Descartes:
Incoherencias y contradicciones
de su Racionalismo Teológico.
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
Dedicado a mi mujer, Eugenia Rojas,
y a mi hijo Daniel.
Descartes:
Incoherencias y contradicciones
de su Racionalismo Teológico.
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía
Introducción.
En esta obra se presenta una nueva visión de la obra de Descartes, “padre del Racionalismo”, a quien se le podría considerar igualmente como un teólogo lleno de incoherencias y contradicciones en sus razonamientos y como el fundador de un Racionalismo Teológico hacia el que fue guiado por su formación cristiana. Esa formación le condujo a defender la fe y la Revelación por encima de toda razón y con toda clase de incoherencias que no supo ni quiso ver. Trató de construir un sistema filosófico apoyado en el pilar carcomido de las doctrinas sobre el Dios cristiano, tanto para fundamentar su método filosófico como su sistema filosófico y científico, fracasando en ambos proyectos.
Resulta incomprensible que, siendo tan graves las incoherencias y contradicciones en que incurrió en la elaboración de sus obras, los críticos apenas hayan hecho referencia a ellas: Nunca he visto citada su absurda afirmación según la cual “no hay ningún fenómeno en la Naturaleza cuya explicación haya sido omitida en este Tratado”. Pues bien, hay otros desvaríos de este mismo calibre a lo largo de su producción. En este trabajo se presenta una parte importante de ellos y se intenta encontrar las causas psicológicas y sociales que propiciaron que un hombre tan dotado intelectualmente fuera capaz de caer en errores que casi desde el principio rompieron la coherencia de su método, y de realizar afirmaciones absurdas que determinaron la inconsistencia de su sistema.
Desde hace muchos años se considera a Descartes como el creador de la corriente racionalista de los siglos XVII y XVIII, como el fundador de la Filosofía moderna y como un filósofo de extraordinaria valía por haberla liberado de su dependencia de la tradición filosófica anterior y, en especial, de la Filosofía Escolástica.
R. Descartes (1596 – 1650), decepcionado por las enseñanzas recibidas a lo largo de su juventud, pretendió reconstruir la Filosofía como una ciencia absolutamente segura y verdadera, partiendo de un método que le ayudase a conducir bien su razón de modo que pudiera llegar al conocimiento de todo aquello para lo cual estuviera capacitado, sin aceptar nada que no fuera absolutamente evidente. Eso fue, al menos, lo que escribió en su Discurso del Método.
Este objetivo era muy ambicioso, y Descartes consiguió, efectivamente, algunos resultados importantes en sus reflexiones acerca del método y en su aplicación de dicho método a diversas investigaciones relacionadas con las Matemáticas y con la Física, aunque la utilización de un criterio de verdad como el de la evidencia –necesariamente subjetiva-, la inclusión de la existencia de Dios como una parte esencial para la fundamentación de la regla de la evidencia y su adopción de las supuestas cualidades divinas como principios a partir de los cuales deducir las leyes del Universo representaron un punto de partida absurdo que le condujo a errores muy graves en todos los terrenos, tanto en los de carácter metodológico como en los de carácter sistemático, tanto en su sentido filosófico como en su sentido científico.
Por otra parte, en los planteamientos cartesianos hay incoherencias y contradicciones realmente graves que no son consecuencia de los errores anteriores relacionados con la aplicación de la regla de la evidencia y con la aplicación de la idea de Dios para reconstruir el conjunto de la Filosofía, sino que derivan de la peculiar personalidad y del conjunto de sus creencias religiosas y del mismo ambiente religioso en cuyo contacto transcurrió la vida de Descartes, así como de la asombrosa ligereza argumentativa del filósofo francés que, a pesar de la exigencia del rigor más absoluto en la búsqueda de la evidencia, aceptó en la práctica evidencias subjetivas extremadamente alejadas de las verdades objetivas.
Por ello, en el presente trabajo, además de realizar una crítica del uso de la evidencia como criterio de verdad y de la importancia ingenua y absurda que concedió a la Religión a la hora de construir y fundamentar su método y su sistema filosóficos, se mostrará toda una serie de incoherencias y de contradicciones que en una gran medida son consecuencia de la especial personalidad del padre del racionalismo y de las circunstancias que rodearon su vida desde su formación inicial en el colegio de jesuitas de La Fléche, circunstancias que le condujeron a una interpretación teológica de la realidad, considerando el Universo como una realidad deducible a partir de las perfecciones de la inmutabilidad y de la omnipotencia divinas.
Las repercusiones de esta interpretación fueron especialmente negativas en la filosofía cartesiana, de manera que, paradójicamente, el pensador que había preconizado de modo especial la búsqueda de la evidencia más absoluta a la hora de aceptar un supuesto conocimiento, en la práctica actuó de manera absurdamente contraria respecto a sus propias exigencias.
En líneas generales los estudios acerca de la filosofía cartesiana suelen estar llenos de alabanzas hacia este pensador a causa de su esfuerzo por conseguir para la Filosofía un despegue respecto a su dependencia de la tradición de la Escolástica y en general de toda la Filosofía anterior, como de un lastre que le impedía un auténtico progreso para convertirse en un conocimiento seguro. Sin embargo y reconociendo que esto pueda ser cierto en alguna medida, lo que llama la atención de manera especial es comprobar que los críticos en general han incidido muy poco en el análisis crítico de las múltiples incoherencias y contradicciones en que Descartes incurrió por no haber sido consecuente con las exigencias de su propio método, de manera que casi podría decirse que la filosofía cartesiana es uno de los peores ejemplos que pueden encontrarse por lo que se refiere a la aplicación del propio método.
Por todo ello puede tener interés realizar un estudio acerca de las peculiaridades psicológicas de este filósofo así como de las circunstancias sociales e históricas que le rodearon a fin de entender algunos condicionantes de las muchas contradicciones en que incurrió, que de forma especialmente paradójica le llevaron a la construcción de un método, de una Metafísica y de una Física llenas de disparates que los críticos no han comentado suficientemente.
En consecuencia y como una primera aproximación al estudio de esta serie de condicionantes psíquicos, históricos y sociales en que se desarrolló la vida y la actividad intelectual cartesiana, a continuación se mencionan algunos de dichos factores en cuanto pueden contribuir a comprender mejor la causa de sus constantes errores y contradicciones, y en cuanto pueden animar a los críticos a profundizar en el estudio de todos estos factores con mucho mayor detalle.
Las barbaridades cartesianas son tantas, tan claras y distintas, que uno puede llegar a pensar que los críticos, en connivencia con la Iglesia Católica, hayan podido ponerse de acuerdo para silenciarlas a fin de que quien no se conforma con la fe y busca la verdad mediante la ayuda de la Filosofía, se quede al menos en Descartes, filósofo muy “light” –realmente, un teólogo de tercera- y no pretenda llegar hasta Nietzsche ni mucho menos escapar del “refugio” de las doctrinas de la secta católica.
Quizás quienes hayan leído los anteriores párrafos puedan escandalizarse de ellos, pero quizá también el hecho de que un escritor se atreva a creer y a escribir que “no hay ningún fenómeno en la Naturaleza cuya explicación haya sido omitida en este Tratado” les lleve a sentir curiosidad por conocer al “genio” (?) que realizó tal afirmación y muchas otras de un calibre parecido, que no fue otro que el señor Descartes, padre del racionalismo y de la Filosofía Moderna.
En lo que viene a continuación se ha ce una exposición crítica de los aspectos fundamentales de la filosofía cartesiana, tanto en lo que se refiere al método como en lo que se refiere al sistema, aunque incidiendo especialmente en aquellos aspectos del pensamiento cartesiano que convierten la mayor parte de sus doctrinas en pésimas aplicaciones de su método o en muestras de una megalomanía muy especial.
1. Causas psíquicas, educacionales y sociales que condicionaron la obra de Descartes.
Dado que Descartes no estaba intelectualmente infradotado, tiene interés investigar las diversas causas que condicionaron la formación de su personalidad, a fin de comprender mejor los motivos de su obcecada incompetencia para tomar conciencia de los graves errores en que incurrió a lo largo de su producción filosófica. Aunque la investigación biográfica de estos motivos podría ser objeto de una obra de estudio mucho más amplia, señalaré algunas circunstancias que pudieron condicionar en cierta o en gran medida la mayoría de estos errores.
Entre las causas que parecen haber determinado la presencia de tantas incoherencias y contradicciones en la obra de Descartes hay que señalar las siguientes:
a) Su infancia débil y enfermiza: Ésta determinó que su padre le permitiese levantarse regularmente hacia las once de la mañana, asistiendo ya tarde al colegio; esa concesión, aunque estuviera justificada, pudo contribuir a la formación de una personalidad algo envanecida por la convicción de pertenecer a una “clase privilegiada”, personalidad que, de hecho, aparece en sus escritos, lo cual pudo prepararle posteriormente a sentirse especialmente elegido por Dios para dedicarse a la investigación y transmisión de aquella verdad que había buscado en las enseñanzas recibidas y que no había encontrado, tal como lo expresa en Los Principios de la Filosofía cuando afirma, ya hacia el final de la obra, que en ese escrito ha dado la explicación y prueba de de todos los fenómenos naturales
b) Las circunstancias de su juventud: La mima vanidad desarrollada durante esa etapa inicial de su formación pudo condicionar el hecho de que posteriormente, al finalizar sus estudios sobre Filosofía, Derecho y Medicina, se pasara dos años en París sin tener ideas claras acerca de su futuro, reuniéndose en su casa con amigos para dialogar sobre diversos problemas filosóficos y aprovechando ese tiempo también para batirse en duelo en el año 1628, tal vez desorientado sin saber todavía qué hacer con su vida. Posteriormente, sin embargo, se alistó en diversos ejércitos con la intención de conocer y de tratar de investigar la forma de pensar y las costumbres de los diversos pueblos, pero el hecho de que para la consecución de esta finalidad utilizase como medio el del alistamiento en ejércitos en guerra no dice nada en favor de su buen sentido, sino que, por el contrario, parece una muestra de frivolidad, propia de la “nobleza” a la que se sentía orgulloso de pertenecer, a la hora de tomar decisiones sobre cuestiones realmente serias, sin llegar a plantearse si las guerras en que iba a participar estaban o no justificadas. Esta frivolidad no sólo se manifestó en estas “anécdotas” de su vida sino que se mostró también en la serie de ocasiones en que, por no haber reflexionado con un mínimo de seriedad, defendió teorías absurdas o teorías que posteriormente abandonaba sin explicación alguna de su cambio de actitud .
Junto a la frivolidad señalada, Descartes, según parece, desarrolló en su personalidad una arrogancia que rozó la megalomanía, como comprobarse cuando al comienzo de las Meditaciones Metafísicas se atreve a afirmar haber demostrado la existencia de Dios y la del alma como realidad distinta del cuerpo, considerando que, con la ayuda de los doctores de la Sagrada Facultad de Teología de París, “todos los errores y falsas opiniones […] respecto de estas dos cuestiones se borrarán pronto del espíritu de los hombres” .
Posteriormente, en una carta a Huygens insiste en haber demostrado estas mismas cuestiones:
“pienso haber demostrado enteramente la existencia de Dios y la inmaterialidad del alma humana”
Una arrogancia similar es el que muestra de modo inconsciente cuando, al dirigirse a la princesa Elisabeth le manifiesta su admiración diciéndole:
“nunca encontré a nadie que haya entendido tan perfectamente los escritos que he publicado” ,
para añadir poco después a estas palabras:
“Pero me resulta imposible no dejarme arrebatar por un sentimiento de enorme admiración cuando considero que un conocimiento tan variado y tan perfecto de todas las cosas […] se halle en un princesa” .
Evidentemente, con la referencia a ese “conocimiento tan variado y tan perfecto de todas las cosas”, el señor Descartes se está refiriendo al conocimiento adquirido por la princesa en la lectura de sus obras tan extraordinarias.
Su arrogancia se manifiesta de un modo extremadamente patológico –a pesar de que inexplicablemente los críticos no suelen hacer referencia a este hecho-, cuando se atrevió a afirmar con la mayor necedad del mundo que
“no hay ningún fenómeno en la Naturaleza cuya explicación haya sido omitida en este Tratado [y] he probado que no hay nada en todo este mundo visible o sensible sino lo que he explicado”
b) Sus orígenes, relacionados con la “nobleza”, debieron de influir negativamente en la formación de su personalidad, llevándole a mostrarse servil con quienes consideraba superiores, como la princesa Elisabeth de Bohemia o la reina Cristina de Suecia, o a mostrarse altivo con quienes consideraba inferiores, como fue el caso de Voetius, a quien trató de plebeyo de modo insultante: Efectivamente, esta peculiaridad se muestra en la serie de ocasiones en que adopta una actitud llamativamente sumisa en el tratamiento que concede en sus cartas a personas como la princesa Elisabeth de Bohemia, a quien dedicó sus Principios de la Filosofía escribiendo, entre otras, las siguientes palabras tan llenas de galantes adulaciones que podrían llegar a interpretarse como muestras exageradas de sumisión a causa de su insuperable exageración -o como indicios de un enamoramiento especial-:
“…he podido apreciar tales cualidades en Vuestra Alteza que creo de interés para el género humano proponerlas como ejemplo a la posteridad […] Por lo demás, la máxima agudeza de vuestro espíritu incomparable se conoce en que habéis indagado todas las profundidades de estas ciencias y las habéis aprendido cuidadosamente en muy poco tiempo […] nunca encontré a nadie que haya entendido tan perfectamente los escritos que he publicado. […] Pero me resulta imposible no dejarme arrebatar por un sentimiento de enorme admiración cuando considero que un conocimiento tan vario y tan perfecto de todas las cosas no se halle en un viejo sabio que ha empleado muchos años para instruirse, sino en una princesa, joven aún, cuya belleza y edad se parece más a la que los poetas atribuyen a las Gracias que a la de las Musas o de la sabia Minerva […] Y esta sabiduría tan perfecta que advierto en Vuestra Majestad me ha subyugado tanto que no sólo pienso que debo consagrarle este libro de filosofía […] sino que no tengo más deseo de filosofar que el de ser el devoto servidor de su Alteza Serenísima” ,
En otra carta similar a ésta dirigida a la princesa cuando tenía 25 años, le dice lo siguiente:
“El favor con que Vuestra Alteza me ha honrado, haciéndome recibir sus órdenes por escrito es mayor de lo que jamás me hubiera atrevido a esperar; compensa mejor mis defectos que el favor que hubiera deseado con pasión, esto es, el de recibirlas de vuestros propios labios si hubiese tenido el honor de saludaros y ofreceros mis muy humildes servicios cuando estuve últimamente en La Haya. Pues hubiera tenido demasiadas maravillas que admirar al mismo tiempo; y viendo salir discursos más que humanos de un cuerpo tan semejante a los que los pintores dan a los ángeles, hubiese estado encantado del mismo modo que, me parece, deben estarlo los que, llegando de la tierra, acaban de entrar en el cielo”
Esta actitud tan subyugada puede verse igualmente, dirigiéndose a la reina Cristina de Suecia, se despide con las palabras:
“le envío al señor Chanut algunos escritos […], para que, si a Vuestra Majestad le alegra verlos, él me haga el favor de presentárselos y que esto contribuya a manifestar con cuánto celo y devoción, soy, señora, de Vuestra Majestad, el muy humilde y muy obediente servidor” .
Frases tan atentas, tan llenas de admiración y tan humildes hacia quienes consideraba como personas de especial rango aristocrático, bastante mayor que el suyo, que pertenecía a la baja nobleza, contrastan llamativamente con el tratamiento que le da a Voetius, profesor de Teología protestante y rector de la universidad de Utrecht, quien le había acusado de ateísmo y a quien le respondió de manera especialmente insultante y altanera, de manera que, haciendo alusión a una supuesta clase plebeya de su crítico, le dijo:
“Después objeta [usted] cosas tan estúpidas que no son dignas de mención, pues sólo prueban que ningún plebeyo puede hablar acerca de estas cosas con mayor ineptitud que usted […] Las restantes observaciones que mezcla usted con éstas se apartan tanto del tema que parecen reproducir palabras incoherentes de loro más que razonamientos de filósofos” .
Tanto los halagos a las damas aristócratas como el desprecio hacia Voetius, tachándole de plebeyo, conducen a pensar que la altivez y el consiguiente menosprecio de Descartes hacia quienes no tuviesen “nobleza de sangre” -o no pertenecieran al clero más intelectual- debió de ser especialmente considerable, aunque en el caso de su desprecio por Voetius, pudiese tener otros motivos-. Conviene llamar la atención acerca de que su desprecio hacia Voetius no es sólo contra él, sino contra la clase plebeya en general considerada como inepta en general, mientras que Voetius es considerado como el más inepto de los ineptos, es decir, el más inepto de la clase plebeya.
El mismo interés de descartes por asistir en Alemania a la coronación del emperador Fernando II en el año 1619 no parece sino otra muestra de esta vanidad relacionada con su clase social “aristocrática”.
Como consecuencia de esto mismo así como por la radical diferencia entre sus ideas y las de Hobbes, Descartes, según parece, no debió de tener una simpatía especial hacia este gran filósofo inglés, quien, por lo que se refiere a la publicación de su obra De cive, llegó a escribir que
“si el señor Descartes llegara a notar o sospechar los preparativos para la publicación de mi obra (ésta u otra), estoy seguro que maniobrará lo que pueda; créamelo usted, porque lo sé” .
Igualmente, según señala F. Tönnies, la respuesta de Descartes a Hobbes por la crítica de éste a la Dióptrica tuvo un carácter bastante despectivo .
Por otra parte, tiene interés reflejar en favor de Descartes el reconocimiento que hace en el Discurso del Método de su personalidad vanidosa, que, de modo positivo, le impulsa a trabajar por mantener la reputación que ha ido adquiriendo:
“Pero como tengo un corazón bastante orgulloso como para querer que me tomen por otro del que soy, pensé que era preciso tratar por todo los medios de hacerme digno de la reputación que me daban”
c) Su valoración incuestionable de la Religión fue tan intensamente asumida que le llevó a eximirla de la duda metódica supuestamente universal y tuvo una influencia especialmente negativa en su racionalismo teológico. Este aprecio tan especial de la Religión provenía básicamente del adoctrinamiento religioso recibido en su infancia y en su adolescencia, pasada hasta 1612 en el colegio de jesuitas de La Flèche, y en su formación posterior, adquiriendo tal fuerza que, ya cuando escribió Reglas para la dirección del espíritu, consideró como un hecho evidente que Dios existía y había revelado determinadas verdades, afirmando por ello que
“todo lo que ha sido revelado por Dios es más cierto que cualquier otro conocimiento” ,
sin plantearse cómo sabía a) que Dios existiera, b) que hubiera revelado algo, c) a quién y cómo lo había revelado; y que le llevó, cuando escribió su Discurso del Método, a olvidar sus intenciones de no aceptar nada que no fuera absolutamente evidente, como esas supuestas verdades reveladas.
En esta misma línea hay que recordar la importancia mística que concedió a sus tres famosos sueños del año 1619, que le llevaron a la convicción de que Dios le había elegido para dedicarse a la búsqueda racional de la verdad, realizando, como consecuencia de esta supuesta llamada divina, la resolución de dedicar su vida a la dicha investigación y la promesa de peregrinar al santuario de Loreto en Italia, promesa cumplida tiempo después, demostrando una vez más que sus creencias religiosas eran especialmente vivas e intensas. Estas creencias ponían de manifiesto que no fueron sus intentos vanos de demostrar la existencia de Dios lo que le llevó a defenderla sino viceversa: fueron sus vivas creencias las que le llevaron a confiar en la evidencia (?) de sus “pruebas” para demostrar (?) lo previamente asumido desde su infancia como consecuencia de la influencia del ambiente clerical en el que se formó.
Es verdad, por otra parte, que Descartes hubiera podido someter a la duda metódica las creencias religiosas, al igual que había sometido a la duda el valor de las verdades matemáticas y la existencia de la res extensa, sin que ello significase que en verdad dudase del valor de tales verdades ni de la existencia del mundo material. Parece que, si no lo hizo, no fue porque las necesitase para su moral provisional, sino por temor a la Inquisición, que podía acusarle del delito de considerar que podía entretenerse con las verdades de fe, considerándolas como hipotéticamente falsas, y por temor a las críticas del núcleo de sus amigos más cercanos, pertenecientes al clero, los cuales se habrían podido distanciar de él y le habrían podido reprender, objetándole que las verdades de la Religión y de la Teología no podían ponerse en duda en ningún caso, ni en broma. En definitiva, es muy posible que Descartes se hubiera ganado el rechazo de la Iglesia Católica y de todo el círculo de sus amistades si hubiese tenido el atrevimiento de someter a la “duda metódica” aquellas verdades de fe.
Por ello y aunque resulte comprensible su actitud, el hecho de que en el Discurso del Método no sometiera a la duda metódica las doctrinas relacionadas con el Dios del cristianismo y con las llamadas “verdades de fe” representa un aspecto negativo en la aplicación cartesiana de la supuesta duda metódica universal, y mucho más si se tiene en cuenta que el concepto de Dios jugó un papel central en su filosofía, tanto en el aspecto metódico como en el sistemático, y si se tiene en cuenta igualmente que en el Discurso del Método había afirmado que debía “rechazar como absolutamente falso todo aquello en lo que pudiera imaginar la más pequeña duda” .
Esa incoherencia es más grave en cuanto el dios cartesiano aparece como la única justificación del valor de la regla de la evidencia, y, consecuentemente, como el único enlace entre el pensamiento y la hipotética realidad sensible, y entre el pensamiento y el resto de supuestas verdades de cualquier tipo, con la única excepción de aquella primera proposición “cogito, ergo sum”, la cual no requería ser justificada por la regla de la evidencia sino que, por el contrario, era la única verdad, que superaba la prueba de la duda y que servía como un comienzo para la justificación –aunque incompleta- de dicha regla. Su justificación completa no se dio en ningún momento, a pesar de los intentos cartesianos por completarla recurriendo a un Dios que a su vez debía ser justificado por ella, lo cual constituía un círculo vicioso.
En definitiva, a pesar de que Descartes consideraba que la acción le exigía guiarse desde el principio por unas máximas de conducta, el hecho de no haber extendido la duda a las cuestiones religiosas representa una contradicción por lo que se refiere a la aplicación de la duda metódica, pues tales cuestiones religiosas no debían haber constituido una excepción a la hora de aplicar su método, al margen de que el tener que actuar le exigiese guiarse por unas normas de conducta, pues éstas sólo debían tener un valor práctico, relacionado con la acción, pero no teórico, como sucede con las doctrinas religiosas que, con una absoluta y superficial incoherencia, consideró ya como verdades, a pesar de que a lo largo de sus reflexiones jugó a demostrarlas igual que el mago que juega con su magia a hacer aparecer un conejo de su chistera, aparentando que no lo había colocado en ella previamente.
Además de lo anterior, hay que recordar que en su enumeración de los grados de sabiduría Descartes deja aparte en un grado infinitamente superior a todos: la revelación divina, la cual “nos eleva de un solo golpe a una creencia infalible” . Afirma igualmente, haciendo una apología de la fe, tan alta o más que las de Agustín de Tagaste o Tomás de Aquino, que “se deben creer todas las cosas reveladas por Dios, por más que excedan nuestro alcance” , y, en este mismo sentido y como si quisiera insistir en el testimonio de su fe para evitar cualquier posible polémica con la “Santa Inquisición” (?), en la carta a los decanos y doctores de la Sagrada facultad de Teología de París, carta que precede a las Meditaciones, escribe de modo irracionalmente fideísta:
“es preciso creer que hay un Dios porque así se enseña en las Sagradas Escrituras, y, por otra parte, […] es preciso creer las Sagradas Escrituras porque provienen de Dios, y esto porque, como la fe es un don de Dios, aquel que otorga la gracia para hacer creer las demás cosas puede también otorgarla para hacernos creer que existe” .
Este párrafo, así como otros muchos de semejante calibre, ponen en evidencia la ausencia de capacidad crítica por parte de Descartes para tomar conciencia de las incoherencias y, como en este caso, de los círculos viciosos en que incurre, pues no hace falta ser un genio para darse cuenta de que decir que Dios existe porque lo dicen las Sagradas Escrituras y que las sagradas Escrituras son ciertas porque provienen de Dios es incurrir en un ingenuo y atrevido círculo vicioso, aunque quizá en este caso no tan ingenuo, pues la carta iba dirigida a los decanos y doctores de la facultad de Teología, ninguno de los cuales iba a poner objeciones a aquella frase tan ortodoxa.
Así mismo, hacia el final de la primera parte de los Principios de la Filosofía escribe en un sentido similar al de Tomás de Aquino, cuando habla de las relaciones entre razón y fe, que
“…se ha de grabar en nuestra memoria como regla suprema la de que deberán creerse, como las más ciertas de todas, aquellas verdades que nos fueron reveladas por Dios. Y aun cuando acaso la luz de la razón […] pareciera sugerirnos otra cosa, se ha de dar fe, sin embargo, únicamente a la autoridad divina más que a nuestro propio juicio” .
Afirmaciones como ésta llevan a pensar que si Descartes fue padre de racionalismo moderno en teoría, en la práctica siguió siendo un hijo fiel del fideísmo medieval.
En definitiva, Descartes, después de haber estado buscando un método para fundamentar con el máximo rigor todo el conocimiento, hasta el punto de no dar credibilidad alguna a nada que no se le hubiera manifestado con absoluta evidencia, con absoluta claridad y distinción, finalmente defiende una postura sorprendente y contraria al propio racionalismo por el que se conoce al filósofo francés, al concluir que el mayor conocimiento es el que se obtiene mediante la fe en las verdades reveladas por Dios, lo cual podría parecer una broma de mal gusto en cuanto no intentó demostrar en ningún momento cómo había llegado a esa conclusión y dónde había podido asegurarse acerca de la verdad de aquellas supuestas verdades reveladas. Y así, si en el Discurso del Método se exige el mayor rigor a la hora de aceptar un supuesto conocimiento, de manera que finalmente sólo consigue estar seguro de la verdad “cogito, ergo sum”, este rigor desaparece de modo incoherente desde el momento en que asume supuestas verdades de fe sin más motivo que el hecho de haberlas recibido como tales a lo largo de la educación recibida desde su infancia y desde el momento en que abiertamente afirma:
“yo someto todas mis opiniones [al juicio de los más sabios] y a la autoridad de la Iglesia” ,
lo cual sirve además para aclarar que no fue sólo su fe personal lo que le llevó a defender las creencias religiosas como superiores a los conocimientos racionales, sino también su temor consciente o inconsciente a la fuerza de la Iglesia católica, cuya Inquisición hacia ya tiempo que estaba actuando de modo implacable y cruel contra quienes se alejasen de la dogmática católica. Conviene recordar en este sentido que el cisma protestante se había producido en el mismo siglo del nacimiento de Descartes y que, desde aquel momento la Iglesia Católica utilizó todas las armas a su alcance para evitar cualquier forma de pensamiento que pudiera debilitarla en su autoridad y poder.
