sábado, 27 de octubre de 2007

Nacionalismo y “señas de identidad”

Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía


Admitiendo que el tema del nacionalismo es demasiado complejo para presentar aquí una explicación completa y objetiva, considero que se trata de una ideología relacionada en su origen más profundo e inconsciente con el tribalismo humano primitivo, según el cual parece existir en los individuos la necesidad de integración en un grupo para sentirse protegido frente a los demás individuos o grupos ya formados y para conseguir mediante dicha integración la solución de problemas vitales que no conseguiría solucionar viviendo en soledad. Por este motivo ya decía Aristóteles hace alrededor de 2.400 años que “el hombre es un animal social”. Esa tendencia tribalista no es exclusiva del ser humano sino que se encuentra en muy diversas especies animales, como simios, lobos, hormigas, ratas, etc.
Desde una perspectiva complementaria a la del tribalismo, la biología habla de la “territorialidad”, característica según la cual diversas especies animales tienden a fijar y a defender determinado territorio como su lugar natural para la caza y para su subsistencia en general frente a otros individuos de la misma especie que pretendan ocupar ese mismo espacio. En relación con esta cuestión parece evidente que la especie humana tiene también esta característica de la “territorialidad”.
Estas características fueron estudiadas hace ya algunos años por Konrad Lorenz en relación con el comportamiento de determinadas familia de ratas, que son capaces de enfrentarse a ratas de otra familia hasta que una de las dos queda completamente exterminada, o del comportamiento de determinados peces que, colocados en pareja en un acuario previamente dividido en dos partes, la pareja de una parte trata de agredir a la de la otra parte y viceversa, hasta que, llegado un momento en que el tabique que los separa deja de ser transparente, y entonces los individuos que forman cada pareja intentan agredir al otro individuo, como si la agresividad fuera una necesidad innata que busca siempre algo sobre lo que descargarse.
Es verdad que los estudios de Lorenz tratan del comportamiento de ratas o de peces y que no es científico generalizar desde lo que sucede en una o más especies a lo que pueda suceder en el conjunto de las especies o en la especie humana en particular.
Sin embargo y aceptando esta limitación, conviene tener en cuenta cómo ha transcurrido la historia de la humanidad en sus periodos sucesivos, desde la prehistoria hasta la actualidad, y observar que esa historia es la de las luchas continuas de unos grupos contra otros, de unas “tribus” contra otras, de unas naciones contra otras, y, dentro de cada grupo, de una clase social contra otra, de manera que la historia de la humanidad ha sido la de una “guerra de todos contra todos” (“bellum omnium contra omnes”), como decía Hobbes, o, en una importante medida, la historia de las luchas de clases, como decía Marx.

En el caso del ser humano han sido muchas las ocasiones en que la misma fuerza conseguida mediante la integración de los individuos y familias en grupos más amplios ha propiciado un sentimiento especial de orgullo y de poder que ha conducido a enfrentamientos contra quienes se han mantenido más aislados, más débiles o menos integrados. Y, con el paso del tiempo, esos enfrentamientos han determinado que los grupos más pequeños hayan sido progresivamente absorbidos por los mayores, en los que se han ido integrando para formar las diversas comunidades políticas de los últimos milenios de la humanidad.
Quizá esta base genética relacionada con el tribalismo y con la territorialidad puede ayudar a comprender alguno de los motivos esenciales de la aparición y de la pervivencia actual de las diversas tendencias “nacionalistas”, “separatistas” o “independentistas” en muchos lugares del planeta, tendencias que han generado tensiones y guerras absurdas entre seres humanos por motivos insignificantes en sí mismos pero importantes desde una perspectiva inconsciente en la que las tendencias tribalista y territorial están presentes.
Tales tendencias, aunque en un remoto pasado fueron útiles en la “lucha por la vida”, en el presente pueden tener un carácter enormemente destructivo, tal como puede comprenderse recordando la serie de guerras que desde la época de Hitler hasta la actualidad han provocado tantas muertes y tanto sufrimiento absurdo a la humanidad.
