El Tribunal Constitucional y la jerarquía católica
Antonio García Ninet
Levante 1 de Marzo de 2007
Doña María del Carmen Galayo Macías, que trabajó como profesora de religión desde el curso 1990-91 hasta el 1999-2000, fue destituida por la jerarquía católica canaria que dejó de renovarle el contrato laboral por haberse separado de su marido y por mantener una nueva relación sentimental. Tras diversos recursos presentados, el TC ha sentenciado en su contra y en favor de la decisión de las autoridades religiosas, considerando que la jerarquía católica tiene el derecho de nombrar y destituir a los profesores basándose no sólo en su competencia para impartir la asignatura, sino también en aspectos relacionados con la vida privada de tales profesores, al margen de que desde las leyes de nuestro país su conducta privada sea perfectamente honorable.
En cuanto el Tribunal Constitucional es una institución democrática hay que respetar sus decisiones, pero evidentemente respetarlas no equivale a compartirlas. Y, desde luego, resulta muy difícil compartirlas cuando los motivos que aduce para fundamentar su sentencia son 1.º Están en contradicción con el artículo 4.2.c del Estatuto de los Trabajadores, según el cual «los trabajadores tienen derecho [?] a no ser discriminados para el empleo, o una vez empleados, por razones de estado civil [?], ideas religiosas o políticas». 2.º No tienen en cuenta que la Ley Orgánica de Educación establece que «los profesores que [?] impartan la enseñanza de las religiones [?] lo harán [?] de conformidad con el Estatuto de los Trabajadores» (Disp. adic. segunda.). 3.º Pasa por alto que dicha ley determina que «la propuesta para la docencia [?] se renovará automáticamente cada año» (Ibidem). Además, el TC ignora que, aunque los obispos todavía conservan el absurdo privilegio de decidir en un primer momento la contratación del profesorado de religión, según la LOE, los profesores de religión, como cualquier otro trabajador, no podrán ser apartados de su puesto de trabajo sin una causa justificada, causa que en ningún caso puede relacionarse con su estado civil -casado, soltero, separado o formando pareja de hecho- y ni siquiera con sus ideas religiosas.
En contra de estas consideraciones, el TC ha considerado que la jerarquía católica podía continuar con sus intromisiones en la vida de los ciudadanos de nuestro país, y con esta sentencia le permite seguir designando o destituyendo a los profesores de religión por motivos extraacadémicos. Sin embargo, considerar que el hecho de que un profesor de religión no viva plenamente de acuerdo con la moral cristiana sea un motivo para la no renovación de su contrato es igual de lógico que destituir al profesor de cultura clásica por haberse olvidado de realizar sus sacrificios en honor de Zeus, y es igual de lógico que destituir a un médico porque en sus ratos libres se le haya visto fumando a pesar de haberle oído decir que fumar perjudica la salud.
Por otra parte, parece evidente que lo que a la jerarquía católica le importa no es precisamente inmiscuirse en la vida privada de sus profesores, mientras esa vida sea privada -es decir, hipócrita-, sino mantener el máximo control sobre ellos mediante la amenaza de su destitución en el caso de que se atrevan a ejercer otro de nuestros derechos constitucionales: el derecho a la libertad de cátedra (art. 20.1.c de la Constitución), derecho por el cual estos profesores podrían discrepar abiertamente de diversas doctrinas y enseñanzas de esa misma religión, a pesar de ser muy competentes en ella o precisamente por serlo. Es evidente que el ejercicio de ese derecho podría debilitar la autoridad de las estructuras eclesiales y parece que la jerarquía católica prefiere mantener su poder por encima del respeto a la libertad de cátedra, de pensamiento y de expresión.
Si la religión no se impartiera como una forma de adoctrinamiento dogmático sino de un modo meramente descriptivo y analítico, no se habría producido esta situación tan lamentable, pues el adoctrinamiento religioso se caracteriza por fomentar la credulidad ciega o la autosugestión a favor de unos dogmas que, por definición, no hay nadie que los entienda. Por ello, este adoctrinamiento representa una vulneración del artículo 20.4 de nuestra Constitución por cuanto atenta contra los derechos de la juventud y de la infancia y porque en lugar de favorecer la formación de la persona como ser racional, fomenta la atrofia de su capacidad racional y anula el desarrollo de su personalidad individual.
La sentencia del TC es tan ¬inaudita que puede inducir a pensar que sus componentes se confundieron de manual a la hora de deliberar y que, en lugar de utilizar nuestra Constitución, cometieron el grave despiste de aplicar una normativa inquisitorial de la Edad Media, olvidando que España no es una colonia que deba someterse a las consignas del Vaticano sino un país soberano que aprobó su propia Constitución como instrumento jurídico supremo en el que se fijan los deberes y derechos fundamentales que deben regir nuestra convivencia.
----------------
*Doctor en filosofía y en ciencias de la educación.
Teología y Ciencia
Antonio García Ninet *
UCR 10 de marzo de 2007
Según la opinión de las altas jerarquías de la Iglesia Católica, la Teología es una Ciencia. Se trata de una alegre afirmación dogmática que sólo se entiende a partir del desconocimiento de qué es la Ciencia o del interés por subirse al carro de la Ciencia tratando de aprovechar su valor, demostrado por la revolución tecnológica de los últimos siglos, y presentando la Teología como una ciencia igual o más consistente que las otras.
Sin embargo, la Teología está en las antípodas de la Ciencia, primero, porque, además de basarse en doctrinas de fe, que, por definición, son indemostrables, no puede contrastar sus afirmaciones mediante experiencia alguna, tal como debe hacer cualquier Ciencia, y, segundo, porque muchas de sus doctrinas son contradictorias.
Estos señores pretenden salvar las “verdades de fe” concediéndoles un carácter suprarracional, lo cual les lleva a prejuzgar que haya verdades de las que no se sepa por qué lo son, pasando por alto que todo conocimiento debe llevar consigo, de modo implícito o explícito, su propia justificación, por lo que nunca podrá decirse de modo sensato que cierta proposición sea verdad afirmando al mismo tiempo que se trata de una verdad suprarracional o, lo que es lo mismo, que no se sabe por qué es verdad.
Por otra parte, esta cuestión puede abordarse mejor desde la clarificación del sentido de los términos “Ciencia” y “Teología”:
La Ciencia representa una aproximación progresiva al conocimiento de la realidad, lograda mediante la aplicación de nuestras facultades cognoscitivas a la experiencia –y, de un modo más sofisticado, mediante la ayuda del método experimental-, y está constituida por un conjunto de proposiciones cuyo valor puede ser contrastado por dicha experiencia -o por la razón en el caso de las ciencias puras-.
Por su parte, la Teología es el conjunto de doctrinas que los “teólogos” presentan como “conocimiento racional de Dios”. A fin de saber si dicho conocimiento es posible, conviene aclarar qué se entiende por “Dios” y si puede demostrarse la existencia de un ser que se corresponda con tal concepto:
1) Con el término “Dios” el cristianismo se refiere a un ser que reuniría, confundidas en su esencia, todas las cualidades positivas que pudieran pensarse. Tomás de Aquino lo entiende como el ser subsistente o el ser que es de modo absoluto, y a este ser le atribuye cualidades como las de la perfección, la eternidad, la inmaterialidad, la omnipotencia, la omnisciencia, la bondad, el amor y la misericordia infinitas, la providencia y el ser fundamento y creador de todo.
2) Sólo si pudiera demostrarse la existencia de un ser que respondiera a estas características, la Teología sería una Ciencia. Pero tal demostración es imposible porque:
a) la Teología, como juego de la razón en el vacío, sin un material empírico al que aplicarse, es –como ya señaló Kant- incapaz de avanzar un solo paso en el conocimiento;
b) el mismo concepto de Dios es confuso o contradictorio, ya que:
-La definición de Dios como ser subsistente carece de sentido, pues todo ser es ser o existencia de algo, y no ser del ser ni existencia de la existencia: Hablar de “el ser que es” tiene tanto sentido como hablar de “el movimiento que se mueve”. Es confuso también porque decir que Dios es inmaterial es dar una definición negativa que nada significa, ya que hablar de lo que no es materia ni energía sin aclarar a qué nos referimos es utilizar expresiones vacías de significado.
-Pero además se trata de un concepto contradictorio porque hablar de Dios como un ser perfecto es hablar de un ser que de nada carece; pero quien de nada carece nada desea, y, quien nada desea, nada hace, y, por lo tanto, nada crea; por ello, los conceptos de perfección y creación son excluyentes. Es contradictorio también porque las cualidades de omnipotencia y amor y misericordia infinitas son incompatibles tanto con el sufrimiento como con el Infierno, al que, según los evangelios, la mayoría estaríamos predestinados, pues “muchos son los llamados y pocos los elegidos”; y vuelve a ser contradictorio porque la omnipotencia es igualmente incompatible con la libertad y con la responsabilidad humanas, ya que –como afirma Tomás de Aquino- la omnipotencia divina no sólo determina nuestras acciones, sino también nuestras mismas decisiones (Summa contra Gentes, III, c. 89 y 90).
Ante contradicciones tan evidentes, la Iglesia Católica se refugia de objeciones impertinentes mediante el recurso al “¡misterio!”, que quienes han sido previamente adoctrinados aceptan sumisos, humillando su racionalidad a pesar de que ese “¡misterio!” no es otra cosa que lo que en Lógica se llama contradicción.
¿Es la Teología una Ciencia? Quizá tanto como cualquier otra mitología, o como la Quiromancia o la Cartomancia, pero no más.
-------------------------------
*Antonio García Ninet es Doctor en Filosofía
Las ingerencias y privilegios del Vaticano en materia educativa
Enviado por admin1 o Ven, 16/03/2007 - 09:06.
Publicado también en Levante y en UCR (15 de marzo de 2007)
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
1. Desde que se recuperó la democracia, el Vaticano se enfrenta de un modo agresivo contra el Estado Español -especialmente cuando está presidido por un gobierno socialista-, por cuanto ve peligrar algunos de los muchos privilegios de que gozó durante la dictadura franquista. Siempre que se promulgan leyes que chocan con sus doctrinas (divorcio, aborto, uso del preservativo, investigación con células madre, matrimonio o unión de parejas del mismo sexo…), las jerarquías vaticanas ponen el grito en el cielo como si tuviesen algún derecho a inmiscuirse en la política de nuestra nación y como si considerasen que España debía seguir siendo su feudo o “la reserva espiritual de Occidente” entendida en el tradicional sentido católico sectario, ignorando el hecho de que nuestra nación es –o debería ser- un pueblo soberano, de manera que nadie ajeno a nuestra sociedad debiera arrogarse derecho alguno a inmiscuirse y a presionar para que nuestras leyes se amolden a sus gustos.
El miedo a la oposición frontal con el Vaticano así como la existencia de partidos políticos y de grupos vinculados con esa entidad son factores que están retrasando la plena independencia del estado español, liberándose definitivamente de las constantes intromisiones del Vaticano y de sus emisarios episcopales en nuestros asuntos internos.
2. En el terreno de la Educación y por lo que se refiere a la enseñanza de la Religión Católica, a partir de la aplicación de la LOE, aprobada por el Parlamento el pasado 2006, se están produciendo algunos cambios positivos de cierta importancia que, por otra parte, hacen aflorar contradicciones latentes entre la legislación española interna y los acuerdos bilaterales con el Vaticano.
En efecto, hasta ahora tanto el nombramiento como el cese del colectivo de profesores de Religión dependía de los obispos, que contrataban o destituían a estos profesores según criterios especialmente esotéricos y arbitrarios, como los relacionados con su vida privada (divorciado, practicante, penitente, devoto, discotequero, abstemio…) en lugar de fundamentar sus decisiones en si cumplían o no sus obligaciones docentes. A partir de ahora y de acuerdo con la LOE, aunque por desgracia el nombramiento del profesorado de Religión seguirá estando en manos de los emisarios del Vaticano, su continuidad laboral deberá garantizarse, de manera que su cese sólo se produzca cuando existan causas objetivas que así lo exijan de acuerdo con nuestra legislación.
La aplicación de la LOE será un adelanto importante por lo que se refiere a la desaparición de las arbitrariedades cometidas por los ordinarios episcopales, y debería ir acompañada de la denuncia del acuerdo de 1979 entre el Vaticano y el Estado Español en cuanto pueda haber en él alguna cláusula que sea contradictoria con la nueva ley, con el Estatuto de los Trabajadores o con la Constitución Española. En cualquier caso, a la hora de dirimir cualquier conflicto jurídico relacionado con el profesorado de Religión nunca debería prevalecer normativa alguna que estuviera en contradicción con nuestra Constitución ni con el Estatuto de los Trabajadores, pues son éstas nuestras normas de mayor rango. Por desgracia, sin embargo, se ha producido un gravísimo precedente en el sentido contrario, cuando hace pocos días y de modo incomprensible el Tribunal Constitucional, haciendo caso omiso del Estatuto de los Trabajadores, ha desestimado la reclamación de la profesora María del Carmen Galayo Macías, cuyo contrato laboral dejó de renovar el obispo de turno por causas totalmente ajenas a su labor docente. El absurdo de esta situación se hace mayúsculo si además se tiene en cuenta que el profesorado de Religión no cobra del Vaticano sino del Estado Español, es decir, del conjunto de todos los españoles, por lo que el derecho del Vaticano para nombrar y cesar a los profesores en España debería ser el mismo que el de España para nombrar y cesar a los obispos y cardenales del Vaticano.
Por estos motivos la jerarquía católica en general representa un poder que interfiere en el normal desarrollo de la vida ciudadana presionando sin escrúpulos para imponer sus doctrinas así como especialmente para lograr sus objetivos económicos y de poder, despreciando nuestras instituciones democráticas. El Vaticano se extralimita en sus actuaciones en cuanto sus jerarquías, teóricamente españolas (?), se guían por consignas procedentes de ese estado extranjero e interfieren en nuestros asuntos para descalificar, cuando les interesa, las leyes aprobadas por nuestro Parlamento. Resulta asombroso y lamentable que se consienta esta constante intromisión, teniendo en cuenta que una actuación similar de cualquier otro estado provocaría al menos la ruptura de relaciones diplomáticas. La nueva Ley de Educación debe comportar que España recupere su soberanía en materia educativa y pueda salvaguardar, para el colectivo de profesores Religión, derechos laborales tan básicos como el de la estabilidad laboral y el de la libertad de cátedra, de manera que puedan opinar libremente acerca de las diversos aspectos de la asignatura sin depender de consignas y dogmas impuestos por las jerarquías vaticanas, a quienes habría que despojar de una vez de sus injustos privilegios, que no por ser ancestrales dejan de ser bochornosos.
3. Frente a la situación jurídica que emana de nuestra Constitución, del Estatuto de los Trabajadores y de la LOE, los obispos, emisarios del Vaticano, siguen defendiendo que son ellos quienes deben decidir el nombramientos y el cese del profesorado de Religión, entendiendo al parecer que esos profesores no están prioritariamente al servicio de la formación del alumnado sino al servicio de la Iglesia y del obispo. Pero este punto de vista sólo podría tener algún sentido a) si el Vaticano fuese una empresa privada que con su dinero contratase profesores para impartir enseñanza en sus centros; b) si respetase la normativa del Estatuto de los Trabajadores en cuanto a contratación, despido y otras cuestiones en lugar de actuar desde la arbitrariedad más despótica; y c) si respetase nuestra Constitución en todos sus artículos, especialmente el 20.1, relacionado con la libertad de cátedra, y el 20.4, relacionado con “la protección de la juventud y de la infancia”.
Pero el Vaticano, además de incumplir la contrapartida de su acuerdo con el Estado español por lo que se refiere a poner “al servicio de la sociedad su patrimonio histórico” [i] -ya que los monumentos que están en su poder o bien permanecen cerrados la mayor parte del día o bien hay que pagar para poder visitarlos [ii]-, incumple estas tres condiciones, pues a) “sus profesores” no cobran del Vaticano sino del dinero de todos los españoles; b) desprecia las normas del Estatuto de los Trabajadores, discriminando a este colectivo de profesores en sus propuestas o en sus destituciones por motivos relacionados con su estado civil, su religión o convicciones, sus ideas políticas, su orientación sexual, su adhesión o no a sindicatos (Art. 17,1) y su ejercicio del derecho de huelga, sin atenerse en consecuencia a las leyes que debieran determinar sus propuestas de nombramiento y sin atenerse a las leyes que pudieran justificar el cese de los contratos laborales; y c) no respeta nuestra Constitución por cuanto atenta gravemente contra los Derechos humanos y, de manera especial, contra el artículo 20.1 de dicha Constitución, que ampara el derecho a la libertad de cátedra, y contra el 20.4, que ampara “la protección a la juventud y a la infancia”.
3.1. Por lo que se refiere al desprecio del derecho constitucional a la libertad de cátedra (Art. 20.1), resulta asombroso que la Iglesia católica, que a lo largo de la historia ha sido la máquina más poderosa de represión contra la libertad de pensamiento, de expresión, y de cátedra reivindique en estos momentos ese mismo derecho para defender su pernicioso adoctrinamiento, atacando las ideas de quienes disienten de ella, sin otra justificación que la del pretexto de estar inspirada por supuestas leyes divinas, y atentando por ese mismo motivo contra el derecho de los profesores de Religión a impartir sus clases protegidos por la libertad de cátedra.
En relación con este punto, conviene recordar las pasadas barbaries sanguinarias de la “Santa Inquisición” contra infinidad de inocentes que se atrevieron a pensar y exponer libremente sus ideas –o que fueron sospechosos de haberlo hecho- y las actuales presiones de esta organización sectaria, continuadora de aquélla, cuyos actuales inquisidores tratan de seguir amordazando por todos los medios la libertad de cátedra, como acaba de suceder en el caso del Teólogo de la Liberación, el español Jon Sobrino.
Conviene recordar, por otra parte, que la libertad de cátedra debe tener como limitación especial la prohibición de aplicar este derecho para su propia destrucción, y la prohibición de utilizarlo atentando contra los derechos de la infancia mediante la manipulación o el adoctrinamiento.
3.2. Por ello y teniendo en cuenta la exigencia constitucional de “protección a la juventud y a la infancia”, el adoctrinamiento religioso debería desaparecer no sólo de los colegios e institutos públicos y privados sino también de las mismas iglesias por cuanto las jerarquías del catolicismo sectario presentan sus doctrinas como verdades absolutas que se encuentran por encima de la razón y condenan la libertad de cátedra para interpretar y valorar críticamente tales doctrinas. Tal adoctrinamiento religioso no sólo no ayuda al desarrollo de capacidad racional y crítica del niño sino que promueve su atrofia, al exigir la subordinación de la razón a la fe ciega en una misteriosa autoridad. Hay que tener en cuenta especialmente que no es lo mismo proporcionar conocimientos e información que inculcar doctrinas o adoctrinar de forma dogmática, lo cual atenta contra derechos y valores humanos esenciales como el desarrollo de la racionalidad crítica y el respeto a la libertad y a la tolerancia, derechos que el Vaticano menosprecia [iii] hasta el punto de subordinarlos a la autoridad de sus propias jerarquías, que se presentan como puentes –“pontífices”- de comunicación con un extraño ser que les dicta sus extraños mensajes, contradictorios entre sí en tantas ocasiones.
4. Resulta sorprendente la doctrina que pretende subordinar la razón con respecto a la fe por cuanto para que tal doctrina no fuera un completo absurdo o bien habría que justificarla “con razones”, o bien habría que afirmar tal subordinación sin demostración alguna, y, por lo tanto, tratando de imponer la fe de modo irracional -lo que, por otra parte, siempre sucede-, ya que, por definición, las doctrinas de fe se encuentran más allá de cualquier argumentación racional, por lo que su aceptación sólo puede proceder de una previa negación del valor de la razón como guía para acceder al conocimiento y a la verdad. Por ello, es una contradicción hablar de verdades de fe, en cuanto nadie sepa por qué son verdades y siempre se le remita a una autoridad en la que simplemente hay que creer, sin tener razones por las que haya que supeditar la propia razón a esa supuesta autoridad. Cuando los obispos proponen la fe en determinadas doctrinas y se les pregunta por qué hay que tener fe en lo que ellos dicen, su respuesta podrá ser o bien que ellos saben que la doctrina que proponen es verdadera, en cuyo caso deberían demostrarla en lugar de pedir que se tenga fe en ella, o bien que hay otras personas que saben realmente lo que ellos sólo creen; pero entonces habría que pedir la presencia de esas personas para que explicasen aquello que decían saber.
Pero como las personas que deberían justificar las creencias ajenas mediante sus conocimientos y demostraciones nunca aparecen, la justificación de la fe tendría que hacerse desde sí misma, es decir: hay que creer porque sí, pues en eso consiste la gracia y el mérito, ya que creer algo que se sabe es muy fácil y no tiene mérito alguno:.
Sin embargo, como decía Descartes, la veracidad exige no asentir a nada que no sea evidente, y, por ello, ese mandamiento cristiano contradice el valor moral del acto de fe.
5. Este impedimento esencial para el adoctrinamiento religioso a partir de la fe no existiría si la Religión se impartiese de una perspectiva puramente teórica y descriptiva. Y para este objetivo sería igualmente absurdo conceder al Vaticano el inadmisible privilegio de nombrar al profesorado correspondiente, del mismo modo que tampoco se concede al gobierno del Reino Unido el privilegio de contratar a los profesores de inglés en España, ni se concede al gobierno de España el privilegio de elegir a los profesores de español en el Reino Unido. Por ello, las autoridades españolas no sólo están legitimadas para romper con ese absurdo privilegio clerical sino que tienen la obligación de hacerlo en cuanto no pueden hacer dejación de su responsabilidad y de su obligación de aplicar la legislación española a los diversos asuntos para los que el pueblo les ha votado, velando por la soberanía nacional, por la formación de los ciudadanos y por los derechos de los trabajadores.
________________________________________
[i] Artículo XV del acuerdo de 1979.
[ii] Muchas iglesias permanecen cerradas la mayor parte del día, y, en los últimos tiempos, se está generalizando el negocio dentro de muchas catedrales, tanto mediante el cobro de una entrada como con la venta de estampitas y toda una serie de objetos diversos, negocio que por cierto fue objeto de reprobación por parte de Jesús, quien, dirigiéndose a los mercaderes que vendían en el templo, les dijo “Mi casa es casa de oración, pero vosotros la convertís en cueva de ladrones” (Mateo, 21,13).
[iii] Encíclica Fides et Ratio de Juan Pablo II.
Máis de Antonio García Ninet:
• 02/12/06 Antonio García Ninet: Intromisiones de la jerarquía de la Iglesia católica
La Teología no es Ciencia
Antonio García Ninet *
UCR 21 de Marzo de 2007
Algunos “teólogos” y en especial las altas jerarquías de la organización conocida como “Iglesia Católica” se atreven a afirmar que la Teología es una Ciencia. Pero afirmar no es lo mismo que demostrar, así que a fin de clarificar esta cuestión hay que comenzar definiendo qué es Ciencia y qué es Teología.
¿A qué se llama Ciencia? Dejando a un lado las “ciencias puras”, la Ciencia está constituida por aquel conjunto de proposiciones que surgen de la experiencia o se deducen de la aplicación del método experimental a dicha experiencia, y representan una aproximación progresiva a su conocimiento objetivo. Como ejemplos de tales ciencias podemos referirnos a la Física, la Química, la Biología, la Astronomía, la Medicina, etc. Fue Galileo quien estableció en el siglo XVII las bases fundamentales del método experimental con sus tres momentos fundamentales: la observación, la hipótesis y la experimentación. Toda ciencia experimental debe contener estos tres momentos, de manera que a partir de la observación de fenómenos cuya explicación se desee obtener, se pase a la elaboración de una hipótesis acerca de la condición o serie de condiciones a partir de las cuales dicho fenómeno se produce. Una vez elaborada dicha hipótesis, se tiene que regresar a la experiencia de modo directo o mediante un experimento para contrastar la hipótesis y comprobar si, cuando se reproducen las condiciones previstas en la hipótesis, aparece nuevamente lo anticipado en ella. Si así sucede, tal hipótesis pasa a ser considerada como ley científica.
Por otra parte, de acuerdo con su “principio de demarcación” K. Popper (s. XX) consideró que sólo eran científicas aquéllas proposiciones respecto a las cuales existiera un procedimiento de contrastación empírica –o de “falsación”-, por el que pudieran ponerse a prueba mediante la experiencia, y precisamente por esto negó que la Metafísica –y la Teología como una de sus partes- pudiera ser ciencia, ya que por definición ningún supuesto fenómeno ultraempírico, es decir, no experimentable, podría ser objeto de investigación desde el método experimental.
¿A qué se llama “Teología” desde la secta católica? Etimológicamente el término “teología” significa “conocimiento racional de Dios”, pero esta definición lejos de aclarar el problema planteado, introduce el nuevo problema de definir el término “Dios” y si puede demostrarse la existencia de un ser que se corresponda con tal definición.
Con dicho término se hace referencia a un ser que reuniría, confundidas en su esencia, todas las cualidades positivas que pudieran pensarse. Tomás de Aquino, teólogo especialmente importante de la secta católica, lo define como “Ser subsistente”, como el ser cuya esencia coincide con su existencia y que, como ser perfecto, posee entre otros atributos implícitos la inmaterialidad, la omnipotencia, la omnisciencia, la bondad, el amor infinito, la providencia y el ser creador de todo.
Si pudiera demostrarse de algún modo la existencia de un ser que respondiera a estas características podríamos considerar entonces la posibilidad teórica de la Teología como Ciencia. Pero tal demostración es imposible, pues, en primer lugar, el concepto de Dios hace referencia a una supuesta realidad que, por definición, no puede ser objeto de la observación empírica, ya que no sería material y, por definición, sólo lo material es observable. Y, no habiendo observación, cualquier hipótesis que se elaborase sería una construcción de la imaginación sin base en la experiencia. Por lo mismo, tampoco se podrá pasar a la experimentación, pues no se puede experimentar acerca de hipótesis alguna que haga referencia a realidades no experimentables, como lo sería Dios si existiera.