Todas estas consideraciones conducen a pensar que Descartes fue más un teólogo que un filósofo o que, si no llegó a ser un teólogo al estilo de Tomás de Aquino, fue porque quiso ocuparse de la estructuración de todo el conocimiento y porque, a pesar de haber realizado esos continuos panegíricos de la Revelación, de la religión y de la Iglesia Católica, no dedicó ningún tiempo a tratar de demostrar nada relacionado con los contenidos de la fe en la que había sido educado, siendo ése su punto de partida no demostrado para todas sus deducciones posteriores. Por ello, si Nietzsche dijo de Kant que era un teólogo disfrazado, con mayor razón podría haber dicho que Descartes era un teólogo sin disfraz, que intentó deducir el árbol de la ciencia a partir de unas raíces teológicas en las que siempre creyó, considerando que la revelación divina
“no nos conduce por grados, sino que nos eleva de un solo golpe a una creencia infalible” ,
y sin someterla a la prueba de la duda, a pesar de que en di versos momentos jugó a “demostrar” aquello que previamente había aceptado sin otras bases que las de las creencias recibidas, sobre las que afirmó su valor absoluto en lugar de estudiar al menos si era posible justificar racionalmente tales creencias en lugar de aceptarlas de modo irracional y por el solo hecho de haber sido adoctrinado en ellas durante su infancia. En este sentido ya en las Reglas para la dirección del espíritu Descartes no tiene ningún reparo en hablar de “un poder superior” como origen de “creencias infalibles” sin aclarar el origen de ese supuesto poder superior, y afirma en este sentido que
“componen por impulso sus juicios acerca de las cosas aquellos a quienes su propio espíritu mueve a creer algo, sin estar convencidos por ninguna razón, y sí sólo determinados por algún poder superior, por la propia libertad o por una disposición de la fantasía: la primera influencia nunca engaña […]”
d) Igualmente debió de tener una influencia muy decisiva en sus absurdas doctrinas, especialmente en las teológicas, el ambiente cultural en el que se movió, con un círculo de amistades como el cardenal Bérulle, los “padres” Mersenne, Arnauld, Mesland, Donet, Vatier y Gibieuf, la princesa Isabel de Bohemia y la reina Cristina de Suecia, todos ellos de talante especialmente religioso. En este sentido corrobora lo dicho el que la mayor parte de su correspondencia estuviera dirigida precisamente a estas personas y, de modo especial, al “padre” Merssenne, amigo especial de Descartes. El cobijo intelectual y religioso que estas amistades le suponían se pone de manifiesto, por ejemplo, en una carta a Mersenne en la que se muestra preocupado por si ha defendido alguna tesis errónea en relación con las doctrinas teológicas ortodoxas:
“En cuanto a lo que he escrito, que la indiferencia es más bien un defecto que una perfección de la libertad en nosotros, no se sigue de aquí que sea lo mismo en Dios; y, sin embargo, no sé que sea de Fide (materia de fe) creer que es indiferente y tengo la esperanza de que el padre Gibieuf defienda bien mi causa en este punto, pues no he escrito nada que no esté de acuerdo con lo que él ha puesto en su obra De libertate (Sobre la libertad)”
e) Finalmente, se sabe que en determinados momentos su actitud estuvo condicionada por el miedo a la Inquisición, cuya condena del pensamiento y de la obra de Galileo en 1633, determinó que Descartes desistiera de publicar su Tratado del Mundo, como reconoce el propio filósofo cuando escribe:
“Hace tres años que llegué al término del tratado […], cuando supe que unas personas por las que siento deferencia […] habían desaprobado una opinión sobre física, publicada un poco antes por otro [= Galileo]; no quiero decir que yo fuera de esa opinión sino sólo que no había notado nada en ella, antes de que fuera censurada, que pudiera imaginar como perjudicial a la religión ni al Estado […] esto me hizo temer que no fuera a haber también alguna en las mías en la que me hubiese engañado, pese al gran cuidado que siempre he tenido […] Lo que ha sido suficiente para obligarme a cambiar la resolución que había adoptado de publicarlo [ = el Tratado del Mundo]” .
Llama la atención en este párrafo que a diferencia de lo que los críticos suelen decir a cerca de las causas por las cuales Descartes dejó de publicar su Tratado del mundo, considerando –con razón- que se abstuvo de hacerlo por su temor a la Inquisición, Descartes haya dicho abiertamente no fue ese el motivo, sino que la causa real fue que pensó que tal vez en su tratado hubiera errores similares a los de Galileo, errores de los que él no hubiera tomado conciencia y que pudieran ser perjudiciales para la religión a para el Estado.
Igualmente llama la atención en algunas cartas su preocupada búsqueda de cobijo en Tomás de Aquino o en otra autoridad cristiana reconocida en relación con el contenido de sus escritos, como sucede cuando, apoyándose en la autoridad del “Doctor Angélico”, escribe:
“En cuanto al Misterio de la Trinidad, juzgo con Santo Tomás que pertenece puramente a la fe y no se puede conocer por la luz natural” .
Este mismo temor es el que, según parece, le lleva a tratar de alejarse de las cuestiones estrictamente teológicas, tal como expresa en el texto siguiente:
“Nada me ha impedido hablar de la libertad que tenemos de seguir el bien o el mal, sino que he querido evitar […] las controversias de la Teología y mantenerme en los límites de la filosofía natural”
Finalmente, cuando se enfrenta a algún problema delicado, en última instancia busca amparo en la autoridad de la Biblia:
“Si esta razón no satisface a mis censores, quisiera saber qué dicen de las Sagradas Escrituras, con las que ningún escrito humano debe compararse”
f) Paradójicamente y a pesar de que Descartes afirma haber escogido la soledad para dedicarse más enteramente a la búsqueda de la verdad, esta misma soledad pudo haber repercutido de manera especialmente negativa en sus escritos en la medida en que, al igual que todos, tenía necesidad simplemente humana de relacionarse con quienes pudiesen ayudarle a sentir que no estaba solo, tanto en el sentido afectivo de la palabra como especialmente en el del respaldo a su labor intelectual. Pero, como se ha dicho antes, este apoyo lo encontró fundamentalmente en aquellas personas que, al igual que él, se habían formado en un ambiente religioso e incluso formaban parte de la propia estructura de los cargos eclesiásticos. Se podría preguntar si fueron esas amistades las que influyeron y enmarcaron los escritos cartesianos en aquellos límites que se relacionaban con las creencias y dogmas teológicos de la Iglesia Católica o si, por el contrario, fueron ya estos aspectos de su Filosofía los que le llevaron a conectar mejor con toda esa serie de clérigos con quienes mantuvo una correspondencia incomparablemente más importante que con quienes defendieron un pensamiento más independiente y alejado de los dogmas de la Iglesia Católica, como Hobbes o como Voetius. La respuesta a esta alternativa parece encontrarse en su primera parte: Tanto la formación cartesiana como su círculo inicial de amistades religiosas debieron de influir decisivamente en marcarle los límites dentro de los cuales podía ejercer su “libre” actividad filosófica y su comodidad a la hora de escribir y de contrastar puntos de vista con quienes, al margen de ligeras diferencias de opinión, se mantenían dentro del círculo de personas que defendían la dogmática católica.
Complementariamente con lo anterior, hay que recordar que el miedo a la Inquisición debió de contribuir a que sus relaciones con todos estos clérigos fueran más intensas viendo en ellos una especie de seguro y de protección contra cualquier posible injusticia, como la sufrida por Galileo en el año 1633 –cuando Descartes cumplía los 37 años y renunció a publicar su Tratado del Mundo-.
Su misma admiración hacia la princesa Elisabeth de Bohemia en algunos momentos se muestra más como un enamoramiento apasionado que podría ser una clara señal de que la soledad no era algo tan buscado como él afirmó, en cuanto, por los motivos que fueran, pudo tener graves dificultades personales para establecer relaciones afectivas que no fueran las derivadas exclusivamente de su actividad intelectual.
2. La influencia de la Teología en la fundamentación del método cartesiano.
2.1. La formación de Descartes.
En la primera parte del Discurso del Método Descartes enumeró los diversos aspectos de la cultura que le proporcionaron sus estudios, mostrándose decepcionado en líneas generales, pero concediendo un valor muy especial a las matemáticas por la certidumbre y evidencia de sus razones. Posiblemente influido por las críticas de diversos pensadores escépticos de la segunda mitad del siglo XVI (M. Montaigne, P. Charron, F. Sánchez), manifestó una profunda decepción respecto a la Filosofía al observar que, a pesar de que había “sido cultivada por los más excelentes espíritus […] sin embargo no [había] todavía en ella nada que no [fuera] tema de disputa” . Y, en cuanto las demás ciencias derivaban de la Filosofía, “juzgaba que no se podía haber construido nada que fuera sólido sobre fundamentos tan poco firmes” . Según el propio Descartes cuenta, esta decepción le impulsó a viajar y a vivir diversas experiencias a fin de alcanzar por ese medio los conocimientos que no había aprendido en los libros, alistándose en diversos ejércitos como medio de viajar para lograr su objetivo de conocer el mundo y las costumbres de los diversos pueblos.
Descartes indicó que la diversidad de opiniones y costumbres de la gente le enseñó “a no creer nada con demasiada firmeza” , de manera que finalmente tomó la resolución de estudiar también en sí mismo y de emplear todas las fuerzas de su espíritu en elegir los caminos que debía seguir . En este punto llama la atención la “semejanza” de estas palabras con las del filósofo español Francisco Sánchez, quien también escribió en primera persona –como después el propio Descartes- y con algunas frases que llevan de modo natural a recordar otras del filósofo francés. En efecto, en este sentido Francisco Sánchez había escrito anteriormente:
“Entonces me encerré dentro de mí mismo, y poniéndolo todo en duda y en suspenso, como si nadie en el mundo hubiese dicho jamás nada, empecé a examinar las cosas en sí mismas, que es la única manera de saber algo” .
En las palabras anteriores de Descartes pueden verse unas reflexiones parecidas, aunque con la diferencia de que mientras Sánchez habla de examinar las cosas en sí mismas , Descartes se plantea examinar los propios pensamientos.
Pero, al margen de esta diferencia, existieron semejanzas especialmente llamativas, pues tanto Francisco Sánchez como posteriormente Descartes consideraron
1) que debían encerrarse dentro de sí mismos y debían ponerlo todo en duda como único camino para llegar a “saber algo”;
2) tanto el uno como el otro se plantearon la necesidad de dudar de todo, no aceptando la autoridad de los filósofos antiguos;
3) ambos manifestaron su deseo de construir una nueva ciencia más segura, y
4) ambos se plantearon la necesidad de encontrar un nuevo método basado en la razón para conseguir este fin .
Sin embargo, Descartes en ningún momento mencionó al filósofo español, lo cual resulta más extraño todavía si se tiene en cuenta que éste ejerció como profesor en la universidad francesa de Toulouse. La semejanza entre el programa de Sánchez y las coincidencias de tal programa con su desarrollo en la obra de Descartes llevan a pensar que tal coincidencia no fue una simple casualidad sino que en realidad hubo una auténtica influencia que Descartes no tuvo interés en reflejar. Quizás pensó que mencionar a este filósofo podía ser una ayuda para la difusión de las doctrinas escépticas o quizá pensó que referirse a los escritos de Sánchez en primera persona y manifestando la necesidad de dudar de todo y de buscar un método racional para avanzar en el descubrimiento de la verdad podía arrebatarle ante los demás la “originalidad” de sus escritos, lo cual no era coherente con la vanidad del filósofo francés .
En cualquier caso parece que los escritos de Francisco Sánchez así como los de otros escépticos contemporáneos debieron de provocar en Descartes un impacto especialmente importante en cuanto representaban una seria desconfianza respecto a la posibilidad del conocimiento y una crítica a la Religión en la que Descartes creía. Por ello, aquellos tres famosos sueños que tuvo en el año 1619, le llevaron a la convicción, propia de un iluminado, de que había sido destinado por Dios para cumplir con la misión de buscar la Verdad en su magnitud más plena, mientras que el sentimiento de haber recibido un mensaje divino de tales características le llevó a realizar la promesa, posteriormente cumplida, de hacer una peregrinación al santuario de la Virgen de Loreto en Italia. Tal anécdota resulta bastante significativa y puede servir para comprender un poco la personalidad del joven Descartes por lo que se refiere a sus intensas vivencias religiosas, que le llevaron a tratar de asegurar y de construir mediante sus investigaciones una Ciencia Universal, relacionada con el conocimiento metafísico, concerniente de manera especial a la pretensión de demostrar la existencia de Dios y la de un alma inmaterial e inmortal, y con el conocimiento científico, que pretendió sistematizar y fundamentar a partir de ese conocimiento metafísico y especialmente a partir del propio Dios. Ése fue el motivo de que en Los principios de la Filosofía comparase la Filosofía con un árbol en el que la raíz estaría formada por la Metafísica, que constituía la base a partir de la cual nacía el tronco formado por la Física, mientras que las ramas, formadas por el resto de las ciencias, tendrían sus fundamentos en la Física.
2.2. La importancia de la fe en la obra de Descartes. Objeciones.
A pesar de su decepción por la formación recibida, Descartes concedió desde el principio un valor especial a la fe, a las Sagradas Escrituras o a la Teología, indicando que, en relación con sus verdades, no se “hubiese atrevido a someterlas a la debilidad de [sus] razonamientos” o también que afirmando que
“es preciso creer que hay un Dios porque así se enseña en las Sagradas Escrituras, y, por otra parte, que es preciso creer las Sagradas Escrituras porque provienen de Dios, y esto porque, como la fe es un don de Dios, aquel que otorga la gracia para hacer creer las demás cosas puede también otorgarla para hacernos creer que existe” .
Resulta asombroso e inexplicable constatar cómo, en estas sencillas afirmaciones, Descartes cae en el irracionalismo fideísta más absurdo, en cuanto incurre, en primer lugar, en un círculo vicioso tan incomprensible como en el que aparece en estas dos afirmaciones tan cercanas:
“es preciso creer que hay un Dios porque así se enseña en las Sagradas Escrituras”,
y
“es preciso creer las Sagradas Escrituras porque provienen de Dios”
Y, en segundo lugar, en cuanto incurre en otro nuevo círculo vicioso al afirmar que hay que creer en Dios porque él otorga la fe para que se crea en él. Pues ¿cómo llegó a saber que era Dios quien otorgaba la fe? ¿Sólo porque él así lo creía? Pero, ¿por qué lo creía? ¡Porque Dios le había dado la fe…! Es incomprensible que Descartes no fuera consciente del absurdo de todos estos planteamientos, según los cuales a partir de las Escrituras se debía llegar a la aceptación de Dios, y a partir de tal aceptación se debía creer en las Sagradas escrituras.
Estos “razonamientos” –por llamarlos de algún modo- resultan tan sorprendentes por su ligereza y falta de rigor que parecen consecuencia de una intoxicación etílica y que, por ello mismo, inducen a pensar que los críticos en general no han reparado en ellos, bien por haberlos considerado un tanto marginales respecto a los temas centrales de la filosofía cartesiana, o bien por haber defendido las mismas creencias religiosas que Descartes, lo cual podría haberles llevado a ignorar cualquier motivo para la crítica, a pesar de las evidentes aberraciones lógicas tan graves de estas consideraciones.
La actitud cartesiana, totalmente alejada respecto a la posibilidad de analizar críticamente el valor de la Teología, se mantuvo a lo largo de toda su vida y, por ello, representó un lastre excesivo y fatal en quien se había planteado la necesidad de dudar de todo aquello que no ofreciese las garantías más estrictas acerca de su verdad, a fin de alcanzar un conocimiento sólido de todo lo que la mente humana pudiera lograr.
La consideración cartesiana que juzga que la razón humana es un instrumento insuficiente para analizar críticamente las verdades de la Teología resulta absurda en cuanto al mismo tiempo y en la práctica la considera suficiente para afirmarlas, a pesar de haber negado que pudiera someterlas a esa misma razón, pues, si no podía someterlas a la debilidad de sus razonamientos a la hora de analizarlas, es absurdo que pudiera estar tan seguro acerca de su verdad.
Por otra parte, llama la atención el hecho de que, al hablar de la Religión, diga que “enseña a ganar el cielo”, pues tal afirmación supone, en primer lugar, el absurdo de considerar que “ganar el cielo” dependa de “determinadas enseñanzas” , y, en segundo lugar, que acepte de manera ingenua y dogmática el valor de tal enseñanza concreta, la cual sólo podía haber aceptado de modo provisional mientras la puesta en práctica de su método no le hubiera exigido la necesidad de dudar de todo para comenzar la búsqueda de una primera verdad que pudiera superar dicha duda.
Un poco más adelante se refiere nuevamente a la Teología mostrando de nuevo una frivolidad argumentativa asombrosa al afirmar que
“las verdades reveladas [...] están por encima de nuestra inteligencia” ,
sin habérsele ocurrido tratar de averiguar cómo podía haber conocido la autenticidad de aquellas “verdades”, supuestamente reveladas, en cuanto Descartes en ningún momento indicó cómo sabía que tales supuestas verdades hubieran sido reveladas, pues el argumento según el cual una supuesta “verdad” podía aceptarse por haber sido revelada sólo habría sido aceptable si hubiera venido acompañada de otro argumento que le hubiera servido para conocer que efectivamente eso había sido así, y para conocer qué doctrinas formaban parte de aquella supuesta “revelación”. Pero esto en ningún momento sucedió. Y tampoco podía suceder en cuanto a partir del propio método cartesiano se planteaba la posibilidad de la existencia de una especie de dios muy poderoso o de un “genio maligno” que podría conseguir que las evidencias más claras sólo fueran el resultado de un espejismo creado en la propia subjetividad por tales seres hipotéticos, de manera que la misma pretensión de argumentar algo en favor del valor objetivo de unas verdades reveladas podía ser ya uno de los engaños del “genio maligno”.
Sorprendentemente y a pesar de haber afirmado la necesidad de seguir las reglas del método, Descartes no sólo no se tomó la molestia de aplicar dicho método a sus creencias religiosas sino que, además, consideró que Dios, cuya existencia pretendió demostrar, aunque de modo absurdo, como luego se verá, se convertía en la última y necesaria justificación del método en general y de la regla de la evidencia en particular, a la vez que en el pilar fundamental de su sistema en cuanto consideró que la duda acerca de la existencia del mundo sensible y acerca del valor de las proposiciones matemáticas sólo quedaba superada a partir de la consideración de que la perfección divina era incompatible con el engaño de hacerle creer en la verdad de tales supuestos conocimientos relacionados con una realidad externa o con el engaño de proporcionarle una evidencia subjetiva respecto a la verdad de las proposiciones matemáticas si realmente no se hubieran correspondido con auténticas verdades. Como ya en su momento indicó Arnauld y más adelante se analizará en detalle, Descartes cayó de nuevo en un círculo vicioso del que ya no pudo salir sin romper con su propio método y con las reglas de la Lógica
A continuación, en el Discurso del Método , Descartes insistió en una nueva valoración positiva de la “verdadera religión”, pero siguió sin explicar en qué se basaba para pretender que lo fuera -ni para suponer que hubiera alguna que lo fuera-. Además, y para dejar zanjada una cuestión que podía haberle reportado algún disgusto en cualquier momento, Descartes declaró abiertamente la total subordinación de su razón a la “autoridad de la Iglesia”:
“yo someto todas mis opiniones [al juicio de los más sabios] y a la autoridad de la Iglesia”
Y esa declaración parece representar un reconocimiento explícito de que su exclusión de la Religión en el supuesto carácter universal de la duda metódica no tenía una justificación en las exigencias de la vida diaria, como había declarado en relación con las máximas morales que se propuso seguir de modo provisional, sino en el temor a las represalias de la Iglesia y de su “Santa Inquisición”.
En otra obra posterior especialmente importante, Los principios de la Filosofía, Descartes insiste en esta exaltación de todo lo que, según sus creencias no fundamentadas y por lo tanto irracionales, considera verdadero por encima de cualquier crítica u objeción:
“se ha de grabar en nuestra memoria como regla suprema la de que deberán creerse, como las más ciertas de todas, aquellas verdades que nos fueron reveladas por Dios. Y aun cuando acaso la luz de la razón, que es sumamente clara y evidente, pareciera sugerirnos otra cosa, se ha de dar fe, sin embargo, únicamente a la autoridad divina más que a nuestro propio juicio” .
¿Cómo podía saber el señor Descartes que aquellas supuestas verdades habían sido reveladas por Dios? Si no iba a comunicar el origen de tales conocimientos esotéricos, al menos podía haber tenido la decencia de no hacer referencia a ellos, pues, sin duda alguna, a todo el mundo le habría interesado saber cómo convertir sus creencias en verdades evidentes y, si él sabía cómo hacerlo, su informe habría sido extraordinariamente útil. Pero parece que la sabiduría del señor Descartes no alcanzó a tanto y que, tal vez sólo por haber considerado que sus lectores no pretenderían pedirle explicaciones, se atrevió a afirmar de modo gratuito aquello que debería haber demostrado previamente antes de presentarlo como una verdad absoluta sólo porque su religión así se lo exigía. Resulta asombroso que quien fue considerado como “padre del racionalismo” destacase en tantas ocasiones como uno de los mayores defensores de este “irracionalismo teológico” tan absoluto e injustificable, pues el pretexto relacionado con el temor a la Inquisición o al poder de la Iglesia Católica en general hubiera podido servirle para no escribir nada que explícitamente representase un ataque frontal a esas doctrinas religiosas, pero afirmar como verdad absoluta toda la serie de doctrinas que viniesen en la Revelación –la Biblia- o proviniesen de las autoridades de la Iglesia Católica era inadmisible y vergonzoso para un pretendido filósofo que, según decía, buscaba la verdad evidente por encima de todo.
2.3. Máxima sobre la Religión. Objeciones.
Al margen de estas contradicciones y dificultades, a continuación, antes de aplicar el método para reconstruir sólidamente la Filosofía, dice Descartes que, como la vida le exigía seguir tomando decisiones y tener que actuar, consideró que debía adoptar una serie de máximas que le guiasen en su conducta, entre las cuales se encontraba la de
“…obedecer las leyes y las costumbres de mi país conservando con firmeza la religión en la que Dios me ha concedido la gracia de ser instruido desde mi infancia…” .
Esta determinación de conservar “la religión en la que Dios [le] ha concedido la gracia de ser instruido” resulta asombrosa por la osadía tan dogmática, superficial y contradictoria que supone asumir dicha religión y su correspondiente Dios como realidades ya justificadas y como verdades intocables, a pesar de haber afirmado la necesidad de dudar de todo antes de tratar de reconstruir el edificio del conocimiento. Y resulta, por cierto, casi igual de sorprendente el hecho de que los analistas de la obra cartesiana en general hayan pasado por alto esta incoherencia tan grave. Los críticos suelen mencionar, como única explicación de esta actitud, aquel temor a la Inquisición y, en general, a las reacciones de las autoridades eclesiásticas con las que Descartes mantenía buenas relaciones, y efectivamente, el Discurso del Método se publicó en el año 1637, es decir, cuatro años después de la condena de Galileo por la Inquisición. Sin embargo, tal justificación sólo hubiera servido para entender que Descartes no se atreviera a escribir nada que explícitamente representase un ataque frontal contra las doctrinas religiosas católicas, pero no sirve para entender aceptar que quien es conocido como el padre de la filosofía moderna dedicase tantas páginas de su obra a afirmar el valor de la fe, a defender los dogmas católicos y a afirmar como verdad absoluta toda la serie de doctrinas que viniesen en la Revelación –la Biblia- o proviniesen de las autoridades de la Iglesia Católica, sobre todo cuando este filósofo alardeaba al mismo tiempo de buscar verdades absolutamente evidentes.
2.4. El problema del Método.
Para conseguir que la Filosofía se convirtiera en un conocimiento firme y seguro que fuera capaz de superar las críticas del escepticismo de su tiempo, el filósofo francés consideró necesario encontrar un método para guiar su razón en la búsqueda de la verdad. Dicho método tuvo una primera forma en sus Reglas para la dirección del espíritu, escritas alrededor del año 1628. Posteriormente reestructuró esta obra con variaciones importantes en el Discurso del método, publicado en el año 1637, reduciendo las veintiuna reglas de la primera obra a sólo cuatro, de las cuales y con abismal diferencia consideró la regla de la evidencia como la esencial del método, pues sólo ella podía conducir a superar la prueba de la duda, mientras que sin ella el conocimiento sería imposible. Esta regla consistía en
“no admitir jamás cosa alguna como verdadera en tanto no la conociese con evidencia que lo era; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprender nada más en mis juicios que lo que se presentase tan clara y distintamente a mi espíritu, que no tuviese ninguna ocasión de ponerlo en duda” .
Esta definición, en apariencia tan aceptable, para asumir el valor de esta regla, implicaba, sin embargo, graves dificultades que finalmente conducirían al fracaso de Descartes tanto en la fundamentación del valor de la misma evidencia como en su aplicación para alcanzar auténticos conocimientos. Considerar que la evidencia o la claridad y distinción con que una proposición aparezca a la propia mente sea el criterio para aceptarla como verdadera tiene el inconveniente especial de que encierra al sujeto en su subjetividad en cuanto, en líneas generales, suele haber tantas evidencias como personas: Son muchos quienes tienen por evidente aquello que otros juzgan como evidentemente falso. ¿Qué evidencias habría que asumir como verdaderas? ¿Habría que establecer un nuevo criterio para distinguir entre evidencias verdaderas y falsas evidencias? Lo que parece evidente es que es imposible distinguir entre “evidencias verdaderas” y “evidencias falsas” –y prueba de ello será que quien esto lea no esté de acuerdo-, pues la “firme corazonada” de que algo sea verdad no permite salir del terreno de la subjetividad para asegurar su valor objetivo como verdad.
En relación con esta cuestión tiene especial interés constatar que en las Meditaciones Metafísicas el propio Descartes reconoce expresamente que las evidencias personales no son fiables por sí mimas y tal reconocimiento debería haberle servido para buscar otro criterio de verdad en su propio método que no estuviera basado en una impresión subjetivo tan variable incluso en una misma persona. Dice Descartes en esta obra que
“me puedo convencer de haber sido hecho de tal modo por la naturaleza que me pueda engañar fácilmente, incluso en las cosas que creo comprender con la mayor evidencia y certeza, dado principalmente que me acuerdo de haber estimado a menudo muchas cosas como verdaderas y ciertas, a las que después otra razones me han llevado a juzgar como absolutamente falsas” .
Esta reflexión sin embargo no le sirvió a Descartes para renunciar a la regla de la evidencia sino sólo buscarle una garantía que fuera más allá de la propia subjetividad. Y esa garantía no era otro que la de la existencia de un Dios veraz que impidiese que las propias evidencias fueran falsas. Sin embargo, este razonamiento resultaba incoherente desde el momento en que Descartes había reconocido personalmente su experiencia de haber tenido como evidentes doctrinas que más tarde juzgó como “absolutamente falsas”, lo cual demostraba que ni siquiera la supuesta existencia de ese Dios veraz le había impedido equivocarse a la hora de aplicar el criterio de la evidencia.
Las demás reglas del método tenía un valor subordinado al de la evidencia en cuanto tenían como finalidad preparar el camino para llegar a la intuición racional de los conocimientos evidentes (regla del análisis) o para ayudar a la razón en su deducción segura de nuevos conocimientos a partir de conocimientos evidentes (reglas de la síntesis y de la enumeración).
Una vez elaborado el método, inspirado en las Matemáticas, Descartes consideró necesario fundamentarlo con seguridad en cuanto podría no ser suficiente para aplicarlo de forma rigurosa a fin de alcanzar aquel conocimiento seguro que buscaba para la reconstrucción del edificio de la Filosofía.