El conocimiento de esas tendencias biológicas y sociales, que pueden resultar suicidas para la especie humana, debería llevar a reflexionar acerca de la conveniencia de superar esos impulsos irracionales, de carácter tribal o territorial, haciendo que en adelante sea la racionalidad la que dirija las relaciones entre los seres humanos.
Si los diversos nacionalismos sólo pretendieran exigir el respeto al derecho a vivir de acuerdo con la propia cultura, lengua y tradiciones, en tal caso no habría nada que objetar a esa defensa tan lógica de una de las manifestaciones de la libertad, que posiblemente sea el valor que más apreciamos. Pero en cuanto el nacionalismo vaya unido a la idea de que “los otros” son los enemigos y los despreciables, en esa medida representa una continuación de aquel tribalismo primitivo a que he hecho referencia, y, por ello, ese tipo de nacionalismo constituye una tendencia disgregadora que tiene consecuencias esencialmente destructivas, en cuanto sus raíces más profundas se encuentran en un absurdo egoísmo de grupo, que tiende a ver al “otro” como al enemigo, tanto desde el nacionalismo separatista de un grupo pequeño como desde el nacionalismo unificador de un grupo más amplio, en cuanto pretenda unificar, asimilar al otro y aplastar sus propias peculiaridades y diferencias culturales.
Las tendencias nacionalistas podrían defenderse en principio a partir de la consideración de que todas las personas y todos los grupos humanos tienen derecho a vivir en libertad y a defender su propia independencia frente al resto de la humanidad. Sin embargo, si se tuviera en cuenta cómo se han configurado esos grupos humanos o esas “naciones”, podría comprenderse que, a lo largo de la historia, en cuanto la humanidad tenga un origen común cualquier diversificación o separación en diversas tribus o grupos excluyentes ha sido consecuencia de circunstancias nimias frente al hecho de nuestro origen común y el de nuestra capacidad racional para colaborar juntos en la solución de los múltiples problemas que nos afectan.
Todas las asociaciones políticas actuales o bien son la consecuencia de una conquista violenta por parte de otras asociaciones o bien son consecuencia de pactos y de alianzas entre agrupaciones ya formadas desde los tiempos en que el motor de los cambios históricos, de las formaciones y destrucciones de los diversos grupos humanos, era la violencia y la conquista derivada de esa misma violencia. Así se formaron las diversas agrupaciones políticas de Egipto, así se formó el “grandioso” Imperio Romano, como resultado de una serie de conquistas realizadas por aquel pequeño pueblo establecido en Roma, imperio que incluyó la península ibérica, dividida en dos provincias: la Hispania citerior y la Hispania ulterior. Así se formó igualmente el reino visigodo, como resultado de la invasión y de la conquista de la península ibérica por parte de ese pueblo, aprovechando la decadencia del Imperio Romano. Así se formó también Al-Ándalus, la España musulmana, como resultado de otra conquista contra el reino visigodo de esa otra España que comenzaba a formarse. Y la famosa Reconquista no fue otra cosa sino una nueva lucha que sirvió para engrandecer a los pobladores del norte de la península Ibérica, que en un principio fueron independientes entre sí, enfrentándose entre ellos en diversas ocasiones e integrándose posteriormente en unidades más fuertes hasta construir esa realidad que hoy se llama España
¿Hay algo en toda esa historia que pueda llevarnos a decir “ésa es la eterna y auténtica España, con su esencia y señas de identidad propias”? La verdad es que todo es producto de una historia que nos ha llevado hasta aquí, hasta esta España, que hubiera podido ser muy distinta si algún condicionante hubiera sido distinto.
Pero, al igual que no tiene sentido “sacralizar” la España actual, como si fuera “una unidad de destino en lo universal” o como si fuera un paraíso o como si fuera un país superior a cualquier otro, de forma que tuviésemos que estar orgullosos de ser españoles como si ser español fuera lo mejor que pudiera pasarnos en toda nuestra vida, tampoco lo tiene sacralizar ninguno de los pueblos que la integran, como si fueran tan especiales que hubiera que romper la actual integración para que cada uno cumpliera su especial “destino histórico”.