Algunos pensadores –Anselmo de Canterbury, Tomás de Aquino, Descartes- intentaron demostrar la existencia de Dios. Pero ya Tomás de Aquino criticó acertadamente el argumento de Anselmo de Canterbury, mientras que Guillermo de Ockam criticó con el mismo acierto los intentos de Tomás de Aquino, y en el siglo XVIII tanto Hume como Kant volvieron a criticar de nuevo los intentos de todos ellos, llegando a la conclusión de que la razón, sin la ayuda de la experiencia, era incapaz de avanzar un solo paso en el conocimiento de la realidad. Con la razón, apoyada en la fantasía, podemos imaginar todo lo imaginable (sirenas, centauros, ángeles, dioses, demonios y toda clase entes míticos). Pero una cosa es imaginar y otra muy distinta demostrar. Las vías o “demostraciones” de Tomás de Aquino -o las de Descartes- pretenden remontarse hasta Dios como explicación del universo –o del yo pensante-, pero de hecho se alejan de la Ciencia y del conocimiento en su dimensión más simple por diversos motivos, como son los siguientes:
a) aunque los filósofos griegos consideraron que el universo era eterno –pues de la nada, nada se hace-, el cristianismo parte del prejuicio de que el Universo requiere una justificación externa al propio Universo, lo cual está en contradicción con el postalo científico según el cual “la materia ni se crea ni se destruye”;
b) aunque es comprensible el asombro provocado por la contemplación del propio ser y de la realidad del Universo, el deseo de comprender no demuestra que vaya a encontrarse una solución a las preguntas que la realidad pueda sugerir. Apuntar a Dios como la solución definitiva es un modo fácil de deshacerse del problema, pero un modo nada riguroso, pues, si se recurre a Dios como “solución”, ¿cómo se solucionará el nuevo problema de por qué existe Dios?;
c) Los intentos de demostración de la existencia del dios católico no son contrastables mediante experiencia alguna, y, por ello, al pretender avanzar mediante el uso de la razón en el vacío, es decir, sin la ayuda de la experiencia, la pretensión de alcanzar tal conocimiento fracasa de modo inexorable.
Pero este fracaso no sólo se produce porque no pueda demostrarse la existencia del Dios católico sino especialmente porque además dicho concepto es contradictorio, ya que hablar de Dios como un ser perfecto es hablar de un ser que lo tiene todo; pero a quien tiene todo, nada le falta, y, si nada le falta, nada desea, y, si nada desea, nada hace, y por lo tanto, nada crea; por ello, Dios no podría ser perfecto y creador al mismo tiempo. Es contradictorio también porque las cualidades de amor infinito y omnipotencia son incompatibles con el sufrimiento tan presente en la vida humana –y en especial en la de tantos miles de niños que cada día mueren de hambre- y en la de tantos seres vivos, sufrimiento que ese Dios no sólo no evita sino que incluso envía, pues todo procedería de ese Dios, quien desde la eternidad habría programado todo el devenir del universo hasta el más ínfimo detalle; es contradictorio igualmente porque el dogma católico acerca de la existencia del Infierno, como “lugar” de sufrimiento eterno al que, según los evangelios, la mayoría estaríamos destinados –“porque son muchos los llamados, mas pocos los escogidos”[1]- es incompatible con el dogma de la infinita misericordia divina; es contradictorio igualmente porque la doctrina católica de la omnipotencia divina es igualmente incompatible con la libertad y con la responsabilidad humanas, ya que –como explica Tomás de Aquino- Dios es la causa tanto de las acciones como de los deseos y de las decisiones humanas, pues todo estaría programado por él desde la eternidad y nada escaparía a la predeterminación derivada de su omnipotencia, por lo que ese supuesto Dios no sólo conocería aquello que uno decidiera realizar sino que él mismo habría causado sus deseos, sus decisiones y sus acciones físicas derivadas de aquellos deseos y de aquellas decisiones[2].
A partir del conocimiento de estas dificultades, en lz mayoría de las ocasiones se recurre de forma alternativa a tratar de fundamentar el valor de la Teología en las llamadas “verdades de fe”, las cuales serían indemostrables por definición. Complementariamente se afirma que tales “verdades de fe” tendrían carácter suprarracional, lo cual es una forma dogmática de prejuzgar que haya verdades de las que se ignora por qué lo son, pasando por alto que todo conocimiento debe llevar consigo su propia razón o justificación, por lo que nunca puede decirse de modo sensato que cierta proposición sea verdad y al mismo tiempo considerar que se trata de una verdad suprarracional (?) es decir, que no está al alcance de nadie saber por qué es verdad.
Por ello, cuando se habla de “verdades suprarracionales” parece sugerirse que haya otra fuente de conocimiento ajeno a la experiencia o a la razón. Se trataría del conocimiento de “verdades reveladas”, como las provenientes de la Biblia o del Papa hablando ex cathedra, relacionadas con dogmas o misterios y considerando al propio Dios como su inspirador. Pero esa “solución” sólo trasladaría el problema a la siguiente pregunta: ¿Cómo se sabe que sea verdad eso que dice un libro como la Biblia o lo que dice el Papa cuando dicen que habla “ex cathedra”?
Después de estas consideraciones, a la pregunta inicial acerca de si la Teología es una Ciencia, puede responderse que evidentemente no lo es en el sentido corriente de ciencia, aunque pueda considerarse que sí lo es en un sentido especial en cuanto al menos las “reflexiones teológicas” demuestran el carácter contradictorio de la Teología, dada la contradicción existente en su objeto de investigación.
________________________________________
[1] Mateo, 22,14.
[2] Tomás de Aquino: Summa contra Gentes, III, c. 89 y 90.
----------------
* Antonio García Ninet es Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
El ritual del “juramento” en actos oficiales es anticonstitucional
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
UCR 25 de Marzo de 2007
1. La constitución española de 1978 proclama el carácter aconfesional del Estado y establece además que nadie podrá ser obligado a declarar acerca de sus creencias o falta de creencias religiosas. Sin embargo, la fórmula que se emplea para la toma posesión de un cargo público de cierta relevancia (Jefe del Estado, Presidente del Gobierno, ministros…) incluye la alternativa de tener que prometer o jurar ante la Biblia y ante un crucifijo ser fiel a la Constitución.
A la secta católica le viene muy bien esa propaganda gratuita de su negocio, pero ya va siendo hora de que se vaya retirando la basura de la dictadura franquista que estableció un pacto de mutuo apoyo con la secta católica, la cual consideró al dictador “caudillo por la gracia de Dios” y triunfador de la “cruzada nacional” a cambio de que éste le permitiera ampliar su poder hasta el punto de que los curas se encargaban de expedir o negar certificados de buena conducta.
Para no incurrir en incoherencias este ritual debería haber desaparecido hace ya muchos años en cuanto, de acuerdo con la Constitución, desde el momento en que se introduce la fórmula del juramento, se coacciona a manifestar si uno es creyente o no, pues el juramento (en el que se pone a Dios por testigo) es la fórmula empleada por los creyentes, mientras que la promesa es la de los agnósticos o los ateos. En cuanto nuestro sistema político es aconfesional, es contradictorio que en el se incluya la posibilidad de un ritual como el del juramento, que tiene carácter religioso.
1.1. Por otra parte y pasando al terreno de la hipótesis, se podría pensar en la posibilidad -nada lejana, por cierto- de pensar en un ministro que juró su cargo en un momento en que era católico y que posteriormente se convirtió en ateo. ¿Qué pasaría en tal caso? Pues sencillamente que ese político ya no estaría vinculado por compromiso alguno con el fiel cumplimiento, pues sólo había jurado por una realidad en la que ha dejado de creer, mientras que no había prometido nada en relación con su conciencia y honor. O sea, que, en tal caso, ese político, liberado de cualquier compromiso, en cierto modo sería más libre para hacer lo que quisiera respecto al cargo para el que se le había nombrado.
2. En la práctica judicial más próxima a los ciudadanos de a pie sucede algo muy similar, pues en los juicios se exige a los testigos jurar o prometer decir la verdad acerca de lo que se les pregunte. En un juicio al que asistí la jueza preguntó a uno de los testigos: “¿Jura o promete decir la verdad…? Y el testigo, que no entendió la pregunta como una alternativa excluyente, contestó con naturalidad: “Sí”, queriendo indicar con tal respuesta que sí, que o bien juraba o bien prometía. Sin embargo, a la señora jueza esta respuesta no le satisfizo del todo y por ello volvió a preguntar al testigo: “Pero, ¿jura o promete?”. Resultaba asombroso que esta señora –que igual hubiera podido ser un señor- se atuviese al pie de la letra de aquel absurdo ritual, y no se diera cuenta de que su pregunta representaba una vulneración de la Constitución, en cuanto, al preguntar al testigo si juraba o prometía, implícitamente le estaba preguntando si tenía creencias religiosas o no.
Por ello, la fórmula que incluye el juramento debería haberse eliminado desde el preciso instante en que se aprobó la Constitución, del mismo modo que se han ido suprimiendo los crucifijos de los centros de enseñanza, por respeto a la libertad de religión, de manera que el terreno político no se debe imponer ninguna a nadie.
En el ámbito privado, el creyente puede jurar, además de prometer, si le apetece hacerlo, y podrá seguir rezando y venerando su crucifijo durante el tiempo que desee, pero no hay que confundir el ámbito de lo público con el de lo privado, y mucho menos hacer propaganda sibilina las creencias privadas en el ámbito de lo público.
3. Por otra parte, la promesa y el juramento sólo tienen sentido como un rito que sirve para dar mayor solemnidad y fuerza al compromiso actual de cumplir con aquello que se promete o se jura. Sin embargo, en cuanto el prometer o el jurar hagan referencia a un compromiso acerca de acciones o sentimientos futuros equivale a pretender esclavizar la libertad futura respecto a los pensamientos y sentimientos actuales: Uno puede prometer amar a su pareja durante el resto de su vida o guardar odio eterno a los romanos. Sin embargo, tanto en un caso como en el otro, podría llegar un momento en el que los sentimientos de tal persona cambiasen, en cuanto nadie puede saber hoy cómo sentirá o como pensará mañana o dentro de veinte años, pues la vida se caracteriza por un cambio continuo, y, por ello, no tiene sentido prometer nada acerca de nuestras opiniones o sentimientos futuros, ya que nadie manda de los sentimientos ni puede tampoco prever cómo evolucionará en su manera de pensar. Por ello, “jurar amor eterno” sólo puede ser una forma de expresión hiperbólica de un deseo actual y del deseo de sentir igual en el futuro, pero tomado en su significado más propio es absurdo, pues, el juramento o la promesa llegan a ser inmorales desde el momento en que por ellos se pretende encadenar la libertad futura a los sentimientos y pensamientos actuales.
3.1. Esta problemática se presenta en la forma de convenio del “contrato matrimonial”, aunque en este caso el problema se resuelve en cuanto uno puede optar por la simple unión de hecho, por el contrato en presencia de un juez o, además, por el contrato de carácter religioso celebrado en una iglesia.
En el caso de la unión de dos personas lo esencial es la simple convivencia de hecho, la cual puede complementarse con un certificado civil que reconozca dicha unión para diversas finalidades, como las de carácter económico, igual que sucede cualquier otro tipo de contratos por los que se forman sociedades industriales, comerciales o financieras.
El Papa niega la existencia de Dios
Antonio García Ninet *
UCR 29 de Marzo de 2007
Sí, aunque parezca una broma, es cierto: El Papa acaba de negar la existencia de Dios, al menos la existencia de Dios en cuanto se le considere como amor y misericordia infinitas, pues tales cualidades son contradictorias con el castigo eterno del Infierno cuya existencia acaba de reafirmar el señor Ratzinger, “al menos para los que cierran su corazón al amor de Dios”.
Si el ser humano, siendo rencoroso y vengativo, es incapaz de tan absurda venganza, ¿cómo se puede imaginar a Dios como un ser infinitamente rencoroso? Es inaudito que a estas alturas todavía se sigan diciendo barbaridades como ésa, que atentan contra la Lógica más elemental: Si el dirigente católico entiende que Dios es infinitamente misericordioso y si, por definición, la misericordia consiste en la virtud de perdonar, entonces Dios posee la virtud de perdonar en un grado máximo; de manera que no hay ni puede haber ofensa que no perdone.
En consecuencia, es difícil de creer que el señor Ratzinger todavía no haya comprendido que la existencia del Infierno es contradictoria con la propia existencia de un Dios infinitamente misericordioso. No obstante, si desprecia la Lógica y considera que la fe se encuentra por encima de toda razón, en tal caso podrá decir, al igual que Tertuliano, “credo, quia absurdum” (“creo, puesto que es absurdo”), y todas las barbaridades que se le ocurran. Pero llegar a afirmar la brutalidad de un Dios que condena al “fuego eterno” equivale a poner a ese Dios a una altura de crueldad infinitamente superior a la de Hitler, quien, a su lado, sería un manso cordero.
1. Los “ideólogos” de la secta católica, cuando tropiezan con tales contradicciones doctrinales, utilizan el recurso de afirmar que se trata de “misterios de fe”, manifestando así el nulo valor que para ellos tiene la razón cuando ésta pone en evidencia el carácter contradictorio de tales doctrinas.
Por otra parte, el disparate del dirigente católico no es original sino sólo un retorno a la utilización de antiguos desvaríos, que, junto con el funcionamiento a pleno rendimiento de la “Santa Inquisición”, dieron en el pasado sustanciales beneficios políticos y económicos a los altos dirigentes de esa organización. En efecto, una doctrina similar fue sostenida por Tomás de Aquino (s. XIII), “doctor de la Iglesia Católica”, respecto al tema de la salvación o condenación, quien afirmó que Dios ha predestinado a los hombres desde la eternidad para su salvación o su condena al Infierno[1], y que desde la eternidad determinó a quiénes concedería la gracia para la salvación y a quiénes se la negaría[2].
En este mismo sentido, los Evangelios describen el Infierno como un lugar de castigo al que Dios envía a la mayoría de los hombres (“muchos son los llamados y pocos los escogidos”) y en dicha obra se encuentran múltiples afirmaciones, en las que Jesús habla del Infierno como un lugar de castigo eterno para quienes no crean en él o no sigan su mensaje y de manera paradójica utiliza palabras de condenación contra el hombre que sea incapaz de perdonar, diciendo en este sentido: “si no perdonáis a los demás, tampoco vuestro Padre perdonará vuestras culpas”[3], palabras igualmente absurdas por considerar razonable que “el Padre” haga precisamente lo que él reprocha al hombre.
En cualquier caso, por absurdas que sean, estas doctrinas sirven para dejar a salvo la omnipotencia de Dios, aunque tengan el inconveniente de convertirle en un cruel déspota que castiga al “fuego eterno” sin otro motivo que el de su “santa” voluntad.
La doctrina católica acerca del Infierno, además de ser claramente contradictoria con la idea de un Dios infinitamente misericordioso, es la proyección antropomórfica de la crueldad plasmada en la imagen de Dios como su máxima expresión: Así como el hombre es agresivo, cruel y vengativo, igualmente, cuando crea a sus dioses a su imagen y semejanza, proyecta en ellos esas mismas cualidades, considerando que también ellos las poseen, pero en una proporción infinita, acorde con su poder.
Por ello, algunos católicos, comprendiendo esa contradicción tan evidente, han buscado una “solución” considerando que no es Dios quien condena sino que es el hombre quien elige apartarse de Dios; de manera que el Infierno no consistiría en otra cosa que en un estado de infinita soledad en el que el hombre se instalaría por su propia voluntad. Sin embargo, aunque de ese modo Dios quedaría libre de cualquier responsabilidad por lo que se refiere al destino del hombre, tal solución está en contradicción con la serie de ocasiones en las que, según los Evangelios, es el propio Dios quien envía al malo al “fuego eterno”[4], y pasa por alto la doctrina católica –y cristiana en general- de la predestinación.
2. Desde hace ya muchos siglos los dirigentes de las organizaciones religiosas han comprendido el enorme filón económico que proviene de la unión del miedo con la fantasía humana, la cual es tan poderosa que llega a desplazar a la razón a la hora de aceptar una doctrina por contradictoria que sea. La fantasía del ser humano le ha llevado a sus grandes creaciones artísticas de todo tipo con las que ha sabido enriquecer una vida rodeada de peligros, sufrimientos y temores. Las diversas religiones son manifestaciones de esa fantasía y en tiempos remotos sirvieron al hombre para pedir y confiar en la ayuda y en la protección de los dioses. Este cometido consolador de la Religión estuvo unido con la idea de que, si el hombre quería conseguir la ayuda de los dioses, debía compensarles con sacrificios, oraciones y rituales. Y este momento debió de ser aprovechado por determinados personajes (brujos, videntes, profetas, sacerdotes, hechiceros, magos y pontífices) que consiguieron convencer al personal de estar en posesión de un poder especial para comunicarse con los dioses para obtener de ellos lo que les pidieran, bueno o malo. Aprovechándose de la buena fe de la gente sencilla, obtuvieron gran prestigio, hasta el punto de que pudieron vivir sin otra tarea que la de comunicarse con los dioses para luego aconsejar al pueblo a cambio de vivir de su oficio de simples embaucadores, consiguiendo con el transcurso del tiempo un imperio económico inimaginable, especialmente en el caso de los altos dirigentes de la llamada “Iglesia Católica”, quienes, rodeados de riquezas y de lujos, siguen predicando cínicamente: “bienaventurados los pobres porque de ellos es el reino de los cielos”[5].
3. Parece evidente que el señor Ratzinger vuelve a utilizar esa doctrina por la sencilla razón de que es mucho más rentable para la organización que dirige seguir fomentando la creencia en el infierno que proclamar que, si Dios existiera, su amor infinito sería incompatible con el “fuego eterno”, pues, si los fieles fueran conscientes de que Dios lo perdona todo, perderían el temor a las amenazas papales y eclesiásticas en general, y se atreverían a pensar por sí mismos en lugar de cerrar los ojos a la razón para refugiarse en una fe irracional, “sin la cual no hay salvación”. La rentabilidad de la doctrina del Infierno es evidente si se tiene en cuenta que sirve para atemorizar a los creyentes tibios a fin de que no se borre de su cabeza esa absurda pesadilla, lo cual a su vez es útil para controlar mejor sus mentes y sus actos de forma que obedezcan ciegamente cuando, por medio de los delegados “episcopales”, se les indique a quién tienen que votar y contra qué gobiernos deben luchar, que no son otros que los que no ceden o intentan escapar a su chantaje económico, como el que en estos momentos todavía les paga el Estado Español para seguir llenando las arcas sin fondo del Vaticano.
En definitiva, si no fuera por la rentabilidad política y económica que les proporciona la doctrina del Infierno, hace ya mucho tiempo que esta idea habría pasado a la historia del terrorismo ideológico que tanto daño ha hecho a lo largo de los tiempos.
-----------------
*Antonio García Ninet es Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
________________________________________
[1] “Por lo tanto, en cuanto que designó de antemano a algunos desde la eternidad para dirigirlos al fin último, se dice que los predestinó [...] Y a quienes dispuso desde la eternidad que no había de dar la gracia, se dice que los reprobó o los odió [...] Y […] la predestinación y la elección no tienen por causa ciertos méritos humanos […] porque […]nada puede ser causa de la voluntad y providencia divinas” (Suma contra los gentiles, III, CLXIII).
[2] O. C., III, c. CLXI.
[3] Mateo, 6, 15.
[4] Así, por ejemplo, en Mateo, 5-29, 5-30, 6-50, 25-41 y 25-46.
[5] Lucas, 6,20.
Contradicciones doctrinales de la Secta Católica
Antonio García Ninet * 20 de Abril de 2007
Al igual que el ser humano es un animal dotado de fantasía, por lo mismo es un animal supersticioso, y, por lo mismo, un animal religioso, que tiende a creer como si fueran verdades evidentes todo un conjunto de fantasías, en cuanto le sirven como respuesta más o menos cómoda a las acuciantes preguntas y preocupaciones que la vida le plantea.
La religiosidad primitiva evolucionó de un modo natural en cuanto se trataba de un fenómeno de carácter familiar o tribal, y eran los hechiceros, encargados de las ceremonias o los trances religiosos, quienes se relacionaban –o eso decían- con los dioses del hogar, de la tribu o de los diversos lugares considerados como sagrados. Pero los jerarcas de las religiones modernas, en cuanto la religión ha demostrado su utilidad para un enriquecimiento material milagroso, han ido refinando el conjunto de su liturgia ceremoniosa, su apariencia ante los fieles con atuendos especialmente vistosos, y sus mismas doctrinas para intentar presentarlas con cierta coherencia. Esto último no lo han conseguido ni de lejos, pero con un poco de esfuerzo por su parte, haciendo una intensa apología de la fe, de supuesto origen divino, una campaña de desprestigio contra la razón, simplemente humana, y con la credulidad de la gente sencilla, han conseguido el milagro de convertir las contradicciones en profundos misterios cuya verdad más auténtica sólo Dios puede comprender. Teniendo en cuenta la serie de doctrinas irracionales existentes en las distintas religiones que pretenden tener un valor “trascendente”, más allá de la vida terrenal llena de preocupaciones, necesidades e insatisfacciones, son las estructuras sociales las que han propiciado la asombrosa pervivencia en el tiempo de los mitos que constituyen la esencia de las doctrinas religiosas.
Al mismo tiempo, dada la tendencia de la fantasía humana a crear y a creer en todo un mundo fantástico de espíritus y de dioses, desde tiempos muy remotos ha habido igualmente personas -como hechiceros, brujos, profetas, adivinos, oráculos y videntes-, que han aprovechado esa circunstancia para ofrecerse al pueblo como seres dotados de un don especial para conectar con los espíritus, con los demonios o con las variadas divinidades que la imaginación humana ha ido produciendo a lo largo de los tiempos, a fin de conseguir su influencia positiva en la vida de la tribu o de grupos sociales más amplios, llegando finalmente a considerarse y a ser considerados como enviados de Dios y como hombres especialmente santos (“Su Santidad”, llaman los católicos a la autoridad suprema de su organización), que asumen teatralmente el papel de “mediadores” entre el mundo material y el espiritual, que se adornan con lujosos, vistosos y extravagantes atuendos a fin de causar mayor impacto y sugestión en quienes asisten a los ritos correspondientes, que reparten mágicas bendiciones a los fieles –aunque nadie sepa para qué sirven-, que protagonizan solemnes sacrificios y misteriosas ceremonias mediante las que manifiestan su respeto, sumisión, humildad y temor hacia un Dios invisible en el adecuado escenario de monumentales iglesias y catedrales, tratando así de propiciar los favores divinos y de provocar en los creyentes un alto grado de admiración hacia ellos por su autoridad como ministros de Dios y como intermediarios entre él y los creyentes. En la estructura social de casi todos los pueblos existe un papel muy relevante para quienes, se han presentado ante el pueblo como dotados de ese poder para servir de puente entre los dioses y los hombres. Quienes fueron asumiendo estos roles sociales descubrieron de inmediato que esa actividad les daba prestigio y autoridad entre sus gentes y eso incentivó su interés por asumir sus tareas con la mayor dedicación, de manera que progresivamente fue formándose la serie de estructuras religiosas actuales que tanto daño han causado a lo largo de los dos últimos milenios.
En este sentido, la doctrina católica -así como la de todas las religiones que vayan más allá del sentimiento de asombro ante el universo- contiene una serie de dogmas absurdos que, además de ser falsos, muchos de ellos son especialmente nocivos y contrarios a la dignidad humana y, por ello mismo, deben ser objeto de crítica y denuncia para que dejen de influir perniciosamente en la sociedad. En este sentido, tiene interés hacer referencia a determinadas doctrinas católicas especialmente absurdas y demostrablemente falsas para la formación de los ciudadanos, realizando la correspondiente crítica racional, que choca contra la barrera irracional de las jerarquías de dicha secta, que niega o en el mejor de los casos supedita el valor de la razón al de la fe para orientar al hombre en la búsqueda de la verdad, por lo que el creyente debe aceptar con humildad aquello que las jerarquías, “inspirados por la divinidad”, quieran ordenarle.
La larga historia de la secta católica ha determinado un progresivo fortalecimiento de su estructura política interna en la que existe una clara diferenciación entre el grupo de los máximos dirigentes -el Papa, los cardenales, arzobispos, obispos y altas jerarquías en general- y el resto de fieles integrados en la organización, de forma que, mientras las altas jerarquías gozan de lujos faraónicos y un inmenso poder visible e invisible en muchas partes del mundo, los simples creyentes ni disfrutan de los beneficios económicos de su Iglesia ni participan democráticamente como elementos activos que puedan influir de algún modo en la política de su organización ni en el nombramiento de sus jerarquías, que son elegidas por el Papa, el cual, a su vez, elige a los obispos, arzobispos y cardenales.
La doctrina católica está formada en lo esencial por un conjunto de dogmas que, por ello mismo, no se basan en la razón ni en la experiencia y representan una continuidad de antiguas creencias míticas que cierran los ojos al pensamiento racional o científico de los últimos siglos. A continuación se presentan a la consideración de quien desee razonar un poco algunos de los mitos más importantes que han ayudado a la extraordinaria prosperidad económica y política de una secta que en principio parecía encaminada a una labor fundamental de ayuda a los pobres, pero que casi desde el principio traicionó este ideal para ocuparse casi en exclusiva de su propio enriquecimiento y poder lo cual han logrado con extraordinario éxito. Así, desde el punto de vista doctrinal la secta católica asume toda una serie de mitos que conviene exponer y denunciar por su carácter contradictorio y en todo caso por su influencia perniciosa sobre la sociedad. Entre ellos pueden destacarse los siguientes:
1. La DOCTRINA que afirma la existencia de un ser perfecto al que llaman Dios, que sería infinito, creador del universo, omnipotente y omnipresente, misericordia y amor infinitos, y que, por definición, no podría ser percibido, ya que ni siquiera sería material.
CRÍTICA: El concepto de Dios va ligado a la cualidad de la perfección. Tal concepto hace referencia a la posesión de todas las cualidades positivas que puedan imaginarse, de manera que un ser perfecto las incluiría de tal modo que, por identificarse con el bien en un sentido pleno y absoluto, nada más podría desear, ya que sólo se desea lo que no se posee, mientras que dicho ser no carecería de bien alguno. En consecuencia, la existencia de Dios como ser perfecto sería incompatible con la existencia del Universo. Pues, efectivamente, si se pregunta por qué creó Dios el mundo, los creyentes suelen contestar que lo creó porque quiso. Sin embargo, quienes dan esta explicación olvidan que sólo es posible querer aquel bien que todavía no se posee, pero, si Dios fuera perfecto, poseería o se identificaría con todo el bien imaginable y ninguno le faltaría, por lo que ya nada crearía. Además, sería absurdo suponer que Dios tuviese deseos o necesidades que quedasen satisfechas a partir de cualquier realidad ajena. Si Dios hubiese creado el mundo, eso sólo habría podido explicarse a partir del supuesto de que necesitaba algo con cuya posesión habría alcanzado un estado de mayor perfección, pero un ser perfecto no puede llegar a serlo más, pues ello habría significado que anteriormente no lo era. En consecuencia, la idea de un Dios creador tiene carácter antropomórfica y parece haber surgido a partir de suponer que Dios se aburría en su eterna soledad y, por ello, decidió distraerse creando a los ángeles, al hombre, a los demás animales y el resto del Universo.
El absurdo es todavía mayor si se tiene en cuenta que la misma idea de perfección divina implica no sólo que Dios sabe qué es lo que va suceder a lo largo de cada día, de cada año y de cada siglo, sino que además ha sido él mismo quien ha programado que todo suceda como sucede y no de otro modo y que encima castiga a quienes dejan de comportarse de acuerdo con aquellos objetivos para los que él mismo les ha programado.