Para lograr tal fundamentación, relacionada especialmente con la regla de la evidencia, juzgó necesario partir de una duda metódica universal acerca del valor de los conocimientos anteriormente aceptados en cuanto no ofrecieran las garantías más absolutas acerca de su verdad.
La “duda metódica” debía extenderse a todos los “conocimientos” recibidos, pero Descartes fue inconsecuente con su pretensión de que tuviese carácter universal, al haber eximido de dicha prueba las que él consideraba como “verdades reveladas” de la Religión y de la Teología, que aceptó desde el principio con total naturalidad, a pesar de su insistencia en el carácter universal de la duda. Así en la primera máxima de su moral provisional afirma que va a “conservar con firmeza la religión en la que Dios [le] ha concedido la gracia de ser instruido desde [su] infancia” . Pero inexplicablemente en ningún momento explica el portentoso acontecimiento en el que Dios se le apareció Dios para “concederle la gracia” de ser instruido en dicha religión.
Al margen de esa excepción, Descartes aplicó la duda a los conocimientos sensibles, considerando que
“a veces he experimentado que estos sentidos eran engañosos, y es más prudente no confiar por entero en nada que ya alguna vez nos ha engañado” .
Además, la duda siempre tenía sentido en este terreno en cuanto podía suceder
“que estemos dormidos, y que todas esas particularidades, por ejemplo, que abrimos los ojos, movemos la cabeza, extendemos las manos, y cosas semejantes” […] sólo sean ilusiones provocadas por el sueño.
Igualmente aplicó la duda metódica a los conocimientos matemáticos, porque, a pesar de su carácter evidente, siempre podía suponer que “algún genio maligno, tan poderoso como engañoso [hubiera] empleado todas sus energías en engañar[le]” , proporcionándole una evidencia subjetiva a la que no le correspondiese una verdad objetiva.
Sin embargo, la falta de seriedad de Descartes a la hora de ser consecuente con su exigencia de que la duda fuera universal quedó de manifiesto en cuanto, como ya se ha dicho, eximió de la duda las creencias religiosas por motivos que en realidad eran excusas motivadas en el temor a la Iglesia Católica y a las reacciones de su círculo de amistades ligadas al ámbito religioso y eclesiástico.
Una vez aplicada la duda a los ámbitos de la realidad externa y de los conocimientos matemáticos, finalmente tomó conciencia de que había al menos un conocimiento que conseguía superar esa duda “hiperbólica”, como el propio Descartes la llama: Se trataba de la proposición “pienso, luego existo”, en cuanto la misma duda acerca de la propia existencia representaba su confirmación, pues para poder dudar era preciso existir, y, por ello, podía afirmarla con absoluta seguridad en cuanto ni siquiera la hipótesis del genio maligno podía destruirla, ya que “me sería imposible dudar o ser engañado sin existir”. Con respecto a los demás conocimientos podía creer que se equivocaba o que era engañado por un genio maligno, e incluso que no tenía cuerpo; pero,
“mientras yo quería pensar de ese modo que todo era falso era preciso necesariamente que yo, que lo pensaba, fuese alguna cosa” .
La proposición “pienso, luego existo” es presentada, por ello, como la única absolutamente verdadera, porque la misma duda confirmaba su verdad. Dice Descartes, en efecto, que
“notando que esta verdad: pienso, luego existo, era tan firme y segura que no eran capaces de conmoverla las más extravagantes suposiciones de los escépticos, juzgué que podía aceptarla, sin escrúpulo, como el primer principio de la filosofía que buscaba” .
Mediante la aplicación de esta duda metódica Descartes, al encontrar la proposición “cogito, ergo sum”, consideró haber encontrado una primera verdad tan absoluta que podría servirle como fundamento de la regla de la evidencia y como primera verdad de su sistema filosófico. Sería fundamento de la regla de la evidencia en cuanto su carácter de verdad evidente serviría de criterio para aplicarlo al resto de “conocimientos”, que sólo podrían considerarse como tales en sentido auténtico en cuanto se presentasen a su mente con la misma evidencia, con la misma claridad y distinción, con la que se le había mostrado aquella primera proposición que había sido capaz de superar la prueba de la duda metódica.
Descartes entiende que Dios colocó en su mente ciertas “semillas de verdades” o verdades innatas, de las que posteriormente llegó a tomar conciencia sin necesidad de experiencia alguna (la verdad de la existencia de Dios, la verdad acerca de la existencia de la propia alma con independencia del cuerpo o las verdades de los principios lógicos). Se adelantó a Leibniz en la doctrina de que todas las verdades se deducían de la esencia divina, a pesar de que el hombre sólo fuera capaz de adquirir un conocimiento limitado de ellas y debía complementarlo con verdades procedentes de la experiencia, las cuales eran imperfectas en cuanto no se había comprendido su conexión con otras más generales de las cuales se deducían. Posteriormente Leibniz distinguió entre las verdades de hecho: aquellas que se conocen sin comprender su carácter necesario; y verdades de razón: aquellas que se comprenden como necesarias y como derivadas de la naturaleza divina. Para el hombre existen ambos tipos de verdades por cuanto su inteligencia es limitada, pero para Dios todas las verdades son verdades de razón en cuanto él contempla su necesidad racional, derivada de su propia esencia.
Sin embargo y aunque esta primera verdad del “cogito, ergo sum” parecía absolutamente evidente y aunque por medio de ella Descartes intentó fundamentar cualquier otro conocimiento, algunos críticos pusieron objeciones a los planteamientos de Descartes. En este sentido,
a) Gassendi criticó esta “primera verdad” considerando que se trataba en el fondo de un silogismo al que le faltaba la premisa mayor “todo lo que piensa existe”. Pero en este punto Descartes replicó que su planteamiento no tenía carácter deductivo sino que se trataba de una intuición intelectual directa por la que veía con absoluta evidencia que el pensamiento y la existencia iban necesariamente unidos, de manera que no podía afirmar “pienso” sin afirmar al mismo tiempo la verdad implícita según la cual existo como ser pensante.
b) Mucho más incisiva fue la crítica posterior de P. D. Huet, en 1689, en su obra Censura philosophiae cartesianae, el cual indicó que en el planteamiento cartesiano había un círculo vicioso , por cuanto si el principio “cogito, ergo sum” se aceptaba porque era evidente, en dicho caso la regla de la evidencia había que considerarla como su fundamento, y, en consecuencia, dicha regla no podía a su vez quedar justificada en virtud de aquel principio. No obstante, Descartes, muchos años antes de esta crítica, había defendido el valor de esa primera verdad como fundamento de la regla de la evidencia señalando que el “cogito, ergo sum” poseía el carácter especial de tratarse de una evidencia absoluta cuya negación habría sido contradictoria. Sin embargo, con esta defensa Descartes pasó por alto que toda evidencia –y no sólo la del “cogito ergo sum” debía tener carácter absoluto: no podía haber evidencias más o menos evidentes, del mismo modo que no puede haber cadáveres más o menos muertos. Además, el recurso al principio de contradicción sólo le servía para aceptar, de hecho, dicho principio como fundamento del cogito, pero pasaba por alto igualmente que el valor tan absoluto que en esos momentos le concedía luego se lo negaría al considerar que su valor estaba subordinado a la voluntad divina.
Por otra parte, una consecuencia derivada de esta justificación era la de que, aunque la verdad del “cogito, ergo sum” no procediera de la regla de la evidencia, sino que fuera la regla de la evidencia la que hallase su justificación en aquella primera verdad necesaria, el valor de la verdad del “cogito, ergo sum” derivaría entonces del valor del principio de contradicción.
En efecto, desde el momento en que Descartes justifica el valor de la proposición “cogito, ergo sum” en el principio de contradicción, en tal caso es el valor de ese principio lógico el que justifica el valor de la proposición “cogito, ergo sum”, mientras que esta primera verdad sirve de justificación para la regla de la evidencia:
Parece, pues, que es el principio de contradicción el que se muestra como el fundamento último de todos los conocimientos, y que, por lo tanto, su prioridad gnoseológica es anterior al de la proposición “cogito, ergo sum” y al de la regla de la evidencia.
Sin embargo y teniendo en cuenta que para Descartes el mismo principio de contradicción estaría subordinado a la omnipotencia divina, habría que completar el cuadro anterior del siguiente modo:
Dios Principio de contradicción “Cogito, ergo sum” Regla de la evidencia
En efecto, esta omnipotencia divina es la que lleva a Descartes a defender que el valor del mismo principio de contradicción dependería de Dios, tal como lo afirma cuando escribe:
“En cuanto a la dificultad de concebir cómo Dios ha sido libre e indiferente para hacer que no fuera cierto que los tres ángulos de un triángulo fuesen iguales a dos rectos o en general que los contradictorios no puedan existir juntos, se la puede suprimir fácilmente considerando que el poder de Dios no puede tener ningún límite”
Pero, lejos de solucionarse el problema con la introducción de Dios, todo él se complica todavía más hasta convertirse en uno de los múltiples círculos viciosos en que incurre Descartes a lo largo de sus diversos escritos. Pues si la verdad del “cogito” se justifica a partir del principio de contradicción, y este principio se justifica a partir de Dios, considerando al mismo tiempo que el valor de este principio no es absoluto en cuanto depende de la libre voluntad divina, en tal caso la justificación del “cogito ergo sum” a partir del principio de contradicción no puede ser menos arbitraria que el propio principio de contradicción. Pero de forma especial hay que tener en cuenta que, como la misma existencia de Dios ha sido introducida a partir de la idea correspondiente existente en la “res cogitans”, en tal caso el círculo se completa en cuanto los términos inicial y final de dicho círculo serían la “res cogitans” y Dios, mientras que los términos intermedios serían el principio de contradicción y la regla de la evidencia. Dicho de manera esquemática y resumida: En cuanto la existencia de Dios se demuestra en último término a partir del principio de contradicción y en cuanto el mismo principio de contradicción no es autosuficiente sino que su valor depende de Dios, en tal caso, dicho principio no puede aceptarse mientras no se haya demostrado la existencia de Dios; y, a su vez, la existencia de Dios no podrá demostrarse hasta que se haya demostrado la validez de dicho principio, lo cual constituye un círculo vicioso desde el momento en que el valor de ese principio se hace depender de Dios, tal como se expresa en el siguiente esquema:
c) Por otra parte, el principio del “cogito, ergo sum” tenía como precedente la proposición de Agustín de Tagaste “si fallor, sum” (“si me equivoco, existo”) y, en este sentido, no parecía especialmente original. Sin embargo, Descartes, aunque reconoció la existencia de una similitud entre la verdad agustiniana y la suya propia, consideró que mediante esa verdad Agustín sólo pretendía refutar a los escépticos, mientras que él pretendía convertirla en el pilar esencial del fundamento de su método y de su sistema. Según indica J. Nicola Romero, “San Agustín no comienza dudando real y universalmente, constata empíricamente tan solo, contra los escépticos, que sería imposible dudar de todo sin la afirmación de la propia existencia” .
Otra diferencia entre ellos en este punto consiste en que Agustín considera que la realidad sensible esta sometida al cambio mientras la verdad tiene un carácter inmutable; por ello, el conocimiento de la verdad no puede proceder del hombre por ser una realidad cambiante, sino del propio Dios, como ser inmutable del que proceden las verdades que el hombre descubre en el interior de su alma.
Por su parte, Descartes considera que Dios es la garantía de las verdades que el hombre conoce, pero sólo porque su veracidad, entendida como una manifestación de su perfección, sería incompatible con evidencias subjetivas a las que no correspondieran verdades objetivas. Además, la afirmación cartesiana de la existencia de verdades innatas, que procederían de Dios, aproxima mucho más su pensamiento al de Agustín.
En cualquier caso, conviene indicar que, por lo que se refiere al fundamento del método y del valor de los diversos conocimientos en general –a excepción de esta primera verdad- Descartes justifica uno y otros a partir de Dios, y esto sugiere que el paralelismo entre Descartes y Agustín tal vez no fuera mera coincidencia .
d) Por otra parte, Agustín de Tagaste no fue el único precedente por lo que se refiere a la consideración de la verdad absoluta de la conexión necesaria entre pensamiento y existencia. En este sentido, en el siglo XIV Juan de Mirecourt se preocupó igualmente por el problema del conocimiento, defendiendo como criterio de verdad la evidencia, relacionada con el principio de contradicción, considerado como infalible, y la experiencia, como evidencia de segundo orden, que podía ser de dos clases: Interna y externa. La experiencia interna se refería a la que cada uno tenía de su propia existencia, de manera que si alguien dudara de su propia existencia, tendría que reconocer que existe, ya que para dudar era preciso existir. De nuevo encontramos aquí una similitud muy significativa con el pensamiento de Descartes, similitud que parece más una clara influencia del primero en el segundo, no sólo por la coincidencia en esa misma verdad en la que se une el pensamiento con la existencia sino también en el hecho de que tanto Juan de Mirecourt como Descartes están refiriéndose al problema de la evidencia.
En cuanto a la evidencia externa Juan de Mirecourt considera que debe ser inmediata, y, al igual que Ockham y posteriormente Descartes, considera como excepción a esta evidencia la posibilidad de que sea Dios quien provoque las sensaciones sin que exista de manera independiente un objeto real como causa de ellas.
Juan de Mirecourt plantea otra cuestión que también aparece en Descartes, pero mientras el primero le da una solución, el segundo le da la contraria. Se trata de una cuestión relacionada con la omnipotencia divina: Dice Juan de Mirecourt que Dios puede hacer que el mundo no haya existido jamás, mientras que Descartes rechaza la posibilidad de que lo que haya existido Dios pueda hacer que no haya existido. Curiosamente y por lo que se refiere al principio de contradicción, mientras Juan de Mirecourt lo considera necesariamente verdadero, Descartes considera que el poder de Dios está por encima de dicho Principio. Pero lo más curioso del caso es que desde la perspectiva cartesiana, que acepta la subordinación del principio de contradicción a la omnipotencia divina, se debería concluir que para él es posible que en efecto lo que ha sucedido no haya sucedido, ya que se trata simplemente de dos proposiciones contradictorias, mientras que desde el punto de vista de Mirecourt, que sí acepta el valor absoluto del principio de contradicción, no se debería haber aceptado la contradicción de que una cosa a la vez hubiera sucedido y no hubiera sucedido.
En este punto el planteamiento de Juan de Mirecourt fue más acertado que el de Descartes, quien no supo ver la dependencia de la verdad del “cogito” respecto al principio de contradicción, pretendiendo que tal proposición era auto-evidente y sin justificación a partir de un principio anterior, a pesar de que de modo inconsciente al final de sus discusiones acerca del fundamento del “cogito” vino a reconocer implícitamente que éste se fundamentaría en dicho principio de contradicción.
En este punto tiene interés señalar la existencia de una diferencia importante entre Juan de Mirecourt y Descartes, consistente en que mientras para el primero la verdad del “cogito” es una consecuencia del valor de la evidencia interna, que a su vez se fundamenta en el principio de contradicción, Descartes pretende presentar el “cogito” como una verdad absoluta que no deriva de la aplicación de ninguna regla previa sino que, por el contrario, se convierte en el fundamento de la regla de la evidencia, aunque a la hora de la verdad el valor del “cogito” aparece subordinado al principio de contradicción.
e) Las reflexiones críticas de Hume respecto a la existencia de un yo sustancial representan igualmente una crítica implícita al planteamiento cartesiano. En efecto, respecto a la idea de alma, entendida como un sujeto permanente de carácter inmaterial que serviría de soporte para las sucesivas percepciones a lo largo del tiempo, Hume se pregunta, desde la aplicación más rigurosa del empirismo y de su principio “nihil est in intellectu quod prius non fuerit in sensu”, si percibimos la impresión correspondiente a ese supuesto sujeto al que llaman “alma” o “yo”. Señala Hume que
“si alguna de nuestras impresiones nos da la idea del yo, dicha impresión ha de permanecer invariable, a través de toda nuestra vida [...] Pero no existen impresiones constantes e invariables [...] y, en consecuencia, no existe” … una realidad objetiva que se corresponda con dicha idea.
Hume negó, en consecuencia, el conocimiento de un yo permanente o alma y comparó el espíritu humano con una especie de teatro en el que se suceden las percepciones y en el que “sólo las percepciones sucesivas constituyen el espíritu” ; aunque manifestó su propia insatisfacción con su explicación del conocimiento señalando que
“Si las percepciones constituyen existencias distintas, forman un todo solamente por estar conectadas entre sí [...] Pero todas mis esperanzas se desvanecen cuando tengo que explicar los principios que unen nuestras sucesivas percepciones en nuestro pensamiento o conciencia” .
f) También en este punto el planteamiento kantiano difiere mucho del cartesiano, pues mientras Descartes considera que el yo es transparente respecto a sí mismo, Kant considera que, si nos referimos al yo como sujeto del conocimiento, en tal caso estaremos hablando de lo que él llama el “yo pienso” o “yo trascendental” que, aunque es la condición de todos los conocimientos, no puede ser conocido directamente, sino sólo ser objeto de una deducción trascendental como condición apriórica de todos ellos, mientras que si nos referimos a la propia realidad conocida a través de los sentidos, estaremos hablando del yo empírico o yo fenoménico, ed decir del yo por el sabemos cómo aparecemos ante nosotros mismos, pero del yo tal como es en sí mismo, mientras que si nos referimos al “alma” como realidad trascendente, en tal caso nos estaremos alejando por completo de la experiencia, y, en consecuencia, nada podrá decirse de ella en cuanto todo conocimiento requiere de una materia, las sensaciones, y una forma, las estructuras aprióricas de la sensibilidad y del entendimiento, mientras que en el caso del pretendido conocimiento del alma sólo tendríamos “pensamientos sin contenido”, es decir, ideas o estructuras mentales sin relación alguna con un material sensible al que tales estructuras fueran aplicables. Por ello considera Kant que sólo mediante la ayuda de la Razón Práctica se podrá aceptar la existencia del alma pero sólo como un postulado de dicha Razón Práctica.
g) Por su parte, Nietzsche critica este primer pilar de la filosofía cartesiana, considerando que se basa en un “hábito gramatical”:
“ ‘Se piensa: luego hay una cosa que piensa’: a esto se reduce la argumentación de Descartes. Pero esto es dar por verdadero ‘a priori’ nuestra creencia en la idea de sustancia. Decir que, cuando se piensa, es preciso que haya una cosa que piensa, es simplemente la formulación de un hábito gramatical que a la acción atribuye un actor […] Si se redujese la afirmación a esto: ‘se piensa, luego hay pensamientos’ resultaría una simple tautología” .
Igualmente considera que la creencia en el alma es una consecuencia de la creencia en el valor objetivo de las estructuras gramaticales de sujeto y predicado .
En definitiva, la proposición “pienso, luego existo” contiene de manera implícita el sujeto “yo”, que lo es tanto del pensar como del existir. Es decir, en esta proposición no sólo se afirma la relación del pensar con el existir del pensamiento, sino que también se presupone la existencia diferenciada de un yo que piensa, pero que no se identifica con el pensamiento sino que es algo más. Pero, ¿cómo se llega a demostrar que por debajo del pensamiento exista un sujeto que tenga pensamientos, pero que no se identifique con ellos?
Parece evidente, como criticó Nietzsche, que en el planteamiento cartesiano subyace la distinción aristotélica entre sustancia y accidente -entre el yo (sustancia) y el pensamiento (accidente)-. Por ello, el rigor de su método hubiera debido conducir a Descartes a la afirmación de la existencia del pensamiento, pero sin añadir a tal afirmación el supuesto de que debiera existir “una cosa” pensante, pues o bien dicha cosa se identificaría con el pensamiento, y, en tal caso, esa afirmación habría sido una tautología ( = “hay pensamiento, luego hay pensamiento”), o bien no se identificaría, y en dicho caso al conocimiento de que existe el pensamiento se estaría añadiendo la idea de que existe algo más como sujeto de la actividad pensante, pero distinto de ella.
Para entender mejor esta crítica podemos fijarnos en la estructura de oraciones impersonales como “llueve”, en las que tal proposición no conduce a extraer la concusión según la cual “existe una cosa que llueve”, como si por una parte existiera la lluvia, y, por otra, una realidad invisible de la que surge la lluvia, sino que sólo extraemos la conclusión tautológica “existe la lluvia”.
2.4.1. “Cogito, ergo sum” y Regla de la Evidencia. Objeciones.
Con respecto a esta primera proposición considerada como verdadera, se pregunta Descartes a continuación qué es “lo que se necesita en una proposición para que sea verdadera y cierta” . Y, dejando en segundo plano su referencia a aquel principio de contradicción que había utilizado para defender la verdad del “cogito, ergo sum”, concluye que lo que le confirma su verdad es la claridad y distinción –es decir, la evidencia- con que la contempla. Esta consideración es la que le hace incurrir en el círculo vicioso de pretender fundamentar el valor de la evidencia en la verdad de la proposición “cogito ergo sum” y al mismo tiempo fundamentar la verdad de dicha proposición en el valor de la evidencia con que se presenta en la mente.
A partir de esta proposición Descartes considera que se encuentra ya en posesión de una “regla general” para progresar en el descubrimiento de la verdad; dicha regla no es otra que la de la evidencia:
“habiendo notado que en todo esto: pienso, luego, existo, no hay nada que me asegure la verdad, sino que veo muy claramente que para pensar es necesario existir, juzgué que podía tomar como regla general que las cosas que concebimos muy clara y muy distintamente son todas verdaderas” .
De este modo, Descartes incurre en un nuevo círculo vicioso, pues, como ya indicó Huet, la regla de la evidencia, que debía haber sido fundamentada a partir del “cogito, ergo sum”, se convierte en el fundamento incoherente del “cogito, ergo sum”, mientras que éste queda fundamentado a partir de la regla de la evidencia:
_______________________
↑ ↓
“Cogido, ergo sum” Regla de la Evidencia
↑_______________________↓
Además, la regla de la evidencia, que debería haber servido de punto de partida para la fundamentación del método y para la recuperación de todos los conocimientos, plantea una serie de problemas insolubles que determinan que Descartes quede encerrado en un solipsismo del que le resultará imposible salir, pues, aunque esta regla hubiese podido ser confirmada en su valor mediante la verdad del “cogito, ergo sum”, el pensador francés consideró que no tendría un valor autosuficiente para demostrar la existencia del mundo y la del propio cuerpo, ni la verdad de las proposiciones matemáticas, ya que todavía podía sospechar que
“quizá un dios podría haberme dotado de tal naturaleza que yo podría haberme engañado incluso a propósito de cosas que me parecieran máximamente manifiestas [...] Estoy obligado a admitir que para él es fácil, si lo quiere, ser causa de mi error, incluso en materias en las que creo disponer de una evidencia muy grande” .
Y así, además de tener que solucionar el problema del círculo vicioso existente por lo que se refiere a la relación entre la regla de la evidencia y el “cogito ergo sum”, tendría que demostrar la existencia de un dios que no fuera engañador para que la regla de la evidencia quedase confirmada en su valor y sirviera para demostrar la validez de los demás conocimientos.
Además y al margen de estos problemas, la regla de la evidencia no podía servir como criterio de verdad por los siguientes motivos:
a) Toda evidencia es una sensación y toda sensación es subjetiva; por ello toda evidencia es subjetiva, y nunca puede mostrarse ni demostrarse que una evidencia subjetiva se corresponda con una verdad objetiva.
Es posible que el propio Descartes se diera cuenta de este problema y que tal vez por este motivo plantease su hipótesis relacionada con la posibilidad de la existencia de un dios engañador o de un genio maligno, causante de sus evidencias subjetivas, comprendiendo que éstas no servían para garantizar el valor de un supuesto conocimiento.
b) Además, como ya le criticó A. Arnauld en las Cuartas objeciones,
“la única razón segura que tenemos para creer que lo que percibimos clara y distintamente es verdadero, es el hecho de que Dios existe. Pero solamente podemos asegurarnos de que Dios existe porque percibimos esa verdad clara y evidentemente. Así pues, antes de estar seguros de que Dios existe tendríamos que estar seguros de que todo lo que percibimos clara y evidentemente es verdadero” .
Efectivamente, Descartes, cuando recurre a Dios como garantía del valor de la regla de la evidencia, cae en una trampa de la que pretende escapar sin conseguirlo, al no tomar conciencia de que, desde el momento en que reconoce que la evidencia por sí misma es insuficiente para asegurar cualquier supuesta verdad, ya no puede utilizar a Dios como medio para confirmar el valor de dicha regla en cuanto primero habría que demostrar su existencia, pero en cuanto la misma evidencia en favor de la existencia de Dios sería una evidencia subjetiva y, por ello mismo, tan dudosa como las demás, cualquier pretensión de demostrar la existencia de Dios fracasaría porque el valor de tal evidencia todavía no estaba fundamentada y, en consecuencia, la “evidencia” de su existencia podría seguir siendo una consecuencia del capricho de ese otro dios engañador o del genio maligno.
c) Además, incluso desde el supuesto de que Descartes hubiera podido demostrar la existencia de Dios, la misma omnipotencia divina habría supuesto una nueva dificultad para demostrar el valor de la regla de la evidencia, como Descartes pretendía, pues, aunque ya estuviera superada la posibilidad de que un dios o un genio maligno especialmente poderosos fueran los causantes de falsas evidencias respecto a la verdad de las proposiciones matemáticas, la de las referentes a supuestas realidades externas al yo y la del propio valor del principio de contradicción, el valor de cualquier supuesta evidencia, aunque ya no peligrase por la posible existencia de un “genio maligno” seguiría dependiendo de omnipotencia de Dios y no de una evidencia racional intrínseca e independiente de Dios.
Es cierto que Descartes considera en diversas ocasiones que la perfección divina sería incompatible con una cualidad como la de ser engañador y que por ese motivo juzga que aquello que se le presente como evidente debe serlo realmente y no el producto de un engaño como el que podría provocar aquel hipotético genio maligno, que habría quedado eliminado una vez demostrada la existencia de Dios. Sin embargo, en este punto Descartes es incoherente consigo mismo y se contradice en cuanto en otros momentos acepta que la omnipotencia divina no podría estar subordinada a nada, y, por ello, el hecho de que Dios pudiera ser engañador era una consecuencia de su omnipotencia y era una posibilidad que no podía quedar eliminada, pues Dios no podía estar sometido a un principio ajeno al de su propia omnipotencia, como lo sería el abstenerse de ser engañador como si el estuviera subordinado a norma alguna, cuando el valor de todas dependía de su voluntad. Así lo reconoce Descartes en diversos momentos como en el que dice
“Con todo, si repugnara a su bondad el haberme hecho tal que yo me engañara siempre, parecería también ser contrario a él permitir que me engañe a veces y, sin embargo, no puedo dudar de que lo permita” .
Un punto de vista similar se encuentra en otros lugares, como en Los Principios de la Filosofía, donde se dice:
-“Dios, que nos ha creado, puede hacer todo lo que quiera, y no sabemos todavía si ha querido hacernos tales que nos equivoquemos siempre aun en las cosas que creemos conocer mejor, pues ya que ha permitido que nos hayamos equivocado algunas veces […] por qué no podría permitir que nos equivocásemos siempre” ,
y
-“si Dios presentase a nuestra alma inmediatamente por Sí mismo la idea de esta materia extensa […] no podríamos encontrar razón alguna que nos impidiese creer que Dios se complace en engañarnos” .