¿Implica eso que España deba ser considerada como una entidad política artificial? Tanto como lo pueda ser cualquier otro pueblo, tanto si hablamos de Andalucía como si hablamos de Asturias o de Cataluña o de Francia o de Rusia.
Un concepto como el de “nación” es igualmente convencional en cuanto ningún pueblo está formado por realidades tan homogéneas entre sí y tan heterogéneas con respecto a las demás que haya de establecerse una separación a partir del supuesto según el cual la convivencia entre los distintos grupos es inviable porque cada uno tiene sus propias “señas de identidad”, que les diferencian de los demás de modo absoluto. Y esa actitud, llevada al extremo, es la que condujo a los lamentables resultados del “Nacional-socialismo” de Hitler, masacrando a los diversos pueblos “inferiores” que no se identificaban con aquella supuesta raza superior, la “raza aria”, que el defendió de modo totalmente cruel, irracional y estúpido.
Por ello, lo más absurdo para fundamentar la pretensión de independencia de un determinado grupo es presentar “argumentos” basados en la raza, en el idioma, en la cultura, en el color de la piel, del pelo o de los ojos, en el factor Rh, en la historia o en cualquier otra característica.
Argumentar que existen determinadas “señas de identidad” que determinan que un conjunto de personas se considere como una realidad sacrosanta a la que llaman “nación”, que no debe contaminarse con la sangre de otros grupos –como la de esos “maquetos” (= españoles), a los que el señor Sabino Arana consideraba como una raza inferior-, es una forma de racismo tan estúpido como el del KKK, enemigo de los negros por el simple hecho de ser negros.
Pero además, siendo consecuentes con esta forma de entender las relaciones humanas, ese nacionalismo, llevado a sus últimas consecuencias, debería conducir no sólo a la independencia política de cualquier poblado por pequeño que fuera sino también a la independencia de cualquier individuo en concreto, por cuanto sus “señas de identidad” nunca coincidirían plenamente ni siquiera con las del vecino a las del pariente más próximo a no ser que fuera un clon.
Y así, mientras hay argumentos racionales para defender la unidad de toda la raza humana y para tratar de conseguir un solo estado político en el que se trate de resolver el conjunto de problemas globales que se presentan en la actualidad a la humanidad, hay también argumentos, aunque irracionales, para defender el anarquismo o el independentismo más absoluto: Aquellos grupos humanos que consideran que tienen derecho a su propia independencia como “nación”, siendo consecuentes con sus planteamientos, deberían reconocer ese mismo derecho a cada uno de pueblos que integrasen dicha “nación”, y a los individuos que integrasen cada aldea en cuanto también considerasen que sus “señas de identidad” no coincidían con las de las demás personas. Esa postura conduciría al individualismo más extremo y absurdo. Así quienes consideran a Euskadi o a Cataluña como “una nación”, por lo mismo deberían conceder a las diversas comarcas y municipios que la conforman el derecho al referendo correspondiente para respetar lo que cada comarca o cada pueblo decidiese respecto a si se consideraban parte de esa nación o si se consideraban “diferentes”. Y dentro de cada comarca o de cada pueblo debería respetarse la voluntad de cada individuo para adoptar la “nacionalidad” que quisiera según se sintiese integrado en ese determinado grupo o se sintiera apátrida o ciudadano del mundo. Todo ello sería coherente con los planteamientos nacionalistas, pero sería igualmente surrealista y absurdo.
Imaginemos un referendo acerca de la integración o segregación de un pueblo en una entidad política mayor. Por ejemplo, Sabadell respecto a Cataluña podría votar sí mayoritariamente. Pero, dentro de Sabadell, el barrio del noroeste podría votar sí, mientras que el del sureste podría votar no. Habrá que respetar esa decisión y esa secesión de la ciudad. Pero, dentro del barrio del sureste, tal calle podría votar sí y tal calle no. De nuevo habría que respetar la voluntad popular. Y dentro de esta calle, los de esta acera podrían votar sí y los de la otra no. Y dentro de los de esta acera los números 3, 7, 11, 13, 17 y 19 podrían votar sí, mientras que los números 9, 15, 21 y 25 podrían votar no. Sin llegar tan lejos, pero desde un hecho que es real, en el valle de Arán existen tenencias separatistas respecto a Cataluña, y en el pueblecito de Yorts, situado en el interior de Andorra, hace unos años pude ver una pintada muy grande en medio de la carretera que decía “¡YORTS INDEPEDENT!”. Se trataba de una simple consecuencia lógica y esperpéntica del separatismo, pero basada en el hecho de que nadie tiene derecho a establecer dónde empiezan y dónde acaban los límites de lo que debe ser considerado como “señas de identidad” comunes o diferentes.