Otro aspecto de este antropomorfismo es suponer que Dios necesitaba a la humanidad para que le amase y le adorase, lo cual supone ignorar que su perfección quedaría anulada desde el momento en que su felicitad autosuficiente quedase subordinada a la satisfacción que pudiera alcanzar a partir de las acciones y de los sentimientos que el ser humano tuviera hacia él, los cuales, por otra parte, habrían sido programados por el propio Dios. Y, un nuevo aspecto del antropomorismo de esta idea consiste en suponer que la adoración, las penitencias, los ayunos y las oraciones pudiesen causarle alguna satisfacción, pues nuevamente se estaría subordinando la inmutabilidad y la perfección divina a lo que pudiera ser la actitud del hombre respecto a él.
Por otra parte, de acuerdo con un aforismo de la filosofía escolástica, el modo de actuar es consecuencia del modo de ser (“operari sequitur esse”), de manera, que aún bajo la absurda hipótesis de que un ser perfecto hubiese deseado crear algo, en tal caso lo habría creado tan perfecto como lo sería él mismo: Su amor infinito le habría llevado a conceder al hombre la perfección en el mismo grado en que su poder se lo hubiese permitido, y, siendo infinito, nada habría impedido que hubiese creado al ser humano tan perfecto como él mismo, del mismo modo que un padre quiere para su hijo lo mejor –incluso que alcance metas muy superiores a las que él mismo haya alcanzado, aunque no siempre puede satisfacer este deseo-. Además, ese amor infinito no sólo sería contradictorio con la carencia de perfección por parte del hombre sino también con la existencia del sufrimiento, de las enfermedades, de la muerte y de todas las calamidades que rodean la existencia humana a lo largo de su vida. Por otra parte y como ya indicó B. Spinoza, la infinitud de Dios impediría la existencia de cualquier otra realidad ajena que pudiera limitar la suya y, en consecuencia, Dios se identificaría con el conjunto de lo real y el ser humano sería parte de Dios en cuanto nada podría existir fuera de él.
Por eso, el concepto de Dios como una realidad trascendente y distinta del mundo representa una nueva forma de antropomorfismo que olvida que la infinitud y la perfección divinas son incompatibles con la existencia de cualquier otra realidad distinta del propio Dios.
2. La DOCTRINA que afirma que Dios es omnipresente pero que se encuentra “de un modo especial” en las Iglesias, consideradas como “casas de Dios”, y en la “hostia consagrada”
CRÍTICA: El estar o no estar no admite grados: Se está vivo o no, se está presente o no, se está embarazada o no, pero no tiene sentido decir que alguien está vivo pero sólo un poco, que está presente, pero sólo un poco, que está embarazada, pero sólo un poco. Por ello, ¿qué sentido tiene afirmar que Dios se encuentra en todas partes y a continuación puntualizar que donde se encuentra “de verdad” es en la hostia consagrada? Si Dios existiera, su omnipotencia, le permitiría estar “en el Cielo, en la Tierra y en todo lugar” –como decía el catecismo-. Por ello, resulta evidente que la insistencia de la secta católica en afirmar que donde se encuentra Dios “de verdad” es en la Iglesia proviene de sus intereses económicos, pues sólo desde el momento en que los fieles acuden a la Iglesia se les puede seguir adoctrinando y tratando de someterles mentalmente para que sigan sus consignas y para que sigan ofreciendo sus limosnas y sus pagos por las misas de sus difuntos, por los bautismos, por las bodas, por los funerales y por todo el folklore que se monta en torno a las diversas celebraciones litúrgicas: Nacimiento de Jesús, Cuaresma, Semana Santa, Pascua de Resurrección, Corpus Christi, festividades patronales de cada localidad y un sin fin de actos repetidos rutinaria y repetitivamente, como el rezo del “Santo Rosario”, que no tienen otra utilidad que la de un ejercicio de autohipnosis colectiva respecto al valor de las doctrinas aceptadas.
Evidentemente es el interés económico de las jerarquías de la secta católica y el de muchas otras el que les lleva a defender esa absurda doctrina sin la cual peligraría gravemente su negocio en cuanto la gente comprendiera que para ponerse en contacto con la divinidad no hacía falta acudir a “la casa de Dios” –como si Dios necesitase de una casa-. Pues, en cuanto aquellos que necesitasen creer en fantasías religiosas comprendieran que no necesitaban acudir a las iglesias, muchos curas se quedarían sin trabajo y deberían dedicarse trabajar de verdad para ganarse el pan con el sudor de su frente, dejando de engañar a gente inocente.
3. La DOCTRINA sobre la presciencia y predeterminación divinas, según la cual Dios ha programado y, por ello, sabe de antemano todo lo que tiene que suceder a lo largo del tiempo, incluidas las decisiones y las acciones del hombre, puesto que se producen porque Dios así lo decidió, pues nada puede ser causa de lo que sucede excepto él. Así, cuando Tomás de Aquino trata esta cuestión, dice que “Dios es causa no sólo de nuestra voluntad, sino también de nuestro querer” y que “nuestras elecciones y voliciones están sujetas a la divina providencia”[1].
CRÍTICA: Esta doctrina defiende muy bien lo que es la esencia de la supuesta omnipotencia divina, pero, como no podía ser de otro modo, está en contradicción con la de la libertad humana según la cual hay actos que dependen de la libre y exclusiva voluntad del hombre. Una consecuencia de la imposibilidad de salvar ambos conceptos al mismo tiempo es que la supuesta responsabilidad humana deja de tener sentido y, en consecuencia, deberían desaparecer de la Religión todas aquellas doctrinas que hacen referencia a las ideas de responsabilidad, mérito, culpa, premio o castigo. Pero, como este cambio tendría repercusiones muy peligrosas para la supervivencia de las distintas confesiones religiosas, los teólogos contratados al efecto prefieren decir que se trata de un misterio en lugar de reconocer que se trata de una más de las muchas contradicciones en que se encuentran sus dogmas.
4. La DOCTRINA que considera compatible la existencia de Dios con la del sufrimiento, sin que Dios haya querido o podido crear otro universo sin la presencia del mal.
CRÍTICA: La existencia de un ser omnipotente, infinitamente bueno y creador de todo, implicaría que todo, en cuanto creado por Dios, sería bueno. Sin embargo, la existencia del sufrimiento es una muestra de que no todo lo existente es bueno. La conclusión que deriva de estas premisas es que no existe un ser omnipotente, infinitamente bueno y creador de todo.
Desde el cristianismo se ha intentado resolver este problema considerando, en primer lugar, que Dios lo hizo todo bueno, pero que fue el hombre quien introdujo el mal. Pero esta explicación es absurda en cuanto hay muchos males que no provienen del hombre (terremotos, enfermedades, sequías, inundaciones, agresividad innata de muchos seres vivos, exigida por la “lucha por la vida”, etc.). Como objeción a estas consideraciones se cae a veces en la ingenuidad de pretender explicar el mal a partir de la naturaleza, suponiendo que de esta forma Dios quedaría al margen de los diversos sufrimientos que rodean la existencia de los seres vivos. Pero es evidente que, si la naturaleza produce el mal, en tal caso la naturaleza será mala, y, en consecuencia, de la misma manera que se considera responsable de un asesinato a la persona que disparó y no a la bala que atravesó el corazón de la víctima, igualmente habría que entender la relación entre Dios, la naturaleza y el mal, considerando a Dios como causa del mal, y a la naturaleza como un simple instrumento para su manifestación.
Omayra Sánchez.Murió el día 14 de septiembre de 1985,
cuando sólo tenía 13 años, atrapada entre barro y maderas,
después de 24 horas de larga espera y de sufrimiento absurdo.
Según la secta católica, habría sido una de las numerosas víctimas
“predeterminadas” por los “designios de la Providencia”, mediante las erupciones del volcán Nevado del Ruiz en Colombia.
Otra objeción que suele presentarse es la de que el mal resulta inevitable, ya que sin él no se podría tener conocimiento del bien ni gozar de él -ya los estoicos se habían servido de esta explicación-. Sin embargo, el valor de esta nueva objeción es claramente rechazable, puesto que quienes la presentan parecen olvidar que en la argumentación inicial se hablaba de un ser omnipotente, y la omnipotencia implica la capacidad de hacer todo aquello que no sea contradictorio, y, evidentemente, no parece haber contradicción en un mundo absolutamente positivo en el que para poder gozar de una felicidad plena no sea necesario pasar por una etapa de calamidades y de sufrimientos[2].
Habiendo llegado a este punto, algunos terminan por concluir que junto a Dios, como ser infinitamente bueno, existiría un ser poderoso causante del mal -así en la antigua religión persa de Zaratustra (s. VII a. C.), Ormuz representaría el Dios benéfico y Ahrimán el Dios maléfico, que al final de los tiempos sería definitivamente derrotado-. Sin embargo, en estos casos se olvida que la omnipotencia y la infinita bondad divina impedirían la existencia de esa fuerza maléfica.
Por lo que se refiere a la presencia del sufrimiento algunos podrían llegar a decir que quizás el sufrimiento fuera bueno, al menos en un sentido semejante a aquel en que lo es una intervención quirúrgica, la cual, aunque resulte dolorosa, es causa muchas veces del bien de la curación. Pero hay que diferenciar entre el dolor en sí mismo y aquello a lo que puede conducir; y, además, resulta evidente que si se pudiera producir una curación sin pasar por una fase de dolor, sería absurdo pasar por ella; y, si Dios existiera como ser omnipotente e infinitamente bueno, no sólo podría evitar el dolor de la intervención quirúrgica, sino también el de la enfermedad que hizo necesaria dicha intervención. Por otra parte, si el sufrimiento fuera bueno, ¿qué sentido podría tener el mandamiento de no matar y el de tratar de remediar el hambre y el sufrimiento de la humanidad?, ¿por qué, en su lugar, no fomentar las guerras y las torturas más refinadas y suprimir la práctica de la medicina?
Otra objeción que suele utilizarse a veces es la de que el hombre no esta capacitado para comprender en qué consiste la bondad de Dios, y que el propio sufrimiento podría ser bueno en algún sentido oculto para el hombre, pero compatible con esa forma especial de la bondad divina. La réplica a esta objeción consiste en señalar que referirse a la bondad de Dios como a algo ajeno a las posibilidades humanas de comprensión es utilizar palabras vacías e inútiles. Pues, si se dice que Dios es “bueno” y, a continuación, “se aclara” (?) que “bueno” no significa lo que todo el mundo piensa que significa, y no se da una explicación acerca de qué es lo que se pretende decir con esa palabra, en ese caso estaremos perdiendo el tiempo o jugando con palabras vacías. Conviene recordar que el lenguaje es un producto humano y que el significado de las palabras no es algo que haya que esperar descubrirlo como si de un misterio se tratara, sino que es el hombre quien se lo ha asignado a lo largo de su evolución histórica y cultural.
La conclusión que deriva de estas premisas es que no puede existir un ser que reúna al mismo tiempo las cualidades de la omnipotencia y de la infinita bondad, o, lo que es lo mismo, que o bien Dios quiso pero no pudo hacer un mundo sin sufrimiento y, en tal caso, no sería omnipotente, o bien pudo pero no quiso y, en tal caso, no sería infinitamente bueno. Si, por otra parte, se considera que el concepto de Dios sólo puede aplicarse a una realidad absolutamente perfecta, y se considera además que el poder y la bondad deberían ser constituyentes de dicha perfección, en tal caso la conclusión evidente es la de que Dios no existe.
5. La DOCTRINA que considera a Dios como un juez vengativo, y el hombre como un siervo a quien le puede exigir incluso que le sacrifique a sus hijos, como hizo con Abraham, a quien le pidió que matase a Isaac hasta que comprobó su buena disposición para obedecerle;
CRÍTICA: Esta doctrina se encuentra en contradicción con la que considera que Dios es amor y misericordia infinitas. Sin embargo la secta católica está especialmente interesada en conservar esta doctrina porque de este modo se presenta como administradora del perdón, de forma que puede excomulgar o perdonar los pecados de acuerdo con determinadas condiciones como el pago de determinadas donaciones a la misma organización eclesiástica (bulas, donativos, penitencias) y porque el temor al Infierno ha llevado a muchos miembros de esta secta a regalar sus bienes a la organización con la esperanza de asegurarse un lugar en el cielo.
6. La DOCTRINA según la cual el perdón divino por el pecado de Adán y Eva tuvo que realizarse mediante el sacrificio de la crucifixión de Jesús, considerado por el cristianismo como hijo de Dios.
CRÍTICA: Esta doctrina olvida que Dios, a causa de su infinita misericordia, habría perdonado al hombre -si es que tenía algo que perdonarle- sin sacrificio alguno, y olvida igualmente que quienes nacieron después de Adán y Eva no cometieron pecado alguno, por lo que tal doctrina no tiene sentido ya que implica el absurdo de considerar que Dios crea el alma “en pecado” (?), lo cual no tiene sentido. Sin embargo y a pesar de su carácter absurdo, es una de las doctrinas centrales de esta secta, la cual considera que Dios creó al hombre, que el hombre le desobedeció, que tal actitud determinó como consecuencia el “pecado original” con el que todo hombre nacería, que el perdón de este pecado se realiza sólo mediante el sacrificio de Jesús, hijo de Dios, y que la salvación eterna del hombre tiene como justificación el sacrificio de Jesús y la predestinación divina.
7. La DOCTRINA sobre la predestinación humana, doctrina según la cual el hombre no se salva por sus obras sino por la fe, que es una “gracia” divina, es decir, un don gratuito de Dios que sólo concede a quienes predestinó para ser salvados. Esta doctrina se encuentra en el apóstol Pablo, quien escribe que “las decisiones divinas no dependen del comportamiento humano, sino de Dios” y que “Dios mismo dijo a Moisés: Tendré misericordia de quien quiera y me apiadará de quien me plazca”[3], y en Tomás de Aquino, doctor de la Iglesia, implica la negación de que el hombre pueda salvarse por sus méritos.
Tomás de Aquino considera que el hombre es incapaz de conseguir la bienaventuranza por sus propios méritos y que sólo el auxilio divino puede llevarle a alcanzar este objetivo[4]; que nadie merece por sí mismo[5]; y que desde la eternidad Dios determinó a quiénes concedería dicho auxilio y a quiénes lo negaría para que en unos casos brillase su misericordia y en otros su justicia (?):
“Mas como quiera que Dios, entre los hombres que persisten en los mismos pecados, a unos los convierta previniéndolos y a otros los soporte o permita que procedan naturalmente [?], no se ha de investigar la razón por qué convierte a éstos y no a los otros, pues esto depende de su simple voluntad […]; tal como de la simple voluntad del artífice nace el formar de una misma materia, dispuesta de idéntico modo, unos vasos para usos nobles y otros para usos bajos”[6].
Por lo que se refiere al tema de la predestinación, defiende que la elección y la reprobación del hombre han sido ordenadas por Dios desde la eternidad, sin que pueda aceptarse que la decisión divina esté causada por los méritos del hombre:
“Y como se ha demostrado que unos, ayudados por la gracia, se dirigen mediante la operación divina al fin último, y otros, desprovistos de dicho auxilio, se desvían del fin último, y todo lo que Dios hace está dispuesto y ordenado desde la eternidad por su sabiduría [...], es necesario que dicha distinción de hombres haya sido ordenada por Dios desde la eternidad. Por lo tanto, en cuanto que designó de antemano a algunos desde la eternidad para dirigirlos al fin último, se dice que los predestinó [...] Y a quienes dispuso desde la eternidad que no había de dar la gracia, se dice que los reprobó o los odió [...] Y puede también demostrarse que la predestinación y la elección no tienen por causa ciertos méritos humanos, […]porque [...]nada puede ser causa de la voluntad y providencia divinas”[7].
CRÍTICA: Por extraña y absurda que pueda parecer la doctrina de la predestinación, hay que tener en cuenta que sólo ella -tal como Tomás de Aquino comprendió- podía dejar a salvo la omnipotencia divina, ya que, de lo contrario, desde el momento en que dejase de controlar las libres decisiones del hombre, su omnipotencia quedaría anulada; sin embargo, esta doctrina tiene el inconveniente de convertir al hombre en una especie de marioneta cuyas acciones sólo aparentemente son suyas y, por lo tanto, no deberían repercutir en ninguna clase de mérito o de culpa por cuanto en último término dependerían de la omnipotencia de Dios. Por otra parte, en cuanto el hombre se salve gracias a la predestinación divina, es una contradicción que Dios, amor infinito, haya predestinado a alguien a su eterna condenación. Igualmente la afirmación de Tomás de Aquino, según la cual Dios predestinó a unos para la salvación y a otros para su condena, junto con la explicación de que lo hizo así para que en unos casos brillase su misericordia y en otros su justicia es una forma muy clara de afirmar la incompatibilidad de ambos conceptos llevados a su grado máximo; es decir, si la misericordia de Dios fuera infinita, entonces su justicia no lo sería y viceversa. Sin duda alguna también la explicación de Tomás de Aquino es bastante torpe y ridícula y mucho más torpe la afirmación según la cual considera que odió (!!!) a aquellos a quienes condenó, olvidando de ese modo que un sentimiento de odio es absolutamente contradictorio con el Dios cristiano del que se dice que es amor.
8. La DOCTRINA contradictoria sobre el infierno como castigo eterno que emana de un Dios del que se afirma al mismo tiempo que es misericordia y amor infinito, y por su aceptación tan simple de la condena eterna para la mayoría de los hombres -“porque son muchos los llamados, pero pocos los escogidos”[8]- y para el mismo Satanás y sus ángeles que serían ya los primeros inquilinos de ese lugar.
CRÍTICA: En primer lugar, hay que tener en cuenta que, si Dios ordena que se ame incluso a los enemigos y luego condena con castigos eternos a quienes supuestamente son sus enemigos, el propio Dios sería inconsecuente con su doctrina al no perdonar a éstos. En segundo lugar, la doctrina del Infierno es incompatible con la que afirma que Dios es misericordia y amor infinitos. En tercer lugar, en cuanto, como indica Tomás de Aquino, la omnipotencia divina implica que los hombres no “hacen” otra cosa que aquello para lo que, en definitiva, fueron ya programados por Dios desde la eternidad, no tendría sentido condenarlos por acciones derivadas de dicha programación divina. Y, en último lugar, el dogma de la existencia del infierno es claramente contradictorio con la doctrina del amor infinito de Dios hacia el hombre. Si ni siquiera resulta concebible que el más malvado de los hombres fuera capaz de castigar a un hijo a un sufrimiento eterno, teniendo en cuenta que ese castigo no tendría otra finalidad que la del castigo por sí mismo, sería un insulto a la bondad divina –si existiera- considerarla compatible con una monstruosidad semejante.
Sin embargo, esta creencia tan absurda parece habar permanecido en la mentalidad humana como consecuencia de la inercia y del miedo irracional a dudar del valor de las creencias tradicionales, por muy absurdas que hayan sido.
Algunos católicos han pensado que tal vez podían solucionar esta dificultad insuperable considerando que en realidad no era Dios quien condenaba sino que era el hombre quien elegía libremente vivir alejado de Dios; de manera que el Infierno no consistiría en otra cosa que en un estado de alejamiento de Dios por el que el hombre optaría libremente. Sin embargo, aunque mediante “esa solución” Dios quedaría libre de cualquier responsabilidad por lo que se refiere al destino del hombre, de ese modo no se solucionaría el problema, pues, cuando en los Evangelios se habla del Infierno, se lo describe como un lugar de castigo al que el mismo Jesús envía a quienes no tengan fe en su palabra. En segundo lugar, la doctrina de que alguien elija apartarse del bien de manera consciente es contradictoria, pues es el hecho mismo de elegir algo lo que demuestra qué considera como bueno quien lo elige, de manera que, si el Infierno representa el mayor mal que pudiera sufrir el hombre, en tal caso es inconcebible que alguien pudiera desear el mal: sólo se desea lo que se presenta con cierto atractivo para el hombre, pero el Infierno en cuanto tal no parece tener ninguno; en consecuencia, nadie se alejaría voluntariamente Dios, en cuanto en teoría sería el Bien absoluto. Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, decía que la voluntad tiende necesariamente al bien, y así, esta eminente figura del Cristianismo proporciona una crítica implícita al argumento anterior.
La doctrina del Infierno tiene, al igual que muchas otras, un origen antropomórfico, relacionado con la actitud de muchos de los déspotas y tiranos de los tiempos en que se escribieron los diversos mitos acerca de dioses tiránicos cuya actitud podía ser especialmente cruel con sus siervos, hasta el punto de sugerir que tales dioses podían ser capaces de las mismas barbaridades que realizaban tales déspotas, pero elevadas a su máxima expresión en cuanto a la crueldad que supondrían.
Todavía en estos momentos la simplicidad humana es tan elevada que se sigue utilizando la idea del Infierno para atemorizar a niños y mayores a fin de que en su mente quede grabada para siempre esa absurda pesadilla. Y es asombroso pero real que a estas alturas todavía haya personas ya formadas que sigan aceptando planteamientos tan absurdos, pues un Dios que sea amor y misericordia infinita, junto a un castigo eterno como lo sería el del Infierno, es tan absurdo como un círculo cuadrado.
9. La contradicción de Jesús cuando dice de Judas “más le valdría a ese hombre no haber nacido”[9].
CRITICA: Es una evidente contradicción que el propio Jesús, siendo Dios, diga que habría sido mejor que Judas no naciera, pues tal afirmación equivale a afirmar que Dios se equivocó al crearlo y, por ello, que su sabiduría no era infinita al no haber previsto las consecuencias que derivarían de tal decisión.
Otra explicación más lógica de estas palabras es la de suponer que quien las dijo no era Dios ni hijo de Dios y, en tal caso, su error habría consistido en no comprender que la infinita misericordia divina alcanzaría también al propio Judas.
10. La doctrina según la cual el amor divino no se extiende hasta Lucifer y hasta los otros demonios, a pesar de considerar que su amor es infinito.
CRÍTICA: Se trata de una doctrina igualmente contradictoria con el propio mandato de Jesús de amar a los enemigos así como también con su infinita misericordia, incompatible con un castigo eterno, que no serviría para otra cosa que para satisfacer una sed infinita de venganza.
11. La doctrina según la cual Jesús es hijo de Dios por ser hijo de José y porque los ascendientes de José se remontan hasta Adán, hijo de Dios.
CRÍTICA: Este argumento olvida la propia doctrina cristiana según la cual José no fue el padre de Jesús y además es irónica porque, a fin de llegar a tal conclusión, se basa en la ascendencia de José[10], que se remonta hasta Adán, hijo de Dios, para concluir así que Jesús es hijo de Dios. Mediante tal argumentación, todos podríamos declararnos tan hijos de Dios como el propio Jesús, en cuanto todos seríamos descendientes de Adán. Y, por el contrario, la filiación divina de Jesús habría quedado sin demostrar al haberse basado en una filiación negada por la secta católica, ya que, según dicha secta, Jesús no fue hijo de José.
12. La DOCTRINA DEL PECADO ORIGINAL. La secta católica afirma como dogma de fe la existencia de un “pecado” cometido por Adán y Eva, que se transmite al resto de la humanidad con la excepción de María.
CRÍTICA: Este dogma envuelve diversas contradicciones. Una de ellas consiste en el propio carácter absurdo y contradictorio de un pecado que se hereda: si el concepto de pecado hace referencia a una acción voluntariamente cometida en contra de la ley de Dios, no tiene sentido la tesis de que el hombre nazca ya en pecado, pues antes de nacer no puede haber realizado acción alguna, ni voluntaria ni involuntaria, en contra de las normas divinas.
De hecho, el mismo Agustín de Tagaste sólo pudo encontrar, como explicación de la “herencia” de este pecado, la teoría de que los hijos heredaban de los padres no sólo el cuerpo, sino también el alma (“traducianismo”), ya que siendo el pecado un concepto relacionado con una potencia del alma como sería la voluntad, si sólo heredase el cuerpo, no veía cómo hacer inteligible esa doctrina, pues el cuerpo era sólo el instrumento del que se servía el alma para realizar aquellos actos que podían estar o no de acuerdo con la voluntad divina y, por lo tanto, no podía ser el origen del pecado; mientras que, si el alma era creada directamente por Dios para cada uno de los hombres que nacieron después de Adán y Eva, resultaba incomprensible y absurdo que ¡Dios hubiese creado un alma en pecado! Sin embargo, la Iglesia no aceptó la tesis de Agustín y siguió considerando el pecado original -¡y tan “original”!- como un dogma de fe.
Pero, en segundo lugar, se plantea un nuevo problema cuando se considera que María nació sin pecado, lo cual demuestra que el nacer en pecado no era necesario e inevitable. Sería incluso una contradicción con la omnipotencia divina negar a Dios el poder de evitar que no sólo María sino el resto de la humanidad naciera también sin pecado. ¿Por qué no lo evitó? ¿Habrá que pensar que era bueno que el hombre naciera en pecado? Pero, si era bueno, ¿por qué privó a María de ese bien? Y, si no era bueno, ¿por qué sólo utilizó su poder para librar a María del pecado y no al resto de la humanidad? Si Dios ama al hombre con un amor infinito, no tiene sentido pensar que este poder se debilita a medida que lo utiliza. Y tampoco tiene sentido considerar que sea “más infinito” para unos que para otros. Quizá alguien diga que el pecado original era bueno para que Dios manifestase su amor muriendo en la cruz, pero también se dice que el fin no justifica los medios, y, además, es absurdo que este perdón se obtenga por la mediación del sufrimiento y de la muerte de alguien, tanto si se trata del hombre, como si se trata del mismo Dios en la cruz. Es igualmente absurda la tesis según la cual el perdón de Dios se produce como consecuencia de un crimen mucho peor que el de comer una manzana, y tal explicación sólo tiene sentido desde una mentalidad primitiva en la que las ofensas al rey o al faraón sólo se perdonaban con la muerte del ofensor o de algún familiar como su hijo -en este caso, el propio Dios, convertido en hombre-, que pagaría la desobediencia de otro hombre. Por ello mismo, esta doctrina sería además una aplicación de la ley del Talión (“ojo por ojo y diente por diente”) y, por ello, sería radicalmente absurda e incompatible con la constante referencia al perdón y a la misericordia infinitas de Dios.
Por otra parte, el pecado original, considerado en sí mismo, plantea otro problema que muestra igualmente lo absurdo de tal doctrina: ¿qué sentido tiene que Dios impusiera a Adán y a Eva la prohibición de comer de aquel árbol cuando no sólo sabía de antemano que comerían de la manzana, sino que además les había predeterminado para que incumplieran la prohibición?
13. LA DOCTRINA DE LA REDENCIÓN: La doctrina anterior va ligada a la de la redención o salvación del género humano[11], doctrina que presupone una situación anterior de caída o degradación derivada del pecado original, que, como ya se ha demostrado, no se sustenta en nada objetivo.