Además de estas declaraciones explícitas –aunque contradictorias con otras-, conviene tener en cuenta que la defensa cartesiana de la omnipotencia divina como fundamento de todos los valores morales –al estilo de Ockham- es la única coherente con esta postura: El hecho de que Dios sea engañador o no será una decisión suya, de manera que la mentira no será mala en sí misma sino sólo en cuanto el propio Dios así lo establezca.
2.4.2. Evidencia y criterio de verdad. Objeciones.
Por otra parte y en relación con el concepto de evidencia, conviene reparar en el problema gnoseológico que implica a la hora de ser utilizado como criterio de verdad, pretendiendo utilizarlo para conferir valor a los supuestos conocimiento, pues, en cuanto toda evidencia es una sensación interna, es siempre subjetiva, de manera que pretender encontrar evidencias que, además de ser subjetivas, sean igualmente objetivas es lo mismo que pretender encontrar lo subjetivo objetivo, o lo subjetivo no subjetivo, lo cual es una contradicción. Para comprender con claridad el problema que plantea la evidencia puede ser suficiente tener en cuenta las miles de personas que afirman con total convicción haber visto a la Virgen o a cualquier santo de su devoción o haber sido visitados por extraterrestres o por el propio diablo; las histerias colectivas, la presión psicológica o determinados alucinógenos son capaces de hacer que se perciba como evidente aquello que sólo es producto de la fantasía o de un estado mental similar al de los sueños que se viven con fuerte intensidad hasta el punto de que, incluso estando ya despierto, se sigue teniendo la impresión de que el sueño no era tal, sino que era auténtica realidad. A Descartes podría haberle bastado constatar el hecho de que él mismo, a lo largo de los años de su vida, había tenido –como todo el mundo- evidencias que con el tiempo dejaron de serlo, lo cual era ya una prueba suficiente para desconfiar del valor de esa regla como parte esencial de un método; y, de hecho eso fue lo que reconoció en la 5ª de las Meditaciones Metafísicas , aunque sólo para introducir ingenuamente a Dios como garantía del valor de la evidencia. En cualquier caso la imposibilidad de superar el carácter subjetivo de la evidencia le encerró en un solipsismo del que no pudo escapar siendo coherente con la Lógica.
Por ello, el filósofo francés, comprendiendo tal vez la necesidad de que sus evidencias no debían tener simplemente carácter subjetivo, consideró que sólo la garantía de la existencia de un Dios no engañador podía ser el único soporte de la verdad de cualquier evidencia. Pero, como ya se ha mostrado, a pesar de que Descartes afirmó el carácter veraz de la divinidad cuando le interesó, en otras ocasiones rechazó tal limitación a la omnipotencia divina y, en consecuencia, la posibilidad de justificar el valor de la regla de la evidencia, pues Dios no estaba sometido a obligación alguna, por lo que no estaba sometido a la obligación de ser veraz y podía ser tan engañador o infinitamente más que el genio maligno. Pero en este punto Descartes no tuvo en cuenta que, además de que, dada la omnipotencia divina, Dios sí podía ser engñador, el sugerir que su veracidad debería determinar que las evidencias humanas fueran objetivas era otro grave error, pues hacía depender de Dios el que nadie se equivocase en sus evidencias, a pesar de que todos somos concientes de que tantos las propias evidencias varían con el tiempo, así como sabemos que también varían las evidencias de los demás.
Y, finalmente, Descartes ignoró igualmente que la misma evidencia acerca de la existencia de Dios podía ser uno de los engaños de aquel hipotético genio maligno, por lo que dicha existencia no podía quedar garantizada.
Por ello, a pesar del valor que en principio concedió a la regla de la evidencia y a pesar de haber considerado necesario darle una justificación última, teniendo en cuenta la posibilidad de que los supuestos conocimientos aceptados por ser evidentes sólo lo fueran desde la propia subjetividad engañada por una extraña divinidad o por un genio maligno especialmente poderoso, dicha justificación resultaba imposible en cuanto la debilidad intrínseca del criterio subjetivo de la evidencia no podía superarse ni siquiera recurriendo a Dios, que es lo que Descartes intentó, pues para ello había que demostrar su existencia, y, aunque Descartes se esforzó en esa tarea imposible, como para conseguir este objetivo tenía que recurrir finalmente a una evidencia subjetiva, en cuanto ésta no podía convertirse en objetiva y podía haber sido provocada por el genio maligno, en tal caso ni podía demostrar la existencia de Dios, ni en consecuencia podía recurrir a Dios para dar valor a las evidencias condicionadas previamente a la demostración de su existencia.
Y así, con su artificiosa hipótesis del “genio maligno”, siguiendo a Ockam, quien ya había llevado su actitud crítica a la suposición de que la omnipotencia divina podía producir directamente en nosotros intuiciones sensibles a las que no les correspondiera realidad externa alguna, y adelantándose a Berkeley, que llegaría incluso a negar que las percepciones tuviesen un correlato externo y material independiente, Descartes pretendió llevar la duda al límite máximo, en cuanto pensó que sólo si se encontraba una verdad que resistiera una prueba tan rigurosa, la Filosofía podría constituirse en un sólido sistema de auténticos conocimientos.
Pero, como ya se ha dicho, esa justificación última la introdujo mediante un argumento en círculo: La regla de la evidencia le servía de criterio para dar valor a las pruebas utilizadas para demostrar la existencia de un Dios no engañador, mientras que éste, una vez asumida su existencia, se convertía en la garantía del valor de la regla de la evidencia mediante la cual y sin una previa garantía de su valor, que sólo Dios podía concederle, se llegaba a la fraudulenta demostración de su existencia.
Además, a fin de justificar el valor de la regla de la evidencia Descartes “se olvidó” de su propia doctrina según la cual la omnipotencia de Dios era tan absoluta que incluso las verdades matemáticas y el valor del principio de contradicción dependían de aquella, y consideró de modo contradictorio que Dios no podía ser engañador, pues la “luz natural” enseña que el engaño dependía de algún defecto .
En relación con la posibilidad de que el verdadero Dios fuese engañador, en una carta a Voetius, publicada en marzo de 1643 , Descartes negó haber hablado de tal posibilidad, indicando que él en ningún caso se había referido al “verdadero Dios” sino sólo a un ser muy poderoso que fuera engañador. Sin embargo, aunque haya algún texto en el que efectivamente Descartes pudiera oponerse con razón a la crítica de Voetius, en otras ocasiones las críticas de Voetius son totalmente correctas, de manera que, con su incoherencia habitual, Descartes afirmó de forma inequívoca que el auténtico Dios podría ser engañador, pues
“puede ser que él haya querido que yo me equivoque siempre que hago la suma de dos y tres […] Pero quizá Dios no ha querido que fuese engañado de esta manera, pues es soberanamente bueno. Con todo, si repugnara a su bondad el haberme hecho tal que yo me engañara siempre, parecería también ser contrario a él permitir que me engañe a veces y, sin embargo, no puedo dudar de que lo permita” .
Por otra parte y en relación con esta cuestión, conviene recordar que el obispo y filósofo anglicano G. Berkeley no tuvo reparos en considerar que nuestras percepciones eran causadas directamente por Dios, considerando que no era necesaria la existencia de una realidad material como origen de ellas (“esse est percipi”) y que no por ello había que considerar que Dios fuera menos perfecto.
En resumidas cuentas: 1) Descartes no pudo garantizar el valor de la evidencia a partir de Dios porque la demostración de tal existencia suponía aceptar que la regla de la evidencia ya se encontraba en posesión de tal garantía; y 2) aunque hubiera podido demostrar la existencia de Dios para garantizar así el valor de la regla de la evidencia, este fin no lo abría logrado en cuanto el propio Dios, de acuerdo con su supuesta omnipotencia hubiera podido ser tan engañador o infinitamente más que el “genio maligno”, de manera que no podría garantizarse que las evidencias dejasen de ser meramente subjetivas o inspiradas por la propia divinidad.
2.5. Recapitulación.- La duda metódica había servido a Descartes para poner entre paréntesis todos los “conocimientos” recibidos para tratar de alcanzar un conocimiento seguro que fuera capaz de superar dicha duda. Tal conocimiento único es el que le proporcionó la proposición “cogito, ergo sum”, a partir de la cual consideró que podría aceptar como verdadero todo conocimiento que se le presentase con la misma evidencia, claridad y distinción con que ésta se le había presentado esta primera proposición. Sin embargo, dándose cuenta de que cualquier “evidencia” podría ser el resultado de un engaño forjado por un “genio maligno”, comprendió que la verdad del “cogito” no servía como un criterio suficiente para recuperar el valor de los conocimientos sometidos a la duda y, por ello, advirtió que necesitaba demostrar como “evidente” la existencia de Dios, olvidando que la evidencia que pudiera obtener sería tan subjetiva y tan sospechosa como el resto de evidencias, en cuanto el ser cuya existencia necesitaba demostrar como evidente era precisamente el mismo que tendría que haber servido para conferir valor a todas sus evidencias, de manera que la evidencia acerca de la existencia de Dios sólo tendría valor si Dios existiera y de ese modo pudiera conferir valor a la regla de la evidencia. Pero, por otra parte, aunque ese Dios existiera, como su omnipotencia implicaba que podía ser engañador, en tal caso ni siquiera la existencia de Dios podía justificar el valor de la regla de la evidencia, en cuanto Dios podría ser infinitamente más mentiroso que el mismo genio maligno .
Por ello lo que tiene interés investigar seriamente es cómo un pensador que parecía tan capacitado para la labor científica fue incapaz de darse cuenta de los graves errores en que incurrió a la hora de fundamentar su método y a la hora de aplicarlo. Ciertamente en la aparición de esos errores tuvo una importancia relevante el propio método, basado en el uso de la razón sin apenas ayuda de la experiencia, y tuvo importancia el haber confiado en algo tan poco fiable como lo era la vivencia de las propias “evidencias” en cuanto, a pesar de ser meramente subjetivas, Descartes las confundió con verdades objetivas, cuando la verdad es que son muchas las evidencias subjetivas que nada tienen que ver con verdades objetivas, al tiempo que hay muchas verdades objetivas que nada o poco tienen que ver con evidencias subjetivas. Curiosamente el propio Descartes llegó a conocer y a menospreciar frívolamente la obra de un gran científico como Galileo, el cual había descubierto el auténtico método para conseguir el progreso de la Ciencia, el método experimental o hipotético deductivo, que combinaba la experiencia, la imaginación y el entendimiento para observar, crear hipótesis explicativas de lo observado y realizar experimentos a fin de confirmar o modificar las hipótesis previamente establecidas .
2.6. La escasa importancia de la experiencia en el Método.
Al mismo tiempo, Descartes concedió un valor muy secundario a la experiencia, aunque reconoció su utilidad como mecanismo para suplir las carencias de la razón a medida que las verdades racionales más evidentes iban quedando demasiado alejadas a lo largo del proceso deductivo que llevaba a los conocimientos más concretos. Su tendencia a ignorar el valor de la experiencia parece que fue aumentando progresivamente, pues en las Reglas para la dirección del espíritu todavía llegó a criticar a
“aquellos filósofos que, desdeñando las experiencias, creen que la verdad saldrá de su propio cerebro como Minerva del de Júpiter” .
Sin embargo, consideró que la experiencia sin la razón era un conocimiento sumamente imperfecto, pues sólo mostraba que algo era, pero no por qué era, mientras que lo esencial en el conocimiento científico era mostrar la conexión deductiva de todos los fenómenos en cuando derivados de la perfección divina; y, por ello, la experiencia sólo tenía un valor auxiliar como una forma de asegurar la verdad de los resultados a los que conducían las deducciones racionales.
2.7. El fracaso inevitable de cualquier intento por demostrar la existencia de Dios.
El papel que juega la regla de la evidencia como punto de partida para demostrar la existencia de Dios y la utilización posterior de esa supuesta existencia para justificar el valor de la regla de la evidencia constituyen un círculo vicioso que Descartes fue incapaz de reconocer por su interés en reafirmar el valor de los conocimientos que habían sido sometidos a la duda metódica.
Por ello y a partir de la consideración cartesiana según la cual la garantía del valor de la regla de la evidencia era necesaria para cualquier adelanto en el conocimiento y a partir de que sólo Dios hubiera podido proporcionar tal garantía, la consecuencia inevitable era la de la imposibilidad de avanzar un solo paso en el conocimiento.
No obstante y aun pasando por alto esta imposibilidad, su utilización de la regla de la evidencia para demostrar la existencia de Dios fue realmente desastrosa como consecuencia de haber empleado unos argumentos sencilla y claramente absurdos, que, además de estar a millones de años luz de la evidencia, en ocasiones sólo hubieran podido servir para lo contrario de lo que el filósofo francés se propuso.
2.7.1. La finitud del yo no conduce a demostrar la infinitud de Dios.
Por lo que se refiere a sus intentos por demostrar la existencia de Dios, Descartes no contaba con otro apoyo que el proporcionado por su primera proposición considerada como verdadera, “pienso, luego existo”, junto con la utilización ilegítima, según las propias exigencias cartesianas, de la regla de la evidencia en cuanto, como el propio filósofo francés reconoce, ésta no había quedado suficientemente fundamentada, pues sólo Dios podía hacerlo.
Esa primera verdad le condujo a definirse como “una cosa que piensa”, esto es, como un ser que tenía ideas. Respecto a tales ideas, señaló que existían diferencias entre ellas respecto al modo de presentarse: Unas eran innatas, en cuanto las encontraba en sí mismo, otras eran adventicias en cuanto parecían proceder de algo distinto de sí mismo, y finalmente otras, las facticias, las construía él mismo combinando diversas ideas.
Para demostrar la existencia de Dios Descartes utilizó diversos argumentos, ninguno de los cuales podía ser concluyente no sólo por el carácter contradictorio del concepto de Dios, sino, además, porque los planteamientos cartesianos tan absurdos convertían esa hazaña en algo doblemente imposible.
1) Así, en las Meditaciones Metafísicas Descartes utiliza un argumento similar a varios de los empleados por Tomás de Aquino, quien partiendo del movimiento, de la causalidad o de los seres contingentes, consideraba que en la serie de los seres movidos, causados o contingentes uno no se podía remontar al infinito sino que debía suponer la existencia de un primer motor, una causa primera incausada o un ser necesario que explicase la existencia de la serie de realidades movidas, causadas o contingentes. Por su parte, en cuanto Descartes no podía contar con realidades externas, cuya existencia había quedado puesta entre paréntesis como consecuencia de la aplicación de la duda metódica a los conocimientos sensibles, sólo podía contar con las ideas existentes en la “res cogitans”. Y así, utilizando un procedimiento similar al de Tomás de Aquino, estimó que debía existir una idea primera cuya causa sería la realidad original correspondiente, en la que existiría realmente la perfección que en las ideas sólo estaba por “representación”:
“Y aunque pueda suceder que una idea dé origen a otra idea, esto, sin embargo, no puede continuar al infinito, sino que es necesario llegar por fin a una idea primera, cuya causa sea como un patrón o un original, en la que se halle contenida formal y efectivamente toda la realidad o perfección que se encuentra sólo objetivamente o por representación en estas ideas”
Este argumento parece una burla por su superficialidad, pues parte de la falsa premisa de que las ideas estén enlazadas entre sí de forma que la intuición de una deba llevar hasta otra anterior y así hasta llegar a esa primera idea de que habla Descartes. Además, el hecho de que considere que la causa de esa idea primera deba ser una realidad que posea en sí la perfección existente por representación es una afirmación gratuita, pues una mínima dosis de sinceridad podría haberle hecho ver que, ni por esencia ni por representación, nadie se encuentra en posesión de una idea de lo infinito, por más que se posea un concepto confuso de lo infinito –entendido como lo interminable a nivel de la propia conciencia: la imposibilidad de contemplar la serie infinita de los números naturales, la imposibilidad de imaginar un espacio infinito-.
2) Contra estas consideraciones y partiendo nuevamente de las ideas, Descartes indicó que, entre las ideas innatas había una que tenía un carácter muy especial cuando se la comparaba con el carácter limitado del propio ser: Se trataba de la idea de Dios, y, en el Discurso del Método señala que, en cuanto yo era un ser que dudaba y en cuanto por ello
“mi ser no era completamente perfecto, pues veía claramente que conocer era una perfección superior a dudar, quise indagar de dónde había aprendido a pensar en algo más perfecto que yo; y conocí evidentemente que debía de ser por alguna naturaleza que fuese, en efecto, más perfecta” .
Respecto a esta “demostración” (?) tan fácilmente alcanzada, conviene realizar los siguientes comentarios críticos:
En primer lugar, resulta sorprendente la ligereza con que Descartes considera “evidente” este argumento tan absurdo, pues, partiendo de los datos de su argumentación, más bien se debería concluir en un resultado totalmente contrario, pues la propia imperfección sería una prueba en contra de la existencia de Dios como ser perfecto, pues, de acuerdo con el adagio “operari sequitur esse”, las obras de Dios, en cuanto ser perfecto, deberían ser perfectas, y, por ello, si su omnipotencia le permitía crear y su bondad le impulsaba a conceder todas las perfecciones posibles a lo creado, Dios habría actuado mal al haberle creado de modo imperfecto; y, como tal forma de actuar habría sido incompatible con el ser de Dios, en tal caso la propia imperfección habría sido una demostración evidente de que no existía un ser tan perfecto que hubiese podido y querido crearle con sus mismas perfecciones.
Conviene recordar a este respecto que una parte de la crítica de Hume al argumento fisico-teleológico se basaba precisamente en el hecho de que la consideración del mundo, como imperfecto y limitado que era, no permitía concluir de manera válida en la necesidad de una causa perfecta e infinita, como sería Dios, sino todo lo más, imperfecta y limitada como el propio mundo.
3) A continuación y como un nuevo argumento Descartes indica que, si yo hubiera sido causa de mí mismo, me habría dado las perfecciones que conozco y que están contenidas en la idea de Dios, y que por ello es evidente que no me he creado a mí mismo y que ha debido crearme un ser que tenga todas las perfecciones cuya simple idea yo poseo . Y nuevamente cae en el error anterior al no darse cuenta de que con tal planteamiento estaría afirmando que el amor de Dios hacia el hombre, a pesar de ser supuestamente infinito, sería inferior al que cada uno tiene hacia sí mismo, ya que nos habría dotado de una naturaleza muy inferior respecto a la que nosotros mismos nos habríamos dado si hubiéramos podido hacerlo, pues nos habríamos dotado de todas las perfecciones que conocemos y no nos habríamos conformado con su simple conocimiento, y, en consecuencia, su amor no sería infinito.
4) Descartes utilizó también una variación del argumento ontológico de Anselmo de Canterbury, señalando que
“el ser sumamente perfecto no puede ser concebido como desprovisto de la perfección de la existencia: ésta le pertenece con la misma necesidad que a un triángulo le corresponde poseer tres lados .
Las críticas al valor de este argumento habían surgido ya en la misma época de Anselmo de Canterbury, cuando el fraile Gaunilon indicó que, siguiendo la argumentación anselmiana, igual podría demostrarse la existencia de las Islas Afortunadas, ya que, si no existieran, no serían afortunadas. Posteriormente, Tomás de Aquino, Ockham, Hume y Kant aportaron sus propias críticas, considerando, en definitiva, que había que diferenciar entre el orden del pensamiento y el orden de la realidad: Por lo que se refiere al pensamiento y admitiendo la posibilidad de tener en él la idea de un ser perfecto, a fin de poder afirmar que tal ser existiera en la realidad y no sólo en el pensamiento, sería necesario tener la experiencia correspondiente de un ser cuyas cualidades se correspondieran con las de la idea de ese ser perfecto meramente pensado; en caso contrario, este argumento podría ser aplicado no sólo a Dios sino también a cualquier otra idea en cuanto la pensásemos como perfecta. Así, podría afirmarse la existencia del centauro perfecto, en cuanto, si no existiera, no sería perfecto. Pero lo evidente es que, cuando pensamos en un centauro perfecto, por muy perfecto que lo pensemos, no por ello escapamos de la esfera del pensamiento para afirmar la existencia real de ese centauro pensado, de manera que, como defendía el empirismo y el propio Kant, para pasar desde lo pensado a lo real, de forma que se llegue a conocer la existencia de una realidad que se corresponda con lo pensado, hace falta, en definitiva, la experiencia, la cual será la piedra de toque para saber si la idea pensada se corresponde con una realidad empírica cuyas características se correspondan con las de aquella.
Por otra parte, cuando se afirma que la idea de Dios es la de un ser perfecto se quiere decir que dicha idea engloba el conjunto de todas las cualidades positivas posibles en cuanto contenidas en la idea de Dios, pero en ningún caso se puede dejar el terreno de la idea de Dios, meramente pensada, para afirmar la existencia real de Dios como un ser real trascendente que se corresponda con aquella idea.
Hume -en los momentos en los que no se dedica a defender un solipsismo radical-, adelantándose a Kant, había dicho que era posible pensar en Dios o en cualquier quimera y era posible pensarlos como existentes o como no existentes, pero que, en el mejor de los casos, a la hora de hablar de la existencia de realidades ajenas a las meramente pensadas había que recurrir a la experiencia.
Igualmente Kant señaló más adelante que la existencia no era un predicado real, es decir, no era una cualidad nueva que se añadiese al conjunto de cualidades que asociamos con determinado concepto, sino que hacía referencia a la “posición absoluta de una cosa” es decir, a la afirmación de la existencia de una realidad empírica que se correspondía en sus cualidades con un concepto pensado, de manera que cuando pensamos en cualquier concepto, las cualidades que éste tenga en el pensamiento serán las mismas que tenga en la realidad, si realmente existe, pero sólo la experiencia podrá mostrar si lo pensado se corresponde con una realidad existente fuera del pensamiento, además de existir en él.
De nuevo, pues, vuelve a mostrarse el fracaso cartesiano a la hora de aplicar la regla de la evidencia, al conformarse con una “demostración” tan absurda que sólo sirve para demostrar que no se deben aceptar las “evidencias” subjetivas –que son todas- como criterio de verdad, especialmente desde que advertimos que una misma persona puede tener evidencias contradictorias en momentos distintos y que personas distintas tienen evidencias contradictorias acerca de cualquier asunto.
Por ello y especialmente desde Galileo, ha sido el método experimental el que ha conseguido el avance de la ciencia a partir de una continua interacción entre las hipótesis científicas y la experiencia, de modo que no es una evidencia subjetiva sino la posibilidad constante de experiencias que confirmen o desmientan el valor de las hipótesis lo que confirma o invalida cada una de las leyes y teorías científicas vigentes en un momento dado, leyes y teorías que, como señala Popper, no se consideran verdaderas en un sentido absoluto sino sólo como aproximaciones progresivas al conocimiento de la realidad, que la experiencia podría falsar en cualquier momento.
5) En las Meditaciones Metafísicas indica Descartes que toda idea posee un doble valor: como actividad de un sujeto pensante posee una realidad formal, pero en cuanto representación de un objeto, posee una realidad objetiva. Afirma a continuación que como actos diversos de un sujeto pensante las ideas no plantean problema alguno desde la perspectiva de su realidad formal; pero dice que se plantea un problema cuando nos preguntamos por la causa que pueda haber producido tales ideas en cuanto contienen una realidad objetiva. La realidad objetiva de la mayoría de las ideas, en la medida en que es limitada por representar las diversas cosas naturales, que son limitadas, podría haber sido causada por mí mismo; pero, según el pensador francés, no ocurre lo mismo con la idea de Dios, pues la realidad objetiva que en ella se contiene es infinita y, en consecuencia, no puede ser explicada su presencia en mí como si yo fuera su causa, pues “lo que es más perfecto, es decir lo que contiene en sí más realidad, no puede seguirse ni depender de lo menos perfecto” . Yo, como sustancia finita, no podría poseer la idea de una sustancia infinita a menos que ésta estuviera causada en mí por una sustancia infinita realmente existente. En consecuencia, Descartes llega a afirmar que la simple presencia en él de la idea de Dios demuestra la existencia del propio Dios.
Resulta asombrosamente decepcionante la facilidad con que a Descartes se le muestra como evidente un argumento tan absurdo, tan confuso y, en cualquier caso, tan carente de evidencia –al menos para la serie de filósofos que le sucedieron, pues ninguno llegó a entender o a intuir esa evidencia tan especial-. Cuando se refiere a la realidad objetiva de la idea de Dios, diciendo que es infinita, no tiene en cuenta que en sentido estricto no se tiene una idea positiva de ‘lo infinito’, pues, cuando se intenta una hazaña como ésa, lo único que se consigue es pensar en la negación de lo finito, pero en ningún caso se alcanza una comprensión positiva de “lo infinito”, del mismo modo que tampoco se abarca con el pensamiento la serie infinita de los números naturales, sino que lo único que se consigue pensar es que dicha serie nunca termina y que todos y cada uno de los números tienen su correspondiente sucesor de forma indefinida. En consecuencia, la “realidad objetiva” de la idea de Dios, no puede ser pensada como infinita sino sólo como indefinida, de manera que estar en posesión de esa idea no implica abarcar con absoluta claridad su significado. Por otra parte, la realidad objetiva de las ideas del Universo, de la Vía Láctea, del planeta Tierra, de la cordillera de los Alpes o del pueblo en el que vivo son mayores que yo y, sin embargo, no tengo problema alguno en representarlas en mi mente, aunque sea de modo confuso. En consecuencia, parece evidente que puede pensarse cualquier ente imaginario, por inmenso y extraño que sea, aunque se piense de modo igualmente impreciso.
2.7.2. Otras doctrinas absurdas.
Por ello y teniendo en cuenta este cúmulo de circunstancias, no resulta nada extraño que Descartes se conformase con unos argumentos tan endebles y tan alejados de la evidencia para demostrar la existencia de Dios, argumentos aceptados con la misma frivolidad con que defendía otras doctrinas radicalmente absurdas, como su consideración según la cual
“aunque Dios haya querido que algunas verdades fuesen necesarias, esto no significa que las haya querido necesariamente” ,
lo cual equivale a afirmar que Dios ha determinado libremente la necesidad de tales verdades, afirmación que representa una contradicción en los términos en cuanto tales verdades libremente establecidas no podrían ser a la vez necesarias. O su muy aguda observación según la cual en cierto modo los defectos contribuyen a la perfección de un conjunto, lo cual equivale a firmar que las imperfecciones son perfecciones o, dicho con las palabras del filósofo francés,
“en cierto modo el que algunas de las partes de todo el Universo no estén exentas de defectos es una perfección mucho mayor que si todas fueran iguales” ;
o también su explicación acerca del “funcionamiento del corazón”, la de la existencia de los “cuatro elementos de Empédocles”, la de la existencia de las “estrellas fijas”, la consideración tan ingenua y absurda de que el alma y el cuerpo se encuentran unidos mediante la glándula pineal, la “evidencia” de que la res extensa y el movimiento son realidades independientes entre sí, o su afirmación, tan “evidente” para él, aunque falsa para casi todos los demás, de que el alma no necesita del cuerpo para poder pensar.
El asombro ante tantos errores evitables incita a pensar que, en medio de tantos absurdos, era comprensible que Descartes acertase al menos en la explicación de algunos fenómenos.