Si vamos al fondo de la cuestión, es absurdo hablar de pueblos con "señas de identidad propias y excluyentes”: Todo pueblo, toda región, toda, ciudad y toda familia puede considerar que tiene sus propias “señas de identidad”. Pero el conocimiento de la Historia puede servir para comprender que el concepto de "identidad” aplicado a un pueblo es absurdo en cuanto se basa en el prejuicio de que existe algo “idéntico” y “permanente”, cuando la verdad es que todo se encuentra en un cambio continuo y nada permanece “idéntico”.

Qué sentido tiene hablar de pueblos con “señas de identidad” especial, distinta a la de otros, cuando todos tenemos nuestro origen en África oriental y cuando la tarea más importante que tenemos es la de aprender a convivir juntos, y no sólo en España o en la Unión Europea, sino en todo el mundo, si es que en verdad nos interesa solucionar los problemas de nuestro planeta en el que, en los momentos actuales somos tan interdependientes que es necesario abordar juntos los problemas para no llegar a la autodestrucción de la especie humana.

Por otra parte, cuando los nacionalistas hablan de sus “señas de identidad”, están resucitando uno de los aspectos más superados de la filosofía aristotélica, que consideraba que cualquier sustancia era una realidad hilemórfica, compuesta de un sustrato material y de una forma sustancial o esencia propia, que la diferenciaba del resto de las sustancias.
Aplicando esta doctrina aristotélica a la ideología nacionalista puede verse la existencia de un paralelismo entre el concepto de sustancia y el concepto de nación, y entre el concepto de esencia y las señas de identidad de una nación.
Pero, del mismo modo que el hilemorfismo aristotélico fue superado hace ya muchos siglos desde perspectivas como la del nominalismo de Ockham, que habló de simples parecidos entre individuos, igualmente cualquier nacionalismo es arbitrario en cuanto ninguna cualidad aparece como seña de identidad permanente, exclusiva y excluyente, pues tanto la lengua, como la cultura, como las instituciones, las tradiciones, etc… evolucionan a lo largo de los años y de los siglos, y los mismos habitantes de una región determinada son el resultado de constantes migraciones y, por ello, de la unión y desunión de gentes procedentes de diversos lugares, los cuales hablaron otras lenguas, tuvieron otras instituciones y tradiciones.
Por otra parte, si se busca en “la propia tierra” la “seña de identidad” más clara, nos encontraremos ante un nuevo absurdo en cuanto nuestras “raíces”, las de todos, se encuentran, si acaso, en el este de África, donde parece que surgió esa especie que llaman “homo sapiens” –aunque de “sapiens” no parece tener mucho-.
Así pues, toda agrupación humana tiene un carácter convencional y accidental, sin que existan unas “señas de identidad” permanentes y sagradas que puedan llevar a concluir en la imposibilidad de convivir unos pueblos con otros, y sin que la “historia pasada” deba identificarse con una “historia sagrada” que deba conducir los pasos de la “historia futura” de una comunidad y de los pueblos o “naciones” que en la actualidad la componen.
Por ello, del mismo modo que en estos momentos Europa camina hacia su integración política, igualmente parece más sensato mantener la unidad de cualquier estado sin que se fragmente en “reinos de taifas” que posiblemente sólo beneficien a algunos politiquillos, ansiosos de poder, y a determinadas empresas multinacionales, probablemente ajenas a esa comunidad, que podrán enriquecerse más cuanto menor sea la fuerza de esa agrupación política.