CRÍTICA: Esta doctrina podría haber surgido a partir del deseo de encontrar una justificación para la miseria, el dolor y la muerte que rodea nuestra existencia, considerando que tales males serían un castigo derivado de una supuesta desobediencia a Dios realizada por Adán y Eva, con cuyos actos muy poco tenemos que ver. Se trata de una doctrina procedente del Antiguo Testamento que se convirtió en uno de los pilares básicos del Cristianismo en general. Pero se trata igualmente de una doctrina contradictoria con las doctrinas del amor y de la misericordia infinita de Dios, el cual, si algo tenía que perdonar, no tenía necesidad para ello del “sacrificio” de su propio hijo, pues hubiera bastado con su simple voluntad.
Sin embargo de nuevo puede encontrarse como justificación económica de esta doctrina el interés de la secta católica -y cristianas en general- por una teoría que les sirva para el montaje de su negocio “espiritual”. En este sentido, la consideración de que todo un Dios haya amado al ser humano hasta morir por él parece haber funcionado como un buen “gancho” para quienes se han sentido especialmente solos y, por ello, se han dejado convencer fácilmente por esa fantasía, sin analizar si tenía o no alguna base racional.
14. La DOCTRINA que considera la vida terrena como un valle de lágrimas, un destierro, un lugar para la penitencia y el ayuno, al que el hombre ha venido a padecer por “sus pecados” (?) a fin de “purificarse” y hacerse digno de la eterna salvación.
CRÍTICA: Se trata de una absurda doctrina relacionada con la Ley del Talión, basada en la venganza en cuanto considera que un daño queda compensado con otro daño al menos igua que el primero. Sin embargo, esta antigua ley es incompatible con la idea del Dios-amor y va ligada a la idea de que el sufrimiento purifica, y que, por ello, cualquier sufrimiento que el hombre padezca debe ser recibido incluso con alegría, teniendo conciencia de que de ese modo el hombre colabora con Jesús en propia redención, la cual en realidad sólo se produce por el sufrimiento del propio Jesús en la cruz, quien consigue que su Padre, perdone a la humanidad, aunque luego de poco sirva ese perdón en cuanto de nuevo, según los Evangelios, condena al “fuego eterno” a la mayor parte de la humanidad.
Sin embargo, ni el sufrimiento del Infierno ni el sufrimiento terrenal sirven para purificar nada. El perdón de un ser infinitamente misericordioso no requiere para nada de la venganza consistente en causar sufrimiento a quien haya podido causar una ofensa. Pero, además, sería estúpidamente pretencioso considerar que el ser humano tuviera la capacidad de ofender o de causar el más ligero disgusto a un ser tan perfecto y poderoso como lo sería Dios si existiera.
En cualquier caso, se trata de una doctrina que ha servido a los fines económicos de las sectas cristianas y de la católica en particular porque la insistencia en la idea del pecado y de la penitencia hacen al creyente más dócil ante las exigencias de la secta a fin de cumplir con la penitencia debida.
15. La DOCTRINA que niega el derecho de las personas a decidir sobre su propia vida y su propia muerte en cuanto se considera que la vida pertenece a Dios y que se debe aceptar su voluntad.
CRÍTICA: El sufrimiento absurdo que acompaña de modo cruel e inseparable a muchas personas no puede ser justificado mediante una concepción cruel de la divinidad, que disfrute contemplando la larga agonía de cualquiera de sus hijos. La suposición de que Dios pueda querer el sufrimiento inútil que en muchas ocasiones precede a la muerte es un insulto a ese Dios en el que las jerarquías de la secta católica dicen creer y del que se dice que es nuestro “padre”. Quienes a estas alturas pretenden justificar el sufrimiento lo siguen haciendo además a partir de la consideración de que la humanidad todavía está “pagando” por el “pecado original” –del que por otra parte, se dice que Jesús redimió a la humanidad- sin entender que la idea de que el sufrimiento pueda entenderse como una especie de compensación sólo cabe en la mente retorcida de personas vengativas.
Por otra parte, la condena de la eutanasia –la “buena muerte”- es incongruente con la serie de ocasiones en que la secta católica ha perseguido y ha condenado a muerte a quienes no pensaban como ella o con las ocasiones en que ha defendido guerras como las de las Cruzadas, o con su despreocupación por los miles de niños que cada día mueren a causa del hambre o con su silencio ante las actuales guerras en Irak y en muchas otras zonas del mundo.
16. La DOCTRINA que considera que el demonio, el mundo y la carne son los enemigos del alma junto con la de que Dios sería el creador de tales enemigos.
CRÍTICA: Se trata de una doctrina contradictoria en cuanto, por lo que se refiere al demonio, es un mito infantil pretender, por una parte, que Dios haya condenado al demonio al fuego eterno y, sin embargo, considerar al mismo tiempo que le concede permiso para pasearse por el mundo tratando de reclutar gente que le acompañe. Y por lo que se refiere al mundo y la carne es igualmente absurdo suponer que Dios hubiera creado los placeres terrenales, en especial el placer sexual, si realmente fueran malos.
Por otra parte, la suposición de que el alma tenga enemigos sólo tiene sentido a partir de la correspondiente hipótesis de que la tentación ejercida por ellos podría tener éxito en algún momento y determinar su caída, de manera que la conducta humana no dependería de la libertad del hombre sino de la fuerza más o menos intensa ejercida por las tentaciones de sus enemigos.
17. La DOCTRINA que se opone al uso de “casi todos” los métodos anticonceptivos, como lo es el uso del preservativo, considerando que el acto sexual debe estar encaminado a la procreación y nunca al simple placer.
CRÍTICA: Esta condena es claramente contradictoria por cuanto considera aceptable el empleo de algún método –como el Ogino- mientras rechaza los demás. La contradicción consiste en que, teniendo en cuenta que para la secta católica el pecado no deriva del acto material realizado sino de la intención del sujeto, dicha intención es la misma en quien usa el método Ogino y en quien usa el preservativo, intención que no es otra que la de obtener placer sexual tratando de evitar sus posibles consecuencia, como la de un embarazo no deseado.
Además, si cada acto debe ir encaminado hacia su fin natural propio (?) y eso es lo que conduce a la consideración de que el acto sexual debe encaminarse a la procreación, igualmente se debería condenar el uso de la inteligencia cuando se la emplea para placeres intelectuales como el de disfrutar jugando al ajedrez. Igualmente debería condenarse el uso de la vista cuando se emplease para disfrutar contemplando un cuadro de Rafael, de Leonardo, de Velázquez o de Goya, o para disfrutar contemplando el florecer de los almendros y la belleza de toda la naturaleza. Igualmente debería condenar el uso del oído cuando se lo emplea para disfrutar de la música de Bach, de Mozart o de Beethoven o de cualquier otro compositor capaz de provocar intensas emociones o “placeres auditivos” a través del misterioso lenguaje del sonido. Igualmente debería condenar el uso del olfato para recrearnos con el aroma del jazmín o de las rosas en una mañana de primavera, o el uso de los perfumes y a quienes los fabrican, pues sólo sirven para provocar “placeres olfativos”, que son contrarios a la naturaleza del sentido correspondiente en cuanto debería utilizarse para reconocer los alimentos y elementos necesarios para la vida. Igualmente debería condenar el uso del tacto cuando se lo utiliza para sentir el “placer de las caricias” en lugar de utilizarlo para diferenciar las texturas, grado de dureza y temperatura de los objetos.. Y, finalmente, en cuanto el sentido del gusto debería utilizarse para diferenciar los alimentos que pudieran servir para conservar la vida, debería condenar como pecado su uso para obtener “placer”, como cuando se lo utiliza para saborear una copa de vino, un dulce o cualquier comida especialmente elaborada con el fin de obtener un “placer gustativo”.
18. DOCTRINA: La doctrina acerca del carácter indisoluble del matrimonio.
CRÍTICA: Esta absurda doctrina pasa por alto que nadie es dueño de sus sentimientos y que es absurdo encadenar la libertad futura del hombre a las decisiones del momento presente en el que se realiza la promesa o juramento de amor “hasta que la muerte nos separe” como si alguien fuera capaz de fijar sus sentimientos futuros. Pero nadie tiene derecho a esclavizar sus acciones futuras a las promesas del pasado. Una promesa acerca de una acción futura, como la de asesinar al vecino, tendría la misma obligatoriedad moral que la de seguir conviviendo con una persona cuyos sentimientos hacia uno mismo se hubieran extinguido o incluso se hubieran transformado en un odio que hiciera de la convivencia un auténtico infierno. Nadie es culpable de los sentimientos que tenga en un momento dado, pero, por lo mismo, nadie tiene la obligación de encadenar su futuro a una persona por el hecho de que haya “prometido” hacerlo. En este punto lo que de verdad sobra es la promesa misma y no su incumplimiento. Del mismo modo que cualquier otro tipo de sociedad se establece de acuerdo con unas bases y nunca se acepta la obligación de permanecer en ella cuando deja de interesar por los motivos que sean, igualmente y por lo que se refiere a la sociedad matrimonial, aunque tenga sentido mantenerla dentro de ciertas normas, igualmente debe quedar abierta la puerta para su disolución cuando una o ambas personas que han adquirido tal compromiso consideren que su vínculo ha dejado de tener sentido. Y por lo que se refiere al problema de los hijos, si los hay, es una cuestión que debe resolverse del mejor modo posible, pero nunca pretendiendo esclavizar a los padres mediante la obligación de mantener una convivencia que haya dejado de tener sentido.
Por otra parte, la secta católica ha sabido sacar mucho provecho de esta cuestión en cuanto ha encontrado fórmulas sibilinas para no aceptar el divorcio, pero sí su “nulidad”, la cual se concede en aquellos casos especialmente selectos representados por quienes pueden pagar a los tribunales eclesiásticos a fin de que se la concedan. En tales casos la secta católica no dice que haya aceptado el divorcio, sino que en realidad no hubo matrimonio, incluso después de una convivencia de años y después incluso de haber tenido varios hijos.
La secta católica ha aprendido a ser más prudente en este asunto desde que Enrique VIII pidió el divorcio y la secta católica se lo negó, lo cual generó la creación de la secta anglicana y la pérdida correspondiente de dinero y de poder por parte de la secta de Roma.
19. La doctrina acerca del celibato obligatorio de los sacerdotes.
CRÍTICA: La Iglesia se opone a que los curas puedan casarse, como si el matrimonio fuera algo degradante. Sin embargo y por puro interés y estrategia a fin de evitar un cisma, mantiene dos leyes contradictorias sobre esta cuestión: Mientras los curas católicos del rito oriental pueden casarse, los del occidental, no. Esta “solución” resulta desconcertante por cuanto si es bueno que los curas puedan casarse, este derecho debería concederse a todos, mientras que si no lo es, en tal caso la prohibición debería extenderse también a todos. A comienzos del siglo XVI el papa León X, en su Taxa Camarae, presentó una “solución pecuniaria” para este problema: “Los sacerdotes que quisieran vivir en concubinato con sus parientes pagarán 76 libras” (Art. 5)[12].
En tal doctrina subyace una consideración negativa y pecaminosa de la sexualidad, a pesar de haber sido establecida por el propio Dios en la naturaleza de la que tanto caso hace la Iglesia en otras ocasiones.
El motivo económico que tal vez justifique esta norma es el que de ese modo la herencia de los curas al morir va a parar fácilmente a manos de la propia secta al no tener hijos a quienes dejar sus bienes.
20. La DOCTRINA que condena la conducta de los homosexuales, considerándola “antinatural” o como “desviación” de la naturaleza y, por ello, como intrínsecamente mala, negándoles el derecho a vivir su propia sexualidad como mejor la sientan y a contraer una unión jurídica y social similar a la del matrimonio, al margen del nombre que quieran dar a dicha unión.
CRÍTICA: La secta católica acepta la existencia de una tendencia natural homosexual, pero la considera como una desviación de la naturaleza y, en consecuencia, el comportamiento correspondiente es considerado como “antinatural” e “intrínsecamente malo”. Resulta asombroso que los “teólogos” no hayan reparado en el hecho de que considerar que haya modos de ser “antinaturales” implica un insulto a la sabiduría y a la perfección de Dios, supuesto creador de la Naturaleza, pues parece considerar que se descuidó en algún momento y que la Naturaleza se le escapó de las manos, y que, en consecuencia, algunos seres humanos, como los homosexuales, nacieron desviados (?) del modelo que él pretendía. Quienes así piensan olvidan que la Naturaleza en ningún momento podría desviarse de los designios de Dios y que, por ello, es tan natural ser homosexual como ser heterosexual, o como nacer diestro o zurdo, en el sentido de que hay causas naturales que determinan que unas personas tengan tendencias sexuales distintas a las de otros, pero ni mejores ni peores. Los gustos y preferencias sexuales son todos enriquecedores de la vida con tal de que no perjudiquen a nadie, y la homosexualidad es una opción sexual como cualquier otra, por lo que su condena es absurda.
Esta doctrina representa un aspecto más del absurdo carácter represivo de las doctrinas católicas en contra de la sexualidad en general
21. La doctrina acerca de la “inmaculada concepción” por la que Dios concedió a su madre la gracia especial de nacer sin el “pecado original”.
CRÍTICA: Se trata de una doctrina ingenuamente absurda, pues, si nacer en pecado era malo, si el amor de Dios a toda la humanidad era infinito y si su omnipotencia le permitió conceder a María la gracia de nacer sin pecado, igualmente hubiera podido conceder esa gracia a toda la humanidad, ahorrándose el tener que venir a la Tierra para ser sacrificado en la cruz y conseguir así el perdón de aquel pecado.
22. La doctrina según la cual María fue madre de Jesús, el cual no fue el fruto de sus relaciones sexuales con José, sino que lo tuvo por obra del “Espíritu Santo”.
CRÍTICA: Se trata de una doctrina que de nuevo supone una implícita valoración negativa de la sexualidad, como si el hecho de que María hubiese mantenido relaciones sexuales con José la hubiera hecho menos digna y menos santa -por eso se dice acerca de María que fue virgen “antes del parto, en el parto y después del parto”, como si el hecho de ser “virgen” implicase un mérito especial-; es también una forma de antropomorfismo al considerar que para que Jesús pudiera ser considerado como hijo de Dios no podía a la vez ser hijo de un padre y de una madre humanos. Si, a fin de que el linaje de Jesús fuera exclusivamente divino y no un híbrido, se llegó a considerar que el padre sobraba, en tal caso también habría sobrado la madre. El hecho de que por aquellos tiempos hubiera otras religiones que afirmaron que su dios había nacido de una “virgen” pudo determinar que el cristianismo asumiese esa misma idea. Por otra parte los Evangelios no consideran que María fuera “virgen” en todo momento, pues se dice que Jesús tuvo varios hermanos[13].
23. La doctrina según la cual “sin la fe no hay salvación”[14].
CRÍTICA: Un grave inconveniente de esta doctrina es que, en cuanto la fe sería un don de Dios, nadie sería responsable para nada de su salvación. Se trata además, de una doctrina contradictoria en cuanto la fe representa una actitud contraria a la veracidad, ya que exige afirmar como verdad doctrinas cuyo auténtico valor se desconoce por tratarse de “dogmas” o “misterios”, que, por definición son indemostrables. El mandamiento “no mentirás” es incompatible con una valoración positiva de la fe en cuanto ésta pretende que se tengan como verdad doctrinas cuya verdad se desconoce.
La misión que cumplen las supuestas “verdades de fe” es la de proteger a la propia secta católica de cualquier crítica racional contraria a sus contenidos doctrinales. Cuando tales contenidos puedan ser racionalmente criticables la mejor forma de mantener la autoridad de la institución eclesiástica es recurrir a la propia autoridad divina delegada en el Papa o en el grupo de sus máximos dirigentes. Si más adelante ven que no tienen más remedio que corregir algo, ya lo harán, pero no por humildad y reconocimiento de su error sino considerando que sus doctrinas se habían interpretado mal, o que eran una metáfora, o con cualquier otra explicación que les permita seguir afirmando dogmáticamente lo que les convenga sin que la ciencia o la razón pueda quitarles autoridad.
24. La doctrina según la cual fuera de la Iglesia Católica no hay salvación y que además considera que la secta católica es la única mediadora entre Dios y los hombres..
CRÍTICA: Son doctrinas absurdas por diversos motivos, tanto por el de la infinita misericordia divina, que concedería la salvación a todos, como por la existencia de tantas personas en el mundo que ni siquiera han llegado a conocer la existencia de esta secta y a pesar de que, aunque se la llegue a conocer, no se encuentren argumentos para considerarla verdadera. Esta doctrina es contradictoria con el supuesto amor infinito de Dios, que no condenaría a nadie por la simple casualidad de que no hubiera sido bautizado ni hubiese llegado a conocer la existencia de esta secta, lo cual sucede en infinidad de ocasiones. Además, es absurdo considerar que haya una clase privilegiada que sirva de puente para que Dios se comunique con el resto de sus hijos como si no tuviera suficiente poder para ponerse en contacto con ellos de modo directo y sin necesidad de tales mediadores.
Sin embargo, los dirigentes de la secta católica tienen especial interés económico por mantener esa doctrina porque en caso contrario su medio de vida dejaría de tener justificación desde el momento en que los creyentes comprendieran que para relacionarse con Dios no era necesaria la mediación de tales “pontífices” sino que podían hacerlo por sí mismos.
25. La DOCTRINA sobre la infalibilidad del “Papa” en materia de fe y costumbres, declarada dogma de fe en el concilio Vaticano I.
CRÍTICA: El valor de esta doctrina se reduce al de un “círculo vicioso” en cuanto el valor de ese dogma esta supeditado a la aceptación previa del supuesto de que las doctrinas conciliares sean infalibles, lo cual equivale a decir que si las doctrinas de los concilios son infalibles, entonces el “Papa” es infalible”, lo cual sólo podría tener algún contenido si pudiera demostrarse que las doctrinas conciliares son infalibles, lo cual nunca se ha demostrado.
Para la secta católica, sin embargo, este dogma es otra herramienta importante para el funcionamiento de la Iglesia, que de ese modo puede dedicarse a excomulgar y a amenazar a todo aquel que no se atenga a las interpretaciones doctrinales defendidas por el Papa, quien de ese modo puede ejercer mayor dominio sobre cualquiera cuyas palabras o acciones puedan ser peligrosas para el enriquecimiento de la secta, como ha sucedido últimamente con los “teólogos de la liberación” cuyo compromiso con los pobres es reprimido por las jerarquías a quienes les interesa especialmente mantener buenas relaciones con los grandes explotadores de quienes reciben sustanciales beneficios económicos por su complicidad.
26. La DOCTRINA machista de la Biblia, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento: Dios es “Padre” y no madre, “Hijo” y no hija, y “Espíritu Santo”, teórico padre de Jesús; Dios creó a Adán como rey de la creación y a Eva para que Adán tuviera una compañera; los personajes femeninos de la Biblia casi siempre tienen un valor secundario. Todos los nombres de los ángeles son nombres de varón: Miguel, Rafael, Gabriel. Hasta el propio “Príncipe de las Tinieblas” es varón: Lucifer, Luzbel o Satán. Los personajes más importantes de la Biblia, con pocas excepciones, son varones, hasta el punto de que la Biblia ni siquiera menciona el nombre de ninguna hija de Adán y Eva, pues sólo menciona a Caín, a Abel y a Seth; por lo que ni siquiera se sabe como pudo continuar la reproducción de la especie humana después de los hijos de Adán y Eva, o después del diluvio universal, cuando sólo quedaron vivos Noé con sus hijos Sem, Cam y Jafet.
Casi todos los nombres relevantes de la Biblia son de varón, como Noé, Abraham, Isaac, Jacob, los hijos de Jacob: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín (y al final una hija llamada Dina), Moisés, Aarón, Josué, David, Salomón, Roboam, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Juan Bautista, y apenas alguno de mujer, que casi siempre juega un papel secundario o anecdótico. La excepción la constituye María, la madre de Jesús, excepción comprensible para poder considerar a Jesús como hombre por ser hijo de María, aunque, para considerarlo hijo de Dios, el evangelista Lucas, que afirma tal doctrina, lo hace a partir de la enumeración de su genealogía paterna en la que lo ve como “Hijo de Dios” por ser hijo de José, cuyo linaje paterno se remontaría hasta Adán, el cual es considerado “hijo de Dios” por haber sido creado por él[15]. Además, Jesús eligió a doce apóstoles y ninguno de ellos era mujer.
CRÍTICA: Se trata de un antropomorfismo cultural, basado en el ambiente de la sociedad judía de los tiempos del Antiguo y del Nuevo Testamento, antropomorfismo que deja a la mujer en un segundo plano y siempre como “compañera” o sierva obediente del varón. La importancia de antropomorfismos como éste pone más en evidencia el carácter simplemente humano –y no divino- del conjunto de doctrinas de esta secta-.
27. La doctrina según la cual la mujer no puede acceder al sacerdocio por ningún otro motivo sino porque Jesucristo no nombró apóstol a ninguna mujer.
CRÍTICA: Se trata de un absurdo, ligado con el machismo de la anterior doctrina, absurdo que la secta católica mantiene, aunque sin cerrar las puertas a la posibilidad de aceptar sacerdotisas cuando las “vocaciones” flojeen hasta el punto de que haya demasiadas vacantes en las parroquias de forma que sean difíciles de controlar con la ayuda exclusiva de sacerdotes del género masculino.
El obispo de Málaga “aclaró” los motivos de este absurdo machismo en una entrevista en la CNN+ (27 / 3 / 02) refiriéndose al hecho de que Jesús no nombró a ninguna mujer como apóstol. Con un argumento similar la Iglesia podría oponerse a que cualquiera que no fuera judío y de raza blanca pudiera ser ordenado sacerdote, pues todos los apóstoles eran judíos y de raza blanca.
28. La DOCTRINA acerca de la oración, núcleo fundamental de casi todas las ceremonias religiosas.
CRÍTICA: Esta doctrina, tan importante para el funcionamiento de la secta católica, olvida que Dios, siendo infinitamente bueno, omnipotente y omnisciente, no necesitaría que nadie, a través de sus oraciones, tratase de recordarle lo que tiene que hacer ni tratase de influir en él pidiéndole que cambiase sus planes, realizando acciones contrarias a sus designios eternos y perfectos. Aunque puede parecer natural que uno recurra a Dios cuando se encuentra ante una dificultad que no sabe cómo resolver, esa actitud es incongruente, pues si Dios es omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno, entonces hará siempre lo mejor y no tiene sentido pedirle que lo haga. Es más, en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción interna en la doctrina católica, contradicción que sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuese. El núcleo del problema se encuentra en el siguiente dilema: cuando uno hace una petición a Dios o bien le pide que realice lo mejor, o bien le pide que realice algo que no es lo mejor. La primera parte de la alternativa o bien implicaría una especie de desconfianza consciente o inconsciente hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque Él sea infinitamente bueno, o bien implicaría cierta ignorancia en asuntos de teología por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que realice aquello que necesariamente hará como consecuencia de su infinita bondad. Los hombres han creado una imagen antropomórfica de Dios de manera que, del mismo modo que encuentran natural pedir favores a los poderosos por la confianza de que las súplicas y manifestaciones de respeto y sumisión podrán influir en una predisposición más favorable, así también llegan a creer que la mejor o peor predisposición de Dios depende también de las diversas súplicas y oraciones mediante las cuales le manifiesten su respeto, su adoración y su fidelidad.
Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría algo así como tentar a Dios, rogándole que, al menos por una vez, dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valorase como lo mejor para él. A la objeción según la cual, aunque Dios realiza siempre lo mejor, desea que el hombre se lo pida, hay que responder que es absurdo tener que pedir lo que de antemano se sabe que necesariamente se ha de cumplir por ser lo mejor y por depender de Dios, que sólo se guía por ese principio. Además, suponer que Dios desea que el hombre le pida cualquier cosa implica de nuevo el regreso a esa interpretación antropomórfica de Dios, pues, si Dios fuera perfecto, sería una equivocación suponer en él la existencia de deseos, ya que sólo quien carece de algo puede desearlo, pero por definición un ser perfecto no carece de nada.
Quizá alguien –como Descartes- objetase que sería el hecho de pedirle algo a Dios lo que convertiría esa petición en algo bueno. Pero ya en el siglo XIV Guillermo de Ockam señaló que la bondad de cualquier realidad estaba subordinada a la omnipotencia divina; y, en consecuencia, que Dios había establecido los valores no porque fueran buenos en sí mismos, sino que eran buenos porque Él así lo había establecido, de manera que no existía nada que fuera bueno en sí mismo y que sirviera de guía a la que se sometiesen las decisiones divinas, pues en tal caso Dios no sería omnipotente, por estar subordinadas sus decisiones a ese supuesto bien absoluto que estaría por encima de Él, debiendo servirle de criterio para sus decisiones.
Tomando, pues, como referencia estas observaciones de Ockam, si se hace depender el bien de una acción del hecho de que el hombre la pida en ese caso se estará negando la omnipotencia de Dios al subordinar su voluntad a un bien que lo es no porque él así lo hubiera establecido, sino porque el hombre así lo pidiera. Además, aceptando ese planteamiento, uno podría pedirle a Dios, por ejemplo, que matase a todos sus enemigos, pero no parece que tal petición se convirtiera en buena por el hecho de haberla solicitado. Por lo tanto, parece claro que el criterio de la bondad de una petición no puede encontrarse en el hecho de que el hombre la pida a Dios, sino que previamente dicha acción debe ya ser buena en cuanto, como pretendía Ockam, el propio Dios así lo haya decretado.
En definitiva, toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración tiene un componente esencialmente antropomórfico por el que se tiende a ver a Dios como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, habría que considerar la oración (en cuanto petición) como una ofensa a Dios, pues o bien supondría una desconfianza, o bien una pretensión de tentar a Dios-, y, en cualquier caso, no tendría sentido verla como un acto piadoso.
En cuanto casi todo el ritual cristiano gira en torno a la oración y en cuanto la oración sería una ofensa a Dios, en esta misma medida el conjunto de rituales y ceremonias que giran en torno a la oración carece de sentido: Así sucede con las ceremonias en las que se ruega a Dios por la salvación de alguien, en las que se le pide o se le suplica cualquier cosa, las procesiones en que se realizan “rogativas” o cualquier otra forma de oración, las distintas oraciones prefabricadas como el Padre nuestro, el Ave María, la Salve, la Letanía, el Rosario, el Vía Crucis, la Misa, el Réquiem por los difuntos, y todas las ceremonias cuya esencia se relaciona siempre con peticiones y ruegos a Dios.
Eliminada la oración del ritual religioso, ¿qué sentido podría tener acudir a la iglesia? ¿Qué se le podría decir a Dios que él no supiese? ¿Quizá habría que acercarse a la Iglesia para agradecerle sus favores? Pero a Dios no le supondría ningún esfuerzo el hacerlos; además, si los hiciera, no sería porque el hombre se lo pidiese sino porque serían la manifestación de su perfección, la cual exigiría que en todo momento obrase de acuerdo con ella, tanto cuando parece que beneficia al hombre como cuando parece que le perjudica. Dios haría siempre lo mejor y no podría hacer otra cosa porque su perfección le llevaría a querer sólo mejor.
