La moral “relativista” y los obispos
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y Ciencias de la educación
Los señores obispos de la Secta Católica, ponen el grito en el Cielo –o en el Infierno- en relación con la implantación de la nueva asignatura Educación para la Ciudadanía y con otros aspectos de las leyes españolas, manifestando su desacuerdo y alegando que representan la plasmación de unos valores y de una moral “relativista”, como si la suya fuera una moral angelical o venida del Cielo.
Para desacreditar este “relativismo”, que en el terreno de la moral es “absolutamente” normal, juegan con las sugerencias psicológicas equívocas provenientes de los conceptos de “lo absoluto” y “lo relativo”, dando a entender que “lo absoluto” debe prevalecer siempre sobre “lo relativo”, lo cual es una estupidez, pues en tal caso, por ejemplo, los científicos seguirían defendiendo los diversos conceptos “absolutos” de la Cosmología de Newton en lugar de defender los conceptos “relativistas” propios de la Cosmología de Einstein.
Considerando que su concepto de Dios sería la máxima expresión de “lo absoluto”, pretenden que la moral absoluta dependería de esa supuesta divinidad y que ellos –los señores obispos- serían los encargados de transmitirnos sus designios y su voluntad a fin de que nuestra moral fuera una moral teóricamente “teonómica”, aunque en la práctica sería una moral impuesta por la jerarquía de la Secta Católica, la cual, entre otras cosas, seguiría tratando de imponer o destituir a nuestros diversos gobernantes, en cuanto nombrados “por la gracia de Dios”, como sucedió por última vez con el general Franco, “caudillo de España por la gracia de Dios” y “vencedor de la Cruzada Nacional”, a fin de seguir mangoneando en nuestro país para seguir percibiendo suculentos beneficios económicos por los siglos de los siglos, amén.
En definitiva, cuando los obispos hablan de una “moral absoluta” no se refieren a otra cosa que a su pretensión de que el pueblo se someta al cumplimiento incondicional de sus órdenes y consignas, deslegitimando las leyes democráticas de nuestro país en cuanto no se amolden al cumplimiento de lo que a ellos les pueda beneficiar por lo que se refiere al incremento de su poder sobre la sociedad y por lo que se refiere al aumento de sus riquezas. Y, cuando hablan de una “moral relativa” se refieren precisamente a esa moral según la cual pretendemos regir nuestra conducta desde nosotros mismos, sin aceptar imposiciones de nadie que pretenda decirnos qué leyes debemos aceptar o cuáles demos rechazar, amenazando con la excomunión y con el Infierno cuando no hacemos lo que está de acuerdo con sus orientaciones.
Además, para saber qué tipo de moral defienden los obispos, es especialmente ilustrativo observar lo que hacen más que lo que dicen: Todo el mundo puede ver que, al igual que en la Edad Media, viven como presuntuosos señores feudales, con sus palacios lujosos y sus abundantes riquezas, y olvidados por completo de quienes sufren y de quienes pasan hambre, mientras de modo hipócrita predican la pobreza, la fe y la sumisión a sus designios, en cuanto “enviados por la Divina Providencia”.
Los obispos de la Secta católica –aunque no los católicos de base, muchos de los cuales viven una vida sencilla y a veces rozando la miseria- pretenden que la moral que ellos proponen tiene un valor absoluto en cuanto proviene del mismo Dios, fuente absoluta de toda norma, de cuya palabra ellos aparentan ser sus depositarios y transmisores. Pero, aunque existiera un Dios como ése, en el que ni ellos mismos creen, no serviría como fundamento para una moral absoluta, pues la moral que surgiría a partir de las supuestas órdenes divinas sería tan “relativista” como cualquier otra, en cuanto el cumplimiento de las normas divinas surgiría como consecuencia del temor a ese Dios o del deseo de conseguir la recompensa por obedecerle.
Es seguro que esos obispos ni siquiera saben de qué están hablando cuando critican la “moral relativista” que ellos mismos practican, aunque de modo especialmente egoísta y feroz, despreocupados del hambre y de la miseria del mundo, a pesar de que utilicen ese argumento para seguir llenando las arcas sin fondo de sus palacios, pero, al utilizar la expresión “moral relativista” con gestos teatrales de horror, pretenden conseguir que quienes les escuchan piensen que esa forma de moral es algo así como el demonio disfrazado de Moral.
Así que, a fin de desenmascarar a esta gente incalificable, tan aficionada al disfraz y a la hipocresía, tanto de vestimenta material como ideológica, conviene dejar clara la diferencia entre moral “relativa” y moral supuestamente “absoluta”.
Una moral “relativa” –o relativista, como la llama el señor Martínez Camino- consiste en aquel conjunto de normas que nos dicen cómo debemos actuar para conseguir los fines que consideramos más deseables para la más plena realización de la propia vida, mientras que una moral “absoluta” –o absolutista- sería aquella que, al igual que la propuesta por Kant, pretendiese orientar al hombre indicándole cuál era su deber incondicional, al margen pues de los fines que pretendiera lograr en su vida. Una moral relativa subordina el deber al querer, mientras que una moral absoluta exalta la idea del deber como autosuficiente, considerando pues que el deber ese encuentra más allá de los propios deseos.
