer soplo de vida también recibe sus últimos suspiros. Y si les vendemos nuestras tierras deben conservarlas como cosa aparte y sagrada, como un lugar hasta donde el hombre blanco, incluso, pueda saborear el viento perfumado por las flores.
Por ello consideraremos su oferta de comprar nuestras tierras. Si decidimos aceptarlo yo pondré una condición: el hombre blanco debe tratar a los animales de esta tierra como a sus hermanos. Soy un salvaje y no comprendo otro modo de vida.
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Deben enseñarles a sus hijos que el suelo que pisan son las cenizas de nuestros abuelos. Inculquen a sus hijos que la tierra está enriquecida con las vidas de nuestros semejantes a fin de que sepan respetarla. Enseñen a sus hijos que nosotros hemos enseñado a los nuestros que la tierra es nuestra madre. Todo lo que le ocurra a la tierra le ocurrirá a sus hijos [...]
Esto sabemos: la tierra no pertenece al hombre, el hombre pertenece a la tierra. Esto sabemos: Todo va enlazado. Como la sangre que une a una familia.
Todo lo que le ocurra a la tierra les ocurrirá a los hijos de la tierra. El hombre no tejió la trama de la vida: él es sólo un hilo. Lo que hace con la trama se lo hace a sí mismo”.
Creo que esta carta debería figurar en la primera página de cualquier libro o documento de todos los movimientos ecologistas.
miércoles, 14 de noviembre de 2007
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