Aceptando esta crítica, se podría argumentar que la oración podría ser un medio para sentir más intensamente la unión con Dios, venciendo así la sensación de soledad que en ocasiones acompaña al hombre y tomando una conciencia renovada de la presencia de Dios y de su constante protección. Sin embargo, desde el momento en que uno trata de ponerse “en contacto con Dios”, sólo estaría demostrando su desconfianza respecto a la constante presencia divina y esa conducta sólo sería una muestra más de debilidad y no un mérito especial.
Por ello, si a la Iglesia no la guiasen intereses económicos, como los que se muestran en los grandes montajes de Lourdes o de Fátima, debería prohibir la oración, considerándola una ofensa a la perfección divina. Pero la existencia de los ambiciosos intereses económicos de la clase clerical, cuya economía se sustenta de la credulidad de la gente, dificulta enormemente la superación de este antropomorfismo, criticado por Platón hace ya cerca de 2.500 años.
29. La DOCTRINA que afirma la existencia de los “milagros” mediante los cuales Dios realiza favores especiales interrumpiendo el funcionamiento natural de sus leyes eternas.
CRÍTICA: La misma crítica aplicada a la oración vale también para los milagros, que, consecuentemente, carecen de sentido. La creencia en ellos sólo se explica a partir del antropomorfismo de suponer que, de pronto y a última hora, Dios, de manera directa o por la mediación de su madre o de los santos, deshace los planes de sus leyes eternas y los rectifica para resolver un asunto particular que, al parecer, no supo prever desde la eternidad. De manera que esta doctrina supondría creer que o bien se equivocó al establecer sus designios eternos, o bien se equivoca ahora cuando los modifica atendiendo a las súplicas de los hombres o dejándose llevar de la compasión, como si anteriormente no la hubiera sentido. Pero ambos planteamientos contradicen la idea de la absoluta perfección divina y, por ello, resultan inaceptables.
Por otra parte, resulta sarcástico y de un egoísmo ridículo llegar a creer que Dios o la Virgen o cualquier santo puedan estar pendientes del reuma o de la parálisis de uno que tiene dinero al menos para acudir a Lourdes y que al mismo tiempo se olviden de tantos miles de niños que cada día mueren de hambre, olvidados por Dios y por toda la humanidad.
30. La DOCTRINA que considera a Dios como dueño de la vida humana hasta el punto de poder exigirle el sacrifico de su vida como una muestra de sumisión.
CRÍTICA: Se trata de una nueva forma de antropomorfismo por el que se considera a la divinidad como una especie de tirano absoluto con derecho a todo, cuyas órdenes deben ser cumplidas sin condición de ninguna clase y capaz de exigir a sus súbditos la obediencia, la sumisión y la adoración sin limitación alguna, como la que debió mostrar Abraham cuando Yavé le ordenó el sacrificio de su hijo Isaac.
Hay quien argumenta que, aunque es cierto que se lo ordenó, sólo quiso probarle para ver hasta qué punto estaba dispuesto a obedecerle, ya que, después de la prueba, Dios perdonó la vida de Isaac y a cambio sólo pidió el sacrificio de una oveja. Sin embargo, no hay que olvidar que, según las propias doctrinas morales del cristianismo, lo que realmente cuenta en las acciones es la intención y no el hecho material realizado, de manera que para ese Dios lo realmente valioso en el comportamiento de Abraham era su disposición a obedecerle hasta el punto de asesinar a su propio hijo para complacer a Dios. Aquella primera exigencia habría sido absurda, pero también el sacrificio de un cordero inocente sin otro motivo que el capricho divino.
Por otra parte, la misma doctrina según la cual Dios manda y el hombre debe obedecerle es simplemente antropomórfica: Sólo manda quien no puede conseguir las cosas por sí mismo o quien disfruta disponiendo de la vida de los demás, pero Dios no necesitaría siervos para conseguir nada, puesto que todo lo posee, ni tampoco podría ser un tirano que disfrutase dando órdenes bajo la amenaza del Infierno en el caso de que no se le obedeciera. Además suponer que Dios tenga derecho a mandar plantea desde el punto de vista lógico varios problemas:
En primer lugar y como diría Hume, a partir de la existencia de Dios como la de un ser infinitamente poderoso no se deduce que el hombre deba obedecerle. Si Dios creó al hombre, lo hizo porque quiso, pero en ningún caso estableció con el hombre un pacto previo por el cual lo crearía sólo bajo la condición de que se comportase de acuerdo con sus órdenes, pues evidentemente ese pacto no podía establecerse porque el hombre todavía no existía y no pudo aceptarlo libremente.
En segundo lugar, la obediencia a Dios sólo habría podido tener sentido a partir de los siguientes motivos: 1) Para no ser condenado al Infierno, 2) Para ser premiado con el Cielo, y 3) Porque lo que Dios ordenaba era bueno.
La aceptación del primer y del segundo motivo implicaría una actitud interesada, que, como Kant diría, no tendría valor moral, ya que obedecer por temor al Infierno o por deseo del Cielo no es cumplir con ningún tipo de deber por simple respeto a una ley moral. En segundo lugar, obedecer los mandatos divinos porque lo que manda es bueno equivale a afirmar que lo prioritario a la hora de guiar las acciones no es el hecho de que sea Dios quien las ordene, sino el hecho de haber comprendido que es el hecho de ser buenas lo que impulsaría a su cumplimiento, de forma que el fin de la acción no sería el respeto a la ley, sino el de alcanzar el bien que se trata de conseguir.
En consecuencia la relación antropomórfica de sumisión del hombre con respecto a Dios sería una relación de simple servidumbre a causa de su inmenso poder o a causa de su sabiduría que mostraría qué acciones eran buenas.
31. La institución de un organismo como la “Santa Inquisición”, que determinó la muerte de miles de hombres por pretender llegar al conocimiento desde la libertad y desde el uso de su razón, y no desde el sometimiento irracional;
CRÍTICA: Aquella institución, tan opresora por lo que se refiere al respeto por la vida humana y por valores como los de la libertad de pensamiento y de expresión, fue utilizada por la secta católica para mantener su poder sobre quienes podían atacar sus doctrinas mediante sus ideas y contribuir a la pérdida de su poder político y económico que durante la Edad Media y hasta la actualidad sigue siendo especialmente importante. Los tiempos en los que esta institución ha tenido mayor poder político han sido los más escandalosos y sanguinarios en el funcionamiento de esta secta a causa de los crímenes cometidos por ella en nombre de la fe y en contra de la libertad.
32. La doctrina acerca de los demonios y de la libertad que Dios les da para salir del Infierno a fin de captar entre los hombres nuevos miembros para su ejército de condenados, concediéndoles además el extraño privilegio de introducirse en los cuerpos de la gente para luego dar trabajo a los exorcistas que se encargan de luchar contra ellos a fin de que salgan del cuerpo en el que se han instalado.
CRÍTICA: Se trata nuevamente de una doctrina ridícula y contradictoria por lo ya indicado en el apartado anterior, pero además infantil y antropomórfica por considerar que Lucifer pueda salir del Infierno cuando le apetezca y que el propio Dios, mediante la ayuda de los “exorcistas”, tenga que actuar para liberar a los endemoniados de la posesión diabólica, como si Lucifer tuviera algún poder especial que el propio Dios tuviese alguna dificultad en controlar. Sin embargo y por ridículo que parezca la secta católica sigue aceptando la existencia de los endemoniados y la institución del cargo de “exorcista”, como persona especializada en métodos para la expulsión de demonios.
33. La constante complicidad de la Iglesia Católica con los poderes económicos y políticos del capitalismo.
CRÍTICA: Jesús defendió a los pobres y advirtió a los ricos de que muy difícilmente entraría alguno en el reino de los cielos. A la secta católica, sin embargo, parece que le interesa bastante más la compañía de los ricos, de quienes pueden recibir una parte de su riqueza a cambio de una parcela de Cielo, que la relación con los pobres, que sólo son una carga nada rentable. Esta relación de la Iglesia con las clases privilegiadas comenzó muy pronto en la historia de la secta católica y adquirió una importancia extraordinaria que sigue conservando en la actualidad. Pero desde luego es una clara muestra de cuáles son los auténticos intereses de la secta, que para nada se relacionan con la salvación de nadie sino sólo con el enriquecimiento de sus dirigentes.
34. La condena a quienes —como los “Teólogos de la Liberación”- han tratado de adoptar una postura más activa en defensa de los oprimidos;
CRÍTICA: Es evidente que si a la secta católica le interesa conseguir más riquezas de las que tiene, no puede dedicarse a morder la mano de quien le da de comer. Por eso tiene que llamar al orden a quienes se desvían de su política y adoptan la absurda actitud de defender al pobre frente al rico, como si hubiesen olvidado en qué secta están instalados.
35. La falta de democracia interna en la propia Iglesia, por cuanto el “Papa” elige a los cardenales y éstos eligen al “Papa”, sin que el resto de los creyentes cuente para nada por lo que se refiere a la elección de ninguno de sus representantes;
CRÍTICA: Esta falta de democracia interna le sirve a la Iglesia para tener un grupo dirigente muy bien situado cuyos intereses le llevan a dirigir del mejor modo posible los territorios que tienen asignados. Los simples curas se resignan a vivir con ciertas comodidades y con cierto prestigio a nivel local, pero los obispos y cardenales se encargan de controlar la situación a fin de que la estructura piramidal de la secta se mantenga dentro de un funcionamiento ejemplar desde el punto de vista económico y político.
36. Los lujos faraónicos de las altas jerarquías de la secta católica y la conversión de la propia institución de la secta católica en un simple negocio con suculentos beneficios económicos que, a pesar de todo, no consiguen llenar las arcas sin fondo del Vaticano.
CRÍTICA: Las jerarquías de la secta católica olvidaron muy pronto el mensaje de Jesús a favor de los pobres[16] y trataron de adelantar para sí la felicidad de la vida eterna comenzándola ya en esta vida, rodeándose de lujos, de riquezas, de palacios y de extraordinarias obras de arte que ni siquiera son capaces de valorar cuando alegremente se permiten ensuciar de humo los frescos de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina y cuando podrían dar ejemplo de lo que predican vendiendo “sus” tesoros y repartiendo su valor entre los pobres, de acuerdo con el mensaje de Jesús, en lugar de seguir mendigando limosnas millonarias, como las que cada año reciben del Estado Español.
Para las gentes sencillas debería ser suficiente observar el modo de vida y el grado de lujo en que vive la jerarquía de esta secta para reconocer si se encuentran o no en presencia de los grandes embaucadores de la humanidad. Sin embargo, la gente sencilla es además demasiado confiada e incapaz de imaginar hasta qué punto alcanza la hipocresía y el cinismo humano, que le lleva al extremo de enriquecerse a costa del inmenso negocio montado con la excusa de ayudar a los pobres.
A lo largo de muchos siglos de la historia de la secta católica se ha podido constatar esta sed insaciable por acumular riquezas y poder, hasta el punto de que la reforma luterana del siglo XVI tuvo como origen la contemplación de las indescriptibles riquezas del Vaticano. Realmente resulta paradójico que una institución que dice tener la misión especial de ayudar a los pobres y llevarles el mensaje de Jesús sólo se preocupe de relacionarse con los ricos.
Congruente con esa finalidad tan alejada del mensaje de Jesús, resulta explicable la actitud de León X en el siglo XVI cuando, en la Taxa Camarae establecía el precio para el perdón de cualquier pecado y para acceder a diversos cargos eclesiásticos según las características del solicitante. Así, para acceder al sacerdocio, los bizcos debían pagar 45 libras; los hijos bastardos, 15; el hijo de padres desconocidos, 27; los laicos contrahechos o deformes, 58; los tuertos del ojo derecho, 58; los del ojo izquierdo, 10; y los eunucos, 310; la obtención del perdón cuando un cura desflorase a una virgen, sólo costaba 2 libras (Art. 3), y la absolución por simple asesinato cometido en la persona de un laico se fijaba en 15 libras (Art. 8)[17].
--------------
* Antonio García Ninet es Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación
________________________________________
Notas.
[1] Tomás de Aquino: Suma contra los gentiles, III, cap. 89-90.
[2]En caso contrario tendríamos que aceptar que el propio Dios necesita pasar alternativamente por sucesivas etapas de sufrimiento y felicidad por cuanto las últimas estarían condicionadas por las primeras.
[3] Pablo: Romanos, 9, 12-15:
[4]Suma contra los gentiles, 7, III, c. 147.
[5]O.c., c. 149.
[6]O.c., c. 161. La influencia de Pablo de Tarso sobre estos planteamientos parece evidente, pues en su Epístola a los Romanos escribió lo siguiente: “¿Acaso la figura plasmada dirá a su plasmador: ‘¿por qué me hiciste así?’ ¿O no tiene potestad el alfarero sobre el barro para hacer de la misma masa un vaso para honor y otro para afrenta? (Romanos, 9: 20-21). Por su parte, Nietzsche critica estos planteamientos cuando escribe: “Demasiadas cosas le salieron mal a ese alfarero que no había aprendido suficientemente el oficio. Pero eso de vengarse en sus cacharros y en sus criaturas, porque le habían salido mal a él, eso fue un pecado contra el buen gusto” (Así habló Zaratustra, p. 289. Planeta-De Agostini, Barcelona, 1992).
[7]O.c., c. 163.
[8] Mateo, 22, 14. Esta idea se repite en otros momentos como los siguientes: Mateo, 13, 49-50: “Así será el fin del mundo. Saldrán los ángeles a separar a los malos de los buenos, y los echarán al horno de fuego; allí llorarán y les rechinarán los dientes”; 25,4l:”Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles”; y 25, 46: “E irán éstos al castigo eterno, y los justos a la vida eterna”.
[9] Marcos, 14, 20.
[10] Lucas, 3, 23-38. Mateo se conforma con hacer remontar la genealogía de Jesús hasta Abraham, mientras que Marcos y Juan no hacen referencia a ella.
[11] Pablo: Romanos 5, 17: “Y si por el delito de uno solo la muerte inauguró su reinado universal, mucho más por obra de uno solo, Jesucristo, vivirán y reinarán los que acogen la sobreabundancia de la gracia y del don de la salvación”; Romanos 5, 8: “Dios nos ha mostrado su amor haciendo morir a Cristo por nosotros cuando aún éramos pecadores”.
[12] Citado por Pepe Rodríguez en Los pecados fundamentales de la Iglesia Católica, Barcelona, 1997, Ediciones Grupo Zeta.
[13] Por ejemplo, en Marcos 3, 31-32.
[14] Pablo: Romanos 3, 27-28: “El hombre alcanza la salvación por la fe y no por el cumplimiento de la ley”.
[15] Lucas, 3, 23- 38.
[16] Lucas: 6, 24: “Ay de vosotros, los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo”; 18, 25: “Es más fácil para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de Dios”; Mateo, 6. 24: “No podéis servir a Dios y al dinero”; Lucas: Hechos, 2, 44-45: “Todos los creyentes vivían unidos y lo tenían todo en común. Vendían sus posesiones y haciendas y las distribuían entre todos, según las necesidades de cada uno”.
[17] Puede obtenerse una información interesante y detallada acerca de estas cuestiones en la obra de Pepe Rodríguez Mentiras fundamentales de la Iglesia Católica, Barcelona, Ediciones Grupo Zeta.
El Limbo
Antonio García Ninet 29 de Abril de 2007
¿Qué ha pasado con el Limbo? El señor Ratzinger lo ha suprimido definitivamente. Su desaparición puede verse indudablemente como una buena noticia porque a partir de este momento sabemos que todos los niños que hayan muerto antes de haber podido pecar ya están en el Cielo, gozando de la bienaventuranza eterna, pues el amor de Dios es infinito y no iba a permitir que esos niños estuvieran infinitamente alejados de esa felicidad que nunca termina.
La desaparición del Limbo es en definitiva una buena noticia y tan trascendental que debería proponerse a la fundación Nobel algo así como la concesión del ídem de la paz para el señor Ratzinger por haber decidido que los niños difuntos estén disfrutando ya de la eterna beatitud.
La desaparición del Limbo es también un motivo de inmenso consuelo para quienes consideran que los embriones y los fetos son ya seres humanos dotados de un alma inmortal, pues a partir de ahora ya saben que, aunque queden privados de esta vida terrenal tan miserable, esa privación no será en vano sino a cambio de la vida verdadera, de la vida y de la felicidad eternas a las que todos aspiramos. Quizás a partir de este momento la secta católica sea más comprensiva con las abortistas al comprender que, al colaborar con Dios enviándole nuevos ángeles inocentes, impiden con ello que el demonio se apodere de sus tiernas almas para provocarles los atroces sufrimientos eternos del Infierno.
Pero lo consecuencia más trascendental de la desaparición del Libo es que, a partir de este momento cualquier miembro de la secta católica podrá plantearse la posibilidad de convertirse en un nuevo “Mesías” de la humanidad al considerar seriamente el siguiente problema: ¿No es realmente un crimen dejar vivir a los niños en lugar de acortar sus sufrimientos en esta vida y enviarlos cuanto antes a gozar eternamente de la visión beatífica? ¿No es eso mucho más grave que dejarles acercarse a un precipicio desde el que podrían caer al abismo? ¿No es realmente un riesgo innecesario para la salvación de sus almas permitir que se conviertan en adultos y de este modo puedan caer en las tentaciones terrenales alejadas de las leyes divinas y ser condenados al Infierno? Y, si Jesús murió por la salvación de la humanidad, ¿no se le podría imitar o superar incluso al propio Jesús si uno fuera capaz de enviarle niños al Cielo, aun a costa del sacrificio de su propia salvación? ¿No sería ése el mayor acto de amor que pudiera realizarse? ¿Cuántos niños se salvarían de la condena eterna si se les ahorrase el riesgo de crecer y, con él, el riesgo de pecar y de ser condenados al fuego eterno? ¿Quién será capaz de un acto de amor tan sublime y tan alejado del egoísmo de buscar la propia salvación olvidando la de los demás? ¿Quién será capaz de convertirse en “el Mesías de los niños”, sacrificando su propia salvación para asegurar la suya?
-------------------
*Antonio García Ninet es Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
Creencia espontánea, creencia dogmática adoctrinamiento y Constitución
Antonio García Ninet 1 de Mayo de 2007
1. La naturaleza humana se caracteriza por un desarrollo especial de sus facultades mentales tanto intelectivas como imaginativas. Las primeras le han conducido a su supervivencia en la lucha por la vida mediante el conocimiento teórico de la realidad y la aplicación tecnológica de este conocimiento. Las segundas le han conducido a sus grandes creaciones artísticas de todo tipo y también a la construcción de los diversos mitos existentes en todas las culturas mediante los que el ser humano ha proyectado su fantasía y sus preocupaciones vitales, rodeándose de seres fantásticos que le han servido como mecanismo para tratar de relacionarse con ellos a fin de obtener su ayuda o de evitar sus iras.
La tendencia espontánea de la humanidad a utilizar su fantasía para la creación mítica, y la correspondiente tendencia a la credulidad respecto a los productos creados por su fantasía se encuentra tan enraizada en su naturaleza que incluso en la actualidad, cuando nos encontramos con toda una serie de realidades tecnológicas que vienen a demostrar que la realidad natural sólo puede ser dominada mediante su conocimiento empírico y racional, sin embargo en líneas generales la creencia en lo mítico (en la astrología, en el horóscopo, en toda una serie de supersticiones, mitos y religiones muy alejadas de las explicaciones racionales) sigue muy presente en las diversas culturas actuales. Este hecho demuestra que la importancia de los elementos no racionales del psiquismo humano es realmente extraordinaria, incluso en personas dotadas de facultades intelectuales muy desarrolladas.
Sin embargo, lo grave de esta situación no es el grado de intensidad tan alto de la fantasía humana –pues “de ilusión también se vive”- sino las consecuencias políticas y sociales que derivan de esta situación en cuanto la toma de conciencia de la credulidad humana ha propiciado la aparición de toda una serie de embaucadores de todo tipo y de una larga serie de sectas religiosas que, mediante una labor de proselitismo, se dedican a captar y a controlar mental, política y económicamente a personas ingenuas y confiadas a quienes, una vez adoctrinadas, tratan de someter a sus dictados, de manera que tal sometimiento ha determinado el enriquecimiento de esas sectas a partir de las aportaciones económicas de sus fieles seguidores y a partir de las que consiguen gracias a la presión política que ejercen, apoyados en la fuerza que les da el apoyo de sus fieles.
Desde el momento en que los distintos embaucadores y creadores de sectas tomaron conciencia de que el conocimiento crítico, basado en la razón y en la experiencia, era un peligro muy grave para mantener su dominio sobre sus seguidores, consiguieron contrarrestar la fuerza liberadora de la razón con la fuerza aborregadora de la fe, mediante la que se les exigía creer y mantenerse unidos en torno a unas doctrinas y consignas emitidas por el iluminado de turno, bajo pena de excomunión y de horribles castigos sin fin.
En el caso de la secta católica y de las demás sectas cristianas la exaltación de la fe como virtud esencial para la salvación eterna tiene su origen en los mismos escritos del Nuevo Testamento, en los que puede leerse:
-“...es necesario que sea puesto en alto el Hijo del hombre, para que todo el que crea en él alcance la vida eterna. Porque así amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo Unigénito, a fin de que todo el que crea en él no perezca, sino alcance la vida eterna” (Juan, 3: 14-17), y
-“En verdad, en verdad os digo, el que escucha mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no incurre en sentencia de condenación, sino que ha pasado de la muerte a la vida” (Juan, 5: 24);
-“si confesares con tu boca a Jesús por Señor y creyeres en tu corazón que Dios le resucitó de entre los muertos, serás salvo (Pablo: Romanos, 10: 9).
Lo más paradójico de esta situación es que los ministros y pontífices de estas sectas exhorten a los fieles a que tengan fe, a que hagan “actos de fe” o simplemente a que se la pidan a Dios. Se trata de una situación contradictoria con el hecho de que, según sus propias doctrinas, es Dios quien da la fe a quien quiere, y, por ello, quien todavía no la tiene difícilmente podrá pedirla a ese supuesto ser en quien no cree. Olvidan igualmente que la fe hace referencia a un estado mental por el que se acepta como verdad algo que en realidad se desconoce, por lo que, en cualquier caso, es un absurdo extraordinario llegar a considerar como un mérito especial para la “salvación” el hecho de que se disponga de un grado más o menos intenso de fe.
2. Frente a la defensa del valor de la fe, respaldada por las diversas sectas religiosas en general, ha habido por suerte una serie de pensadores que se ha manifestado de modo crítico denunciando el carácter intelectualmente opresivo de la fe, contraria al desarrollo de la racionalidad crítica.
a) Así, el propio Descartes, a pesar de su importante vinculación con la Secta Católica, explicaba la posibilidad del error a partir de la relación entre la voluntad y el entendimiento, en cuanto la primera se pronunciase sin que el entendimiento hubiese proporcionado la suficiente “claridad y distinción”, y, en este sentido, afirmaba que
“si me abstengo de dar mi juicio sobre una cosa cuando no la concibo con suficiente claridad y distinción, es evidente que hago bien y no me equivoco; pero si me determino a negarla o afirmarla, no me sirvo como debo de mi libre arbitrio”, pues “el conocimiento del entendimiento debe preceder siempre a la determinación de la voluntad”[1].
En consecuencia, consideró que un pronunciamiento de la voluntad respecto a una cuestión carente de claridad y distinción representaba una actuación moralmente defectuosa.
Y, en cuanto la fe hace referencia a unos contenidos que la razón no alcanza a conocer, su aceptación como verdad no puede provenir de otra actitud que la de ese pronunciamiento defectuoso de la voluntad frente a unos contenidos que, por definición, no pueden ser ni claros ni distintos, ya que, de lo contrario, no se hablaría de fe sino de conocimiento. Sin embargo, hay que reconocer la inconsistencia de Descartes con sus propias reflexiones en cuanto en ningún momento se atrevió a someter a la duda y a al prueba de la evidencia racional los contenidos de fe del cristianismo.
b) Por su parte, B. Russell señala que ante situaciones objetivamente inciertas no tiene sentido tratar de actuar a partir de la aceptación de una solución desde la creencia en ella, sino meramente desde la simple necesidad de tener que optar y, en consecuencia, de tener que asumir una hipótesis que habrá que poner a prueba, pero sin que esto implique que se cree en su verdad más allá de lo que permiten los datos objetivos de que se disponga. En relación con esta cuestión presenta un ejemplo a fin de clarificar su punto de vista:
“Si, paseando por un camino vecinal, llego a una bifucarción donde no hay señalización alguna ni viandantes, me encuentro, desde el punto de vista de la acción ante una opción ‘forzada’. Tengo que tomar un camino u otro si quiero tener alguna posibilidad de llegar a mi destino; y puedo carecer de pruebas acerca de cuál es el camino acertado. Por tanto, actúo sobre la base de una de las dos hipótesis posibles […]. Pero no creo en ninguna de las dos hipótesis […] Inferir la creencia de la acción [...] es ignorar el simple hecho de que nuestras acciones se basan constantemente en probabilidades y que, en todos estos casos, no aceptamos una verdad ni prescindimos de ella, sino que sostenemos una hipótesis”[2].
Por ello, para Russell,
“el verdadero precepto de la veracidad [...] es el siguiente: ‘Debemos dar a toda proposición que consideramos [...] el grado de crédito que esté justificado por la probabilidad que procede de las pruebas que conocemos’ [...] Pero ir por el mundo creyéndolo todo con la esperanza de que consiguientemente creeremos tanta verdad como es posible es como practicar la poligamia con la esperanza de que entre tantas mujeres encontraremos alguna que nos haga felices”[3].
Como consecuencia de lo anterior se pronuncia en contra de aquellas actitudes que se dejan guiar por la fe en cuanto es una forma irracional de defender aquello de lo que no hay pruebas, defensa que puede llevar y ha llevado en muchas ocasiones a la guerra contra quienes defienden otras creencias:
“Los cristianos sostenían que su fe hace el bien pero que cualquier otra fe hace el mal. […] Lo que deseo mantener es que todo tipo de fe hace daño. Podemos definir la “fe” como una firme creencia en algo de lo que no hay evidencia. Donde hay evidencia nadie habla de “fe”. No hablamos de la fe de que dos y dos son cuatro o de que la tierra es redonda. Sólo hablamos de la fe cuando queremos sustituir la evidencia por la emoción. Poner la emoción en el lugar de la evidencia nos puede conducir a la lucha, ya que grupos diferentes sustentan emociones diferentes. [...] Ninguna fe puede ser defendida racionalmente, y cada una, por tanto, se defiende con la propaganda y si es necesario con la guerra”[4].
c) En una línea complementaria de interpretación acerca de esta cuestión, Sartre presentaba la aparente paradoja de que “creer es saber que se cree y saber que se cree es no creer ya”, puesto que “saber que se cree” es tener conciencia de la creencia como “pura determinación subjetiva, sin correlato exterior”[5]. Esto es, si se admite que entre saber y creer existen diferencias, y se es consciente de que creer no es saber, se tendrá que asumir la conciencia de creer como conciencia de no saber y como conciencia de que la creencia se produce por motivos subjetivos; esta conciencia desembocará en la desaparición de la creencia en cuanto se produzca la disociación entre los datos objetivos insuficientes, por una parte, y los motivos subjetivos, por otra, como ingredientes cuya combinación ha producido la vivencia especial de la creencia, que podría en tales casos llamarse simplemente querencia.