Fue Kant quien defendió la idea de “el deber por el deber”, lo cual es un absurdo que se le ocurrió para intentar escapar del egoísmo implícito de cualquier otra forma de moral.
Desde una perspectiva como la aristotélica, la moral es relativa no por otro motivo sino porque en ella las acciones no se consideran buenas o malas en sí mismas sino en cuanto vayan encaminadas a la consecución de un fin, el cual se convierte en el motor de la conducta, sirviendo de criterio para distinguir entre acciones buenas o malas en cuanto conduzcan o se alejen de dicho fin. Aristóteles, que era un filósofo muy sensato, consideró al comienzo de su Ética Nicomáquea que “el bien es aquello hacia lo que todo tiende” y que el bien del hombre consistía en su felicidad, es decir, en vivir una vida conforme con su naturaleza. Lo que hizo a continuación fue estudiar los tipos de vida que a su parecer resultaban más apropiados para alcanzar ese objetivo. Y no parece haya motivos para escandalizarse por el hecho de que buscase tal objetivo, que, en realidad, parece que todos pretendemos lograr. Incluso quienes ponen su ideal en una vida eterna y feliz en el más allá siguen actuando desde una moral relativa, en cuanto tratan de actuar de acuerdo con aquellas normas que creen que les conducirán a la consecución de ese fin.
Una moral absoluta sería aquella de acuerdo con la cual el hombre debería dejar de obrar con la finalidad de encontrar aquella felicidad de que hablaba Aristóteles para actuar de acuerdo con acciones que fueran buenas en sí mismas y para alejarse de aquéllas que fueran malas en sí mismas, al margen de cuáles pudieran conducirle o no a la felicidad.
Fue Kant quien defendió esta nueva manera de entender la moral. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que consideró que si uno actuaba buscando su propia felicidad, su conducta sería interesada, y nadie considera que exista un mérito especial en una forma de moral como ésa basada en el interés personal. Por ello, el filósofo de Königsberg a la hora de referirse a las acciones en cuanto relacionadas de algún modo con un deber, señaló la existencia de diversos tipos de imperativos o exigencias de determinadas formas de comportamiento:
-los imperativos hipotéticos, que serían aquellos en los que la acción se realiza entendida como un medio para alcanzar un fin, el cual es expresado mediante una cláusula condicional. Ejemplos de estos imperativos serían: “Si quieres vivir, debes comer”, “si quieres tener amigos, debes ser amable con la gente”, “si quieres ser alumno de la facultad, debes matricularte”.
-los imperativos categóricos, que serían aquellos en los que la acción se considera como un deber incondicional y, en consecuencia, al margen de que obrar de acuerdo con ellos pueda ser o no el camino para alcanzar la felicidad. Un ejemplo de tales imperativos sería: “Se debe decir siempre la verdad”. El imperativo categórico sería el único imperativo moral a causa de su carácter desinteresado. Los imperativos hipotéticos no podrían ser la base de la moral en cuanto no se proponen como fines absolutos que deban ser realizados, sino como medios para conseguir determinados fines en cuanto éstos sean queridos.
El imperativo categórico indicaría cómo se debe actuar, en el sentido de que plantea una exigencia independiente de cualquier utilidad que pueda conseguirse como resultado de la acción correspondiente. Por ello, lo que, según Kant, hay que calificar de moral o inmoral no son los actos concretos sino la voluntad, según la máxima que le sirva de guía para su conducta, de manera que el hombre sólo será plenamente moral cuando su voluntad se mueva a obrar exclusivamente por la simple consideración de la acción como un deber y no por un fin ajeno a dicho deber. En este sentido, la veracidad, como conducta que esté de acuerdo con ese imperativo moral, se producirá cuando el hombre a través de su razón “comprenda” que el comportamiento veraz es un deber absoluto y no un medio para conseguir determinado objetivo y sea esta comprensión la que guíe su voluntad. En definitiva, según Kant, sólo es moral aquella conducta que se produce por la simple y exclusiva consideración de que se trata de un deber, el cual queda definido como “la necesidad de obrar por respeto a la ley” .
Esta doctrina, en apariencia tan desligada del interés egoísta, plantea un dilema que demuestra la inconsistencia del planteamiento kantiano. Pues, efectivamente, cuando uno realiza determinada acción, o bien la hace por la consideración del bien que deriva de ella, o bien la hace por la consideración de que tal forma de conducta representa un deber, aunque desconozca por qué lo es. Pero, si se atiende al bien que deriva de una acción para considerarla como un deber, en tal caso la conducta consiguiente será un ejemplo de imperativo hipotético, pues será la consideración de dicho bien (fin deseado) lo que determine la realización de la acción que conduce a él, acción que, en tal caso, no representará un fin en sí misma. Mientras que, si no se tiene en cuenta el bien como criterio para establecer el deber, en tal caso habrá que afrontar el problema de intentar reconocer cuándo una acción representa un deber absoluto, pues, en caso contrario, su realización aparecerá simplemente como irracional al no disponer de un criterio para reconocer por qué la realización de un determinado acto representa un deber.