3. La influencia de la Teología en el sistema cartesiano.
3.1. El racionalismo teológico.- Consecuente con su idea acerca de la inmutabilidad divina, pero no con la de su omnipotencia, casi al comienzo de la quinta parte del Discurso Descartes escribió:
“...he advertido ciertas leyes que Dios ha establecido de tal manera en la naturaleza y cuyas nociones ha impreso en nuestras almas que, después de haber reflexionado bastante en ellas, no podríamos dudar de que son observadas exactamente en todo lo que es u ocurre en el universo” .
Con estas palabras quiso decir que con sólo profundizar en su mente sería capaz de descubrir las leyes que rigen el funcionamiento de la naturaleza, de manera que los estudios empíricos serían innecesarios o muy secundarios, ya que la esencia divina era la fuente de su verdad y de su conocimiento. En este sentido Descartes defiende un “racionalismo” teológico, según el cual, si la razón humana es capaz de alcanzar el conocimiento de las verdades eternas y de todas las demás, en cuanto se deducen de aquellas, no es por otro motivo sino porque Dios la ha dispuesto con aquellas ideas innatas que es capaz de descubrir porque se encontraban ya en ella de forma latente.
Pero además y de manera desconcertante Descartes llega a relativizar su propio racionalismo –convirtiéndolo en irracionalismo- en cuanto considera que no es la racionalidad intrínseca de las distintas verdades lo que permite conocerlas, sino el hecho de que toda verdad depende de Dios y emana de su naturaleza. En este sentido escribe a Mersenne:
“en cuanto a las verdades eternas le digo sin más que sólo son verdaderas o posibles porque Dios las conoce como verdaderas o posibles, pero no, por el contrario, que sean conocidas por Dios como verdaderas como si fuesen verdaderas con independencia de él [...] La existencia de Dios es la primera y la más eterna de todas las verdades que puede haber y la única de que proceden todas las demás” .
Por ello, la razón no demostraría nada si no fuera porque Dios ha establecido que pueda conectar con la verdad; en consecuencia, la razón no es autosuficiente para alcanzar la verdad, pues la justificación de toda verdad se encuentra en el propio Dios. Y, precisamente por esto, al referirnos a estos planteamientos es más acertado hablar de un racionalismo teológico que de un racionalismo en sentido estricto.
3.2. El racionalismo teológico aplicado a la “res cogitans”.
3.2.1. Independencia e inmortalidad del alma. Objeciones.
Por lo que se refiere al alma Descartes considera evidente (?) que es una realidad independiente del cuerpo que “no está sujeta a morir con él” y que, en consecuencia “es inmortal”:
“conocí […] que era una sustancia cuya esencia íntegra o naturaleza sólo consiste en pensar y que para ser no necesita ningún lugar ni depende de ninguna cosa material. De manera que este yo, es decir, el alma por la cual yo soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo […] y que aunque él no existiera ella no dejaría de ser todo lo que es” .
Más adelante, en las Meditaciones Metafísicas, insiste en afirmar que ha demostrado de que “el alma del hombre […] es por su naturaleza inmortal” .
A través de estas afirmaciones, Descartes se muestra especialmente pretencioso al afirmar como evidentes teorías muy alejadas de la “evidencia”, de la experiencia y de la verdad, pues no contaba con más “razones” que los prejuicios derivados de sus creencias religiosas y la presión clerical procedente del conjunto de sus amistades, casi todas ellas religiosas. Sin embargo y a pesar de tratarse de doctrinas tan alejadas de la evidencia, Descartes las debió de vivir como evidentes tal vez como consecuencia de esa suave presión psicológica, consciente o inconscientemente recibida, procedente de su círculo de amistades religiosas, aunque también en cierta medida por el temor a la Inquisición.
En cualquier caso resulta sorprendente en grado sumo que Descartes haya podido ver como evidentes doctrinas como las de que el yo sea una sustancia pensante, que sólo consista en pensar, que no necesite ni dependa de ninguna sustancia material, que el yo se identifique con el alma, que considere que ésta es enteramente distinta del cuerpo y que aunque el cuerpo no existiera el alma no dejaría de ser todo lo que es, pues todas estas doctrinas no parecen otra cosa que prejuicios basados en aquellas creencias religiosas a las que no había aplicado la duda, y que, desde una perspectiva ajena a tales prejuicios, Descartes no habría llegado a “descubrir” a tales absurdos.
La sorpresa se convierte en profunda admiración ante la suma perspicacia de Descartes cuando descubre con la misma “evidencia” que aunque el cuerpo no existiera el alma no dejaría de existir, pues algo muy parecido a la “evidencia” más bien muestra lo contrario: Cuando se observa a alguien en estado de coma se percibe, sin demasiada dificultad que, en cuanto su cerebro no está en buenas condiciones, su actividad pensante deja mucho que desear, y cualquiera suele asociar de forma espontánea los ciclos de vigilia y de sueño corporal con ciclos paralelos conciencia psíquica llamativamente tan diferentes como los correspondiente estados somáticos. Además, cada uno sabe por auto-observación continua que siempre se ha sentido identificado o al menos unido con el cuerpo material desde el que siente, piensa, recuerda, desea, mientras que a casi nadie se le ocurre decir que se haya percibido a sí mismo existiendo con independencia de su cuerpo, o pensando desde un determinado lugar mientras su cuerpo se encontraba a diez mil kilómetros de distancia, a no ser que, como a Descartes, determinadas creencias religiosas le hayan llevado a sugestionarse de que su pensamiento y su cuerpo tenían escasa relación.
El propio Kant, a pesar de sus creencias religiosas, negó que se pudiese tener acceso al conocimiento del alma o al de su independencia del cuerpo, aunque la idea de la existencia del alma, la de su libertad y la de su inmortalidad pudiera aceptarse como un postulado de la Razón Práctica.
3.2.2. La relación entre el alma y el cuerpo. Objeciones.
Por lo que se refiere a la relación entre el alma y el cuerpo y a fin de explicar cómo el cuerpo era capaz de obedecer las órdenes del alma y de informarle acerca de su estado, y cómo el alma podía recibir información acerca del estado del cuerpo y darle órdenes, resulta sorprendente que Descartes “solucionase” (?) este problema de un modo tan superficial y tan ingenuamente absurdo como lo hizo, pues no se le ocurrió otra cosa que la de intercalar entre ellas un elemento material como lo era la glándula pineal, quedándose satisfecho con su peculiar teoría, tan absurda como otras que ya se han indicado. Es incomprensible que, al considerar que una realidad material como la glándula pineal podía servir de intermediaria entre el cuerpo y el alma, no entendiera que el problema, lejos de solucionarse, se desplazaba al de tener que explicar a continuación cómo se relacionaba el alma – supuestamente inmaterial- con la glándula pineal –evidentemente material-. Pero, a pesar de la imposibilidad de resolver tal problema, Descartes se atrevió a decir que
“la parte del cuerpo en la que el alma ejerce inmediatamente sus funciones no es en modo alguno el corazón ni tampoco el conjunto del cerebro, sino meramente la parte de éste que es más interior de todas, a saber, una cierta glándula muy pequeña que está situada en el centro de la sustancia cerebral, y que está de tal modo suspendida sobre el conducto por donde los espíritus animales en sus cavidades anteriores tienen comunicación con las de las posteriores que los más ligeros movimientos que tienen en la misma alteran grandemente el curso de aquellos espíritus; y, recíprocamente, los más pequeños cambios que se dan en el curso de los espíritus pueden influir mucho en que cambien los movimientos de aquella glándula” .
Desde luego, esta explicación no era ni clara, ni distinta, ni evidente, sino todo lo contrario, pues, desde el momento en que para explicar la conexión entre lo espiritual y lo material se recurre a un tercer principio que sigue siendo material, el problema permanece en el mismo estado en que se encontraba al principio, ya que por mínimo que fuera el punto de conexión entre lo material y lo que no lo es, el misterio de cómo lo inmaterial podía influir en lo material y viceversa se mantenía tan inexplicable como al principio. Resulta por ello doblemente asombroso que un filósofo que se había propuesto no aceptar como verdad ninguna doctrina que no fuera absolutamente evidente se conformase con unas explicaciones tan alejadas de la comprobación empírica como del análisis racional , y que además fuera capaz de verlas como evidentes.
Mediante la consideración según la cual consideró el alma como una sustancia distinta de la “res extensa”, Descartes excluyó al ser humano del mecanicismo imperante en la realidad material y en el resto del mudo biológico, insistiendo en la existencia de una diferencia esencial entre los animales y el hombre por este mecanicismo al que éstos estarían sometidos, siendo sólo máquinas muy sofisticadas, y porque juzgó que
“después del error de los que niegan a Dios [...] no hay nada que aleje tanto a los espíritus débiles del recto camino de la virtud como el imaginar que el alma de las bestias es de la misma naturaleza que la nuestra, y que, por lo tanto, no hemos de temer ni esperar nada después de esta vida, de la misma manera que las moscas o las hormigas; mientras que, si sabemos cómo son de diferentes, se comprenden mucho mejor las razones que prueban que la nuestra es de una naturaleza enteramente independiente del cuerpo, y por lo tanto, que no está sujeta a morir con él y puesto que no vemos otras causas que la destruyan, nos inclinaremos naturalmente a juzgar por todo esto que es inmortal” .
Al igual que en otras ocasiones y aunque la defensa cartesiana del mecanicismo aplicado al mundo biológico fue realmente fructífera para el avance de la Biología, las explicaciones cartesianas para establecer esas diferencias abismales entre los animales y el hombre se basaban en los prejuicios de la Religión, pues no era tan difícil comprender que los animales percibían, sentían y tenían toda una serie de procesos mentales similares a los del hombre, al margen de que todos esos fenómenos mentales tuvieran una explicación natural que ni en el caso de los animales ni en el caso del hombre requerían una explicación basada en un principio fantasmagórico inmaterial. En cualquier caso, si algo estaba cerca de la “evidencia”, era precisamente lo contrario de lo que Descartes aceptó.
Para explicar los movimientos del cuerpo humano el pensador francés juzgó que éste se regía por leyes simplemente mecánicas de manera que muchos procesos fisiológicos se producían sin intervención de la mente, y, así, la respiración, la digestión, la circulación de la sangre... se realizaban automáticamente; por otra parte, consideró igualmente que tampoco los movimientos conscientes eran causados directamente por la mente, pues lo único que ésta podía hacer era alterar la dirección de los movimientos de nuestro cuerpo, gracias a la relación existente entre el alma y el cuerpo a través de la glándula pineal.
De nuevo su frivolidad tantas veces demostrada le llevó a una conclusión absurda, pues afirmar que la mente pudiera alterar la dirección de los movimientos de nuestro cuerpo gracias a la mediación de una realidad igualmente material, como lo era la glándula pineal, era una explicación totalmente ridícula, sólo comprensible por su osadía para presentar teorías absurdas cuando desconocía la auténtica explicación.
Por lo que se refiere a la consideración cartesiana del alma o “res cogitans” como la auténtica sustancia del hombre -aunque estuviera unida a un cuerpo-, desde el punto de vista de la ciencia habría que puntualizar, en primer lugar, que si con dicho término se estuviera haciendo referencia a los procesos mentales como el pensamiento, el sentimiento y las diversas emociones e imágenes mentales que percibimos, en tal caso no habría nada que objetar, pero, en cuanto con él se pretenda hacer referencia a una sustancia inmaterial que sería el sujeto de tales procesos y que, por definición, no podría ser objeto de percepción, la ciencia no puede hablar de ella en ningún caso y tal doctrina no parece ser otra cosa que una construcción de la imaginación procedente de las creencias religiosas del pasado, que tuvieron su continuación en las doctrinas del cristianismo y de otras sectas religiosas.
Por otra parte, aunque los fenómenos físicos y los psíquicos se diferencian por el método de su conocimiento, puede constatarse la existencia de un paralelismo entre ellos, y puede constatarse la existencia de una clara correspondencia entre ellos a nivel cerebral, tal como se observa desde la biotecnología actual.
3.2.3. La “res cogitans” y la libertad.
También tiene interés hacer una referencia al tratamiento tan contradictorio que hizo Descartes del problema de la libertad, en relación con el cual dio soluciones superficiales para todos los gustos, aceptando conceptos muy diversos de libertad, contradictorios entre sí en algunas ocasiones, como en especial cuando acepta la libertad desde la perspectiva del intelectualismo socrático y cuando niega el valor de esta misma perspectiva, siendo al parecer ignorante de sus propias contradicciones por esa misma frivolidad incoherente en su forma de razonar, como si fuera amnésico, sin mantener una coherencia en las doctrinas que había defendido en otras ocasiones.
Gran parte de las confusiones y contradicciones en que incurre se relacionan con su ambigüedad en el uso del concepto de libertad, que en algunos momentos entiende:
1) como indiferencia a la hora de pronunciarse la voluntad, sin tener motivos para decidirse por un objetivo o por cualquier otro;
2) como sinónimo de voluntariedad;
3) como voluntad necesaria de elegir el bien presentado por el entendimiento (intelectualismo socrático);
4) como voluntad libre con capacidad para elegir o no elegir un bien;
5) como capacidad para elegir libremente las acciones cuya elección Dios ha preordenado de modo necesario.
Respecto a estos diversos conceptos de libertad, conviene decir lo siguiente:
1) Descartes entiende el primer concepto de libertad como “libertad de indiferencia”, y lo define como la capacidad de autodeterminación de la voluntad para elegir sin sentir atracción alguna hacia el objetivo que elige y lo considera como la expresión más baja de la libertad. Así lo declara de modo explícito afirmando que
“el grado más bajo de libertad [consiste] en poderse determinar hacia cosas por las cuales tenemos una absoluta indiferencia” .
Pero considerar como libre esta forma de actuar es erróneo en cuanto, desde el momento en que la voluntad no dispone de motivo alguno para dirigirse hacia un objetivo en lugar de hacerlo hacia otro, la decisión correspondiente sería simplemente un ejemplo de azar, concepto que no es un sinónimo de libertad en cuanto ésta se entiende en general como capacidad de decisión para tratar de lograr un objetivo que aparece como deseable o atrayente.
2) En otros momentos, entiende la libertad como un concepto sinónimo de “espontáneo” y de “voluntario”, diciendo que, cuanto mayores son los motivos que le inducen a obrar de un determinado modo, con mayor libertad actúa, ya que la voluntad no actúa en contra de sí misma sino en favor de aquello que apetece. En este sentido, escribe:
-“lo libre y espontáneo y voluntario son completamente lo mismo […] Me dirijo tanto más libremente a algo cuanto más numerosas son las razones que me impulsan, porque es cierto que nuestra voluntad se mueve entonces con mayor facilidad e ímpetu” ,
-“hacer libremente una cosa o hacerla gustosamente o bien hacerla voluntariamente no son más que una misma cosa. Y en este sentido he escrito que yo me inclinaba tanto más libremente a una cosa cuantas más razones me impulsaban” .
Esta forma de entender la libertad es acertada y, por ello, resulta perfectamente comprensible; al mismo tiempo, es la única que conecta adecuadamente con la aceptación cartesiana del intelectualismo socrático.
Por ello, como luego se verá, el problema se plantea cuando, desde la perspectiva religiosa católica, a Descartes no le queda más remedio que negar en otras ocasiones la doctrina socrática para defender otras más ligadas a la católica, con sus ideas responsabilidad, mérito y culpa, y con otras que se relacionan con tales conceptos.
3) La defensa cartesiana del intelectualismo socrático puede verse en diversos textos como los siguientes:
-“como nuestra voluntad no se determina a seguir o a huir de nada sino en cuanto nuestro entendimiento se la represente como buena o mala, basta con juzgar bien para obrar bien y con juzgar lo mejor que se pueda para obrar también lo mejor que se pueda”
-“Si yo conociera siempre claramente lo que es verdadero y bueno, jamás me tomaría el trabajo de deliberar acerca de qué juicio debiera formar y qué elección hacer, y de ese modo yo sería enteramente libre, sin ser jamás indiferente” .
-“si [lo malo] lo viéramos claramente nos sería imposible pecar mientras lo viéramos de esta manera; por esto se dice que omnis peccans est ignorans (todo el que peca ignora)” .
Acerca de esta misma cuestión tiene especial interés hacer referencia a una carta a Mersenne, en la que Descartes le responde a una objeción según la cual el intelectualismo socrático conduciría a la negación de la responsabilidad moral en cuanto siempre la voluntad se vería forzada a actuar desde la consideración del bien y no del mal. Descartes le responde haciendo referencia al hecho de que el entendimiento presenta a la voluntad “diversas cosas al mismo tiempo”, de forma que los “espíritus débiles” llegarían a confundir el auténtico bien con otro de carácter inferior.
Esta respuesta, sin embargo, era excesivamente simplista y desde luego no conseguía solucionar el problema planteado, pues daba una explicación determinista de los casos de comportamiento en los que aparentemente no se actuaba de acuerdo con la elección del bien mayor al indicar que el motivo de esta equivocación se encontraba en que “los espíritus débiles” confundían el bien auténtico con otro y eso determinaba su elección equivocada. En este punto Descartes no llega a plantear ni de lejos las interesantes y acertadas explicaciones que ya Aristóteles había realizado acerca del fenómeno de la en el libro VII de su Ética Nicomáquea. Es evidente, por otra parte, que el pensador francés no podía estar especialmente motivado para esta tarea, que le habría conducido, como al propio Aristóteles, a la defensa consiguiente de un planteamiento determinista. La presión psíquica recibida, de forma consciente o inconsciente, como consecuencia de su temor a caer en desgracia en su círculo de amistades católicas y clericales, entre las que gozaba de un importante prestigio, y de su temor a la Inquisición, le debió de conducir a contrarrestar su defensa del intelectualismo socrático con su contradictorio ataque a esta misma doctrina por los motivos indicados.
Así, en la carta a Mersenne a la que se ha hecho referencia dice lo siguiente:
“Usted rechaza lo que he dicho: que basta juzgar bien para actuar bien; y, sin embargo, me parece que la doctrina ordinaria de la escuela es que voluntas non fertur in malum, nisi quatenus ei sub aliqua ratione boni repraesentatur ab intellectu (la voluntad no se dirige hacia el mal sino en cuanto el entendimiento se lo presenta bajo alguna razón de bien) de donde procede este dicho: omnis peccans est ignorans (todo el que peca es ignorante); de manera que si el entendimiento no representara jamás a la voluntad como bien nada que en realidad no lo fuera, no podría fallar jamás en su elección. Pero a menudo se le representa diversas cosas al mismo tiempo; de donde procede el dicho video meliora proboque (veo lo mejor y lo apruebo) que es para los espíritus débiles…” .
Es decir, mientras Mersenne defiende la doctrina tradicional católica que incide en la libertad de la voluntad frente a cualquier bien propuesto por el entendimiento, Descartes comienza por defender, de acuerdo con la tesis socrática, la total subordinación de la voluntad respecto al bien propuesto por el entendimiento. Sin embargo, cuando se da cuenta de que tal punto de vista podría ser criticado por su carácter determinista, entonces recurre a la misma solución adoptada por Tomás de Aquino según la cual, como los bienes presentados por el entendimiento son diversos, la voluntad puede equivocarse y no elegir necesariamente el mayor bien. En este sentido Tomás de Aquino había escrito: “Voluntas in nihil potest tendere nisi sub ratione boni, sed quia bonum mutiplex est, non ex necesitate determinatur ad unum” . Por ello Descartes cita a Ovidio –“video meliora proboque, deteriora sequor” (Metamorfosis, VII, 20-21), igual que podía haber citado a Pablo de Tarso: “No hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero”-, a fin de escapar a cualquier posible acusación por aceptar doctrinas contrarias a las de la ortodoxia católica. No obstante, su autodefensa podía haber sido objeto de réplica por parte de su amigo, “el padre Mersenne”, quien podía haberle criticado que con su respuesta, al decir que “si el entendimiento no representara jamás a la voluntad como bien nada que en realidad no lo fuera, no podría fallar jamás en su elección”, seguía afirmando la dependencia absoluta de la voluntad respecto al entendimiento -en cuanto si la voluntad elegía una determinada acción era porque el entendimiento se la había presentado como buena- y, que en consecuencia seguía instalado en ese determinismo propio del intelectualismo socrático .
Como ya se ha dicho, esta defensa del intelectualismo socrático no va acompañada en Descartes de una defensa explícita del determinismo –pues no podía ser de otra manera teniendo en cuenta las creencias religiosas del autor y el círculo de sus amistades-, pero es evidente que la doctrina socrática implica un determinismo del bien, al margen de que, como consecuencia de su instinto para ocultarse aquellas cuestiones que pudieran plantearle problemas, el pensador francés no llegase a ser consciente de ello.
Sin embargo, aunque en ocasiones Descartes defendió a la vez el libre albedrío y el intelectualismo ético, conviene tener en cuenta que, mientras el intelectualismo ético tiene carácter determinista, el concepto de libre albedrío se opone al determinismo en cuanto va unido a las doctrinas de la responsabilidad moral, del mérito, de la culpa, considerando que las acciones libres del hombre pueden encaminan de manera consciente a la elección del mal , y, en este sentido, representa la negación del intelectualismo socrático.
Sin embargo, por lo que se refiere a la relación entre determinismo y libertad no sucede lo mismo, pues el concepto de libertad es más amplio y, en cualquier caso, infinitamente más claro que el concepto de “libre albedrío”, y no está reñido con el determinismo, pues, aunque desde el determinismo socrático se defiende la relación necesaria entre la deliberación y la decisión , también se sigue considerando que los actos son voluntarios en cuanto proceden de la propia voluntad y no son causados por una realidad ajena a la del hombre, como Aristóteles acepta sin problemas y como Descartes acepta cuando se olvida de los posibles ataques que podría recibir de las autoridades religiosas y del desprecio en que podía convertirse el prestigio de que gozaba entre sus amistades católicas.
4) Por otra parte y de manera que ya ni siquiera resulta sorprendente a pesar de estar en contradicción con la anterior defensa del intelectualismo socrático, puede observarse cómo en otros momentos, con su frivolidad habitual, Descartes rechaza la doctrina socrática para defender la contraria con la mayor naturalidad del mundo y como si siempre hubiese defendido este punto de vista. Así sucede, por ejemplo, cuando en otra carta a Mersenne le dice:
“siempre somos libres de no seguir un bien que nos es claramente conocido o de admitir una verdad evidente sólo con tal de que pensemos que es un bien testimoniar de ese modo la libertad de nuestro libre albedrío”
Este punto de vista fue criticado posteriormente por Hume, aunque sin una referencia directa al filósofo francés, cuando expuso que precisamente el deseo de mostrar “la libertad de nuestro arbitrio” se convertiría en tales casos en la causa determinante que conducía a obrar de un modo distinto al modo según el cual se habría actuado si ese deseo de demostrar la existencia del “libre albedrío” no hubiese aparecido. Escribe Hume en este sentido:
“La mayor parte de las veces experimentamos que nuestras acciones están sometidas a nuestra voluntad, y creemos experimentar también que la voluntad misma no está sometida a nada [...pero] por caprichosa e irregular que sea la acción que podamos realizar, en cuanto el deseo de mostrar nuestra libertad sea el único motivo de nuestras acciones, nunca nos veremos libres de las ligaduras de la necesidad” .
Hume quiere llamar la atención de que quienes defienden la doctrina del libre albedrío a partir de la experiencia de obrar desde la propia voluntad, sin que las acciones sean consecuencia de motivación alguna (?), pasan por alto que en esos casos el deseo de mostrar la propia libertad sería el motivo que les estaría determinando para actuar del modo que decidieran. Téngase en cuenta, además, que la ausencia de motivos sólo podría salvar del determinismo en cuanto ninguna acción derivaría de tal situación, pero no por ello conduciría al inefable reino del “libre albedrío”, sino, todo lo más, si ello fuera posible, al del azar irracional.
En una afirmación similar, que se encuentra en su carta a Mesland (?) de 9 de febrero de 1645, Descartes afirma de nuevo del modo más alejado posible de la tesis socrática que
“la mayor libertad consiste […] en un uso mayor de aquel poder positivo que tenemos de seguir las cosas peores aunque veamos las mejores” .
Con esta afirmación, Descartes se contradice –una vez más- respecto a aquella otra según la cual
“hacer libremente una cosa o hacerla gustosamente o bien hacerla voluntariamente no son más que una misma cosa. Y en este sentido he escrito que yo me inclinaba tanto más libremente a una cosa cuantas más razones me impulsaban” .
Además, esta línea de interpretación, incoherente con su defensa del intelectualismo socrático pero acorde con la moral católica, es la que le permite defender la doctrina del “libre albedrío” como aquella forma de libertad por la que se podría elegir entre lo bueno y lo malo, de forma que el hombre sería responsable de sus actos y éstos serían laudables o condenables, al margen de que fuera la gracia divina la que salvase al hombre, y no sus méritos, como había defendido Pelagio.
En este punto además, parece que, preocupado por posibles censuras eclesiásticas o acusaciones de la Inquisición, en su carta a Mersenne de mayo de 1637 puntualizó que
“el actuar bien de que hablo no puede entenderse en términos de Teología, en donde se habla de la Gracia, sino solamente en términos de filosofía moral y natural, en donde no se considera de ningún modo esta gracia; de manera que no se me puede acusar por esto del error de los pelagianos” ,
y en una carta a la reina Cristina de Suecia quiso intensificar sus manifestaciones de fervor católico –pero sólo por lo que se refiere a su defensa de la libertad humana y no de la omnipotencia y predeterminación divinas-, proclamando que
“el libre albedrío es de suyo la cosa más noble que pueda haber en nosotros, tanto que nos hace semejantes a Dios y parece eximirnos de estar sujetos a él y que, por consiguiente, su buen uso es el más grande de todos nuestros bienes” .
En efecto, conviene observar en este texto que Descartes casi llega a incurrir en un peligroso desliz teológico al afirmar que “el libre albedrío […] parece eximirnos de estar sujetos a él [= Dios]”. Por suerte utilizó el verbo “parece” y eso junto con el hecho de que lo que escribía era una carta particular, le libró de la peligrosa acusación de herejía, consistente en negar la predeterminación divina y la consiguiente subordinación de las propias decisiones humanas a la voluntad divina, que las habría programado y establecido desde la eternidad.
Por otra parte y en relación con la carta a Mesland antes citada, lo que más sorprende de ella no es el punto de vista que defiende, contradictorio con su anterior defensa del intelectualismo socrático, sino el hecho de que allí mismo y apenas unas cuantas líneas más abajo, no pierda la ocasión de entregarse a una nueva contradicción al considerar, por una parte, que la mayor libertad consiste en poder elegir las cosas peores, mientras que sólo unas líneas más abajo no tenga el menor inconveniente en afirmar lo contrario:
“me dirijo tanto más libremente a algo cuanto más numerosas son las razones que me impulsan, porque es cierto que nuestra voluntad se mueve entonces con mayor facilidad e ímpetu” .
4.1) En coherencia con la moral católica Descartes no puede evitar tener que defender a continuación la responsabilidad del hombre en cuanto
“es el autor de sus acciones y se hace merecedor de elogio por ellas. Pues no se alaba a los autómatas porque realizan exactamente todos los movimientos para los que han sido fabricados, puesto que los hacen de un modo necesario, sino que se alaba a su constructor” .