Por otra parte, es cierto que la tesis de Sartre, aunque debería cumplirse desde la coherencia lógica, rara vez se cumple en la práctica; y ello es una prueba más de que, como han señalado diversos autores (Schopenhauer, Nietzsche y Freud entre otros), la débil racionalidad humana extrae su propia fuerza de un fondo vital básicamente irracional, frente a cuyas motivaciones la fuerza de la razón puede quedar adormecida. Pues, en efecto, el que cree, aunque sea consciente de que simplemente cree y de que carece de bases objetivas suficientes como para poder considerar su creencia como conocimiento, no por ello deja de creer, y este simple hecho representa la más clara refutación de la afirmación sartreana. Dicha afirmación habría sido correcta si el hombre fuera siempre consecuente con los planteamientos racionales, pero Sartre olvida que la enorme fuerza del sustrato psíquico irracional humano es un difícil obstáculo que se opone a que los planteamientos racionales más objetivos puedan instalarse en la mente humana, sustituyendo a los que previamente y de manera acrítica ocuparon un lugar en ella.
d) Precisamente en este sentido y en referencia a la presión que los elementos inconscientes ejercen sobre la mente, en Humano, demasiado humano escribía Nietzsche:
“El hambre no prueba que ‘haya’ un alimento para satisfacerla [...]’Presentir’ no significa en modo alguno, reconocer la existencia de una cosa, sino tenerla por posible, en la medida en que se la desea o se la teme: el ‘presentimiento’ no hace avanzar un paso en la región de la certidumbre. Se cree involuntariamente que las partes de una filosofía que ostentan un colorido de religión están mejor probadas que las otras; pero, en el fondo, es lo contrario, sólo que se tiene el íntimo deseo de que sea así, de que aquello que nos hace felices sea verdad. Este deseo nos conduce a tomar por buenos, razonamientos malos”[6].
Como resumen y conclusión respecto a este problema, podemos señalar la existencia de dos actitudes extremas en los pronunciamientos de la voluntad: la que resulta proporcional y concordante con los datos objetivos, y la que resulta desproporcionada y en discordante con tales datos, pero que viene impulsada por factores ajenos, como los deseos o los temores. Ahora bien, en relación con tales actitudes y en cuanto se esté interesado en la posesión de auténticas verdades, se intentará evitar las actitudes del segundo tipo y sustituirlas por las del primero. Pero, en cualquier caso, lo que resulta totalmente inadmisible es la consideración moral positiva respecto a la segunda actitud, en cuanto se caracterizaría más bien por su oposición a la veracidad.
De este modo y teniendo en cuenta que para Nietzsche la fe equivalía en el fondo a una falta de rectitud intelectual, motivada por el temor a vivir en lo problemático, consideró que la fe representaba “la mentira a toda costa”[7]. Ciertamente, era un síntoma sospechoso respecto al valor de la fe su conexión con los deseos y con la necesidad humana de felicidad, y, por ello, ya anteriormente había manifestado su escepticismo: “Si la fe no diese felicidad, no habría fe: por consiguiente, ¡cuán poco valor debe de tener!”[8].
3. Por otra parte, la postura del creyente, aparentemente incompatible con la que mantiene un talante de absoluta veracidad, quizá no lo sea tanto en realidad, especialmente si advertimos que en el terreno de las creencias podemos diferenciar al menos dos sentidos básicos, uno débil, al que se puede llamar creencia espontánea, y otro fuerte, al que se puede llamar creencia dogmática, las cuales se encuentran relacionadas, pero a la vez separadas desde un punto de vista cualitativo.
3.1. La creencia espontánea se caracteriza por tratarse de una simple vivencia involuntaria que no pretende justificarse racionalmente, pero que, aunque sea de manera pre-reflexiva y acrítica, implica en cualquier caso una certeza subjetiva acerca de doctrinas objetivamente inciertas. La importancia de la creencia espontánea deriva, por una parte, de la amplitud de sus contenidos y, por otra, del hecho de que, aunque muchas de ellas permanecerán indefinidamente en esta situación, otras se convertirán en el origen de creencias dogmáticas y, finalmente, otras serán el origen de un buen número de auténticos conocimientos, mientras que algunas, por su escasa o nula importancia vital, paulatinamente se irán desvaneciendo.
La transformación de la creencia espontánea en conocimiento o su simple desaparición viene determinada por la existencia y aplicación de un método riguroso para verificar o refutar sus contenidos. La existencia de este tipo de creencia admite toda una compleja variedad de explicaciones que no necesariamente se excluyen, sino que más bien se complementan mutuamente:
Tratando sólo de iniciar una aproximación a esa complejidad de explicaciones, habría que hacer referencia, en primer lugar, al hecho de que el ámbito de seguridades procedentes de auténticos conocimientos es muy limitado, y que, por ello, la realización satisfactoria de la vida exige que esos reducidos conocimientos tengan que ser complementados por todo tipo de creencias, basadas en la autoridad de una tradición inmemorial, que se acepta y es creída en parte por motivos intrínsecos a tal tradición, en cuanto pueden representar la acumulación de un acervo de experiencias a partir de cuya depuración inductiva haya podido extraerse cierta “sabiduría popular”, y en parte por motivos extrínsecos, en el sentido, por ejemplo, de que el sentimiento de integración en un grupo social se satisface más plenamente cuando el hombre comparte con su grupo no sólo una vida comunitaria basada en la existencia de unos intereses que sólo esa convivencia puede satisfacer, sino especialmente la de un sistema de creencias comunes que favorece la cohesión del grupo y, en consecuencia, un sentimiento de seguridad y de fuerza frente a posibles grupos hostiles; en relación con esta cuestión conviene recordar que el hombre, como “animal social”, tiene fuertemente desarrollada la necesidad de sentirse integrado en una comunidad.
Hay que mencionar, en segundo lugar, el sentimiento de temor e inseguridad que provoca en el hombre el desconocimiento de su propia realidad y del mundo que le rodea: en las tradiciones míticas de todos los tiempos la creencia en dioses o espíritus que gobernaban las fuerzas de la naturaleza (diluvios, sequías, terremotos, enfermedades o un clima apacible, buenas cosechas, salud, etc.) y la creencia de que tales dioses podían resultar accesibles para el hombre mediante diversos rituales mágicos y sacrificios sirvió para aminorar aquel sentimiento de temor; de ahí que, cuando con el progreso de la ciencia se han logrado de manera mucho más eficaz esos mismos objetivos de control sobre la naturaleza, los diversos ritos mágicos y los sacrificios hayan dejado de ocupar el lugar preponderante que ostentaban y sólo se recurra a ellos en ocasiones excepcionales para las que, por otra parte, suelen ser tan ineficaces como la ciencia, aunque aporten al menos una cierta satisfacción y consuelo por “haberlo intentado todo”.
En tercer lugar, es importante señalar el valor trascendental de la creencia espontánea como un imprescindible mecanismo de supervivencia durante la infancia, ya que en ese período inicial de la vida es cuando se depende de los padres de manera más absoluta. Esa dependencia, en cuanto viene acompañada del afecto y de la satisfacción de las diversas necesidades del niño por parte de sus progenitores, lleva consigo el desarrollo correspondiente del afecto del niño hacia ellos, y, al mismo tiempo, de una confianza incondicional en la verdad de las enseñanzas de quienes le han querido y protegido, los cuales en ningún caso pretenderían engañarle. Tales enseñanzas serán, en líneas generales, efectivamente adaptativas desde el punto de vista vital, pero también de modo inevitable estarán constituidas por una mezcla de verdades y de prejuicios. Este hecho explica suficientemente el que de forma poco variable, generación tras generación, y gracias a esta labor de transmisión de las creencias de padres a hijos, las diversas religiones se mantengan en sus respectivas áreas de influencia: quien nace y es educado en el seno de una familia cristiana asumirá el cristianismo con la misma naturalidad con la que aprende a hablar el idioma de sus padres; quien nace y se educa en medio de una familia musulmana difícilmente dejará de ser musulmán; y casi con toda seguridad permanecerá budista el que nazca y se eduque en una familia budista.
Por este motivo, los dirigentes de las diversas religiones suelen preocuparse de manera especial por realizar su misión de proselitismo y obtienen sus mayores éxitos, encauzando especialmente su mensaje no hacia las personas adultas, que por el desarrollo natural de su capacidad racional y crítica o por haber interiorizado ya previamente durante su infancia otras creencias, difícilmente se abrirían a la aceptación de una ideología religiosa diferente, sino hacia la infancia, que, aunque no llegue a ser capaz de valorar críticamente el contenido de las doctrinas que recibe o precisamente por ello, es por naturaleza mucho más receptiva.
En último lugar, se puede señalar que el hecho de creer en algo, en el sentido de tender a considerarlo como verdadero sin que realmente se pueda estar objetivamente seguro de que lo sea, tiene su explicación en cuanto existen toda una serie de circunstancias tanto objetivas como subjetivas que hacen surgir la creencia correspondiente. Así, por ejemplo, la creencia de que mañana llueva podría relacionarse con el hecho objetivo de que uno sea experto en meteorología y conozca la existencia próxima de un área de bajas presiones que haga previsible que, en efecto, tal fenómeno se vaya a producir. Por otra parte, si además se está sufriendo una larga temporada de sequía, el deseo de que la lluvia se produzca -factor subjetivo- puede contribuir a que la creencia en la aparición de dicho fenómeno sea más intensa que si se atendiera exclusivamente a las circunstancias externas objetivas. Lo mismo sucede en el caso de las personas cuya penuria económica les lleva a jugar su sueldo en la lotería con un grado de confianza directamente proporcional al grado de su indigencia.
3.2. El paso de la creencia espontánea a la creencia dogmática implica un cambio desde la espontaneidad de la primera a la dogmaticidad beligerante de la segunda, que en algunas ocasiones pretende ser aceptada como un conocimiento paralelo al de la ciencia y, en otras, como el único y auténtico conocimiento frente a “los desvaríos heréticos de la filosofía y de la ciencia”. Este paso representa una reafirmación consciente y dogmática de la primera sin que existan motivos objetivos lo justifiquen.
La creencia dogmática, como ya se ha señalado, añade a los caracteres de la anterior una consciente disposición dogmática a afirmar como verdadero el contenido de la creencia, a pesar de no contar con suficientes garantías objetivas de que lo sea. Se trata de la creencia como “acto de fe”, que se produce por sugestión y se fortalece por autosugestión para evitar su debilitamiento como consecuencia de posibles críticas procedentes de la filosofía, de la ciencia o del simple sentido común. Por ello, si desde la perspectiva de la veracidad no habría nada objetable respecto a la creencia espontánea, puesto que ésta es involuntaria y no pretende suplantar al auténtico conocimiento sino que sólo lo suple mientras éste no haya surgido, no ocurre lo mismo en el caso de la creencia dogmática, ya que ésta pretende presentarse como una forma especial de conocimiento, ocupando el lugar que le corresponde al conocimiento en su sentido más racional y objetivo, y, por ello, su relación con la veracidad es la de una proporción inversa: un aumento de veracidad viene acompañado de un descenso de la creencia dogmática, y un aumento de creencia dogmática viene acompañado de un descenso de veracidad.
Por qué se mantiene, sin embargo, la creencia dogmática en claro enfrentamiento con los planteamientos relacionados con la veracidad es una pregunta que en parte puede responderse haciendo referencia a las mismas motivaciones que propician la aparición de la creencia espontánea, ya que esta última es el origen de la otra. Pero también hay que señalar como causa esencial de su desarrollo, en primer lugar, el interés de los jerarcas de las diversas sectas religiosas en proclamar la “autosuficiencia de la fe”, más allá y por encima de la razón, como mecanismo para tener asegurada la fidelidad de sus adeptos y alejar así el temor y la preocupación que podría suponer el que los diversos contenidos religiosos pudieran ser objeto del libre análisis crítico y pudieran ser rechazados en cuanto no superasen la prueba de dicho análisis. Como su posible rechazo podría venir seguido de la disolución de la organización eclesial correspondiente, una solución para evitar este peligro suele consistir en advertir que los “dogmas” religiosos son, por definición, inasequibles para la razón humana y que, por lo tanto, deben ser aceptados por un acto de fe; complementariamente, se suele tratar de atemorizar al creyente para que desista de su actitud crítica advirtiéndole que “sin la fe no hay salvación”. En relación con la valoración que el cristianismo y otras religiones hacen de la fe -forma de creencia dogmática- como “camino de salvación”, se trata de una doctrina tan absurda como lo sería la actitud del profesor que exigiera a sus alumnos, como condición indispensable para aprobar el curso, creer que él era la reencarnación de Platón.
Así pues, la creencia en sentido amplio aparece como un fenómeno que es a un mismo tiempo natural e inevitable y que puede ser un suplemento del auténtico conocimiento cuando éste falta. Pero, en cualquier caso, parece que, si a nadie se le ocurre juzgar especialmente meritoria la creencia de que mañana llueva o deje de llover, y si tampoco consideramos especialmente meritoria la devota actitud creyente del alumno que reconociese a Platón en su extraño profesor sino que más bien la juzgaríamos como un gesto sospechoso de interesada hipocresía ante tan excéntrica exigencia, en tal caso lo mismo habría que juzgar de la creencia en el Dios del cristianismo o de la creencia en los dioses del Olimpo. Tengamos además en cuenta que la fe, como creencia dogmática, se opone a la veracidad y que, en consecuencia, se encuentra en contradicción con el precepto de la moral cristiana que exige no mentir, por lo que, desde esta perspectiva, en lugar de laudable sería condenable.
La creencia dogmática surge como consecuencia de una labor de adoctrinamiento, entendido como simple martilleo mental en favor de una doctrina que debe ser aceptada por la supuesta autoridad de quien la presenta, disfrazado en muchas ocasiones con opulenta, ostentosa y ridícula vestimenta, propia también de antiguos hechiceros, que comienza inculcando de modo irracional el supuesto valor sobrenatural de tal creencia o de tal “fe”, para construir sobre ella todo el resto de sus doctrinas, tratando de olvidar en esos momentos que el acto de fe se opone al imperativo de la veracidad, en cuanto con él se afirma como verdad algo de lo que no se sabe que lo sea, ya que en caso contrario no se hablaría de fe sino de conocimiento.
4. Cuando se manipula la mente de los niños presionando, adoctrinando y martilleando su cerebro para que acepten dogmas o “misterios” irracionales por simple fe ciega, se les impide el desarrollo de su racionalidad crítica y se aplasta su derecho a la libertad de pensamiento. Esta manipulación es gravemente perjudicial porque con ella se le somete a los dictados de quienes pretenden tener autoridad para imponer “su verdad”, a la que afirman haber llegado por “vía sobrenatural”, y esta manipulación se convierte en caldo de cultivo para el desarrollo del fanatismo dogmático religioso.
En consecuencia, una sociedad de personas intelectualmente maduras es incompatible con cualquier forma de adoctrinamiento que trate de imponer qué se debe pensar o qué se debe creer. Y, por ello, si no se desea moldear una sociedad de sumisos corderitos, es necesario propiciar un ámbito educativo basado en el respeto y en la tolerancia, en el que se rechace cualquier forma de adoctrinamiento irracional, origen de la transmisión de creencias dogmáticas, y en su lugar se fomente el desarrollo de la racionalidad crítica. Educar es transmitir información acompañada de una justificación racional por la que el alumno aprenda a ponderar el alcance, la consistencia y los límites de la información suministrada. Sin embargo, la enseñanza religiosa es adoctrinamiento dogmático en cuanto equivale a una imposición de doctrinas que no están por encima de la razón sino en contra de ella y, por este motivo, dichas doctrinas armonizan tanto con la formación educativa como el rebuzno de un burro en un concierto de Vivaldi.
Por todo lo señalado, conviene preguntarse ahora hasta que punto se cumple con el artículo 20.4 de la Constitución cuando no sólo se permite que los niños sean adoctrinados en esa serie de creencias dogmáticas sino que incluso se deja que sean los obispos de la secta católica quienes elijan a los adoctrinadores encargados del lavado de cerebro de los niños, mientras que el Estado español se encarga de pagar los sueldos de tales adoctrinadores.
Y lo que ya es el colmo del cinismo es que a continuación las jerarquías de la Secta Católica animen a sus seguidores a hacer objeción de conciencia contra la futura asignatura Educación para la ciudadanía porque, según ellos, es una asignatura que pretende adoctrinar acerca de valores en los que ellos no creen, valores, que están de acuerdo con los Derechos Humanos y, por ello mismo, de acuerdo con nuestra Constitución, teniendo en cuenta además que lo que se pretende en relación con ellos no es imponerlos de modo irracional, como hace la secta Católica con sus doctrinas, sino exponerlos y razonar acerca de ellos, tal como puede constatar quien haya leído los contenidos de esta materia.
¿Cómo no se les ocurrió a los obispos hacer objeción de conciencia y salir en manifestación durante el tiempo en que Franco dictaba sentencias de muerte y cuando trataba de adoctrinar en relación con su dictadura fascista mediante la Formación del Espíritu Nacional, que, junto con el adoctrinamiento en la Religión Católica se imponía a lo largo de todo el ciclo educativo?
________________________________________
[1] Descartes: Meditaciones metafísicas, IV: “si je m’abstiens de donner mon jugement sur une chose, lorque je ne la conçois pas avec assez de clarté et de distinction, il est évident que j’en use fort bien, et que je ne suis point trompé; mais si je me détermine à la nier, ou assurer, alors je ne me sers plus comme je dois de mon libre arbitre; […] la connaissance de l’entendement doit toujours précéder la détermination de la volonté”.
[2] B. Russell: Ensayos filosóficos, p. 117-118. Alianza Editorial, Madrid, 1968.
[3] Op. cit., p. 121.
[4] B. Russell: Sociedad humana: Ética y Política, p. 225-226. Cátedra; Madrid; 1984.
[5] J. P. Sartre: El ser y la nada, 1ª parte, c.2º, 3.
[6] I, 3ª parte, parág. 131.
[7] El Anticristo, parág. 47. En este sentido, indica Habermas que “Nietzsche ha despojado de su pretensión teorética a las tradiciones de fe de la religión judeocristiana y asimismo de la filosofía griega[...]”(J. Habermas: Sobre Nietzsche y otros ensayos, Tecnos, 1982, p. 34.), pero en relación a esta observación hay que decir que, aunque acierta por lo que se refiere a la crítica nietzscheana de la religión, sin embargo no sucede lo mismo por lo que se refiere a la filosofía griega en su conjunto, ya que las propias teorías de Nietzsche tienen una importante inspiración y semejanza con la filosofía de Heráclito.
[8] Humano..., parág. 120.
--------------------
Antonio García Ninet es Doctor en Filosofía y Ciencias de la Educación
El “milagro” económico de la Secta Católica
Antonio García Ninet *
UCR 8 de Mayo de 2007
Aunque desde los puntos de vista psicológico y sociológico se han dado una serie de interpretaciones acerca del origen de las diversas religiones, lo que es evidente es que ninguna de ellas tiene su origen en una auténtica “Revelación” realizada por una divinidad auténtica frente a la cual todas las demás religiones y supuestas revelaciones fueran falsas.
En realidad actualmente muchos sabemos que todas las religiones son igual de falsas y que no son otra cosa que la consecuencia de la mezcla de unos ingredientes formados, por una parte, por la fantasía, el temor y la necesidad humana de protección ante lo desconocido, ante la muerte, ante los sufrimientos, ante la soledad y ante el silencio del Universo, y, por otra, por una serie de personas sin escrúpulo a la hora de sacar partido y provecho de todas estas miserias humanas.
Pero frente a las fantasías que de forma ya elaborada ofrecen las diversas sectas religiosas, si queremos conocer la verdad acerca de nosotros mismos y acerca de la realidad del Universo, debemos aprender a diferenciar entre lo que deseamos y lo que en realidad sabemos. Es cierto que todos tenemos derecho a soñar y a vivir aquellas fantasías que nos sirvan para dar a la vida un color agradable. Sin duda.
Pero conviene diferenciar también entre aquello que constituye el conjunto de nuestras propias fantasías y lo que constituye la base a partir de la cual se han ido formando una serie de sectas religiosas con “paquetes ideológicos” prefabricados que se han ido ofreciendo a la gente ingenua, ofreciéndoles una compensación eterna en “la otra vida” a cambio de sustanciales beneficios políticos y de extraordinarios donativos económicos.
La secta religiosa que mayores ganancias ha obtenido a lo largo de la historia ha sido la “Secta Católica”, con un patrimonio incalculable, muy superior al de muchos Estados. Dicha secta no sólo cuenta con un inmenso patrimonio artístico en el Vaticano, sino con miles de iglesias, de catedrales, de conventos, de basílicas, de negocios como los de Lourdes y Fátima con un rendimiento económico formidable, de donaciones millonarias, como las que reciben del Estado español, de un montón de exenciones fiscales y de ayudas de particulares y -como diría Blasco Ibáñez en La araña negra en referencia a la compañía de Jesús- de un núcleo que se encuentra en Roma, pero de unas patas o tentáculos que se encuentran en todo el mundo, exprimiendo a simples ciudadanos y a organismos políticos para tratar de alcanzar una especie de “Teocracia mundial” dirigida por el jefe de la secta, cuyos fines no son ni mucho menos espirituales sino dominados por un patológico deseo de poder que no se sacia con nada.
Por desgracia la ingenuidad de la gente en general no parece tener remedio como no sea a base de educación y de una constante denuncia de la actitud de todas estas sectas que viven especialmente a costa de las miserias ajenas.
¿Cómo se explicaría, si no, que justamente donde más seguidores encuentran sea en estas sectas que se enriquecen a costa de los más pobres, de quienes más agobiados se encuentran por la miseria? Es vergonzoso y paradójico que justamente la Secta Católica, que en teoría debería trabajar luchando contra la pobreza y denunciando las injusticias, se caracterice por el inmenso lujo faraónico en el que viven de modo especial sus jerarquías, no sólo en la actualidad sino a lo largo de los siglos desde que a finales del siglo IV consiguió convertirse en la religión oficial del Imperio Romano y en la aliada de los poderes políticos fácticos de cualquier momento, tanto cuando hubo gobiernos tiránicos como los de carácter absolutista o como el fascismo franquista, como cuando ha tenido que adaptarse a gobiernos democráticos, a los que le cuesta amoldarse y, si lo hace, es tratando de favorecer todo aquello que signifique un regreso reaccionario a los gobiernos de la derecha, del capitalismo y de las monarquías tiránicas y clasistas.
Conviene no olvidar que en el “antiguo régimen” los tres estados en los que se apoyaba el funcionamiento político de la sociedad era Iglesia, junto con la monarquía y la nobleza. El pueblo llano era un cero a la izquierda y eso a la Secta Católica no le importaba en absoluto.
Por eso también y al margen del mediocre valor literario que pueda tener un libro como El código da Vinci, tiene el importante acierto de haber entendido la labor de la Secta Católica -y en especial la del Opus Dei- como la de una empresa mafiosa perfectamente organizada. Es tristemente admirable la capacidad de esta secta para enriquecerse vendiendo a precio de oro apartamentos y parcelas de cielo para “la otra vida”. Y es igualmente admirable la triste credulidad de la gente que sigue creyendo en los mensajes de esta gente sin escrúpulos, a pesar de la claridad con que sus jerarquías, empezando por su jefe supremo, los contradicen con el ejemplo de su propio ritmo de vida rodeada de lujos impensables.
Por eso, al igual que ya Marx ya se dio cuenta de que el simple análisis filosófico no ayudaba a resolver el problema económico y social en el que se encontraba el proletariado, sino que de lo que se trataba era de transformar esa sociedad, me parece fundamental que tomemos conciencia de la necesidad de continuar sin descanso esta labor de denuncia para ayudar a conseguir que cada día sean más las personas que vayan descubriendo que la Secta Católica es sólo una parte de la superestructura ideológica que sostiene esa base económica formada por un grupo de privilegiados económicos capitalistas, de vagos aristócratas y monárquicos terratenientes –pensemos que hasta el propio Dios no es “Presidente” de una república celestial sino su “Rey absoluto” sin haber sido elegido por nadie-. ¿Cómo iba la Secta Católica a defender un régimen democrático republicano cuando tan bien le ha ido con las monarquías absolutas de todos los tiempos?
No se trata de defender el ateísmo porque sí, sino de atacar y denunciar a los embaucadores de toda clase que abusan del candor, de la ingenuidad y de la credulidad de la gente sencilla para llenarse los bolsillos a costa de la miseria ajena, y de aprender a valorar la vida por ella misma sin necesidad del falso refugio “espiritual” ofrecido por buitres carroñeros que nunca se extinguen.
-------------------
* Antonio García Ninet es Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
¡El jefe del la Secta Católica viaja a Brasil!
Antonio García Ninet 10 de Mayo de 2007
En diversos medios de comunicación aparece como una noticia importante la de la visita a Brasil del jefe de una secta religiosa. No sé en qué estriba la importancia de este viaje, a no ser que haya acudido a comunicar la inminente llegada celestial de un envío del maná suficiente para eliminar la pobreza del país, en cuyo caso la noticia sería realmente digna de ser reflejada.
A pesar de que no sea éste el motivo, según las informaciones recibidas al parecer la visita del jefe de la Secta Católica a Brasil debe de ser tan importante y trascendental que, para realizarla, el jefe de la Secta Católica ha pedido “la intercesión de la Virgen”. Pero la verdad es que no entiendo cuál es el motivo de esta petición. Yo creía que, según la Secta Católica, quien mandaba sobre estos asuntos era “su Dios”. ¿A qué viene entonces pedir la intercesión de otra persona y precisamente de una virgen? ¿No es bastante con el permiso “divino”? Además, como todos saben, si lo que uno pide a ese Dios es bueno, entonces lo hará, pero no porque alguien se lo pida sino precisamente por el hecho de ser bueno. Mientras que si lo que se pide no es bueno, entonces lo mejor es no tentar a ese “Dios”, ni siquiera mediante la intercesión de una virgen –que, por otra parte, no sé que tendrá de especial que no tengan las otras mujeres, al margen de lo mucho o de lo poco que haya disfrutado de los placeres inocentes de la carne y del deber de poner los medios para cumplir con el precepto divino de la multiplicación de la especie-.