Kant no se plantea en ningún momento el problema de la justificación de la existencia misma del deber en un sentido absoluto sino que lo considera como una especie de dato inmediato de la conciencia que no requiere de justificación alguna.
Sin embargo, frente a estos planteamientos, ya Hume, unos cuantos años antes, indicó que la razón por sí sola era incapaz de demostrar la existencia de ningún deber, y por eso afirmó que “no es contrario a la razón el preferir la destrucción del mundo entero a tener un rasguño en mi dedo. No es contrario a la razón que yo prefiera mi ruina total con tal de evitar el menor sufrimiento a un indio o a cualquier persona totalmente desconocida” , queriendo aclarar de este modo que la razón sólo sirve de guía para realizar o abstenerse de realizar aquello que venga establecido por los deseos o por las aversiones humanas, pero que no es la razón la que establezca qué acciones se deben realizar.
Posturas similares habían sido defendidas, entre otros importantes pensadores, por Epicuro, que consideró el placer como guía de la conducta para alcanzar la mayor felicidad, o posteriormente por Nietzsche, quien a propósito de esos planteamientos relacionados con la “conciencia moral” señaló con acierto que “la voz de la conciencia es la voz de la vecina”, queriendo dar a entender que el origen de la moral se encontraba en la presión de la sociedad –o en “la voz de la vecina”-, que era la que nos enaltecía o nos condenaba por aquello que consideraba útil para ella, al margen de los intereses particulares de cada individuo. Por esta misma razón y desde una moral igualmente relativista B. Russell, criticando el concepto absoluto de deber, escribió que “lo que debemos desear es simplemente lo que otra persona desea que deseemos. Generalmente es lo que las autoridades desean que deseemos [...] Fuera de los deseos humanos no hay principio moral” . En definitiva, la exaltación kantiana de la moral absoluta de “el deber por el deber” se mostró simplemente como una moral irracional.
Para finalizar -y como ya se ha indicado antes-, es evidente que la moral cristiana es tan relativista como las demás en cuanto para ella el criterio respecto a la bondad o maldad de las acciones se encuentra, como indica Tomás de Aquino siguiendo a Aristóteles, en el bien: “Bonum est quod omnia appetunt”, y, en consecuencia, será esta búsqueda del bien la que se convierta en la condición a partir de la cual se fije el valor moral de las acciones en cuanto conduzcan o alejen de él.
Así que, señores obispos, no metan tanto jaleo y no aparenten escandalizarse tanto en relación con la moral relativista, que es la única racional y la única sensata, que de hecho ha funcionado, mejor o peor, en todas las sociedades, pues sabemos que el temor de Dios no convierte la moral relativa en absoluta, sino que lo que hace es convertir al individuo en un supuesto siervo de Dios y en un siervo real de los caciques de la Secta Católica –y de otras sectas-, y eso es lo que ustedes pretenden, aunque enmascaren sus intenciones con la pretensión de que hay que cumplir la voluntad divina.
Por otra parte y suponiendo que la moral de la Secta Católica tuviera un carácter absoluto frente al carácter relativo de las demás, la historia de la Secta Católica, a través de sus implacables persecuciones y de la crueldad de sus crímenes muestra que el funcionamiento de esa supuesta moral absoluta ha sido mucho más perjudicial para el ser humano que el de la moral relativa defendida desde un planteamiento simplemente humano.
viernes, 12 de octubre de 2007
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2 comentarios:
Pues este post da mucha tela para cortar, como todos los que propones. Interesante, profundo tu análisis. Felicitaciones.
Alicia
Hola,en primer lugar felicitarte por todos tus comentarios, he encontrado esta página hace poco y me los estoy leyendo todos y, la verdad, son estupendos.
En cuanto al artículo de la moral, estoy a favor de todo lo expuesto pero tengo una duda: aunque toda moral es relativa ¿quién establece el conjunto de normas que nos dicen cómo debemos actuar?
Si un grupo de personas establecen que una acción, por el fin que consiguen, es moral pero esa acción no es moral para otros ¿sería moral? es decir, si una acción para considerarla moral es que el fin buscado sea "bueno" para el que la realiza ¿quién establece si es bueno o no?
Si, por ejemplo, un naci, justifica su acción diciendo que en su época todo el mundo decía que matar judíos era "bueno" y lo considera moral...
La declaración universal de los derechos humanos establece unos derechos que debe seguir todo el mundo, aparantemente parece que es moral absoluta porque todos deben cumplirla.
Perdona si no me explico bien, no he estudiado filosofía nunca y cuando leo artículos que van en contra de la moral relativa ponen ejemplos que no sé como combatirlos.
si un hombre dice que robar para él es bueno y consigue un fin deseable ?????
En resumen, ¿quiés establece esa moral? un grupo de personas, un país...
Muchas gracias y un saludo.
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