En una consideración de esta clase es donde puede verse el alejamiento cartesiano del intelectualismo socrático, pues desde esta doctrina asumida en otros momentos es perfectamente compatible la defensa de la necesidad de las acciones voluntarias junto con su carácter libre ya que, si no hay obstáculos externos que lo impidan, las acciones se las debe considerar como libres en cuanto proceden de la propia voluntad, mientras que se las debe considerar igualmente necesarias en cuanto no se puede intentar hacer otra cosa que aquello que se desea –pues es la propia decisión de hacer algo la que demuestra cual era el mayor deseo en ese preciso instante de la decisión- y en cuanto el propio deseo sólo es una manifestación del propio ser en el momento en que decide. Por este motivo desde el intelectualismo socrático no tiene sentido hablar de responsabilidad ni de méritos ni de culpas, pues cada uno actúa de acuerdo con su naturaleza, mientras que nadie ha elegido previamente tener la naturaleza que tiene. Esa misma consideración es la que lleva a Aristóteles a defender el intelectualismo socrático de modo explícito, así como a afirmar la total conexión entre la deliberación, la decisión y la elección material de lo decidido, afirmando en este sentido que “se elige lo que se ha decidido como resultado de la deliberación”.
5) Finalmente y siguiendo la tradición católica, que ya se había planteado el problema de la compatibilidad entre la preordenación divina y la libertad humana sin poder llegar a una solución ni mediante los planteamientos de Tomás de Aquino, ni mediante los de Erasmo de Rotterdam, ni mediante la discusión entre el dominico Domingo Báñez y el jesuita Luís de Molina, Descartes, aun sin tener especial interés en tratar esa peligrosa cuestión teológica y aunque avisa de que
“podemos enredarnos en grandes dificultades si intentáramos conciliar esta preordenación de Dios con la libertad de nuestro arbitrio y comprender simultáneamente una y la otra” ,
se atreve a examinarla, y en los Principios de la Filosofía defiende de modo explícito la doctrina católica, aceptando por fe que las acciones libres del hombre han sido preordenadas por Dios, aunque esto
“no lo comprendemos bastante como para ver de qué modo deje indeterminadas las libres acciones de los hombres” ,
y considerando que sería absurdo que por el hecho de no comprender este misterio se dejase de aceptar algo que sí se comprende, como es la existencia de Dios.
Sin embargo, en otro momento, en que posiblemente siente que el peligro de ser condenado por la Inquisición es casi nulo por tratarse de una carta particular a la princesa Elisabeth, tiene la osadía de presentar en ella una solución a este problema que la princesa le había planteado en una carta anterior, mediante el siguiente ejemplo:
“Si un rey que ha prohibido los duelos y que sabe con toda certeza que dos hidalgos de su reino, que viven en ciudades diferentes, están peleados y tan irritados uno contra el otro que nada podría impedir que se batieran si se encontraran; si este rey, digo, da a uno de ellos la orden de ir cierto día hacia la ciudad donde se halla el otro y también ordena a éste ir el mismo día hacia el lugar donde está el primero, sabe con toda seguridad que no dejarán de encontrarse y de batirse y, al hacerlo, de contravenir su prohibición, pero no por esto los obliga; y su conocimiento e incluso la voluntad que ha tenido para determinarlos de esta manera no impiden que se batan tan voluntaria y tan libremente […] y así pueden ser castigados con entera justicia” .
Era absurdo pretender resolver esta contradicción doctrinal católica, pero la jactancia cartesiana y el deseo de obsequiar a la princesa eran demasiado intensos y, por ello, lo intentó. Como era lógico, su intento fue un fracasó total: Si dice en el ejemplo que el rey sabe que “nada podría impedir que se batieran si se encontraran”, podría tener sentido afirmar que aun así el hecho de que se batan podría ser libre y voluntario, pero sólo en cuanto el propio Dios les hubiera programado con la voluntad o deseo “espontáneo” de batirse. Pero lo absurdo del planteamiento cartesiano es afirmar, junto con la frase anterior, que, habiéndose batido, pueden “ser castigados con toda justicia”. Es decir, parece incomprensible que Descartes no llegue a entender que, si el duelo tiene que producirse necesariamente, es absurdo considerar culpables a quienes sólo son objeto de esa necesidad en cuanto han sido programados para obrar de acuerdo con ella, y con la impresión de que su acción fluye espontáneamente de ellos mismos sin que nada ajeno les haya programado a actuar de ese modo y a tener la sensación de que nada les está obligando desde fuera a obrar como lo hacen y a sentirse libres como se sienten. En esa misma historia, refiriéndose al rey, Descartes incurre en otra contradicción inexplicable cuando dice que el rey “ha querido que estos hidalgos se batieran, puesto que hizo que se encontrasen”, pero añadiendo casi a continuación que “no lo ha querido, ya que prohibió los duelos”, pues, sea por el motivo que sea, es una contradicción afirmar que “el rey ha querido que se batieran” y que, al mismo tiempo, “el rey no ha querido que se batieran”. A pesar de esta contradicción, el intento de solución del problema en este ejemplo se parece a la herética solución de Orígenes y a la del jesuita Luís de Molina, quien mediante su concepto de “ciencia media” hacía hincapié de modo especial en el conocimiento divino de lo que el hombre haría libremente, pasando por alto la preordenación divina del libre albedrío según la había explicado Tomás de Aquino, la cual implicaba que Dios no sólo conocía qué haría el hombre en cada circunstancia sino que le había predeterminado a obrar de ese modo.
Resulta, por ello, asombroso que Descartes, constante defensor de la omnipotencia divina a la que nada podía escapar, no se diera cuenta de que su comparación de las acciones de ese rey con las de Dios no era la más apropiada, pues mientras el rey sólo sabía qué haría cada uno de esos hidalgos al encontrarse con el otro, Dios no sólo habría sabido qué harían sino que él mismo les habría determinado a hacer aquello que libremente hiciesen. De este modo, según el ejemplo del rey y sus hidalgos, el poder divino quedaba limitado al conocimiento de las futuras acciones libres y no se extendía hasta su predeterminación, y, por ello, Descartes se estaba metiendo en un terreno peligroso al no mencionar de modo explícito la omnipotencia divina según la cual nada escapa a su voluntad absoluta y todo depende de ella.
Tiene interés señalar que el planteamiento cartesiano mostrado en esta carta a la princesa Elisabeth coincide con el de la carta a la reina Cristina de Suecia antes citada, en la cual se decía que
“el libre albedrío es de suyo la cosa más noble que pueda haber en nosotros, tanto que nos hace semejantes a Dios y parece eximirnos de estar sujetos a él […]” .
Por su parte, cuando Tomás de Aquino trató el tema de la omnipotencia divina, en lugar de intentar salvar la responsabilidad humana, defendió un planteamiento absolutamente determinista y así, criticando a Orígenes (185-254), defendió la tesis de que Dios no sólo era la causa de la existencia de la voluntad humana como potencia, sino también la causa de las elecciones concretas de la voluntad:
“Algunos, no entendiendo cómo Dios puede causar el movimiento de nuestra voluntad sin perjuicio de la libertad misma, se empeñaron en exponer torcidamente dichas autoridades. Y así decían que Dios causa en nosotros el querer y el obrar, en cuanto que causa en nosotros la potencia de querer, pero no en el sentido de que nos haga querer esto o aquello. Así lo expone Orígenes [...].
De esto parece haber nacido la opinión de algunos, que decían que la providencia no se extiende a cuanto cae bajo el libre albedrío, o sea, a las elecciones, sino que se refiere a los sucesos exteriores. Pues quien elige conseguir o realizar algo, por ejemplo, enriquecerse o edificar, no siempre lo podrá alcanzar [...].
Todo lo cual, en verdad, está en abierta oposición con el testimonio de la Sagrada Escritura. Se dice en Isaías: Todo cuanto hemos hecho lo has hecho tú, Señor. Luego no sólo recibimos de Dios la potencia de querer, sino también la operación” .
Así pues, la perspectiva de teólogos como Orígenes acerca del acto voluntario salvaría la libertad del hombre, pero no la omnipotencia divina. Su punto de vista se podría reflejar de acuerdo con el siguiente esquema:
Sin embargo, desde la perspectiva de Tomás de Aquino se salvaría la omnipotencia divina pero no la libertad humana, a pesar de que en teoría la aceptaba. El esquema correspondiente a este punto de vista sería el siguiente:
Insistiendo en este mismo punto de vista, Tomás de Aquino escribió un poco más adelante: “Dios es causa no sólo de nuestra voluntad, sino también de nuestro querer”. Y en el capítulo siguiente concluía así: “Por consiguiente, como Él es la causa de nuestra elección y de nuestro querer, nuestras elecciones y voliciones están sujetas a la divina providencia” .
La única explicación del atrevimiento de Descartes para pretender explicar lo inexplicable puede encontrarse en su deseo de complacer a la princesa y en el hecho de que se trataba de una carta privada que tal vez pensó que nadie llegaría a conocer a excepción de la interesada.
Más adelante, en la misma carta, dice que Dios
“supo exactamente cuáles serían todas las inclinaciones de nuestra voluntad; es él mismo el que las puso en nosotros, también es él quien ha dispuesto todas las demás cosas que están fuera de nosotros [y] supo que nuestro libre albedrío nos determinaría a tal o cual cosa; y lo ha querido así, pero no por eso ha querido obligarlo. Y, como este rey, podemos distinguir dos diferentes grados de voluntad: uno por el cual ha querido que estos hidalgos se batieran […], y otro, por el cual no lo ha querido, ya que prohibió los duelos, del mismo modo los teólogos distinguen en Dios una voluntad absoluta e independiente por la cual quiere que todas las cosas suceden como suceden, y otra que es relativa y que se relaciona con el mérito o demérito de los hombres por la cual quiere que se obedezca a sus leyes” .
Pero, de nuevo, este párrafo contiene frases ambiguas o incluso contradictorias con la doctrina católica, pues, en primer lugar, cuando afirma que Dios “supo exactamente cuáles serían todas las inclinaciones de nuestra voluntad” parece que esté restringiendo el poder divino al hecho de “saber” cuáles serían esas inclinaciones. El hecho de que a continuación reconozca que fue él mismo quien puso tales inclinaciones en nosotros sigue sin solucionar este problema teológico, pues desde la tesis católica Dios no sólo pone en nosotros las inclinaciones sino las mismas decisiones, por muy contradictorio que esto sea con la aceptación simultánea de la libertad humana. Por ello, aunque las decisiones del hombre siguieran siendo voluntarias, no tendría ningún sentido afirmar que el hombre o aquellos hidalgos del ejemplo cartesiano “pueden ser castigados con entera justicia”. En consecuencia y en cuanto Descartes pudiera haber afirmado exclusivamente la presciencia divina, ignorando la predeterminación, habría incurrido en una herejía, que, por otra parte, sería comprensible en cuanto efectivamente no hay manera de entender cómo pueden ser libres las decisiones del hombre desde el momento Dios las haya predeterminado.
Parece, pues, que en estas cartas Descartes se atrevió a ser más sincero en relación con sus convicciones personales más auténticas en cuanto no se sentía ni consciente ni inconscientemente presionado por su temor a la Inquisición ni por el temor consiguiente a ser rechazado como hereje por el conjunto de amistades religiosas entre quienes gozaba de un prestigio que le servía de cobijo y remedio a sus necesidades de aceptación social. Estas convicciones que incidían especialmente en la libertad del hombre -aunque sin negar explícitamente la predeterminación divina- se alineaban en el punto de vista seguido por la orden religiosa de los jesuitas, en uno de cuyos colegios se había educado el pensador francés.
Cuando Descartes afirma al mismo tiempo que Dios
“supo que nuestro libre albedrío nos determinaría a tal o cual cosa, y lo ha querido así, pero no por eso ha querido obligarlo”
se contradice con la mayor frivolidad en cuanto afirma y niega al mismo tiempo que Dios haya querido y no haya querido que el hombre actúe de un modo u otro. Y cuando habla de la distinción en Dios de una voluntad absoluta por la que “quiere que todas las cosas sucedan como suceden” y una voluntad relativa por la que “quiere que se obedezcan sus leyes” –lo cual en muchas ocasiones no sucedería- incurre de nuevo en un sofisma, si considera que existe alguna diferencia entre el hecho de que Dios quiera que todo suceda como sucede y el hecho de que quiera que se cumplan sus leyes, como si esto último pudiera dejar de suceder, pues en tal caso estaría afirmando que Dios quiere y no quiere que todo suceda como sucede, en cuanto el cumplimiento de sus leyes, como parte de “lo que sucede”, se corresponde con el querer de Dios que en ningún caso podría dejar de cumplirse, por lo que Descartes incurre en una nueva contradicción motivada por su interés en salvar la libertad del hombre. Es decir, si la obediencia a sus leyes es una parte de lo que Dios quiere, en tal caso no puede afirmarse que el querer de Dios se aplica a todo para a continuación afirmar que este querer deja de cumplirse como consecuencia de una desobediencia debida al mal uso del libre albedrío por parte del hombre, lo cual implicaría una negación de la omnipotencia y de la preordenación divinas. Dicho en forma de dos argumentos encadenados:
Si Dios quiere que todas las cosas sucedan como él quiere
y si puede hacer todo lo que quiere (porque es omnipotente)
entonces todas las cosas suceden como él quiere
y
Si todas las cosas sucedan como él quiere
y si él quiere que se cumplan sus leyes
entonces sus leyes se cumplen
Y, por ello, sería una contradicción en relación con la omnipotencia divina afirmar, como lo hace Descartes, que las leyes divinas dejan de cumplirse en algunos casos relacionados con el cumplimiento de las leyes morales en cuanto el hombre se sirva de su libre albedrío para actuar en contra de las leyes divinas. Respecto a esta cuestión, la solución cartesiana anterior, por la que pretende que en tales casos Dios simplemente permite que el hombre actúe de acuerdo con su voluntad, es contraria a la doctrina católica, pues tal solución implica nuevamente una negación de la omnipotencia divina. Pues no se trata de que Dios permita que el hombre actúe libremente en contra de la voluntad divina en cuanto es el mismo Dios quien ha programado dicha voluntad para que actúe como lo hace y, en consecuencia, Dios no permite otra cosa sino que las cosas sucedan como él quiere.
La conclusión de estos razonamientos es la de que las leyes de Dios se cumplirían siempre, tanto cuando se actúa de acuerdo con un tipo más concreto de leyes -las que se relacionan con el cumplimiento de la norma moral-, como cuando aparentemente no se cumplen, en cuanto ha sido Dios mismo quien ha determinado que haya personas que cumplan tales leyes y otras que no las cumplan, de forma que todo se amoldaría al cumplimiento de su voluntad más absoluta, tal como desde la ortodoxia católica lo expresa Tomás de Aquino cuando escribe:
“Mas como quiera que Dios, entre los hombres que persisten en los mismos pecados, a unos los convierta previniéndolos y a otros los soporte o permita que procedan naturalmente [?], no se ha de investigar la razón por qué convierte a éstos y no a los otros, pues esto depende de su simple voluntad, del mismo modo que dependió de su voluntad el que, al hacer todas las cosas de la nada, unas fueran más excelentes que otras; tal como de la simple voluntad del artífice nace el formar de una misma materia, dispuesta de idéntico modo, unos vasos para usos nobles y otros para usos bajos” ,
o cuando igualmente, refiriéndose a la predestinación, considera que la elección y la reprobación del hombre han sido ordenadas por Dios desde la eternidad, sin que pueda aceptarse que la decisión divina pueda depender de los méritos del hombre:
“Y como se ha demostrado que unos, ayudados por la gracia, se dirigen mediante la operación divina al fin último, y otros, desprovistos de dicho auxilio, se desvían del fin último, y todo lo que Dios hace está dispuesto y ordenado desde la eternidad por su sabiduría [...], es necesario que dicha distinción de hombres haya sido ordenada por Dios desde la eternidad. Por lo tanto, en cuanto que designó de antemano a algunos desde la eternidad para dirigirlos al fin último, se dice que los predestinó [...] Y a quienes dispuso desde la eternidad que no había de dar la gracia, se dice que los reprobó o los odió [...] Y puede también demostrarse que la predestinación y la elección no tienen por causa ciertos méritos humanos, no sólo porque la gracia de Dios, que es efecto de la predestinación, no responde a mérito alguno, pues precede a todos los méritos humanos [...] sino también porque la voluntad y providencia divinas son la causa primera de cuanto se hace; y nada puede ser causa de la voluntad y providencia divinas” .
3.3. El racionalismo teológico aplicado a la “res extensa”.
Por lo que se refiere a la deducción de la existencia de la res extensa, Descartes indica que existe en el yo una facultad pasiva de recibir ideas de cosas sensibles de forma que no es el yo quien las crea, pues aparecen sin que yo contribuya a ello, e incluso contra mi voluntad. Por ello, deben estar causadas por una sustancia distinta, la cual no puede ser más que un cuerpo o el mismo Dios. Pero como Dios no engaña y me ha dado una intensa inclinación a creer que estas ideas provienen de realidades externas independientes de mí, debo deducir que existe una sustancia extensa (res extensa) causante de tales ideas, distinta de la sustancia pensante (res cogitans) que soy yo.
Descartes considera en diversas ocasiones, aunque no siempre, que Dios no puede ser engañador, pues la “luz natural” enseña que el engaño depende necesariamente de algún defecto . Sin embargo y como ya se ha dicho antes, siendo consecuente con los motivos que justifican la duda metódica, las “evidencias” de la “luz natural” podrían ser uno de los engaños de ese otro hipotético dios embustero o del genio maligno desde el momento en que Descartes considera que la regla de la evidencia no tiene valor mientras no se haya demostrado la existencia de un Dios que confirme su relación con verdades objetivas, demostración que es imposible alcanzar desde el momento en que para ello debería tener ya confirmado el valor de la regla de la evidencia por ese mismo Dios cuya existencia pretende demostrar, como ya le criticó Arnauld acertadamente. Por ello, el yo es esencialmente incapaz de demostrar el valor supuestamente objetivo de sus “evidencias” en favor de
1) la existencia de un Dios auténtico;
2) la tesis según la cual mentir sería un defecto que en ningún caso podría estar en Dios;
3) la existencia real de un mundo material; y
4) todo lo que se pretenda deducir de ese Dios cuya existencia queda como indemostrable.
En consecuencia y desde un punto de vista lógico el yo permanece encerrado en los límites del solipsismo representado por las simples ideas.
Más adelante Descartes insistió en sus planteamientos teológico-irracionales hasta un punto asombrosamente absurdo, de forma que sólo le sirvieron para poner de manifiesto lo contrario de lo que defendía, a saber: que la razón es absolutamente incapaz de alcanzar conocimientos sin la ayuda de la experiencia, o, como diría Kant, que “los pensamientos [del entendimiento] sin contenido [empírico] son vacíos” .
Pero, a pesar de todo, el pensador francés siguió mostrando una confianza absurda en los fundamentos teológicos de su “racionalismo” (?) y en su doctrina del innatismo para deducir las diversas leyes físicas del universo basándose “para esto nada más que en Dios, que lo ha creado” y deduciéndolas “de ciertas semillas de verdades que están en nuestras almas”, tal como dice cuando escribe de manera ridículamente jactanciosa:
“primero he tratado de encontrar en general los principios o primeras causas de todo lo que es o puede ser en el mundo sin considerar para esto nada más que a Dios, que lo ha creado, ni sacarlas de otra parte que de ciertas semillas de verdades que están naturalmente en nuestras almas. Después de esto examiné cuáles eran los primeros y más ordinarios efectos que se podían deducir de estas causas: y me parece que por ahí encontré cielos, astros, una tierra e incluso en la tierra, agua, aire y fuego, minerales y algunas otras cosas tales que son las más comunes de todas y las más simples y, por consiguiente, las más fáciles de conocer .
3.3.1. El racionalismo teológico aplicado a las Matemáticas. Objeciones.
Una vez “demostrada” (?) la existencia de Dios, Descartes consideró que los conocimientos matemáticos podían aceptarse ya como seguros, no sólo por ser evidentes sino porque su evidencia no era fruto de un espejismo sino que estaba garantizada por Dios.
Sin embargo, el pensador francés olvidó que o bien el genio maligno o bien aquella otra divinidad engañosa a la que él mismo había hecho referencia podían haber sido causa de “falsas evidencias”, como la de la propia existencia de un Dios no engañador que a su vez hubiese garantizado el valor de los conocimientos tanto sensibles como matemáticos. Además, incluso dejando de lado la hipótesis del genio maligno que nunca fue superada, Descartes se contradice nuevamente desde el momento en que afirma que las verdades matemáticas no son consistentes por ellas mismas sino porque Dios así lo ha querido, y, en consecuencia, se plantearía la siguiente cuestión: ¿qué valor podía tener la evidencia respecto a unos contenidos que hubieran podido ser falsos si Dios así lo hubiera querido? Sería contrario a la veracidad divina que provocase evidencias acerca de verdades cuyo valor no fuera absoluto sino derivado de su propio poder. Pues la evidencia es aquella intuición de la mente por la que comprende la necesidad racional de una cosa, de manera que si tal necesidad fuera inexistente porque cualquier verdad dependiera de Dios, en tal caso el hecho de que Dios sugiriese evidencias sin que a éstas les correspondiera una realidad objetiva sería una forma de engaño.
Por otra parte y desde el supuesto de su aceptación de la omnipotencia divina, Descartes se contradice de nuevo en cuanto su afirmación de que “aunque Dios hubiera creado muchos mundos no podría haber ninguno en que [tales leyes] dejaran de ser observadas” . Al mismo tiempo su consideración de que las leyes del universo tienen un carácter matemático junto con su afirmación según la cual la verdad de los conocimientos matemáticos no es absoluta, ya que Dios hubiera podido hacer
“que no fuese verdad que todas las líneas tiradas desde el centro de la circunferencia fuesen iguales, lo mismo que fue libre para no crear el mundo” ,
dando un carácter contingente a tales leyes, resulta incoherente con la pretensión de deducir las leyes del universo a partir de la inmutabilidad divina, dando prioridad a esta cualidad sobre la de la omnipotencia, que es la que destaca en el texto anterior.
Este punto de vista parece un absurdo total, aunque la verdad es que Descartes da como explicación que, como todo, incluido el principio de contradicción, depende de Dios, hay que aceptar que las mismas verdades matemáticas, a pesar de ser analíticas, son verdades porque Dios así lo ha querido, lo cual equivale a afirmar que Dios pudo haber hecho que los radios no fuesen iguales entre sí, del mismo modo que hubiera podido hacer que dos segmentos fueran al mismo tempo iguales y desiguales en su longitud:
“La dificultad de concebir cómo Dios ha sido libre e indiferente para hacer que no fuera cierto que los tres ángulos de un triángulo fuesen iguales a dos rectos o en general que los contradictorios no puedan existir juntos, se la puede suprimir fácilmente considerando que el poder de Dios no puede tener ningún límite”
Pero lo más grave de esta doctrina cartesiana es que implica la aceptación de la omnipotencia divina como un criterio de verdad superior incluso al del principio de contradicción, lo cual, por cierto, está en contradicción con sus propias afirmaciones en sentido contrario, cuando decía que Dios no podría hacer que lo que haya sucedido no haya sucedido. Pero, claro está, desde el momento en que el principio de contradicción deja de tener valor por sí mismo, deja de tener importancia la serie de ocasiones en las que el autor se contradiga –aunque no sea Dios-. Por otra parte, conviene tener en cuenta que el principio de contradicción es para el propio Descartes –aunque tal vez de un modo no explícito- el principio supremo, anterior incluso al principio o regla de la evidencia, pues –como ya se ha dicho- ésta quedaba finalmente justificada a partir de dicho principio.
Por ello mismo y como consecuencia, Descartes llega a decir que
“la certeza misma de las demostraciones geométricas depende del conocimiento de un Dios” .
Resulta sorprendente además que mientras hace depender de la omnipotencia divina el valor de las verdades matemáticas, por lo que se refiere a las verdades físicas las haga depender de su inmutabilidad, la cual pondría un límite contradictorio a su omnipotencia y le habría impedido crear el universo de otro modo y con otras leyes que las que tiene. Sin embargo, en cuanto subordina los principios de la Física a los de las Matemáticas cuando afirma:
“no admito en Física principios no admitidos también en Matemáticas para poder probar por demostración todo lo que de ellas deduzca, y […] estos principios bastan, puesto que por ellos pueden ser explicados todos los fenómenos de la Naturaleza”
y, en cuanto las principios de las Matemáticas dependen de la omnipotencia divina, en tal caso los principios de la Física serán tan arbitrarios y tan subordinados a la omnipotencia divina como los de las Matemáticas y, en consecuencia, la consideración de que las leyes del Universo deben deducirse a partir de la inmutabilidad divina es contradictoria con respecto a su derivación de la omnipotencia, según la cual Dios hubiera podido crear el Universo de cualquier modo que hubiera deseado.
Tal vez algún teólogo caritativo pudiera intentar aclarar el asunto diciendo que en Dios su omnipotencia y su inmutabilidad se identifican, pero, en cuanto esto fuera así, tendríamos que preguntarle por qué, desde la inmutabilidad, Dios no hubiera podido crear el Universo de acuerdo con otras leyes que las que éste tiene, y por qué, desde su omnipotencia, Dios hubiera podido hacer todo aquello que hubiera querido, como el propio Descartes reconoce, pues tanto las Matemáticas como el mismo principio de contradicción dependerían de Dios
En cualquier caso, Descartes debiera haber renunciado a extender la omnipotencia divina hasta ese punto tan absurdo de considerar que el valor del principio de contradicción estaba sometido a ella, y, sin duda alguna, habría tenido mayor sentido que hubiese considerado que las verdades matemáticas eran simplemente analíticas y que, por ello mismo, se deducían de aquel principio, aunque hubiese considerado que las verdades de la Física eran una consecuencia de la omnipotencia divina, que habría podido crear el mundo de muy diversas maneras de acuerdo con su voluntad y libertad absolutas. Su solución, sin embargo, fue contradictoria en cuanto al reducir las posibilidades divinas a la hora de crear el mundo de acuerdo con un único modelo derivado de su propia inmutabilidad, de hecho estaba negando la omnipotencia divina para crear el mundo como hubiese deseado.
Por otra parte, siguiendo una especie de mística matemática, que ya había sido defendida por los pitagóricos y por Platón en tiempos pasados, y modernamente por Kepler –pero no por Galileo-, Descartes defendió de modo explícito que todos los fenómenos naturales podían deducirse de ciertos principios que tenían carácter matemático. La valoración de las fórmulas matemáticas para describir los diversos fenómenos en principio era acertada, pero habría sido más correcto no haber prejuzgado nada en el sentido de pretender que el Universo estuviera sometido a fórmulas matemáticas –incluso en el hecho de su existencia- y que, en consecuencia tuviera que ser estudiado desde un planteamiento exclusivamente matemático, pues la Física puede descubrir fórmulas matemáticas que describan cómo funciona la ley Gravedad y quizá encontrar algún día una fórmula matemática relacionada con los factores que determinan que la ley de la gravedad sea la que es y no otra, pero no parece que la Ciencia pueda extenderse hasta dar una fórmula matemática que llegue a explicar el conjunto de las leyes del Universo, ya que, en último término, si el modo de ser del Universo y si las propias Matemáticas dependen de la omnipotencia divina, en tal caso la pretensión de que la realidad Física deba ajustarse a leyes matemáticas es contradictoria con la pretensión de que sus principios y leyes se deduzcan de algo tan inmutable como la inmutabilidad divina.