Por otra parte, de pequeño me adoctrinaron en las creencias de la Secta Católica y, como consecuencia, llegué a la convicción de que, al margen de que Dios quisiera hacerme la gracia de la eterna salvación, yo debía colaborar con mi esfuerzo personal para hacerme acreedor tanto a una como a la otra. Sin embargo, un hecho en apariencia tan irrelevante como lo es el viaje del jefe de la Secta a Brasil me ha llevado a descubrir que los mismos jerarcas de la Secta Católica no ven el negocio de la salvación eterna como entonces yo creí entender. Pues, si de lo que se trata es de llegar a una mayor perfección moral que dignifique a la persona, no entiendo que ésta vaya a aumentar por el simple hecho anecdótico de la visita del jefe. Si alguien pretendiera lo contrario, estaría defendiendo un determinismo “clerológico” en el sentido de considerar que el aumento o la disminución de la perfección moral de un pueblo vendría determinada o estaría más o menos condicionada por la serie de visitas que recibiera de sus dirigentes. Pero si este determinismo no es aceptable, en tal caso quizás el motivo de esta visita no sea el de contribuir a la perfección moral de los brasileños. ¿Cuál será el motivo?
Según las informaciones, parece que el jefe de la Secta Católica acude a Brasil para denunciar la pobreza y la desigualdad en que vive la población. Pero tampoco esta respuesta parece muy convincente, pues sería el colmo del cinismo que un millonario acudiese a un país lleno de miseria y que en lugar de dedicarse a repartir ayuda entre los pobres se dedicase a comentar lo triste que es la pobreza, la desigualdad y la miseria que él mismo está provocando con el ejemplo de sus propias riquezas y con su trato tan excepcionalmente afectuoso y distinguido hacia los poderosos y hacia los capitalistas de la Tierra. Así que tampoco parece creíble que ése sea el motivo de la visita del jefe de la Secta Católica a Brasil. ¿Cuál será el motivo?
Se dice también que el jefe de la Secta Católica ha ido a Brasil para criticar a las otras sectas. Pero eso sería competencia desleal. Por una parte, existiría en el lenguaje empleado una discriminación injusta al considerar que sólo los otros son sectas mientras que lo propio no es una secta sino la “auténtica religión”, como si hubiera alguna auténtica y como si no fueran todas iguales en cuanto a su valor y diferenciadas sólo por su antigüedad y por el número de socios. Aclarado este punto, ¿por qué pensar que unas sectas sean buenas o no? En una sociedad globalizada, en un mercado libre, todos tienen derecho a intentar vender sus productos, siempre que al menos reúnan un mínimo de calidad y no resulten perjudiciales para la salud. ¿Acaso hay sectas mejores o peores que otras? Las hay más antiguas, como la Católica, pero hay otras quizá más dinámicas en estos momentos y que ofrecen sus productos a precios más competitivos, igual que sucede con las diversas compañías telefónicas.
La verdad es que la Secta Católica resulta bastante cara, teniendo en cuenta que no posee suficiente cobertura como para establecer línea directa con “su Dios”, sino que casi siempre hay que establecerla mediante locutorios intermediarios, como los de las iglesias de cada pueblo. Y, si se quiere una línea de mayor garantía, hay que acudir a Lourdes, a Fátima, a Guadalupe o finalmente a la misma basílica de “San Pedro” en el Vaticano, donde se encuentra la central de la Secta Católica. Sin embargo, muchas de las otras sectas ofrecen línea directa con Dios hasta el punto de que para comunicarle tus pecados y arrepentimiento no necesitas de ninguna centralita como las de hace cincuenta años, que en la Secta Católica siguen existiendo en sus confesionarios anticuados con intermediario personal incluido, en lugar de tenerlo todo más informatizado –tales pecados, tantas veces, tal cantidad de arrepentimiento, tal penitencia, y asunto arreglado-, aunque además tienen el inconveniente de un horario muy reducido, pues la mayor parte del tiempo permanecen cerrados, tanto los confesionarios como las mismas iglesias que, en cuanto supuestas “casas de Dios”, es incomprensible que no permanezcan abiertas las 24 horas del día. ¡Qué paradoja más extraña: las casas de Dios cerradas o vacías la mayor parte del tiempo mientras y la gente de estas sectas acudiendo a recibir exaltados por el fervor místico a un señor vestidito de blanco, con mayor admiración incluso que la que mostrarían ante la visita de Marilin Monroe! ¡Qué animal más complicado es el ser humano!
En cualquier caso, si la Secta Católica desea realizar una nueva campaña de promoción de sus productos, me parece que debería hablar de sus ventajas de un modo claro y sin engaños. Y, si desea criticar a las otras, debería hacerlo de forma respetuosa, y sin recurrir a publicidad engañosa. Incluso podría invitar a algún agente comercial de la Secta Evangélica o de cualquier otra para hacer un concurso y comprobar cuál de ellas era capaz de realizar más milagros por hora, o cuál de ella era capaz de terminar con el problema de la pobreza en lugar de conformarse con hablar, hablar y hablar con “resignación cristiana”, mientras continuaban vaciando los bolsillos de la gente para seguir llenando los suyos. ¿Será ese el motivo del viaje del Jefe de la Secta Católica”?
También se dice que el jefe de la Secta Católica va a predicar en contra de la “secularización hedonista”. Pero la verdad es que me parece sarcástico y difícil de creer que el cinismo de ese señor haya llegado a ese punto de depravación que, dedicándose a expoliar las riquezas de los lugares por donde pasa y pisa, y siendo la especialista en sus comidas sibaríticas -“bocata di cardinale”- y con tantos escándalos relacionados con la pederastia de muchos de sus clérigos, ahora en lugar de predicar con el ejemplo, se atreva a decir a los demás cómo tienen que vivir.
Me parece bien que se critique todo tipo de lujos innecesarios que representan un desprecio hacia quienes no tienen ni un mendrugo para comer, pero el colmo del cinismo y de la hipocresía es que precisamente una persona que tiene varios palacios y vive mejor que un “canónigo”, vaya a predicar contra el hedonismo. ¿De qué clase de hedonismo disfrutan todos esos millones de personas que no consiguen salir de la pobreza? ¿Por qué el jefe de esa secta no comienza predicando con el ejemplo, vendiendo sus tesoros y repartiéndolos entre los pobres, como aconsejó aquél a quien dicen seguir? Además, no sé a qué viene esa manía -teórica, que no práctica- contra el hedonismo. ¿Acaso es malo es placer? Si lo fuera, en tal caso no sería placentero. Si a los pobres de la Tierra va uno a predicarles en contra del placer, habría que enviarle al psiquiatra o, en el mejor de los casos, enviarle a paseo para que reflexione un poco acerca de las tonterías que dice. Si el jefe de la Secta Católica, en lugar de ir a dar de comer a los pobres, va a decirles que procuren alejarse del hedonismo, que es malo disfrutar de los placeres de la vida, se merece que cuanto antes lo suban de nuevo a su avión y lo envíen de regreso a “su palacio” para que haga un examen de conciencia acerca de las estupideces que dice.
Vivimos en un mundo de palomas candorosas rodeadas por un grupo de cuervos insaciables. Más nos valdría que se quedasen en el Vaticano todos los jefes y jefecillos de esa secta y que nos dejasen tranquilos de una vez. Si nuestra sociedad lucha contra los traficantes de droga, que se enriquecen a costa de la salud ajena, igualmente deberían tomar medidas contra estos traficantes del opio espiritual, tan venenoso o más que el otro, pues, como cómplice del capitalismo, conduce a un sopor permanente que deja sin fuerzas para levantarse y para luchar contra la opresión que mata física y psíquicamente.
----------------
* Antonio García Ninet es Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
Dios y el mal
Antonio García Ninet *
UCR 19 de mayo de 2007
A lo largo de la historia ha habido diversos pensadores que se han planteado el problema de la existencia de Dios llegando a una conclusión radicalmente negativa a partir de diversos argumentos, muchos de los cuales son evidentes. En este momento voy a centrarme exclusivamente en el argumento que concluye en la negación de la existencia de Dios a partir de la existencia del sufrimiento para mostrar que en efecto se trata de un argumento concluyente frente al cual los teólogos de todas las sectas cristianas han intentado encontrarle una justificación teniendo que refugiarse finalmente en el “misterio”, que es el nombre con el que de un modo suave pretenden referirse a lo que en la Lógica se llama “contradicción”. El hecho de que ellos lo llamen “misterio” deriva, entre otros motivos del hecho de que su desprecio a la razón les ha llevado a tratar de defenderse de cualquier crítica de sus muchas contradicciones doctrinales refugiándose en “la fe” y considerando que las contradicciones lógicas que se opongan a sus doctrinas no demuestran que la doctrina correspondiente sea falsa sino que no se ha sabido utilizar bien la razón o que ésta es incapaz de llegar a comprender aquello que se presenta como simple falsedad o simple contradicción. Pero analicemos el argumento.
Si partimos del supuesto de que la idea de Dios incluye las cualidades de la omnipotencia y de la bondad infinita, existe un argumento, defendido ya en la antigüedad por los epicúreos, cuya conclusión niega la existencia de un ser que reúna a la vez en su esencia esas dos cualidades. Se trata del argumento que toma como premisa fundamental la de la existencia del sufrimiento. En los últimos tiempos se lo sigue considerando por parte de diversos pensadores como un argumento concluyente en contra de la existencia de Dios. Así, por ejemplo, B. Russell lo defiende del siguiente modo:
“El mundo, según se nos dice, fue creado por un dios que es a la vez bueno y omnipotente. Antes de crear el mundo, previó todo el dolor y la miseria que iba a contener; por lo tanto, es responsable de ellos. Es inútil argumentar que el dolor del mundo se debe al pecado. En primer lugar eso no es cierto; el pecado no produce el desbordamiento de los ríos ni las erupciones de los volcanes. Pero aunque esto fuera verdad, no serviría de nada. Si yo fuera a engendrar un hijo sabiendo que iba a ser un maniático homicida, sería responsable de sus crímenes. Si Dios sabía de antemano los crímenes que el hombre iba a cometer, era claramente responsable de todas las consecuencias de esos pecados cuando decidió crear al hombre. El argumento cristiano usual es que el sufrimiento del mundo es una purificación del pecado, y, por lo tanto, una cosa buena. Este argumento es, claro está, sólo una racionalización del sadismo; pero en todo caso es un argumento pobre. Yo invitaría a cualquier cristiano a que se acercase a la sala de niños de un hospital, a que presenciase los sufrimientos que padecen allí, y luego a insistir en la afirmación de que esos niños están tan moralmente abandonados que merecen lo que sufren. Con el fin de afirmar esto, un hombre tiene que destruir en él todo sentimiento de piedad y compasión. Tiene, en resumen, que hacerse tan cruel como el Dios en quien cree. Ningún hombre que cree que los sufrimientos de este mundo son por nuestro bien, puede mantener intactos sus valores éticos, ya que siempre está tratando de hallar excusas para el dolor y la miseria”[1].
1. Aunque la exposición del argumento por parte de Russell es de por sí absolutamente clara, a continuación lo expondré y comentaré con detenimiento para evitar que su sencillez sea confundida con superficialidad y para que así se pueda calibrar mejor su alcance. Presentaré para ello las objeciones y las respuestas más interesantes o más frecuentes a fin de analizarlas con el mayor detalle posible.
1.1. El argumento en cuestión puede plantearse como un simple ejercicio de Lógica y podría adoptar la siguiente forma:
Primera premisa: Si existiera un ser omnipotente, infinitamente bueno y creador de todo, entonces todo lo que existiera sería bueno.
Segunda premisa: Si existe el sufrimiento, entonces no todo lo que existe es bueno.
Tercera premisa: El sufrimiento existe.
Conclusión: No existe un ser omnipotente, infinitamente bueno y creador de todo.
1.2. Comentario de las premisas y de la conclusión:
1.2.1. Se podría intentar criticar la primera premisa mediante las siguientes objeciones: a) la primera consiste en afirmar que efectivamente Dios lo hizo todo bueno, pero que fue el hombre quien introdujo el mal. La respuesta a esta objeción consiste en señalar, en primer lugar, que hay muchos males que no provienen del hombre (terremotos, enfermedades, sequías, inundaciones, agresividad innata de muchos seres vivos, cuya conformación biológica exige en muchos casos que deban alimentarse de otros seres vivos a quienes causan sufrimientos, etc.).
Omayra Sánchez
Murió el día 14 de septiembre de 1985, cuando sólo tenía 13 años,atrapada entre maderas y barro, después de 24 horas de larga espera y sufrimiento absurdo.
Fue una de las numerosas víctimas que produjeron
las erupciones del volcán Nevado del Ruiz en Colombia.
Si su padre se hubiera encontrado a su lado y no hubiera hecho nada para salvarla, ¿qué habríamos pensado de “ese padre”? Y si hubiera sido Dios, “su padre más auténtico”, quien hubiera programado que sufriera durante toda esa serie de horas hasta el momento de su muerte, ¿qué habría que decir de ese Dios? Quizás, como diría Sthendal, la única excusa de ese Dios sería la de que no existe.
Además y aunque esta respuesta por sí sola sería ya suficiente para refutar el valor de la anterior objeción, puesto que con sólo la presencia de una mínima porción de mal no causada por el hombre el argumento conserva toda su validez, hay que señalar que si el hombre fuera causa parcial del mal, ello implicaría que el hombre, supuestamente creado por Dios, no sería bueno, ya que el modo de ser de cada cosa se conoce por sus manifestaciones y por sus obras (“operari sequitur esse”, dice una sentencia escolástica), con lo que el problema volvería a plantearse referido en este caso a la naturaleza humana. Por otra parte y como ya se ha indicado, para rebatir esta objeción es suficiente con hacer referencia a la serie de males cuyo origen no se encuentra en el hombre sino en las adversidades de la naturaleza, que provoca el sufrimiento de los niños y el de muchos otros seres vivos, ajenos indiscutiblemente a cualquier culpabilidad que les hiciera merecedores de los males que padecen, y cuyo único delito -como diría Calderón- es el de haber nacido.
b) Como objeción a estas consideraciones se cae a veces en la ingenuidad de pretender explicar el mal a partir de la naturaleza, suponiendo que de esta forma Dios quedaría al margen de las diversas calamidades y sufrimientos que rodean la existencia de los seres vivos. Pero es evidente que, si la naturaleza produce el mal, en tal caso la naturaleza será mala, y, en consecuencia, de la misma manera que se considera responsable de un asesinato a la persona que disparó y no a la bala que atravesó el corazón de la víctima, igualmente habría que entender la relación entre Dios, la naturaleza y el mal, considerando a Dios como causa del mal, y a la naturaleza como un simple instrumento para su manifestación.
c) Otra objeción que suele presentarse es la de que el mal resulta inevitable, ya que sin él no se podría tener conocimiento del bien ni gozar de él; recordemos que ya los estoicos se habían servido de esta explicación. Sin embargo, el valor de esta nueva objeción es claramente rechazable, puesto que quienes la presentan olvidan que en la argumentación inicial se hablaba de un ser omnipotente, el cual poseería la capacidad de hacer todo aquello que no fuera contradictorio. Y, evidentemente, no parece haber contradicción en un mundo absolutamente positivo en el que para poder gozar de una felicidad plena no sea necesario pasar por una etapa de calamidades y de sufrimientos[2].
d) Habiendo llegado a este punto, algunos han terminado por concluir que junto a Dios, como ser infinitamente bueno, existiría un ser poderoso causante del mal; tenemos un ejemplo de los planteamientos que van por esta línea en la antigua religión persa de Zaratustra (s. VII a. C.), en la que Ormuz representaría el Dios benéfico y Ahrimán el Dios maléfico, que al final de los tiempos sería definitivamente derrotado. El mismo demonio de los cristianos cumpliría, al menos en parte, esta misma función Sin embargo, en estos casos se olvida que la omnipotencia de Dios podría impedir la existencia de esa fuerza del mal, mientras que su bondad infinita le llevaría efectivamente a impedirla.
1.2.2. Por lo que se refiere a la segunda premisa, una de las objeciones que se le hacen consiste en indicar lo siguiente: a) que quizás el sufrimiento podría ser bueno, al menos en un sentido semejante a aquel en que lo es una intervención quirúrgica, la cual, aunque resulte dolorosa, es causa muchas veces del bien de la curación. La réplica a esta objeción comienza por diferenciar el dolor en sí mismo de aquello a lo que puede conducir; pero, además, resulta evidente que si se pudiera producir una curación de forma inmediata, sin pasar por una fase de dolor, encontraríamos absurdo pasar por ella; y, si Dios existiera como ser omnipotente e infinitamente bueno, no sólo podría evitar el dolor de la intervención quirúrgica, sino también el de la enfermedad que hizo necesaria dicha intervención. Por otra parte, si el sufrimiento fuera bueno, ¿qué sentido podría tener el mandamiento de no matar y el de tratar de remediar el hambre y el sufrimiento de la humanidad?, ¿por qué, en su lugar, no fomentar las guerras y las torturas más refinadas y suprimir la práctica de la medicina?
b) Otra objeción que suele utilizarse a veces es la de que el hombre no está capacitado para comprender en qué consiste la bondad de Dios, y que el propio sufrimiento podría ser bueno en algún sentido oculto para nosotros, pero compatible con esa forma “especial” (?) de la bondad divina. La réplica a esta objeción consiste en señalar que referirse a la bondad de Dios como a algo ajeno a las posibilidades humanas de comprensión es utilizar palabras vacías e inútiles. Pues, si decimos que Dios es “bueno” y, a continuación, “aclaramos” (?) que “bueno” no significa lo que todo el mundo piensa que significa, y no explicamos qué es lo que pretendemos decir con esa palabra, en ese caso estaremos perdiendo el tiempo y haciéndolo perder a quienes nos escuchan. Recordemos, en este sentido, que el lenguaje es un producto humano y que el significado de las palabras no es algo que haya que esperar descubrirlo como si de un misterio se tratara, sino que somos los hombres quienes se lo hemos asignado a lo largo de nuestra evolución histórica y cultural.
1.2.3. Por lo que se refiere a la tercera premisa, parece totalmente superfluo discutirla, pues todos tenemos a diario nuestras propias experiencias a este respecto. Reparemos además en que, si sabemos de qué estamos hablando cuando nos referimos al sufrimiento, es sólo por el hecho de haberlo experimentado; de lo contrario, nos pasaría como al ciego de nacimiento, que por no haber experimentado nunca el color es incapaz de hacerse una idea adecuada de él.
1.2.4. La conclusión que deriva de estas tres premisas es, como ya sabemos, que no puede existir un ser que reúna al mismo tiempo las cualidades de la omnipotencia y de la infinita bondad, o, lo que es lo mismo, que o bien tal ser quiso pero no pudo hacer un mundo sin sufrimiento y, en tal caso, no sería omnipotente, o bien pudo pero no quiso y, en tal caso, no sería infinitamente bueno. Si, por otra parte, llegamos a considerar que el concepto de Dios sólo puede aplicarse a una realidad absolutamente perfecta, y consideramos además que la omnipotencia y la infinita bondad deberían ser constituyentes de dicha perfección, en tal caso la conclusión evidente de todas estas consideraciones es la de que Dios no existe.
________________________________________
[1] B. Russell: Por qué no soy cristiano, p.39. EDHASA, Barcelona, 1979.
[2]En caso contrario tendríamos que aceptar que el propio Dios necesita pasar alternativamente por sucesivas etapas de sufrimiento y felicidad por cuanto las últimas estarían condicionadas por las primeras.
------------------------------
*Antonio García Ninet es Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
Sobre un discurso del gran inquisidor Ratzinger
Antonio García Ninet *
15 de Mayo de 2007
En su discurso del día 13 de mayo en Brasil el señor Ratzinger dijo muchas vaguedades y entre ellas intercaló algunas críticas y contradicciones, como es lo normal en quien tiene que defender unas doctrinas tan contradictorias por sí mismas y tan contradictorias igualmente con la forma de vida de quienes se presentan como sus defensores. Lo que parece evidente y diáfano es que la visita del señor Ratzinger a Brasil tenía el objetivo de captar o de recuperar alguna porción de la clientela perdida a lo largo de los últimos años. ¿Con qué objetivo? ¿Buscaba la salvación de sus almas? ¿Buscaba resolver sus problemas de miseria y hambre?
Por lo que se refiere a la posibilidad de que Ratzinger hubiera ido a Brasil para salvar o pescar almas para Dios parece que habría que descartarla en cuanto, en la misma línea del pensamiento teológico que considera que Dios es amor y misericordia infinitas, en este mismo discurso calificó al Dios cristiano como “el Dios de la compasión, del perdón y de la reconciliación” por lo que no iba a dejar de salvar a nadie por el hecho de que el señor Ratzinger fuera o dejase de ir a “evangelizarles” -o a “rallársela”, como muy expresivamente se dice ahora-. Además, siendo ese Dios omnipotente y siendo padre de todos los hombres, la creación de todo el imperio económico del Vaticano no tiene ningún sentido y además es contradictoria con la propia doctrina que pretenden predicar de boca para fuera. El propio Dios habría hecho una discriminación absurda con aquellos pueblos a quienes por su lejanía el mensaje de Cristo les llegó con al menos 1.500 años de retraso. De manera que, si ese Dios “cercano a los pobres y a los que sufren” ha tenido compasión de quienes vivieron de acuerdo con sus propias creencias y no tuvieron la posibilidad de conocer las cristianas, es una ofensa contra su bondad pensar que la “evangelización” sea una condición necesaria para la salvación de quienes siguen teniendo otras creencias religiosas o ninguna, o para la de quienes no creen en la “buena fe” de quienes viven como reyes mientras predican la pobreza.
El señor Ratzinger, pese a proclamar que la Secta Católica no se inmiscuía en política -¡vaya cinismo!-, criticó el marxismo –e “incluso” el capitalismo, según dijo, como queriendo matizar que el marxismo era lo auténticamente nefasto, pero que incluso en el capitalismo había algún que otro pequeño defectillo-. Para quien conoce el cristianismo del propio Jesús habría tenido mucho más sentido una dura y explícita condena del capitalismo, por su adoración al becerro de oro, a don Dinero, y no una condena del marxismo, en cuanto se trata de una filosofía humanista que pretende luchar por la desaparición de la explotación del hombre por el hombre, y desde la consideración de que la plena realización de la esencia humana sólo puede lograrse mediante la solidaridad del hombre con el hombre. Y, al margen de los resultados concretos que se hayan podido lograr en este sentido -que fueron muchos entre la segunda mitad del siglo XIX y la primera del XX-, y al margen de los fracasos igualmente evidentes, si para sus propio funcionamiento los dirigentes de la Secta Católica utilizan el dicho: “Haced lo que decimos y no lo que hacemos”, por ello mismo el señor Ratzinger, si hubiera hablado de buena fe, habría podido reconocer el valor positivo de los ideales humanistas del marxismo, al margen de que criticase sus fracasos, en los que, por cierto, la Secta Católica tuvo una influencia especial en cuanto se dio cuenta de que el marxismo era un enemigo que había que eliminar por haber denunciado que la religión era el opio -o la droga- del pueblo. La Secta Católica, en lugar de apoyar el comunismo cristiano de sus primeros años, narrado por Lucas en Hechos de los apóstoles, desde que fue aceptada por el Imperio Romano se olvidó de los pobres y desamparados de la Tierra y se colocó en el bando de los explotadores.
Por otra parte, si hubiese que juzgar el valor de las diversas agrupaciones políticas o religiosas por los resultados obtenidos en favor de la humanidad, la Secta católica debiera haber desaparecido y sus dirigentes deberían haber sido juzgados por su colaboración activa o pasiva en los grandes crímenes contra la Humanidad, contra la libertad, contra la justicia, contra los Derechos Humanos, y en favor del fascismo y de aquellos totalitarismos que contasen con su apoyo, como el de nuestro dictador o como el de Chile, por hablar de personajes de no hace demasiado tiempo.
Así pues, el hecho de que los ideales de justicia y solidaridad del marxismo no hayan triunfado no significa que sean ideales condenables sino sólo que la ambición capitalista ha sido mayor que las fuerzas del proletariado para superar la opresión y la miseria a la que ha sido llevado por la ceguera del Capital inhumano y alienante, pues, si una ideología de hace alrededor de 150 años ha de desecharse por haber fracasado, con mucho mayor motivo habría que desechar la ideología cristiana en cuanto su estrepitoso fracaso en lo que se refiere a la consecución de una sociedad más justa y solidaria tiene ya más de 2.000 años de historia, en los que, al margen de haber contribuido a la riqueza de nuestro folklore popular con las fiestas de “Moros y cristianos”, ha servido fundamentalmente para la formación, el crecimiento y el enriquecimiento de las altas jerarquías de la Secta Católica, para frenar el avance científico, para luchar contra la libertad, para justificar la invasión de América por parte de los europeos, para justificar la muerte de aquellos indios que no se “convirtieron” al cristianismo, para justificar guerras como las Cruzadas o como el levantamiento militar o “cruzada nacional” del general Franco, para legitimar y bendecir su régimen, para arremeter contra los pobres a fin de que siguieran soportando la esclavitud a que el capitalismo les condenaba, tratando de drogar a las masas con la “resignación cristiana” y con la “esperanza” en otra vida mejor.
El señor Ratzinger formuló también una irónica e insólita crítica de las sectas, aparentando ignorar que la suya, la Secta Católica, segregada del Judaísmo, la Secta de las sectas, es la primera en el ranking del mundo occidental, con mayores riquezas que todas las otras juntas. Por ello, animó a los obispos brasileños a modernizarse utilizando las nuevas tecnologías a la hora de captar a nuevos contribuyentes netos, al igual que sucede con las compañías telefónicas o con otras industrias que ofrecen sus productos criticando los ajenos y aparentando disponer de alguna ventaja especial que las demás no tienen.
Criticó igualmente las antiguas religiones de los indígenas diciendo que representaban un retroceso al pasado, como si el cristianismo fuera una secta nacida ayer. Incluso se atrevió a utilizar la estratagema del espabilado Pablo de Tarso cuando dijo a los atenienses que ese dios desconocido al que ellos adoraban era precisamente El Dios cristiano, aunque los griegos no se dejaron engañar. En este punto Ratzinger no ha sido nada original, pero hay que reconocer que la táctica les funciona bastante bien utilizando el principio maquiavélico según el cual el fin justifica los medios, de forma que los obispos y el señor Ratzinger tal vez fueran capaces de ponerse a bailar sambas, vestidos de brasileñas de Río, si estuvieran convencidos de que de ese modo iban a conseguir la adhesión a la Secta de unos cuantos miles de brasileños.
Habló en favor de los pobres, que para la Secta nunca está de más, mientras todo quede en palabras y aunque una cosa sea predicar y otra dar trigo o actuar en consecuencia. Y, en este punto, siempre la eterna paradoja y la eterna desvergüenza de esta secta, que no se cansa de abrazar, de mostrar gestos de amor a los pobres, que sólo se quedan en gestos, aunque en ocasiones ni eso sepan hacer -¿habéis visto la foto de Ratzinger con los brazos extendidos como deseando abrazar a la gente que tiene delante, mientras que, sin estar pendiente de otra cosa que de su propia imagen, mira hacia la cámara que le está enfocando? Ni siquiera sabe meterse en su papel; ni siquiera tiene la delicadeza de aparentar ese amor que pretende transmitir con el gesto de sus brazos, que se convierte en algo tan mecánico que provoca escalofrío. Pero bueno, quizá se le ha pasado la edad de aprender teatro y mira a la cámara tratando de averiguar si le estará sacando un buen plano, si le sacará “su lado bueno” –si tiene alguno- en lugar de estar pendiente al menos de lo que está representando. Ya se sabe que en la práctica el resultado es el mismo: palabras, palabras y más palabras, pero, sobre todo, engaño, engaño y más engaño en pro de la explotación y de la consolidación de la miseria.