Una solución como la de las autonomías, tal como se han establecido en la España de la democracia, parece especialmente acertada para hacer compatible la unidad con la diversidad, distribuyéndose diversas cuotas de poder en las comunidades autonómicas que hayan podido formarse como consecuencia de la existencia de algunas características comunes especialmente significativas (instituciones, tradiciones, lengua, cultura) que pueden servir además para que el poder del estado se encuentre más cercano a los individuos en cuanto no tenga que actuar desde la lejanía del centralismo sino desde la cercanía de los poderes de la propia comunidad.
El respeto por los diversos aspectos culturales de cada comunidad no tiene por qué ser incompatible con la existencia de unas instituciones políticas que sirvan conseguir la solidaridad de todos, de modo que la integración de las comunidades signifique un enriquecimiento del conjunto, de modo que se puedan abordar con éxito los problemas comunes a los que actualmente se enfrenta la humanidad en su conjunto.
Pues, efectivamente, parece evidente que en la actualidad el único camino para solucionar los problemas del mundo es el que pasa por la propia unificación política del mundo, mediante estructuras de gobierno comunes a todas las naciones que sirvan para evitar las guerras entre las naciones y para resolver los problemas globales de cuya solución depende la supervivencia del hombre en este planeta y otros problemas realmente graves como los del hambre, la salud y las enormes desigualdades económicas
Una integración política de ese tipo no tiene por qué ser incompatible con el respeto a toda esa serie de aspectos culturales propios de cada lugar del planeta ni con cierto nivel de autogobierno de las diversas naciones que conforman el actual mapa político del mundo, pero es evidente que hay que buscar el punto divisorio entre aquello que conviene que sea decidido por los diversos gobiernos regionales y aquello que conviene que sea decidido a nivel global por ese gobierno mundial.

A nivel de lo que en la actualidad es España, el entendimiento entre catalanes, aragoneses, andaluces, gallegos, extremeños, madrileños, vascos, valencianos, castellanos… es perfectamente posible. ¿Por qué no iba a serlo? Pues bien. España no es otra cosa que ese conjunto de pueblos con sus afinidades y con sus diferencias culturales. Si nada tenemos que oponer a la convivencia con cada uno de esos pueblos por separado, ¿qué problema hay en seguir manteniendo una convivencia de siglos, aumentando el nivel de comprensión entre nosotros, el nivel de solidaridad y la mejora de las estructuras políticas que sea necesario a fin de alcanzar el nivel óptimo de reparto de poder entre lo que son las estructuras del conjunto y lo que son las de cada comunidad autónoma?
En definitiva, no somos tan radicalmente diferentes que se deba concluir negando la posibilidad de una convivencia entre todos los pueblos que en la actualidad constituimos España: Si tantos andaluces, aragoneses y castellanos se han integrado en Cataluña, contribuyendo a la riqueza del país en todos sus sentidos, eso representa la más clara demostración de que esa convivencia es posible en cuanto de hecho es real.
Es cierto que en los tiempos del predominio de planteamientos políticos centralistas ha habido una serie de agravios contra Cataluña y contra otros pueblos de España, especialmente en la época de Felipe V y en la del dictador Franco, pero no parece que sea una solución positiva la de proyectar la política futura en función del rencor sentido o como venganza de los abusos y de las ofensas recibidas en el pasado. La solución no consiste en decir: “¡Nos vamos! ¡La convivencia con vosotros es imposible!” Eso sería, como ya he dicho, una muestra de egoísmo e incluso de racismo, al atribuir a los otros en general los daños y las injusticias que se hayan podido sufrir como consecuencia de una política estúpida e injusta debida a circunstancias históricas que la hicieron posible, aunque nada deseable.
Además, es un contrasentido que en estos momentos el movimiento de integración que debe conducir a la Unión Europea vaya acompañado de un movimiento de desintegración en relación con los pueblos que deben de componer esa unidad tan deseable para que Europa vuelva a tener voz propia, en lugar de callar ante los múltiples atropellos que gobiernos como el de USA realiza en tantos lugares del mundo.

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