La actitud metodológica de Galileo, a pesar de conceder un valor especialmente importante a las Matemáticas al afirmar que “el universo está escrito en lenguaje matemático”, no fue tan exagerada a la hora de buscar subsumir cualquier fenómeno observado en una determinada fórmula matemática, sino que fueron muy numerosas las ocasiones en las que se conformó con descubrir y describir diversos fenómenos, en especial los de carácter astronómico, sin dejar de darles importancia por el hecho de que no encontrar una fórmula matemática que los explicase. Además, el hecho de prejuzgar que cualquier fenómeno físico deba tener una fórmula matemática en la que encaje puede ser un postulado científico -o un principio del entendimiento puro, como podría considerarlo Kant-, pero no una verdad a priori y evidente, y no tiene por qué implicar el rechazo de aquellos fenómenos para los que inicialmente no se encuentre la fórmula matemática según la cual se producen o se relacionan con otros.
El empirismo, más respetuoso con los fenómenos, no desprecia los “hechos brutos”, por mucho que se tenga la convicción de que debe de existir una fórmula matemática que los describa y por el que se descubran sus relaciones con otros. El mismo método de Galileo se basa inicialmente en la mera observación y descripción de fenómenos, para pasar después a idear hipótesis explicativas y experimentos que pongan a prueba tales hipótesis.
Además, hay muchas ciencias que tienen carácter descriptivo –por lo menos inicialmente- y que no por eso dejan de estudiarse, al margen de la dificultad que pueda haber en encontrar una explicación matemática de sus contenidos. Pensemos en la misma Astronomía, en la Geografía, en la Historia y en tantas otras ciencias que inicialmente se abordan siempre a partir de una simple descripción de los fenómenos correspondientes y que sólo con posterioridad se intenta encontrar una explicación matemática o simplemente lógica de ellos: ¿Acaso podría darse una explicación matemática de por qué el Everest se encuentra exactamente en el lugar en que se encuentra? No parece que esto pueda alcanzarse nunca, pero no por ello deja de tener interés tratar de encontrar una explicación racional que conduzca a una comprensión matemática de la evolución de las placas tectónicas y de su influencia determinante de la distribución de las diversas cadenas montañosas de nuestro planeta.
Por otra parte, teniendo en cuenta que desde el racionalismo cartesiano el valor de las Matemáticas y de la Lógica estaban subordinados a la voluntad divina, la pretensión de construir un sistema científico universal (Mathesis universalis) fundamentado en Dios fue tan asombrosa que Descartes se atrevió incluso a criticar a Galileo
“porque hace continuamente digresiones y no se detiene a explicar completamente una materia, lo que muestra que no las ha examinado por orden y que sin haber considerado las primeras causas de la naturaleza sólo ha investigado las razones de algunos efectos particulares y así ha construido sin fundamento” .
Mediante esta crítica el pensador francés puso de manifiesto que aquello que él ambicionaba alegremente y aquello de lo que se creía capaz era de crear un sistema científico deductivo fundamentado en el propio Dios y en sus infinitas perfecciones, aunque centrado especialmente en la de su inmutabilidad. Pretendía reconstruir la Filosofía, entendida como ciencia universal, viéndola como un árbol en el que la raíz sería la Metafísica, el tronco la Física y las ramas el resto de las ciencias, y, por eso, criticó a Galileo por no haber “considerado las primeras causas de la naturaleza” y por haber “construido sin fundamento”, y, desde su engreimiento, nunca llegó a tomar conciencia de que los conocimientos científicos iban a incrementarse de modo extraordinario gracias al método de aquél a quien criticaba: No desde la Metafísica hasta la Física y luego a las demás ciencias, sino desde el estudio de los fenómenos más simples hasta las teorías más complejas y sin necesidad alguna de comenzar desde Dios –o de llegar hasta él- para ir deduciendo a partir de sus cualidades el conjunto de las leyes de la Naturaleza, como pretendió Descartes, llegando incluso a afirmar haber culminado este conocimiento universal, cuando en Los principios de la Filosofía tuvo la pretenciosa osadía de escribir que
“no hay ningún fenómeno en la Naturaleza cuya explicación haya sido omitida en este Tratado” .
3.3.2. La omnipotencia y perfección divina y su relación con las leyes del Universo.
Finalmente, hay que decir que, cuando se relacionan las cualidades divinas de la omnipotencia y de la perfección, se plantean diversas contradicciones teológicas que estaban muy lejos de ser tenidas en cuenta por Descartes en cuanto su medio cultural le dificultaba enormemente adoptar esta perspectiva. Pero, en cualquier caso y desde la perspectiva cartesiana,
a) en cuanto Dios es omnipotente, puede hacerlo todo, hasta el punto de que ni siquiera el principio de contradicción sería un límite para ese poder, pues Descartes considera que tal principio estaría igualmente sometido a su poder; mientras que,
b) en cuanto Dios es inmutable, obra siempre de acuerdo con esa inmutabilidad, y esta circunstancia representa de hecho una limitación de su supuesta omnipotencia.
A continuación y dejando de lado estas consideraciones de carácter general que Descartes no fue capaz de plantearse, enumeró algunas de las leyes que consideró derivadas de la perfección divina de la inmutabilidad:
“Después de esto mostré cómo la mayor parte de la materia de ese caos debía [...] disponerse y ordenarse de cierta manera que la hacía semejante a nuestros cielos; cómo, mientras tanto, algunas de sus partes debían componer una tierra, y algunas otras, planetas y cometas y, algunas otras, un sol y estrellas fijas. Y [...] sobre el tema de la luz, expliqué muy por lo largo cuál era la que se debía encontrar en el sol y las estrellas y cómo desde allí atravesaba en un instante los inmensos espacios de los cielos...” .
Como comentario a estas afirmaciones tan absurdamente presuntuosas y atrevidas, hay que decir que indudablemente habría sido un signo evidente de asombrosa inteligencia y sabiduría que el señor Descartes hubiera podido deducir racionalmente y sin la ayuda de la experiencia la evolución que debía seguir la naturaleza a partir de su no menos asombrosa pretensión de conocer la naturaleza divina. Pero en realidad sus deducciones no parecen otra cosa que una muestra de una jactancia insensata, lo cual resulta todavía más claro si tenemos en cuenta que varias de sus afirmaciones “tan evidentes” eran evidentemente falsas y sólo representaban la aceptación acrítica y por simple inercia y pereza mental de antiguas teorías que él siguió creyendo y aceptando como “evidentes”. En efecto, como ya se ha dicho antes, resulta especialmente osado afirmar que
“aunque Dios hubiera creado muchos otros mundos no podría haber ninguno en que ellas [estas leyes] dejaran de ser observadas” .
Al realizar esta afirmación Descartes incurre en una nueva contradicción al no tener en cuenta que una consecuencia derivada de la omnipotencia divina -cualidad especialmente reconocida por él cuando le viene bien-, es que el mundo podría haber sido creado de infinitos modos y de acuerdo con leyes enteramente distintas a las que rigen en éste, según hubiera sido la libre voluntad divina.
Resulta igualmente asombroso que, tal como afirma con su engreimiento habitual, hubiera podido deducir que iban a existir la tierra, los planetas, los cometas, el sol y “las estrellas fijas”. Pero esta deducción tiene, en primer lugar, el inconveniente de que no tiene en cuenta que la omnipotencia divina habría podido crear el universo de un modo totalmente distinto, y, en segundo lugar, tiene además el inconveniente de que llega a la conclusión ¡tan evidente! de la existencia de algo que no existe, como sucede con las llamadas “estrellas fijas”, que no son más que una creencia ya refutada procedente de la astronomía antigua y que representa uno más de esos engaños de los sentidos a los que Descartes se había referido en la primera parte del Discurso del Método.
a) La velocidad de la luz. Objeciones.- Respecto al tema de la luz, Descartes afirmó igualmente lo que todo el mundo creía entonces, y cayó, por ello, en el error de “deducir” que la luz se trasladaba instantáneamente. Pero su insensata deducción era más grave porque quienes defendieron anteriormente esa teoría al menos se basaban en las apariencias que la percepción mostraba, mientras que él pretendía saber que eso era así por la evidencia derivada de una simple deducción racional que tomaba como punto de partida la naturaleza divina, de forma que ¡la realidad no podía ser de otro modo!
Sin embargo, ya en el siglo XIV Nicolas de Ultricuria había defendido la idea de que la luz no se trasladaba instantáneamente, y posteriormente, en el siglo XVII, se investigaba este problema e incluso se realizaron experimentos para calcular la velocidad de la luz. En la actualidad y desde hace ya más de un siglo se sabe que no se traslada de modo instantáneo, sino a una velocidad limitada, muy próxima a los 300.000 kilómetros por segundo.
b) La doctrina de los elementos de Empédocles. Objeciones.- De acuerdo con su prodigiosa capacidad, Descartes a partir de Dios pretendió haber deducido
“los principios o primeras causas de todo lo que es o puede ser en el mundo sin considerar para esto nada más que a Dios, que lo ha creado […] Después de esto examiné cuáles eran los primeros y más ordinarios efectos que se podían deducir de esas causas: y me parece que por ahí encontré cielos, astros, una tierra e incluso en la tierra, agua, aire, fuego, minerales y algunas otras cosas” .
Resulta curioso que Descartes descubriera justamente aquellos principios últimos de que habían hablado los primeros filósofos griegos desde Tales de Mileto y, en especial, Empédocles, que fue el primero que habló de los cuatro famosos elementos (), aunque Descartes añadió además “otros minerales y algunas otras cosas”
Pero, evidentemente esta referencia a los “elementos” sólo representa la aceptación acrítica de aquellas antiguas doctrinas ya superadas, que en consecuencia sólo podían gozar de una evidencia subjetiva que para nada se correspondía con una verdad objetiva.
c) Las Manchas solares. Objeciones.- Descartes consideró que las manchas solares descubiertas por Galileo no constituían propiamente una parte del Sol, sino que eran “cuerpos opacos” que se movían por encima de su superficie:
“Ha de considerarse también que los cuerpos opacos que con el auxilio de anteojos de larga vista se descubren sobre el Sol y que son llamados sus manchas se mueven sobre su superficie y emplean veintiséis días en rodearlo” .
En relación con estas manchas Descartes vio lo que quiso ver: Desde los tiempos de la Astronomía griega el mundo supralunar era considerado como el mundo de la perfección, y tal perfección era incompatible con la idea de que el Sol no fuese un reflejo de la perfección divina y tuviese imperfecciones como esas “manchas” descubiertas por Galileo. En aquellos tiempos en los que el telescopio comenzaba a utilizarse como instrumento de observación científica podía ser aceptable que unas mismas imágenes se interpretasen de un modo o de otro, pero así como Galileo tuvo sus dudas acerca de cómo interpretar los anillos de Saturno, demostrando así su ausencia de prejuicios y su extraordinaria integridad científica, Descartes prejuzgó que tales manchas solares en realidad no pertenecían al propio Sol, aunque se encontrasen cerca y dieran vueltas a su alrededor, porque partía ya del prejuicio de que el Sol no podía tener “impureza” alguna, tal como se aceptaba en aquel pensamiento antiguo, especialmente en Platón y en Aristóteles.
Si al menos hubiera utilizado con acierto los datos relativos al tiempo de rotación de aquellos supuestos “cuerpos opacos”, habría podido descubrir que el Sol tenía un movimiento de rotación sobre sí mismo y ese tiempo era aproximadamente el de esos 26 días que mencionó.
d) La circulación de la sangre. Objeciones.- Una nueva y original “deducción” cartesiana es la que explica la circulación de la sangre basándose en consideraciones equivocadas según las cuales el corazón sería como una máquina de vapor que determinaría el aumento de la temperatura de la sangre al entrar en él hasta el punto de ebullición, el cual provocaría una presión tal que la empujaría a salir por las válvulas arteriales para pasar a circular por las arterias y las venas:
“este calor es capaz de hacer que si entra alguna gota de sangre en sus concavidades ésta se infle en seguida y se dilate, como hacen generalmente todos los líquidos cuando se los deja caer gota a gota en algún vaso que está muy caliente” .
La explicación cartesiana, además de ser falsa, tenía otros inconvenientes como el de explicar cómo hubiera podido soportar el corazón y el organismo humano en general una temperatura tan alta como la que debería tener para conseguir que la sangre se evaporase al entrar en él sin quedar frito en pocos minutos.
Descartes llegó incluso a criticar a Harvey, quien ya había dado la explicación correcta de la circulación sanguínea haciendo referencia a las contracciones y dilataciones del corazón.
Pero lo más asombroso de la explicación cartesiana no fue la explicación en sí misma sino el hecho de que la presentase como una ¡verdad necesaria!, apoyada tanto en consideraciones racionales como incluso en la misma experiencia:
“…este movimiento que acabo de explicar se sigue tan necesariamente de la sola disposición de los órganos que están a la vista […] que se puede conocer por experiencia, como el movimiento del reloj se sigue de la fuerza” .
También es penoso que una de las pocas ocasiones en que Descartes quiso hacer uso de la experiencia sólo le sirviera para ver como necesario y, por lo tanto como evidente, lo que era simplemente falso. En cualquier caso fue una suerte no se dedicase a la medicina.
3.3.3. El mecanicismo cartesiano.
Descartes consideró también que no sólo el universo físico, sino también las plantas, los animales y el mismo cuerpo humano, eran máquinas, puesto que, perteneciendo a la clase de las sustancias materiales, tenían que ser explicados por las mismas leyes que rigen en este tipo de sustancias.
Defendió que para explicar la vida de los cuerpos orgánicos no era necesario admitir un alma, vegetativa o sensitiva, sino sólo las mismas fuerzas mecánicas que actúan en el resto del universo. Según él, la investigación ponía de manifiesto que el comportamiento animal podía ser exhaustivamente descrito sin necesidad de suponer la existencia de mente alguna, ni principio vital alguno observable y consideró el cuerpo humano y el de los animales:
“como una máquina que, habiendo sido hecha por la mano de Dios, está incomparablemente mejor ordenada y tiene en sí movimientos más admirables que ninguna de las que pueden ser inventadas por los hombres”
El mecanicismo cartesiano tuvo una trascendencia muy importante en cuanto proporcionaba una nueva visión del conjunto de la realidad material, comprendida como un inmenso mecanismo en el que todas sus piezas interactuaban de acuerdo con leyes deterministas.
Sin embargo esta teoría tuvo el inconveniente de forzar demasiado las cosas hasta el punto de llegar al extremo de negar la existencia de auténticos procesos psíquicos en los animales, considerando que las apariencias de que así fuera no se correspondían con la realidad, pues sólo el ser humano tenía auténticos procesos psíquicos que escapaban al determinismo mecanicista.
Es cierto, por otra parte, que en cuanto el evolucionismo explica la aparición de la vida a partir del funcionamiento de las leyes naturales físicas, químicas y biológicas, el conocimiento de tal funcionamiento debería llevar finalmente a entender la serie de causas que determina la aparición de esos fenómenos psíquicos, relacionados con la sensación de dolor, alegría, pensamiento, imaginación, recuerdos… y de toda la serie de procesos mentales que existen en el ser humano y, en distinta medida, en el resto de los seres vivos. Por ello, el error de Descartes no consistió en su afirmación de que los seres vivos fueran máquinas sino en haber rechazado que esas máquinas tan complejas, incluido el ser humano, fueran capaces de sentir y de tener conciencia de su propia existencia, siendo ésas sus mayores diferencias con respecto a las máquinas construidas por el ser humano, incomparablemente menos sofisticadas que cualquier ser vivo por muy elemental que sea.
Descartes negó igualmente la semejanza de naturaleza entre el hombre y los animales, basándose en el prejuicio de que los animales carecían de inteligencia. Según él, el comportamiento animal podía ser explicado de modo exhaustivo sin necesidad de introducir principio vital alguno, pero los progresos de la Bilogía y de la Psicología han demostrado ya la existencia de una base genética común y de toda una serie de facultades animales similares a las humanas, y la capacidad de algunos animales para comunicarse a través de lenguajes semejantes al humano .
El mecanicismo cartesiano aplicado a los seres vivos adoptó posteriormente un carácter absoluto cuando, en el siglo XVIII, La Mettrie (1709-1751) defendió, además del materialismo, la tesis de que, al igual que los animales y las plantas, también el hombre era una máquina, señalando que el único adversario de esta idea era la fuerza de los prejuicios. Por ello, defendió métodos empíricos para el estudio del psiquismo humano y se interesó en el estudio del sistema nervioso y del cerebro. Siendo los estados anímicos correlativos con los del cuerpo, resultaba evidente que tales estados anímicos se explicaban totalmente por las características del cerebro humano.
3.3.4. Las leyes de la Física. La constancia de la cantidad de movimiento y las leyes derivadas. Objeciones.
Los descubrimientos de Descartes en el terreno de las Matemáticas y en el de la Física fueron relevantes, aunque algunos de ellos, como la ley de la inercia, no eran nuevos y otros vinieron acompañados de bastantes errores como consecuencia de su racionalismo deductivo, que olvidaba casi siempre la experiencia.
Al igual que en los demás aspectos de su Física, Descartes “dedujo” el principio de la conservación de la cantidad de movimiento a partir de la consideración de las perfecciones divinas y de manera especial la de la inmutabilidad:
“En cuanto a la primera [causa del movimiento] me parece evidente que no puede haber otra que Dios mismo, que ha creado en el principio la materia con el movimiento y el reposo, y que conserva ahora en el Universo, por solo su concurso ordinario, tanto movimiento y reposo como puso en él al crearlo” ,
Este enunciado, relativo a la conservación del movimiento en el Universo fue un anticipo importante de lo que hoy constituye el primer principio de la termodinámica: “La energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”, que fue explicado en términos más exactos por Lavoisier en el siglo XVIII y por otros científicos como Carnot y Clausius. Descartes lo enunció de forma imprecisa, en cuanto acompaño el concepto de movimiento con el de reposo, dando por hecho, como en la Astronomía antigua, que éste fuera algo más que una simple abstracción mental, y deduciendo este principio no a partir de la experiencia sino a partir de un concepto metafísico relacionado con la inmutabilidad del dios del cristianismo.
Descartes considera que, a partir de esta misma inmutabilidad de Dios, pueden ser conocidas algunas reglas o leyes de la naturaleza: la primera de ellas es que
“cada cosa, en tanto que simple e indivisa, se mantiene en su mismo estado, sin cambiar jamás, como no sea por causas externas” .
El principio de inercia, enunciado aquí por Descartes, fue descubierto ya anteriormente por otros filósofos y científicos, pero la formulación de Descartes fue tal vez más precisa que la de Galileo en cuanto, de acuerdo con su regla del Análisis, descompuso el enunciado de Galileo en dos leyes.
Entre los predecesores de Descartes por lo que se refiere a una intuición más o menos imprecisa de este principio se puede hacer referencia al mismo Aristóteles, a pesar de que, al relacionarlo con otras explicaciones acerca del movimiento, como la de la tendencia de los cuerpos a ocupar su “lugar natural”, no se le suele mencionar en relación con este principio. Sin embargo, en su Física y desde una perspectiva racionalista como la cartesiana, se aproxima a la intuición del principio de inercia, cuando dice:
“...no es posible dar una razón de por qué un cuerpo movido se parará en alguna parte. ¿Por qué, en efecto, se parará aquí más bien que allí? Luego será llevado necesariamente hacia el infinito de no haber nada más fuerte que él que lo pare” .
Posteriormente, en el siglo XIV, Guillermo de Ockham, aunque no dio una definición precisa de dicha ley, consideró con acierto y desde un planteamiento tan racionalista como el del propio Descartes que un cuerpo en movimiento se mueve porque está en movimiento, de manera que no es necesario suponer la existencia de ningún motor para explicar la continuidad de su movimiento.
Por su parte, Galileo, algunos años antes que Descartes, señaló ya de manera más precisa que un cuerpo permanece en reposo o en movimiento rectilíneo y uniforme mientras no actúen fuerzas sobre él. Es bastante probable que existiera una influencia de Galileo sobre Descartes en esta cuestión, pues la diferencia entre ellos consiste básicamente en que mientras Galileo une en una sola ley el principio de inercia y el principio según el cual todo tiende a moverse en línea recta, Descartes, de acuerdo con su regla del análisis, descompone el planteamiento de Galileo en dos leyes, la de la inercia propiamente y la de que todo tiende a moverse en línea recta.
Tiene interés señalar el componente racionalista existente en todos estos planteamientos en cuanto un principio como éste no podía ser verificado o contrastado mediante experiencia alguna, sino sólo deducido mediante abstracciones racionales en las que se eliminase mentalmente cualquier fuerza que pudiera actuar sobre un cuerpo: El supuesto que subyace en estas consideraciones es el de que lo que debe ser explicado es el cambio de cualquier realidad pero no su constancia siendo lo que es o permaneciendo en el estado en que se encuentre.
De acuerdo con su regla del análisis, Descartes descompone en dos el principio enunciado por Galileo, señalando en su segunda ley que
“cada parte de la materia en particular no tiende a continuar moviéndose según líneas curvas sino solamente según líneas rectas”.
Descartes entiende que esta ley, como la precedente, depende de la inmutabilidad de Dios y de la simplicidad de la operación por la cual conserva el movimiento de la materia […] y que, en consecuencia, todo cuerpo que se mueve circularmente tiende sin cesar a alejarse del centro del círculo que describe .
Finalmente, de acuerdo con la tercera ley, afirma que
“en el choque de los cuerpos entre sí el movimiento no se pierde, sino que su cantidad permanece constante”.
Descartes consideró que las tres leyes de su Física bastaban para explicar todos los fenómenos de la naturaleza y la estructura de todo el universo, que entendió como un mecanismo gigantesco, del cual había que excluir las explicaciones basadas en la causalidad final aristotélica, como ya había hecho Galileo anteriormente.
Por lo que se refiere a la constancia de la cantidad del movimiento, Descartes vuelve a introducir a Dios como explicación de este principio, considerándolo, al igual que Tomás de Aquino, como la causa eficiente primera del movimiento en el mundo y estimando además que la inmutabilidad divina determinaba que el universo conservase una cantidad de movimiento igual, de modo que, aunque hubiera transferencia de movimiento de unos cuerpos a otros, su cantidad permanecería constante.
En este punto, Descartes no podía llegar al absurdo de negar la evidencia del movimiento –lo más contrario a la inmutabilidad- en el mundo y, por ello, olvidando que, de acuerdo con su omnipotencia, Dios habría podido actuar de cualquier otro modo y pasando por alto la imposibilidad de deducir el movimiento del mundo a partir de la inmutabilidad divina, se conforma con deducir (?) que Dios
“obra de una manera sumamente constante e inmutable, de tal modo que, fuera de los cambios que vemos en el mundo y los que creemos porque los ha revelado Dios, […] no debemos suponer otros en sus obras, por temor de atribuirle la inconstancia. De donde se sigue que tenemos sobrada razón para considerar que, puesto que ha movido en muchas formas diferentes las partes de la materia al crearlas y que conserva toda esta materia del mismo modo y con las mismas leyes que cuando la creó, conserva también en ella una cantidad siempre igual de movimiento ” .
Ahora bien, si Descartes deseaba ser coherente con su “racionalismo”, aplicado deductivamente a la inmutabilidad divina, hubiera podido deducir que, de acuerdo con esa cualidad, Dios no debería haber creado el Universo, puesto que el momento en que decidió crearlo implicaba un cambio en sí mismo por lo que se refiere al hecho de que su decisión de crear, tal como indica el Génesis , se produjo en determinado instante –al margen de que su deseo de crear en ese preciso instante hubiera estado presente durante toda la eternidad-. Pero Descartes también debiera haber tenido en cuenta que esa misma “inconstancia” que supondría que Dios hubiera creado un Universo con un cambio de su cantidad de movimiento no tenía por qué suponer un defecto en la propia divinidad en cuanto la omnipotencia divina sería la que estableciera qué era lo mejor y qué era lo peor, y no tenía sentido suponer que Dios mismo tuviera que estar sometidos a principios extrínsecos a los de su propio ser.
Igualmente, el hecho de que, de acuerdo con su inmutabilidad, la voluntad divina tuviese que quedar sometida a aquellas primeras decisiones adoptadas por él implicaría la negación de su omnipotencia y de su libertad, que implicaba el poder cambiarlas en el momento en que quisiera. Además, si la inmutabilidad divina no fue inconveniente para la creación de un mundo cambiante, en tal caso tampoco tenía por qué serlo para dotarlo de una cantidad de movimiento constante o variable, y más aún habiendo defendido que Dios no habría tenido ningún problema “para hacer que no fuese verdad que todas las líneas tiradas desde el centro de la circunferencia fuesen iguales, lo mismo que fue libre para no crear el mundo” si así lo hubiera deseado y de acuerdo con aquella omnipotencia, lo cual, por otra parte, era una contradicción más de los muchas que pueden encontrarse en la obra cartesiana.
La Física actual, aunque está de acuerdo con la tesis cartesiana relacionada con la conservación de la cantidad de movimiento –o, mejor, de energía-, acepta esta doctrina como el primer postulado de la Termodinámica. Pero un postulado no equivale a una verdad absoluta, sino que es un presupuesto útil pero indemostrable, a partir de cuya aceptación se consiguen explicar los fenómenos naturales de un modo más coherente que sin él. Si con posterioridad se encuentran fenómenos cuya explicación sea incompatible con dicho postulado, en tal caso son los fenómenos los que fuerzan al científico a buscar otra teoría a partir de la cual puedan explicarse tanto los fenómenos anteriores como los nuevos, pero lo que en ningún caso se le ocurriría a un científico cuerdo es –como hace Descartes- tratar de deducir las leyes de la Naturaleza a partir de las diversas perfecciones de un Dios cuya existencia ni siquiera pudo demostrar.
Descartes –igual que Tomás de Aquino- considera de modo equivocado que el movimiento es una realidad que se une a la materia, pero que no le pertenece de manera intrínseca. Ahora bien, para defender tal doctrina, debería haber tenido la experiencia de dicha “materia en reposo” y también la de haber observado que, de pronto, hubiese comenzado a moverse, lo cual le podría haber llevado a preguntarse por la causa de ese cambio de estado. Sin embargo, lo que la experiencia muestra es que materia y movimiento son realidades inseparables, a pesar de que una percepción especialmente ingenua, propia de un dogmatismo igualmente ingenuo, puede llevar a pensar que existan realidades en reposo, como la mesa sobre la que escribo o como la misma Tierra. Descartes, al igual que anteriormente Tomás de Aquino en su primera vía, consideró la materia como una realidad inerte a la que Dios le habría añadido posteriormente el movimiento. Sin embargo, los conceptos de materia y movimiento o materia y energía están intrínsecamente unidos -tan unidos como los de materia y extensión- de forma que se trata de realidades intercambiables de acuerdo con la fórmula de Einstein según la cual la energía es igual a la masa multiplicada por el cuadrado de la velocidad de la luz.
Por otra parte y por lo que se refiere a la actitud de Descartes a la hora de intentar deducir las diversas cualidades del Universo a partir de la inmutabilidad divina llama nuevamente la atención su frívola incoherencia desde el momento en que, por lo que se refiere a otros aspectos del universo, dejó de lado la búsqueda de una deducción racional que partiese de dicha inmutabilidad y consideró que, teniendo en cuenta que como consecuencia de su omnipotencia Dios podía obrar de infinitas maneras, había muchas propiedades de la realidad que sólo podían llegar a ser investigadas mediante la experiencia .
3.3.4.1. Consecuencias del principio de la conservación de la cantidad de movimiento.
Descartes consideró que a partir de la inmutabilidad divina podían extraerse de modo deductivo las diversas leyes de de su Física, y, entre ellas, la tercera, según la cual:
“En el choque de los cuerpos entre sí el movimiento no se pierde, sino que su cantidad permanece constante”.
Esa ley se acepta hoy sin necesidad de justificarla a partir de Dios, sino sólo por el hecho de que tal aceptación permite explicar más fenómenos que su rechazo.
A partir de dicha ley, como consecuencia de la utilización de su racionalismo, Descartes dedujo una serie de leyes particulares, que llaman la atención precisamente porque ponían de nuevo en “evidencia” la escasa fiabilidad del método racionalista, basado de manera especial en la utilización de la regla de la evidencia y, especialmente, porque ponían también en “evidencia” la falta de escrúpulos con que Descartes se atrevió a utilizarlo sin dignarse a recurrir a la experiencia para confirmar o desmentir el valor de tales deducciones, que, efectivamente, en muchos casos, fueron incorrectas.
En este sentido:
a) Consideró como una ley secundaria deducida (?) de la tercera ley general, que
“si un cuerpo que se mueve y encuentra a otro tiene menos fuerza para continuar moviéndose en línea recta que este otro para resistirlo, se desvía de aquella dirección y, conservando su movimiento, pierde solamente la determinación de éste” .
Pero esta deducción era incorrecta. Habría sido válida si, en lugar de hablar del concepto de movimiento aplicado a uno solo de los cuerpos, hubiese tenido en cuenta a ambos, sustituyendo además el concepto de movimiento local por el concepto de energía, pues, cuando un cuerpo choca contra otro y se desvía de su trayectoria inicial, al cambiar de dirección sí pierde parte de su movimiento, aunque el movimiento perdido se transforme en calor, o pase al cuerpo contra el que ha chocado, que se moverá a una velocidad directamente proporcional al impulso o a “la cantidad de movimiento” recibida e inversamente proporcional a su masa –entre la que se distribuirá dicho impulso-.
Por otra parte, en la medida en que esta y otras deducciones se basen en puras abstracciones, que no tienen en cuenta el modo de ser de la realidad, podrían ser correctas, pero no tendrían aplicabilidad práctica, pues la realidad física contiene toda una serie de variables que no se tienen en cuenta en este planteamiento y que, sin embargo, suelen estar presentes en este tipo de situaciones.
b) Descartes también deduce de modo incorrecto que
“los cuerpos duros, cuando son lanzados contra otro cuerpo duro [mayor, que está quieto], son rechazados del lado de su procedencia […] quedando íntegro el movimiento” .
Su incorrección se debe a varios motivos. En primer lugar, al mismo error que en el caso anterior: Descartes no tiene en cuenta que en el choque entre dos cuerpos, al margen de que sean iguales o desiguales en masa, hay una pérdida de movimiento que se convierte en calor, y que por ese motivo -así como por otras variables- su movimiento no permanece idéntico, sino que disminuye y, en consecuencia, varía la velocidad de ambos cuerpos. En segundo lugar, si se trata de un experimento imaginario, Descartes tiene derecho a hablar de un cuerpo “que está quieto”, pero esto nunca sucede en la realidad. Además, aunque así fuera, al recibir el impacto, recibiría determinada cantidad de movimiento del cuerpo menor, de forma que éste no rebotaría con la misma cantidad de movimiento que llevaba antes de chocar sino con la diferencia entre la que inicialmente llevaba menos la que hubiese transmitido al cuerpo más pesado, pues la suposición de que el cuerpo más pesado pudiese permanecer enteramente inmóvil no encaja con la experiencia ni con la ley de la inercia, en cuanto ésta implica la continuidad de un cuerpo en su mismo estado si ninguna fuerza interfiere, pero también su variación en cuanto reciba desde fuera cierto impulso. Si acaso podría decirse que la velocidad que adquiriese el cuerpo mayor sería inversamente proporcional a su masa y directamente proporcional al movimiento recibido, mientras que en el cuerpo menor la velocidad de su rebote sería inversamente proporcional al movimiento transmitido y directamente proporcional a la diferencia entre su masa y la del cuerpo mayor: Es decir, cuanto mayor resistencia oponga el cuerpo mayor, mayor velocidad conservará el cuerpo menor, sin llegar a igualar en ningún caso la velocidad que llevaba antes del choque.
c) Descartes vuelve a equivocarse cuando afirma que, en el choque de dos cuerpos entre sí, si son iguales en masa y en velocidad, volvería cada uno hacia el sitio de donde había venido, sin perder nada de su velocidad. Igual que en el caso anterior, Descartes no tiene en cuenta la pérdida no absoluta, pero sí relativa, de movimiento que se produciría, trasformándose en calor, y, por este argumento simplemente “racional” así como por la observación empírica, puede comprobarse la falsedad según la cual “volvería cada uno hacia el sitio de donde había venido, sin perder nada de su velocidad” .
d) Es más gravemente errónea la deducción según la cual
“si B fuese siquiera algo mayor que C, […] solamente C retrocedería hacia el lado de donde hubiera venido, continuando ambos después su movimiento con idéntica celeridad hacia ese mismo lado” .
En afirmaciones tan gratuitas como ésta Descartes pone todavía más en evidencia su falta de cautela por el uso tan desatinado que hace de su propia razón, pero especialmente por su menosprecio de la experiencia, que le habría ayudado a corregir sus erróneas anticipaciones mentales. Pues, efectivamente, si hubiera razonado correctamente habría podido darse cuenta de que su teoría era incorrecta no sólo porque la experiencia lo refutaba sino también porque desde el punto de vista racional no se deducían las consecuencias que él había anticipado. Pues, desde el punto de vista racional, Descartes hubiera podido pensar que para calcular la velocidad y el sentido del movimiento resultante del choque entre esos dos cuerpos debía tener en cuenta no sólo la masa sino también la velocidad de cada uno de los cuerpos en el momento del choque, de manera que teniendo en cuenta tales variables, no podía establecerse como necesario que el movimiento de ambos cuerpos después del choque tuviera que dirigirse en el sentido del cuerpo que tuviera mayor masa, pues, si la velocidad del cuerpo de menor masa hubiera sido suficientemente grande, habría podido repercutir en una neutralización y en un cambio de sentido del movimiento del cuerpo de mayor masa, aunque el de menor masa hubiese rebotado con una velocidad mayor de la que llevaba antes del choque a causa del impulso perdido por el mayor y añadido al menor.
e) Igualmente Descartes se equivocó de modo asombroso cuando dedujo que
“si el cuerpo C fuese siquiera un poco mayor que B y estuviera enteramente en reposo […] con cualquier velocidad que viniese B hacia él, jamás tendría fuerza para moverlo, sino que se vería obligado a retroceder hacia el mismo lado de donde procediese” .
En este caso –al margen de no haber tenido en cuanta la trasformación parcial del movimiento en calor- Descartes se equivocó porque de hecho B conseguiría que C se moviese, por poco que fuera, como puede comprobarse experimentalmente lanzando una canica contra una bola de billar en reposo. Un choque así iría seguido del movimiento de rebote de la canica, que cambiaría de sentido, perdiendo parte de su velocidad, mientras que la bola de billar se movería a una velocidad inversamente proporcional a su masa y directamente proporcional a la velocidad y a la masa de la canica, moviéndose cada uno en sentido contrario al del otro. Ahora bien, si con la expresión “un cuerpo enteramente en reposo” Descartes quiere referirse a un cuerpo hipotéticamente inamovible o imposible de ser movido, en tal caso tendría razón, pero estaría hablando de simples experimentos mentales que nada tienen que ver con la realidad empírica, en la que efectivamente no existen realidades inamovibles o inalterables.
3.3.5. Conservación del mundo. Objeciones.
De acuerdo con la Teología católica, Descartes considera también que el mundo, además de haber sido creado por Dios en determinado momento, sigue siendo creado a cada instante por cuanto no tiene en sí mismo la razón de su existencia, de manera que toda la realidad creada es conservada por Dios a lo largo de una creación continua:
“para ser conservada en cada momento de su duración, una sustancia tiene necesidad del mismo poder y acción que se requeriría para producirla y crearla de nuevo si aún no existiese, de modo que la luz de la naturaleza nos manifiesta claramente que la distinción entre creación y conservación es solamente una distinción de razón” .
Ahora bien, aunque este punto de vista sea correcto desde la Teología católica, Descartes no repara en que, si no hay una continuidad independiente en la existencia de las cosas sino sólo una creación continuada, no puede existir una influencia causal de unos fenómenos en otros: Cada fenómeno no se produce nunca como consecuencia de otro u otros anteriores sino siempre por la acción de Dios, quien le confiere su existencia a lo largo de cada uno de los instantes que él decide. En este sentido, del mismo modo que, cuando vemos una película, tenemos la impresión de que existe una relación causal entre las diversas imágenes que aparecen en la pantalla, hasta que descubrimos que la película está formada por toda una serie de imágenes independientes entre sí y sin otra relación que la de su sucesión en su aparición, igualmente Descartes considera el Universo como una realidad cuya existencia depende de Dios en todo momento de manera que no lo ha creado de forma que luego siga existiendo por simple “inercia”, sino que lo está creando a cada instante en cuanto no tiene en sí mismo la razón de su existencia y, en consecuencia, lo hace existir con las diversas diferencias con que va apareciendo, pero sin que haya una relación de causalidad entre la realidad del Universo en un instante y en el siguiente con sus diferencias respecto al instante anterior, de manera que estas diferencias se deben exclusivamente a la acción de Dios en cada acto de su conservación o creación continuada y no a una relación de causalidad entre el Universo en un instante y en el siguiente.
En este punto tiene interés señalar que, aunque los planteamientos de Gueulinx y de Malebranche acerca de esta misma cuestión no parece que se apoyen en estas consideraciones, es posible que estos pensadores también las hubieran tenido en cuenta. Así, cuando Malebranche propuso su doctrina del ocasionalismo para explicar la aparente relación causal entre las diversas realidades del Universo, consideró que las cosas no podían influir causalmente entre sí y que sólo Dios era la auténtica causa de su aparente relación en cuanto causar equivalía a producir algo que anteriormente no existía y, en consecuencia, equivalía a crear. Por ello, y, teniendo en cuenta que sólo Dios podía crear, sólo Dios podía causar, mientras que las cosas eran sólo la ocasión para la intervención de Dios.
3.3.6. Formación y “límites” del Universo. La teoría de los “torbellinos”. Dualismo en la materia. Objeciones.
Por lo que se refiere a la formación y al movimiento del Universo, el filósofo francés consideró que Dios lo creo con una determinada cantidad invariable de movimiento. Junto con esta doctrina introdujo una atrevida y errónea teoría según la cual la “materia celeste” –un fluido similar al éter aristotélico- se movería en una serie de torbellinos principales y secundarios, similares a los remolinos que forma el agua en los ríos o en los alrededores de un desagüe, y de este modo arrastrarían consigo los diversos planetas y estrellas fijas “en el gran torbellino de materia celeste cuyo centro es el Sol” .
De acuerdo con esta teoría y en sentido propio, la Tierra no se movía; lo que se movía era el fluido celeste que la rodeaba, igual que un barco en reposo es movido por la corriente del agua . El movimiento de la Luna alrededor de la Tierra estaría causado por un remolino de materia celeste cuyo centro se encontraría en la Tierra, el cual además provocaría su movimiento de rotación , mientras que el movimiento de este remolino estaría subordinado a su vez al movimiento del torbellino mayor cuyo centro se encontraría en el Sol.
Por lo que se refiere a la explicación de los aparentes movimientos de la Tierra y del resto de los astros a partir de la teoría de los torbellinos celestes, Descartes hubiera podido presentarla como una simple hipótesis, que tendría, entre otras, la dificultad especial de explicar qué clase de materia era esa de que hablaba en cuanto no era perceptible por los sentidos; pero lo que en ningún caso era aceptable era que la presentase como una doctrina “evidente”, cuando era falsa y cuando además ya Copérnico, Kepler y Galileo habían defendido la explicación correcta. Quizá la condena de Galileo pudo llevar a Descartes a alejarse de esa doctrina “herética”, pero tal actitud sólo habría servido para demostrar una vez más la servil y esencial dependencia que el pensador francés tuvo respecto a la Iglesia Católica, de la que siempre se declaró devoto, fiel y obediente servidor, y con la que siempre procuró evitar cualquier enfrentamiento. Parece que con esta teoría Descartes pretendió satisfacer a las autoridades de la Iglesia Católica ofreciéndoles una explicación que pudiese competir con éxito frente a las heréticas ideas astronómicas defendidas por Kepler y Galileo, que podían hacer peligrar los sacrosantos dogmas defendidos por dicha religión. Pues, en efecto, la teoría defendida por Galileo implicaba la aceptación de que la Tierra –y el resto de cuerpos celestes- se movían: Descartes, mediante su original teoría de los “torbellinos”, podía intentar frenar la fuerza de las nuevas ideas, que representaban un ultraje a la Biblia en cuanto olvidaban que en ella se decía que Josué ordenó al Sol que se detuviese, lo cual era una demostración “evidente” de que era el Sol el que cada día daba una vuelta alrededor de la Tierra, mientras que la Tierra, como centro del Universo, permanecía inmóvil, como el propio Dios.
Pero lo que resulta más objetable, además de la evidencia con que Descartes se atrevió a defender una teoría tan carente de fundamentos como ésa, fue el hecho de que estableciera una distinción tan absurda entre un tipo de materia activa, la “materia celeste”, que se mueve y mueve el conjunto de los astros, y una materia pasiva, la de todos los astros, que no poseen movimiento propio sino que sólo son arrastrados por el movimiento de la “materia celeste”. Este dualismo material era absurdo en cuanto, por una parte, aceptaba que un tipo de materia pudiera mover el otro, pero, por otra, negaba de modo implícito que pudiera haber transferencia de movimiento entre la materia celeste y la materia de los astros, y de este modo Descartes conseguía que, aunque pareciera que la Tierra tenía al menos un movimiento de rotación, dicho movimiento quedase explicado sin necesidad de afirmar que la Tierra se movía sino sólo aceptando que era movida por esa materia celeste, que sólo arrastraba a los astros, pero no les imprimía movimiento alguno que les permitiera a continuación moverse por sí mismos. Lo más asombroso de esta explicación es que Descartes no sólo había defendido la constancia de la cantidad de movimiento sino que también había intentado establecer ciertas leyes relacionadas con la transferencia de movimiento de unos cuerpos a otros –a pesar de los errores en que incurrió-, de manera que en este punto incurrió en una nueva contradicción al considerar que la materia celeste se movía y movía los cuerpos celestes, mientras que éstos simplemente eran arrastrados de manera pasiva sin que recibieran un movimiento a partir del cual pudiera decirse que se movían por sí mismos en virtud del movimiento recibido.
La creencia en la existencia de esa materia celeste provenía de la Astronomía aristotélica, que consideró el éter como una materia incorruptible de la que se componía la realidad supralunar, tanto la de los astros como la de las bóvedas celestes. La Astronomía actual ha desechado la doctrina del éter, aunque no por ello considera que los espacios interplanetarios o intergalácticos estén vacíos, pues, de acuerdo en este punto con la consideración cartesiana, si el vacío contuviera “algo” dejaría de ser vacío; en consecuencia, ni siquiera puede contener algo así como “espacio”, en cuanto tal hipótesis supondría considerar el espacio como una realidad en sí misma en lugar de entenderlo como la cualidad esencial de la “res extensa”, a la cual iría necesariamente unido.
3.3.6.1. El universo como realidad “indefinida”.
Otra doctrina cartesiana es la de que el universo es indefinidamente extenso, pues, si le suponemos límites, siempre podemos concebir la existencia de espacio más allá de esos límites, y, como el espacio vacío no existe -puesto que el espacio es sólo la cualidad esencial de la res extensa-, hay que reconocer que el universo material es indefinido en extensión. Sin embargo, Descartes considera que no se puede afirmar que sea infinito, quizá por temor a calificarlo con una propiedad que sería exclusiva de Dios.
En este punto Descartes, al considerar el carácter indefinido del Universo a partir de la idea de que no podemos suponer límites al espacio, cae en una trampa derivada de su racionalismo y de una incongruencia con sus propias teorías, pues del mismo modo que a nadie que tenga un poco de sentido común se le ocurre hablar del color como algo existente en sí mismo sino como el color de algo, es decir, como un propiedad que va unida a una realidad material que se manifiesta de ese modo, por el mismo motivo no se puede hablar del espacio como de una realidad independiente de la materia sino como de una cualidad suya, y, por ello, los límites del espacio deben coincidir con los del propio Universo.
Descartes, sin embargo, confunde el espacio de la imaginación, que sería una realidad sustantiva de carácter matemático y que perfectamente se puede imaginar como indefinido o infinito en sus tres dimensiones, con el espacio físico que no es sustantivo sino adjetivo en el sentido de ser una cualidad de la “res extensa” o realidad espacial, que no tiene por qué pensarse como infinita o como indefinida sino como todo lo contrario, como concreta y limitada, por grande que pueda ser. Dicho de otro modo: El Universo es lo que es y nada más, y, como ya decía Parménides desde un racionalismo mucho más riguroso que el cartesiano, el Universo es limitado en la misma medida en que es algo acabado y completo en sí mismo, por muy difícil que sea imaginar sus dimensiones.
4. Otros aspectos de la labor cartesiana en la Filosofía y en la Ciencia. Objeciones y comentario.- Finalmente y a pesar de las críticas realizadas, hay que seguir reconociendo la importancia indudable de Descartes tanto para el avance de la Filosofía como especialmente para el avance de las Ciencias por diversos motivos como son los siguientes:
a) Su consideración de que la Filosofía del pasado, tan llena de aspectos confusos, no tenía por qué frenar ni condicionar el progreso filosófico y científico;
b) Su defensa de que en la búsqueda de un auténtico conocimiento era necesario hacer abstracción de todas doctrinas previamente recibidas de modo acrítico, es decir, poner en duda todo lo meramente recibido sin antes haberlo pasado por la criba de la razón tratando de encontrar un método seguro para no aceptar como verdad aquello que no ofreciera las más estrictas garantías de serlo.
Sin embargo, en este punto se equivocó cuando defendió que la razón por sí sola podía alcanzar conocimientos materiales, más allá de los meramente lógicos, matemáticos o analíticos, pues, a pesar de que en algún caso su forma de proceder le condujo a algún descubrimiento importante, en otras ocasiones su racionalismo le llevó a defender teorías absurdas, contrarias a la experiencia.
c) Su intento de construir un método seguro para el avance del conocimiento fue realmente decisivo para el cambio de enfoque en el estudio de los problemas filosóficos, pero, al basarse en la razón casi de modo exclusivo, su sistema filosófico y científico, como resultado de la aplicación del método, fue realmente decepcionante, tanto por lo anteriormente señalado como por aquellas otras consideraciones relacionadas con la demostración de la existencia de Dios o por su referencia al alma humana, considerándola independiente del cuerpo y como inmortal. Pero, en especial, su mayor fracaso en el terreno de la metodología fue el haber adoptado como criterio de conocimiento la regla de la evidencia, no comprendiendo que, a pesar de su importancia, dicha evidencia no podía en ningún caso escapar de la subjetividad y requería por ello de la ayuda inexcusable de la experiencia, como ya Bacon, Kepler y Galileo y otros pensadores habían comprendido.
d) La comprensión de que para lograr el conocimiento de la realidad el entendimiento tiene una importancia que no hay que olvidar, a pesar de que Descartes supravaloró la razón hasta el punto de pensar que por su mediación podía llegar a conocerse la existencia de Dios y a deducir desde él el resto de leyes que rigen en el Universo, restándole importancia a la experiencia. Pero, como dijo Kant, es la experiencia la que debe proporcionar la materia del conocimiento, mientras que el entendimiento debe proporcionar su estructura para que podamos entender lo que la simple suma de sensaciones proporciona. De ahí que sea Kant quien corrija a Descartes y, desde una perspectiva integradora del racionalismo con el empirismo, diga que las intuiciones empíricas sin las estructuras intelectuales son ciegas, mientras que las estructuras intelectuales sin un contenido material al que aplicarse son vacías.
En cualquier caso Descartes influyó de forma especialmente importante en la corriente de la Fenomenología de Husserl y de algunos de sus continuadores, como Heidegger y Sartre.
e) Sus descubrimientos en el terreno de las Matemáticas y en el de la Física, de los que se ha hablado antes, fueron relevantes, aunque también vinieron acompañados de bastantes errores como consecuencia de su racionalismo deductivo, que olvidaba casi siempre la experiencia. En este punto tiene interés hacer referencia a su perfeccionamiento de las coordenadas introducidas en el siglo XIV por Nicolás de Oresme, que las había utilizado para describir de modo gráfico la evolución de determinado tipo de fenómenos elevando líneas de diversa longitud sobre una horizontal, de modo que así se reflejase la mayor o menor intensidad de dichos fenómenos a lo largo de determinado tiempo.
Descartes debió de conocer la labor de Nicolás de Oresme y avanzó en la creación de nuevos y mejores tipos de diagramas, que en la actualidad se conocen como coordenadas cartesianas. Es probable tal influencia de Nicolás de Oresme sobre el pensador francés se extendiera también al hecho de haber utilizado el francés como lengua en la que expresar sus ideas, pues fue Nicolás de Oresme -y no Descartes- el primero que, dos siglos antes lo utilizó como lengua culta en la que escribir, aunque Descartes no menciona nada acerca de estas cuestiones.
f) Descartes, desde la perspectiva racionalista, negó que en sentido estricto existieran átomos, ya que toda partícula de materia debía ser extensa, y, si era extensa, debía ser divisible, aún cuando no se tuvieran los medios de dividirla físicamente. Por su parte, Kant consideró esta cuestión como una de las antinomias de la Razón Pura, en cuanto se trataba de un problema que admitía tanto una solución positiva como una negativa, lo cual significaba que no se le podía dar una auténtica solución, pues desde la Ciencia siempre se debe investigar suponiendo, como afirma Descartes, que todo cuerpo, en cuanto modo de la res extensa, es divisible por el hecho de ser espacial, pero la Ciencia indica igualmente que nunca se puede llegar a una solución definitiva porque la misma experiencia, por definición, es incompatible con una demostración empírica acerca del carácter infinitamente divisible de la res extensa pues para ello requeriría de una investigación infinita que, por ello mismo, nunca finalizaría.
5.- Conclusión: “No hay nada en todo este mundo visible o sensible sino lo que he explicado”. Objeciones.- No puede darse por terminado este trabajo sin añadir una crítica que, aunque parezca una de las más graves de todas, en realidad casi podría verse como una anécdota más en toda la serie de absurdos, contradicciones y círculos viciosos a que se ha hecho referencia en estas páginas. Sin embargo, se trata de una anécdota realmente interesante para cualquier psicoanalista que tuviera interés en realizar un estudio serio acerca de este personaje que ha gozado de tanto prestigio durante los últimos siglos. Esta anécdota apenas requiere de mayor comentario, pues se trata de una afirmación cartesiana que se califica o descalifica por sí misma: Afirma Descartes en Los Principios de la Filosofía que
“no hay ningún fenómeno en la Naturaleza cuya explicación haya sido omitida en este Tratado” ,
y poco después, en este mismo capítulo, añade:
“he probado que no hay nada en todo este mundo visible o sensible sino lo que he explicado”
Es decir: El conjunto de todo lo explicado por el señor Descartes se identifica con la explicación del conjunto de todo los fenómenos naturales. O lo que es lo mismo, si un supuesto fenómeno es real, en tal caso está explicado por el señor Descartes, y, si el señor Descartes da una explicación de algo es porque esa explicación coincide con un fenómeno real, mientras que si no la da es porque no existe.
Realmente el señor Descartes fue un caso clínico asombroso, merecedor de un estudio más extenso y profundo acerca de su personalidad y de las causas que pudieron influir en su megalomanía paranoica tan inefable.
La dedicación constante del filósofo francés a la búsqueda del conocimiento, tanto en el ámbito de la Filosofía como en el de la investigación científica en las Matemática, en la Física, en la Astronomía y en la Biología hubieran sido incomparablemente más productiva si sus circunstancias personales en el terreno psicológico personal así como en el de la presión educacional y en el de la terrible influencia negativa ejercida en aquellos tiempos por la Iglesia Católica y por su nefasta y criminal Inquisición no hubieran ejercido en él una influencia tan negativa.
Desde el lugar que ocupaba en la sociedad cultural de su tiempo su voz resonó con mucha fuerza, y, por suerte, fueron especialmente los aspectos positivos de su obra los que determinaron un importante cambio de mentalidad en la Filosofía posterior que, una vez liberada de las cadenas de la tradición, pudo despegar de modo imparable tanto en el terreno del desarrollo de la Ciencia como en el terreno de la formación de toda una serie de corrientes filosóficas, que influyeron decisivamente en un cambio en la mentalidad moderna, que comenzó a liberarse del lastre de creencias irracionales y del temor a la “Santa Inquisición”, que tantos crímenes horribles cometió en sus intentos por sofocar la libertad en el pensamiento y en la transmisión de las ideas.
ÍNDICE
Introducción
1. Causas psíquicas, educacionales y sociales que condicionaron la obra de Descartes
2. La influencia de la Teología en la fundamentación del método cartesiano.
2.1. La formación de Descartes.
2.2. La importancia de la fe en la obra de Descartes. Objeciones.
2.3. Máxima sobre la Religión. Objeciones.
2.4. El problema del Método.
2.4.1. “Cogito, ergo sum” y Regla de la Evidencia. Objeciones.
2.4.2. Evidencia y criterio de verdad. Objeciones.
2.5. Recapitulación
2.6. La escasa importancia de la experiencia en el Método.
2.7. El fracaso inevitable de cualquier intento por demostrar la existencia de Dios.
2.7.1. La finitud del yo no conduce a demostrar la infinitud de Dios.
2.7.2. Otras doctrinas absurdas.
3. La influencia de la Teología en el sistema cartesiano.
3.1. El racionalismo teológico
3.2. El racionalismo teológico aplicado a la “res cogitans”. Objeciones
3.2.1. La relación entre el alma y el cuerpo. Objeciones
3.2.2. La “res cogitans” y la libertad
3.3. El racionalismo teológico aplicado a la “res extensa”
3.3.1. El racionalismo teológico aplicado a las Matemáticas. Objeciones.
3.3.2. La omnipotencia y perfección divina y su relación con las leyes del Universo
3.3.3. El mecanicismo cartesiano
3.3.4. Las leyes de la Física. La constancia de la cantidad de movimiento y las leyes derivadas. Objeciones
3.3.4.1. Consecuencias del principio de la conservación de la cantidad de movimiento
3.3.5. Conservación del mundo. Objeciones
3.3.6. Formación y “límites” del Universo. La teoría de los “torbellinos” y el dualismo en la materia. Objeciones
3.3.6.1. El universo como realidad “indefinida”
4. Otros aspectos de la labor cartesiana en la Filosofía y en la Ciencia. Objeciones y comentario
5.- Conclusión: “No hay nada en todo este mundo visible o sensible sino lo que he explicado”. Objeciones
martes, 2 de octubre de 2007
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