También se metió contra ciertas formas de hacer política. Adivina adivinanza, ¿contra qué políticos se metió? No se metió contra el señor Bush ni, desde luego, contra la actuación del propio Vaticano. ¡Eso habría faltado! Se metió contra “ciertas” ideologías y políticas cercanas al marxismo, como era de suponer.
Habló de equidad, cuando debió hablar de justicia. Y aquí el lenguaje tiene su importancia, porque hablar de equidad presupone la existencia de una justicia que sólo hay que corregir, mientras que en realidad lo que sufren millones de brasileños y de pobres de todo el mundo a manos del capitalismo es una gravísima injusticia, cuando en estos momentos en los que más riqueza se produce, alrededor de 35.000 niños mueren cada día a causa del hambre. Así que si se quiere llamar a las cosas por su nombre, el señor Ratzinger debería haber dicho que no se trataba de simple “equidad” sino de la justicia más elemental. Pero es evidente que, al utilizar el suave término de “equidad” –poco utilizado o comprendido por la masa-, no se enfrentaba al sector capitalista, aunque restaba importancia a la serie de pobres que cada día mueren en medio de la miseria: El capitalista se habría enriquecido “justamente”, aunque lo hubiera hecho mediante le expolio legal a los pobres, pero podría ser comprensivo con ellos y tal vez le concediera “por equidad” algunas migajas de lo que le había robado. Así que el pobre se quedaba con la miseria y el capitalista con la riqueza.
Criticó el secularismo, es decir, la vida preocupada por los asuntos del día a día y del siglo a siglo, asuntos terrenales, tanto por lo que se refiere a la búsqueda de una felicidad terrenal como por lo que se refiere a la búsqueda de unas estructuras económicas y sociales más justas. Es como si repitiera aquellas palabras de “buscad el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura”, quitando importancia a ese “todo lo demás”, que paradójicamente a la propia secta es lo que más le importa, al menos para lo que es la vida terrenal de sus altas jerarquías.
Criticó igualmente y de modo sarcástico el hedonismo. Y digo “de modo sarcástico” porque lo es y mucho criticar el hedonismo allá en Brasil, donde tantos niños y también mayores viven y mueren en la miseria y no disfrutan de otra clase de hedonismo que la de comer cuando pueden. El señor Ratzinger, si quería criticar el hedonismo de quienes no pegan ni golpe, podía haberse dirigido a personas nada lejanas a él mismo y a su séquito, o a los viciosos millonarios indolentes que pasan el tiempo en los casinos de las Vegas o de Montecarlo. Pero en cualquier caso el hedonismo en sí mismo no tiene nada de negativo, pues es una forma de vida que simplemente defiende el valor del placer. ¿No se supone que el Cielo de esa secta será un lugar de placer y felicidad? Por cierto, ¿qué diferencia existe entre placer y felicidad? Únicamente el de la corta duración del primero y el de la duración eterna del segundo. Más allá de esta diferencia sólo se encuentra el hecho de que el hedonismo suele asociarse con los placeres del sexo, de la comida y de la bebida, mientras que la felicidad se asocia a placeres más “espirituales”, cuya diferenta cualitativa con los anteriores no creo que nadie entienda, pues en ese asunto todo es cuestión de gusto. Además, Epicuro máximo representante del hedonismo en la antigüedad, defendía básicamente el placer de la amistad, el de las conversaciones filosóficas y el de compartir todo con los amigos: ¿Qué hay de condenable en ese o en cualquier otro modo de hedonismo? Con las miserias que hay en la vida, si encima hemos de renunciar a los pequeños placeres que podamos disfrutar para que sólo los disfruten los dirigentes de la Secta y sus simbióticos protectores capitalistas, eso ya sería el colmo.
Y el señor Ratzinger tuvo el cinismo de criticar el machismo, viendo la paja en el ojo ajeno y sin haber descubierto la viga en el propio. ¡Una Secta que prohíbe a las mujeres ejercer como sacerdotisas criticando el machismo! ¡Vaya cinismo! ¡Una Secta que considera que la mujer trajo el pecado al mundo criticando el machismo! ¡Vaya cinismo! ¡Una Secta que considera que la mujer debe obedecer al marido, como dijo Pablo en su Epístola a los Romanos! ¡Vaya cinismo desatinado! Una Secta que considera que Dios creó a Adán a su imagen y semejanza y que después creo a Eva a partir de una costilla de Adán y que no la creó porque la valorase por ella misma sino para que Adán no estuviera solo: ¡Vaya cinismo más loco! ¡Una Secta para quien la imagen del propio dios es siempre masculina (Padre, Hijo y Espíritu Santo, supuesto encargado del embarazo de María, con nocturnidad y alevosía! ¡Vaya cinismo inefable!
--------------------
*Antonio García Ninet es Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
Si Dios existiera, rezar sería pecado
Antonio García Ninet *
UCR 23 de Mayo de 2007
-He leído en el periódico que en un pueblo de Ciudad Real los vecinos estaban tan desesperados por la sequía tan larga que están padeciendo que han sacado en procesión la imagen de la Virgen para hacer “Rogativas”.
-¿Y eso qué es?
-Pues se trata de unas procesiones en las que se pide a Dios, a la Virgen o a un santo, determinado favor, como en este caso el favor de la lluvia para que no se pierdan las cosechas.
-¡Qué costumbre tan curiosa!
-¿Por qué dices eso? A mí me parece natural que uno recurra a cualquier medio cuando se encuentra con un serio problema que no sabe cómo resolver. Y, si Dios es omnipotente, ¿quién mejor que él para tratar de encontrar una ayuda?
-Viendo así las cosas, lo que dices parece razonable. Pero, después de reflexionar un poco, me ha parecido encontrar una especie de incongruencia en este asunto.
-No sé a qué te refieres, pero, si quieres, me lo explicas. Estoy dispuesto a escucharte.
-Pues verás: Según enseña la doctrina cristiana Dios es omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno. Es decir, Dios puede hacerlo todo, sabe qué es lo mejor y, además, por su infinita bondad, siempre lo hace.
-Sí, eso dicen los curas. Pero, no veo qué problema encuentras en que la gente rece para pedirle a Dios su ayuda.
-Pues a mí me parece que está bastante claro. Lo que quiero decir es que, si Dios hace siempre lo mejor, no parece tener sentido pedirle que lo haga. Es más: creo que en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción en la doctrina cristiana, que sólo se puede resolver con la desaparición de cualquier forma de oración que implique una petición a Dios, sea del tipo que sea.
-Pues, la verdad es que no entiendo nada de lo que me dices. Sacas conclusiones demasiado precipitadas a partir de razonamientos que, aunque parecen bien construidos, podrían ser insuficientes y superficiales. Además, creo que deberías tener en cuenta que los conceptos de oración y religión han estado siempre unidos a lo largo de la historia ¿No has pensado en que tal vez sea demasiado atrevido pensar que puedas destruir con tanta facilidad el peso de esa larga tradición histórica? ¿Acaso crees que podría existir la religión al margen de la oración?
-Comprendo que mis palabras te produzcan cierta desconfianza, pero espero conseguir que me entiendas, al margen de que luego coincidamos o no en nuestro respectivo enfoque de esta cuestión.
En primer lugar y respecto a mi enfrentamiento con esa larga tradición histórica, quiero aclararte que no pretendo enfrentarme con nada ni con nadie, sino simplemente pensar con la mayor libertad y objetividad posibles, siendo consciente de que puedo equivocarme como cualquier otra persona. Además, soy consciente de que la existencia de una larga tradición en la que rezar ha sido el núcleo mismo de las diversas religiones, en las que sus fieles efectivamente han rezado, rezan y seguirán rezando, pues nadie se preocuparía de la Religión si supiera que las acciones de Dios están ya programadas desde la eternidad y son el resultado de su eterna providencia y de su infinita sabiduría y poder, por lo que no va a cambiarlas por el hecho de que alguien se lo pida. Sin embargo, tú sabes perfectamente que el progreso histórico se ha producido en muchas ocasiones a partir de la crítica a determinadas opiniones que contaban con una larga tradición y que no por ello se han mantenido como verdades inamovibles. Recuerda, por ejemplo, la teoría geocéntrica, que fue criticada por Copérnico y por Galileo: En aquellos tiempos los nuevos planteamientos astronómicos provocaron un gran escándalo que llevó a las instituciones religiosas a tomar medidas represivas realmente graves. Pero, como tú bien sabes, todas estas medidas no sirvieron para demostrar nada en favor de las creencias tradicionales, y finalmente la doctrina heliocéntrica se impuso, a pesar de tantos siglos de tradición geocéntrica.
Con ello no quiero decir que debamos rechazar por sistema cualquier doctrina por el simple hecho de que pertenezca a la tradición, sino que no tenemos por qué renunciar al uso de la razón y de la experiencia a la hora de valorar la verdad o falsedad de cualquier teoría, pues no parece que dispongamos de otros medios más eficaces para aproximarnos a un conocimiento objetivo de la realidad, en el caso de que sea posible.
Por otra parte y en contra de esa tradición, hace más de dos mil años, Platón hacía referencia ya el carácter insobornable de los dioses y criticaba esa forma comercial de comprensión de la religión en la que se hacían sacrificios a los dioses a fin de comprar sus favores.
-Reconozco que la tienes en eso que defiendes: en que todo el mundo tiene derecho a replantearse el valor de cualquier teoría, por muy antigua que sea. Sin embargo, todavía no he llegado a comprender tu planteamiento sobre el tema que estamos tratando, así que necesitaría una explicación más clara y detallada para poder profundizar un poco más y opinar con mejor criterio.
-Está bien. Trataré de presentar el asunto con mayor claridad. Como te decía, el núcleo del problema, tal como yo lo veo, se encuentra en el siguiente dilema: cuando uno hace una petición a Dios, como en el caso de las rogativas –o como en casi todos o todos los actos religiosos-, o bien le pide que realice lo mejor, o bien le pide que realice algo que no es lo mejor. La primera parte de la alternativa implicaría o bien una desconfianza respecto a Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque sea infinitamente bueno, o bien cierta ignorancia en asuntos de Teología por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que realice aquello que necesariamente hará como consecuencia de su infinita sabiduría y de su infinita bondad.
-Pues sí, creo que no hay otra alternativa que las que has presentado y ambas conducen al mismo resultado: La oración es absurda.
-A mí me parece que lo que sucede es que, de forma inconsciente al menos, los hombres se han creado una imagen antropomórfica de Dios; es decir, que del mismo modo que encontramos natural pedir favores a los poderosos porque confiamos en que nuestros halagos, súplicas y otras manifestaciones de respeto, admiración y sumisión hacia ellos podrán influir en que tengan hacia nosotros una disposición más favorable, así también llegan a creer que la mejor o peor disposición de Dios –o de los dioses- hacia el hombre depende también de las súplicas y oraciones mediante las cuales éste le manifieste su respeto, su devoción y su amor. Además, la segunda parte de la alternativa implicaría o bien algo así como tentar a Dios, rogándole que, al menos por una vez, dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valora personalmente como lo mejor para él, o bien de nuevo desconocer que todo lo que sucede es consecuencia de los planes de la “Divina Providencia”. En consecuencia parece que no tiene sentido pedirle a Dios que suceda lo que necesariamente sucederá como consecuencia de sus planes eternos.
En fin, como ya te he dicho, en toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración existe un componente antropomórfico fundamental: Del mismo modo que el ser humano se conmueve por las súplicas, y sus propias decisiones estan condicionadas por ellas en lugar de estar regidas exclusivamente por una fría racionalidad respecto a lo más conveniente, se tiende a ver a Dios como un ser con las mismas debilidades humanas, como un ser cuya voluntad puede ser comprada mediante súplicas, sacrificios, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, me parece que si, cuando uno rezase, fuera consciente de esto, tendría que considerar la oración –al menos cuando se entiende como una petición- como una ofensa a Dios, pues o bien supondría una desconfianza en él, o bien supondría un deseo de tentarle, y, desde luego, no sería un acto piadoso. En consecuencia, estarían de sobra la mayor parte de ceremonias de las distintas religiones, así como la creencia tan infantil de que, de vez en cuando, Dios, la Virgen o los santos se dedican a hacer milagros: Si la gente fuese capaz de reflexionar con frialdad, se daría cuenta de que los auténticos milagros de Lourdes, de Fátima y de tantos imágenes “milagrosas”, lugares o reliquias consisten sólo en los beneficios económicos que han proporcionado a quienes viven de ese negocio, tanto las diversas Iglesias y lugares de peregrinación como la serie de comercios, hoteles, compañías de viajes y restaurantes, cuya actividad económica se relaciona de modo directo con esa absurda creencia, como sucede en Lourdes, en Fátima o en el mismo Vaticano, a donde los católicos peregrinan y el “Papa” incita y colabora en esa histeria colectiva “apareciendo” por un balcón igual que una “aparición” para otorgarles su bendición y cualquier otra petición.
Tanto la misa, como el Padre Nuestro, como cualquier ceremonia religiosa están llenas de expresiones en las que lo fundamental se relaciona con oraciones en las que se hacen peticiones a Dios del tipo que sean, como el perdón de los pecados, la bienaventuranza eterna, la curación de los enfermos, la paz del mundo... ¿Qué sentido pueden tener esas peticiones? Si realmente son buenas, Dios –por su omnipotencia y bondad- no esperaría las súplicas de los hombres para concedérselas, mientras que, si no lo son, pedirle que las conceda y que, en consecuencia, deje de hacer el auténtico bien, constituiría una especie de sacrilegio.
La verdad es que, eliminada la oración, no sé verdaderamente en qué podrían consistir las relaciones del hombre con Dios.
-Pues, por decir algo, se me ocurre que, si la oración -entendida como ruego o petición a Dios de cualquier supuesto bien- fuera absurda, tal vez podría tener sentido acudir a la iglesia para hablar con Dios.
-Pero, ¿qué se le podría decir que no supiese? ¿Quizá crees que su función sería la de agradecerle sus favores? Pero a Dios no le supone ningún esfuerzo el hacerlos; además, si los hace, no es porque el hombre se lo pida sino porque son la manifestación de su perfección, la cual exige que en todo momento obre de acuerdo con ella, tanto cuando parece que nos beneficia como cuando parece que nos perjudica. Dios –suponiendo que exista- haría siempre lo mejor y no podría hacer otra cosa porque su perfección le impediría querer otra cosa que no fuera lo mejor. Su propia perfección convierte en “necesarios” todos los actos que realiza “libremente”: Dios “podría” hacer el mal “si quisiera”, pero Dios no puede querer el mal, porque, por simple definición el bien es aquello que Dios quiere. Es decir, no es que exista un bien que Dios pueda querer o dejar de querer sino que, como ya decía Guillermo de Ockham, un fraile muy inteligente del siglo XIV, el propio bien sólo lo es en cuento se identifica con la voluntad de Dios.
¿Qué misión podía seguir cumpliendo la Iglesia? ¿Qué misión cumplirían las relaciones entre Dios y los hombres?
-Tal vez el hombre necesita soñar que “alguien” le escucha y comparte sus preocupaciones –aunque no le responda-.
-En tal caso no nos encontraríamos con un diálogo sino con un monólogo en el que nuestra fantasía nos llevaría a construir ese personaje especial para sentirnos acompañados. Es cierto que la vida está llena de problemas y de preocupaciones, pero parece que los creyentes no han sabido madurar, no han sabido pasar de su infnacia a su madurez intelectual. Es comprensible que un niño trate de acogerse en sus padres ante cualquier problema, pero parece que cuando uno llega a ser adulto y se da cuenta de que sus padres no son omnipotentes, le cuesta aceptar la idea de su soledad, de que ya no hay padre ni madre que valga, que sus problemas tienen que pasar por él, por duro que esto sea. Más pronto o más tarde el hombre se queda huérfano, tanto si le gusta como si no. Claro está, que, si se consuela imaginando que hay un ser invisible que le protege en todo momento, en tal caso nos encontramos ante una opción personal orientada por la fantasía y no por el conocimiento.
-Después de escucharte, mis ideas están algo confusas. Reconozco que en lo que dices existe una lógica bastante convincente, pero necesito pensar algo más sobre esa cuestión, pues nunca antes me la había planteado.
-Espero no haberte molestado con mis propias reflexiones, pero así es como veo esta cuestión. Por cierto, en el siglo XVII, Descartes, que era muy católico y muy religioso, a pesar de la paradoja de haber sido, al menos de boquilla para fuera, un defensor de la razón y de la evidencia antes de asentir a cualquier proposición, defendió una idea curiosa para poder justificar la oración, creyendo que ésta podía tener su propio valor en cuanto Dios la hubiera podido tener en cuenta en sus planes eternos a la hora de establecerlos y que por ello sí tenía sentido. Así, en el caso de quien reza por la salvación del alma de un difunto, no tendría sentido que le pidiera a Dios que le sacase del Infierno, pero su oración podría haber sido tenida en cuenta por Dios a la hora de programar el futuro, evitado al difunto aquellas situaciones que hubiesen podido conducirle a morir en pecado mortal.
-Pues sí que dice cosas extrañas este señor.
-Y tan extrañas, pues esta solución no soluciona nada. Date cuenta: en primer lugar, Descartes olvida que Dios no sólo sabe si alguien le rezará o no por la salvación de otro sino que él mismo ha dispuesto que le recen o no, por lo que resulta extraño pensar que exista algún mérito en aquellas acciones que uno realice en cuanto sea Dios quien le haya determinado a que lo haga. En segundo lugar, es una solución contradictoria con la omnipotencia divina porque de algún modo subordina las acciones de Dios a las peticiones humanas. Además, sería igualmente absurdo –o más, si cabe- que Dios determinase que uno muriese o no en pecado mortal como consecuencia de las oraciones y las misas de quienes pagasen por “la salvación del difunto”. Es decir, eso supondría afirmar que el amor divino por sí mismo, a pesar de ser infinito, no bastaría para propiciar la salvación del difunto en cuanto haría falta que la voluntad divina fuera movida por las oraciones de quienes asistiesen y pagasen las misas de difuntos. Esta solución sólo podría aceptarla aquél que hubiera pasado por alto el significado de las palabras “amor infinito” y “omnipotencia” y llegase a considerar que Dios necesita de los ruegos de los hombres para perdonar a quienes ama infinitamente.
- A medida que transcurre nuestra conversación siento que no puedo hacer otra cosa que estar totalmente de acuerdo contigo.
-Pues me alegro, pero no por otro motivo sino sólo en cuanto mis reflexiones sean verdaderas. En caso contrario preferiría que me lo dijeras.
-Estoy de acuerdo contigo, de verdad. Pero ahora voy a ser yo quien exponga una consecuencia de todo esto y creo que también tú aceptarás lo que se me acaba de ocurrir.
-¿A qué te refieres?
-Bueno, pues que veo que tú te has centrado sólo en aspectos puramente “filosóficos” -o como los quieras llamar- de esta cuestión, mientras que yo acabo de fijarme en un aspecto que debería tener consecuencias “prácticas”.
-Explícamelas. Tengo curiosidad por saber qué estás pensando.
-Pues muy sencillo. Ahora me doy cuenta de que si la gente tomase conciencia clara de todo esto que acabas de explicarme, las iglesias se quedarían vacías y todo el inmenso negocio del Vaticano y también el de otras iglesias se iría a pique.
-Pues sí. Tienes razón. No me había detenido a considerar esa consecuencia tan interesante.
-Y entonces los obispos y los cardenales y toda esa gente que viven del cuento, de todo ese montaje tan hipócrita por el que vacían los bolsillos de los ingenuos, tendrían que ponerse a trabajar de verdad en lugar de representar un continuo teatro que pretenden hacer pasar por la auténtica realidad.
-Creo sinceramente que tienes toda la razón. Pero lo que me parece más difícil es que la gente crédula deje de serlo. Y lo que es mucho más difícil es que las jerarquías de esas organizaciones no traten de seguir comiendo el coco a todo el mundo para que sigan creyendo sus patrañas tan bien adornadas con la parafernalia de los rituales eclesiásticos, tan llenos de boato y solemnidad que casi llegan a impresionarme a mí mismo.
-Es verdad. Pero me parece tan vergonzoso el engaño y la hipocresía de todas estas sectas “religiosas” que me parece que vale la pena que nos esforcemos por luchar contra toda esa sucia mentira y por ayudar a que la gente adquiera un nivel de cultura que le permita estar en guardia contra todo aquél que pretenda imponerle qué debe creer y qué debe hacer.
-Tenemos que intentarlo.
---------------------------
* Antonio García Ninet es Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
“La Nueva Iglesia”
Antonio García Ninet *
UCR 28 de mayo
Desde hace algún tiempo, en una iglesia de Madrid se está formando lo que podría ser la semilla de una nueva forma de entender la misión de la iglesia, desvinculada del poder ilegítimo, del lujo y del boato de las jerarquías de la vieja Secta Católica con su sede central en el Palacio del Vaticano, y ligada a la tarea de estar junto a los pobres compartiendo con ellos sus problemas y tratando de ayudarles. Se trata de “una nueva forma”, aunque no debería serlo en cuanto al menos una parte esencial del cristianismo va unida a esta idea. A diferencia del funcionamiento de la jerarquía de la Secta Católica, convertida en el mayor negocio de los dos últimos milenios, la “Nueva Iglesia” podría representar un retorno a lo que fue una parte esencial del mensaje de Jesús y a la forma de vida de los primeros cristianos, basada en el amor y en la fraternidad, tal como lo narra Lucas en Hechos de los Apóstoles.
En estos momentos todavía no estamos en condiciones de ver el final del túnel, de saber si este movimiento de purificación doctrinal llevada a la práctica triunfará, pero, en cualquier caso, hay que felicitar a quienes hasta este momento han tenido la valentía de enfrentarse a las jerarquías de la Secta Católica, que a lo largo de los siglos han utilizado la religión como un medio de satisfacer sus patológicas ambiciones de poder, en lugar de entenderla como un medio de fomentar la solidaridad entre los hombres.
Las jerarquías de la Secta Católica de Roma hace ya mucho tiempo que dejaron de asumir la misión de guiar a su agrupación como si fuera una auténtica comunidad de hermanos, viendo al hombre como un ser sagrado para el hombre. Las jerarquías de la Secta Católica convirtieron su asociación en una cueva de ladrones, que sin escrúpulos de ningún tipo exhibían y exhiben sus riquezas de forma impúdica e insolente en lugar de preocuparse realmente de cumplir con lo que predican. A fin de conseguir sus objetivos de poder, las jerarquías de la Secta Católica cometieron los crímenes más horrendos mediante su “Santa Inquisición” y sus “santas cruzadas” contra los infieles, mediante sus guerras contra los musulmanes con “Santiago Matamoros” a la cabeza y mediante su “cruzada nacional” en pleno siglo XX, en la que enalteció a quien se levantó contra la legalidad republicana, poniéndose a su lado para saludar con el brazo en alto al estilo fascista, y mediante su “evangelización” de América, donde masacró a sus habitantes autóctonos por el delito de no convertirse, olvidando que su auténtica misión era la de la ayuda a los pobres y la denuncia constante contra el hambre, la miseria, las enfermedades y la muerte que, como siniestro contrapunto, acompañan a nuestro opulento mundo.
Ya en el siglo XVI, habiendo constatado que las jerarquías de la Secta Católica se había alejado de aquel ideal cristiano de fraternidad y escandalizado por el lujo faraónico en que vivían papas, obispos y cardenales, Lutero se rebeló contra aquella traición al mensaje de Jesús y trató de reformarla para conseguir que fuera digna de quien decían ser seguidores sin ser otra cosa que simples traidores.
Por ello no se debe decir que sea la Nueva Iglesia de Madrid la que se haya separado de la Secta Católica sino que, por el contrario, ha sido la jerarquía de la Secta Católica la que desde hace ya muchos siglos se separó del cumplimiento de la misión que parecía guiarla en sus primeros años, misión que quedó estrangulada por la ambición que la condujo hacia otros objetivos “demasiado humanos”.
Jesús defendió la doctrina del amor universal a todos los hombres y, mientras la jerarquía de la Secta Católica se ha dedicado a engrandecerse política y económicamente, a costa de mentiras y de muertes, la Nueva Iglesia de Madrid trata de cumplir con la doctrina de Jesús considerando sin discriminación a todos los hombres como hermanos, tanto si son drogadictos como expresidiarios o marginados sociales.
Efectivamente, tal y como puede saber cualquiera que haya leído o escuchado los evangelios -que se leen incluso en las templos de la Secta Católica-, Jesús predicó en favor de los pobres y desaprobó por completo la actitud de quienes iban tras las riquezas poniendo en ella su corazón y sus máximas ambiciones. Por ese motivo advirtió de que era más difícil que un rico entrase en el reino de los cielos que un camello pasase por el ojo de una aguja. Jesús expulsó del templo a quienes lo habían convertido en cueva de ladrones, pero de manera insultante y vergonzosa las jerarquías, que llevan el negocio guiados sólo por sus antojos de poder, con insolencia y cinismo se burlan de lo que predican, engrandecen sus palacios y se alían con cualquier déspota que les permita engrandecer su poder.
El señor Cañizares, jerarca de la Secta católica, ha criticado las celebraciones de la Nueva Iglesia de Madrid atreviéndose a decir que no son “eclesiales”, cuando en realidad es el comportamiento de las jerarquías de la Secta Católica lo que para nada es “eclesial”, al haber olvidado que el ideal de comunidad cristiana no era el de la separación entre la casta de los jerarcas, situada en un lugar orgullosamente privilegiado en cuanto a su poder y a sus riquezas, y una casta de sumisos creyentes en la miseria sumidos, sino el de una agrupación que viviese fraternalmente y enseñase a vivir de ese modo a los demás.
Leonardo Boff, teólogo de la liberación, ha asistido a una celebración de esta nueva asamblea de cristianos animando a esos curas valientes a seguir la doctrina de Jesús en contra de las injusticias. Pero eso a la Jerarquía de la Secta Católica no le interesa porque su negocio se mantiene gracias a su complicidad con el mundo capitalista y con los gobiernos que ceden a su constante chantaje.
Por todo ello, quisiera animar a los curas sencillos, a quienes viven de verdad el Evangelio, que dejen de servir a los intereses del Vaticano y de todas sus jerarquías y que se unan con valentía a estos otros sacerdotes que en Madrid siguen su lucha por una sociedad más justa y solidaria. Y por ello también quiero manifestar mi simpatía con la decisión del ex ministro José Bono de asistir a esa celebración por cuanto el verdadero cristianismo no se encuentra en la derecha capitalista sino en la izquierda, socialista o comunista.
--------------------------
* Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
miércoles, 3 de octubre de 2007
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario