Educación para la ciudadanía
y
objeción de conciencia
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en ciencias de la educación
Esquema:
1. Introducción.- El próximo curso se introduce en la enseñanza primaria la asignatura Educación para la ciudadanía. Parece que será una asignatura muy conveniente para la formación de los niños en el conocimiento, el análisis, la comprensión y el diálogo acerca de los valores que, desde una perspectiva humanista y al margen de creencias religiosas, se consideran valiosos para la formación de los ciudadanos por lo que se refiere a derechos, libertades y obligaciones, y para fijar el marco social más adecuado para el ejercicio de estos derechos, sin que la propia libertad se convierta en una barrera que impida la libertad ajena. En un estado democrático y aconfesional la formación ciudadana de los niños y de los jóvenes debe realizarse a partir de valores que emanan de la propia sociedad –y no de ninguna supuesta autoridad misteriosa ni de quienes pretenden ser sus enviados- en cuanto se los considere beneficiosos para el desarrollo personal y social de sus miembros.
2. Contenidos de la asignatura.- Por ello, los valores que se van a tratar y debatir en la nueva asignatura son los que se reflejan en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y los de nuestra constitución, valores inspirados en un humanismo como son la defensa del respeto a la libertad de pensamiento, de expresión y de conductas que no atenten contra la libertad ni contra los derechos ajenos; la doctrina de que el poder político proviene del pueblo y que todos tienen derecho a participar en la vida política; el ideal de alcanzar una sociedad más justa y solidaria; el rechazo a las aberrantes desigualdades sociales y la defensa de la solidaridad y de la lucha contra la miseria, el hambre y el sufrimiento; la consideración del prójimo como otro yo y la tesis de que la plena realización del individuo va unida de modo inseparable al bien de los demás; las tesis de que varón y mujer poseen igual dignidad y que la sexualidad es una manifestación inocente y natural del nuestra naturaleza; el respeto por las distintas opciones sexuales y afectivas como enriquecedoras para la persona y para la sociedad, y, en cualquier caso, como opciones tan respetables como las de quienes hayan optado por otras; el rechazo a la sumisión a cualquier forma de adoctrinamiento irracional y la defensa de la razón como auténtica fuerza liberadora del hombre; la consideración del mundo como nuestra cuna y nuestra morada a la que debemos valorar y respetar; la tesis de que las relaciones personales deben ser el resultado de un acto de libertad y nunca el de una absurda “atadura”.
3. El método para la enseñanza de esta asignatura debe consistir en una presentación de valores como los señalados para ser tratados mediante análisis racional, debate y discusión, a fin de esclarecer el alcance de su fundamento racional, pero en ningún caso debe consistir en un adoctrinamiento irracional o un lavado de cerebro, como los que por desgracia practican otros aprovechándose de la receptividad espontánea de los niños.
4. Algunos obispos y asociaciones católicas han planteado la posibilidad de oponerse a esta nueva asignatura mediante “objeción de conciencia” -¡lástima que se olvidasen de hacerla con la “Formación del Espíritu Nacional” del franquismo!-. Sin embargo, si se opone a esta enseñanza, es porque una parte fundamental de su negocio consiste en formar y ampliar su red económica piramidal mediante la difusión de un ideario que a no muy largo plazo le reporta ganancias muy lucrativas, al margen de que el reparto de beneficios entre sus accionistas más incautos quede pospuesto para “otra vida mejor”. La jerarquía católica pretende mantener el monopolio de la enseñanza de ideas y valores morales del que ha gozado a lo largo de tantos siglos, y evitar por todos los medios la presencia de una competencia que pueda quitarle parte de su clientela. En ese contexto puede entenderse que, no hace muchos meses, en una entrevista televisiva un obispo criticase al gobierno diciendo “¡¿qué clase de valores van a enseñar éstos?!”. Y ciertamente, en relación con el humanismo reflejado en la Declaración Universal de los derechos del hombre y en nuestra constitución, la axiología de la jerarquía católica se encuentra muy alejada, pues
1) Rechaza el uso de la razón para avanzar en el conocimiento, postulando la sumisión irracional a supuestas doctrinas de fe y llegando a defender que “el hombre alcanza la salvación por la fe y no por el cumplimiento de la ley” (Pablo, Romanos, 3, 28); ha sido una rémora para el avance científico, quemando a G. Bruno y condenando a Galileo y a Darwin, y rechazando muchos avances biotecnológicos que pueden salvar muchas vidas humanas;
2) Muestra una visión degradante del ser humano al considerarlo como un ser indigno y pecaminoso que sólo puede ser salvado por la gracia de Dios, aunque en muchos casos está predestinado al “fuego eterno”; que a causa del “pecado original” merece todos los sufrimientos que padece, los cuales son un castigo divino que debe aceptarse con “resignación cristiana”, en cuanto este mundo es un lugar de penitencia y un “valle de lágrimas”; considera que hay que amar al prójimo por Dios y no por su propio valor; considera el mundo y la carne –junto con el demonio- como enemigos del alma, sin reparar en la contradicción de afirmar al mismo tiempo que fue su Dios quien los creó;
3) ha olvidado la enseñanza fundamental de Jesús centrada en el amor, propugnando a lo largo de los siglos toda clase de guerras y de violencia inquisitorial contra quienes osaban pensar y vivir en libertad; vive en medio de la opulencia y de un lujo faraónico, en sus palacios episcopales, arzobispales o papales, a la vez que de forma sarcástica predica la “resignación cristiana” ante las injusticias, la miseria, el hambre y la muerte de tantos niños, y condena a quienes, como los “Teólogos de la Liberación”, pretenden seguir activamente el mensaje de Cristo en favor de los pobres; ha sido a través de los tiempos y sigue siendo en la actualidad la aliada natural de los poderosos y del capitalismo más feroz, olvidando como papel mojado los valores de la justicia y de la fraternidad; defiende los antiguos sistemas teocráticos de gobierno, considerando que todo poder viene de Dios, incluso los de los dictadores, con quienes tanto simpatiza;
4) defiende un estúpido machismo y una visión degradante de la mujer, considerándola responsable del pecado e incompetente para el sacerdocio;
5) degrada el valor de la sexualidad considerándola casi siempre como pecado, imponiendo el celibato obligatorio a los curas y defendiendo una aberrante exaltación del valor de la virginidad como un estado superior al de la unión natural afectiva y sexual; considera inmoral el uso del preservativo, que tanta ayuda proporciona para evitar millones de muertes provocadas por el sida; pisotea la libertad y la dignidad de los homosexuales y sus relaciones afectivas y sexuales; defiende la indisolubilidad del matrimonio por encima de la voluntad de quienes libremente decidan convivir o separarse.
Por ello, habría que preguntarse hasta qué punto sería aceptable esa objeción de conciencia, en cuanto no se limita al uso del derecho a la libertad de expresión, sino que representa una rebelión contra los valores constitucionales, que a nadie se le exige compartir desde el punto de vista teórico, sino sólo respetarlos mientras vivan en nuestra sociedad. Por ello, en el caso de que no estén dispuestos a regirse por nuestro ordenamiento jurídico, deberían comenzar a pensar en emigrar al Vaticano, donde podrían vivir de acuerdo con sus propios ideales.
jueves, 27 de septiembre de 2007
Los obispos atacan de nuevo
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
Con su chulería habitual el secretario de los obispos católicos teóricamente españoles ha manifestado su oposición a que el Estado Español, a través del Ministerio de Educación, pueda tratar de dar una formación moral a los ciudadanos, considerando que tal actitud representa un atentado contra la libertad de conciencia y contra el derecho de los padres a dar a sus hijos la formación moral que consideren oportuna.
El cinismo del señor Martínez Camino es tan insolente que resulta difícil escucharle con serenidad. Es inverosímil que a estas alturas y después de tantos siglos de crímenes de su “Santa Inquisición”, sus “santas cruzadas”, su cómplice intervención “santificadora” en la conquista de América y en su reparto entre España y Portugal en el tratado de Tordesillas, por la mediación del papa Alejandro VI, padre de Lucrecia y de César Borgia, despreciando por completo los derechos de los pueblos americanos autóctonos, de las guerras europeas contra los protestantes, ayudados militarmente por Felipe II, sus “cazas de brujas”, su masacre, en connivencia con las autoridades políticas de diversas naciones, contra los pueblos autóctonos americanos, su racismo contra los negros, respecto a los cuales esta organización llevó a cuestionar si tenían alma a fin de poder justificar la esclavitud, todavía se consienta la presencia en España de esa asociación que sólo está guiada por la ambición de poder. Olvidando los tiempos del nacionalcatolicismo impuesto, que ningún obispo criticó, el señor Martínez Camino habla de la formación moral proveniente del Ministerio de Educación como si de una barbaridad se tratase, cuando el grupo religioso que sigue las consignas del Vaticano tendría tanto que revisar en sus propias doctrinas, tanto políticas, en cuanto todavía no han asumido un sistema democrático en su propio gobierno endogámico en el que entre los cardenales y los obispos todo se lo guisan y todo se lo comen, despreciando al que ellos llaman “pueblo de Dios” e impidiéndole su participación en el nombramiento de los obispos y en el de su primera autoridad. ¿Cómo podrían defender la democracia quienes no la practican?
Igualmente este grupo “religioso” no respeta la idea de igualdad entre el varón y la mujer desde el momento en que de modo irracional sigue defendiendo en sus propias estructuras un machismo radical que impide a las mujeres acceder a puestos como el de sacerdote, obispo o jefe supremo de la Iglesia. ¿Cómo podrían defender la igualdad entre varón y mujer quienes la rechazan en sus propias estructuras.
Este grupo “religioso” (?) se dedica a amasar riquezas de forma insaciable y a inmiscuirse en los asuntos internos de cada país en lugar de dedicarse, en cuanto personas con determinadas creencias, a trasmitirlas a quienes deseen escucharles, pero sin interferir como grupo de presión en la política independiente de cada estado. ¿Cómo van a ser capaces de defender la solidaridad a no ser de un modo absolutamente hipócrita, quienes se dedican a vivir de los pobres en lugar de vivir para los pobres, como suelen afirmar con total descaro y sin disimular el lujo faraónico en que viven?
¿Acaso el Estado Español trata de interferir en el Estado del Vaticano para decirle cómo debe organizarse?
El Estado español debería denunciar cuanto antes cualquier acuerdo con el Vaticano a fin de que no interfiera, como lo hace continuamente, en nuestra política nacional sin otra finalidad que la de incrementar patológicamente su poder en el mundo.
Asombrosamente los obispos consideran normal hablar de una religión y de una “moral” católica, que ni ellos mismos practican, y, sin embargo, se atreven a oponerse a que el pueblo español, a través de sus representantes libremente elegidos, pueda darse a sí mismo unos criterios cívicos de comportamiento a fin de ayudar a que los ciudadanos adquieran una formación cívica que permita una convivencia basada en el respeto a los demás, en la tolerancia, en la libertad y en aquella serie de valores que -respetando la libertad para disentir, discutir, opinar y dialogar desde la tolerancia- considere adecuados para su formación como ciudadanos.
Posiblemente haya aquí un malentendido que consiste en que, como los obispos enfocan la enseñanza de la Religión desde una perspectiva adoctrinadora, mediante la cual tratan de imponer sus propias doctrinas por absurdas que sean, quizás por ello consideran que el gobierno español pretende actuar de un modo similar. Pero no. En el fondo saben que eso no es así. Saben perfectamente que de lo que se trata es de dar una “educación” y no un “adoctrinamiento”, como el que ellos imponen sin escrúpulos a niños de seis años, atentando contra sus derechos infantiles. Y ya se sabe que la diferencia entre educación y adoctrinamiento consiste en que mientras la primera trata de exponer de manera racionalmente fundamentada los diversos argumentos que avalan o desmienten el valor de una teoría, el adoctrinamiento se basa en primer lugar en la negación dogmática del valor de la razón, para dejar a continuación el camino expedito a fin de introducir en la mente de los adoctrinados cualquier contenido disparatado, en cuanto especialmente las mentes de los niños son fácilmente manipulables y por ello los obispos aprovechan esos momentos para introducirlo en su conciencia porque saben que posteriormente serán difíciles de extirpar en cuanto el lavado de cerebro recibido implica ya desde el principio la sumisa aceptación de que su razón es un instrumento despreciable y de que no deben tener el osado orgullo de intentar entender las doctrinas ¡“morales”! y los dogmas que están por encima de ella, aunque sí deban asumir irracionalmente la obligación de creer en las ideas que ellos quieran imponerles.
Por ello, lo que realmente sí debería contemplarse como delito dentro de nuestro Código Penal es ese adoctrinamiento “moral” y religioso que impunemente hasta ahora se ha permitido ejercer a los obispos de la Iglesia Católica, fomentando la creencia sumisa e hipnótica en sus palabras en lugar de fomentar el desarrollo de la capacidad racional para que sean capaces de conducir su propia vida. A los obispos, como “pastores” sin escrúpulos, no les interesa otra cosa que aborregar al mayor número de personas a fin de aumentar su “redil”, pues eso es lo que les servirá para incrementar su poder, y, por ello mismo, no les interesa para nada que a los niños se les enseñe a razonar y a dialogar acerca de las diversas formas de entender la vida y las relaciones humanas.
Ya en diversas ocasiones el señor Martínez Camino, refiriéndose al gobierno de España, dijo con una risa insultante y despectiva “¡¿qué clase de moral van a enseñarles ellos?!”. No sé si realmente ese señor cree en la moral que teóricamente defiende, pero en cualquier caso se trata de una moral que en la práctica siempre se coloca del lado de los poderosos y de quienes tienen el dinero –que efectivamente son sus socios- y no del lado de los pobres. Se trata de una moral contraria a los valores democráticos y no de una moral que defienda de verdad la igualdad de todos y el derecho de todos a participar activamente en la vida política. Se trata de una moral que coloca a la mujer en un lugar de sumisión frente al varón y no de una moral que defienda la igualdad. ¿Alguien ha visto en la reunión de los obispos a alguna mujer? ¡Qué bajeza! ¡¿Cómo podría permitirse que el ser que trajo el pecado al mundo pudiera convertirse en embajadora de la divinidad?!
Es vergonzoso que esta dependencia del Estado español respecto a la llamada Iglesia Católica se haya mantenida y se siga manteniendo a lo largo de tantos siglos.
Inquisición, guerras de religión como las de las cruzadas, las del siglo XVI contra los protestantes o la “Cruzada nacional” que, sigue ostentando ese título, sin que hasta el momento el Vaticano haya rectificado en incalificable decisión de santificar el levantamiento militar del general Franco con toda la serie de muertes que provocó y con todo el periodo de opresión, de injusticias y de gobierno totalitario, afín al de Hitler y al de Musolini, que le siguió. ¡Y que ahora se atrevan a levantar su voz contra las decisiones de un gobierno democrático! Si un ministro de Francia o de Portugal o de cualquier otro Estado se atreviese a criticar las leyes y normas internas de nuestro país, se habría producido un escándalo monumental. ¡¿Cómo se acepta que estos señores, vestidos casi siempre con el color de los cuervos, se inmiscuyan en nuestros asuntos en lugar de ir a arreglar su casa en el Vaticano?! Parece que su presencia e interferencia de tantos siglos en la política española les confiera el derecho “consuetudinario” de seguir interfiriendo en ella por los siglos de los siglos, sin tener en cuenta que la persistencia de una situación injusta no la convierte en justa. Señores obispos: ¡Haced el favor de meteros en vuestros asuntos! Señores del gobierno: ¡Recordad que sois nuestros representantes y no permitáis que los obispos os insulten y desprecien, ni que sigan siendo los comecocos de la sociedad española!
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
Con su chulería habitual el secretario de los obispos católicos teóricamente españoles ha manifestado su oposición a que el Estado Español, a través del Ministerio de Educación, pueda tratar de dar una formación moral a los ciudadanos, considerando que tal actitud representa un atentado contra la libertad de conciencia y contra el derecho de los padres a dar a sus hijos la formación moral que consideren oportuna.
El cinismo del señor Martínez Camino es tan insolente que resulta difícil escucharle con serenidad. Es inverosímil que a estas alturas y después de tantos siglos de crímenes de su “Santa Inquisición”, sus “santas cruzadas”, su cómplice intervención “santificadora” en la conquista de América y en su reparto entre España y Portugal en el tratado de Tordesillas, por la mediación del papa Alejandro VI, padre de Lucrecia y de César Borgia, despreciando por completo los derechos de los pueblos americanos autóctonos, de las guerras europeas contra los protestantes, ayudados militarmente por Felipe II, sus “cazas de brujas”, su masacre, en connivencia con las autoridades políticas de diversas naciones, contra los pueblos autóctonos americanos, su racismo contra los negros, respecto a los cuales esta organización llevó a cuestionar si tenían alma a fin de poder justificar la esclavitud, todavía se consienta la presencia en España de esa asociación que sólo está guiada por la ambición de poder. Olvidando los tiempos del nacionalcatolicismo impuesto, que ningún obispo criticó, el señor Martínez Camino habla de la formación moral proveniente del Ministerio de Educación como si de una barbaridad se tratase, cuando el grupo religioso que sigue las consignas del Vaticano tendría tanto que revisar en sus propias doctrinas, tanto políticas, en cuanto todavía no han asumido un sistema democrático en su propio gobierno endogámico en el que entre los cardenales y los obispos todo se lo guisan y todo se lo comen, despreciando al que ellos llaman “pueblo de Dios” e impidiéndole su participación en el nombramiento de los obispos y en el de su primera autoridad. ¿Cómo podrían defender la democracia quienes no la practican?
Igualmente este grupo “religioso” no respeta la idea de igualdad entre el varón y la mujer desde el momento en que de modo irracional sigue defendiendo en sus propias estructuras un machismo radical que impide a las mujeres acceder a puestos como el de sacerdote, obispo o jefe supremo de la Iglesia. ¿Cómo podrían defender la igualdad entre varón y mujer quienes la rechazan en sus propias estructuras.
Este grupo “religioso” (?) se dedica a amasar riquezas de forma insaciable y a inmiscuirse en los asuntos internos de cada país en lugar de dedicarse, en cuanto personas con determinadas creencias, a trasmitirlas a quienes deseen escucharles, pero sin interferir como grupo de presión en la política independiente de cada estado. ¿Cómo van a ser capaces de defender la solidaridad a no ser de un modo absolutamente hipócrita, quienes se dedican a vivir de los pobres en lugar de vivir para los pobres, como suelen afirmar con total descaro y sin disimular el lujo faraónico en que viven?
¿Acaso el Estado Español trata de interferir en el Estado del Vaticano para decirle cómo debe organizarse?
El Estado español debería denunciar cuanto antes cualquier acuerdo con el Vaticano a fin de que no interfiera, como lo hace continuamente, en nuestra política nacional sin otra finalidad que la de incrementar patológicamente su poder en el mundo.
Asombrosamente los obispos consideran normal hablar de una religión y de una “moral” católica, que ni ellos mismos practican, y, sin embargo, se atreven a oponerse a que el pueblo español, a través de sus representantes libremente elegidos, pueda darse a sí mismo unos criterios cívicos de comportamiento a fin de ayudar a que los ciudadanos adquieran una formación cívica que permita una convivencia basada en el respeto a los demás, en la tolerancia, en la libertad y en aquella serie de valores que -respetando la libertad para disentir, discutir, opinar y dialogar desde la tolerancia- considere adecuados para su formación como ciudadanos.
Posiblemente haya aquí un malentendido que consiste en que, como los obispos enfocan la enseñanza de la Religión desde una perspectiva adoctrinadora, mediante la cual tratan de imponer sus propias doctrinas por absurdas que sean, quizás por ello consideran que el gobierno español pretende actuar de un modo similar. Pero no. En el fondo saben que eso no es así. Saben perfectamente que de lo que se trata es de dar una “educación” y no un “adoctrinamiento”, como el que ellos imponen sin escrúpulos a niños de seis años, atentando contra sus derechos infantiles. Y ya se sabe que la diferencia entre educación y adoctrinamiento consiste en que mientras la primera trata de exponer de manera racionalmente fundamentada los diversos argumentos que avalan o desmienten el valor de una teoría, el adoctrinamiento se basa en primer lugar en la negación dogmática del valor de la razón, para dejar a continuación el camino expedito a fin de introducir en la mente de los adoctrinados cualquier contenido disparatado, en cuanto especialmente las mentes de los niños son fácilmente manipulables y por ello los obispos aprovechan esos momentos para introducirlo en su conciencia porque saben que posteriormente serán difíciles de extirpar en cuanto el lavado de cerebro recibido implica ya desde el principio la sumisa aceptación de que su razón es un instrumento despreciable y de que no deben tener el osado orgullo de intentar entender las doctrinas ¡“morales”! y los dogmas que están por encima de ella, aunque sí deban asumir irracionalmente la obligación de creer en las ideas que ellos quieran imponerles.
Por ello, lo que realmente sí debería contemplarse como delito dentro de nuestro Código Penal es ese adoctrinamiento “moral” y religioso que impunemente hasta ahora se ha permitido ejercer a los obispos de la Iglesia Católica, fomentando la creencia sumisa e hipnótica en sus palabras en lugar de fomentar el desarrollo de la capacidad racional para que sean capaces de conducir su propia vida. A los obispos, como “pastores” sin escrúpulos, no les interesa otra cosa que aborregar al mayor número de personas a fin de aumentar su “redil”, pues eso es lo que les servirá para incrementar su poder, y, por ello mismo, no les interesa para nada que a los niños se les enseñe a razonar y a dialogar acerca de las diversas formas de entender la vida y las relaciones humanas.
Ya en diversas ocasiones el señor Martínez Camino, refiriéndose al gobierno de España, dijo con una risa insultante y despectiva “¡¿qué clase de moral van a enseñarles ellos?!”. No sé si realmente ese señor cree en la moral que teóricamente defiende, pero en cualquier caso se trata de una moral que en la práctica siempre se coloca del lado de los poderosos y de quienes tienen el dinero –que efectivamente son sus socios- y no del lado de los pobres. Se trata de una moral contraria a los valores democráticos y no de una moral que defienda de verdad la igualdad de todos y el derecho de todos a participar activamente en la vida política. Se trata de una moral que coloca a la mujer en un lugar de sumisión frente al varón y no de una moral que defienda la igualdad. ¿Alguien ha visto en la reunión de los obispos a alguna mujer? ¡Qué bajeza! ¡¿Cómo podría permitirse que el ser que trajo el pecado al mundo pudiera convertirse en embajadora de la divinidad?!
Es vergonzoso que esta dependencia del Estado español respecto a la llamada Iglesia Católica se haya mantenida y se siga manteniendo a lo largo de tantos siglos.
Inquisición, guerras de religión como las de las cruzadas, las del siglo XVI contra los protestantes o la “Cruzada nacional” que, sigue ostentando ese título, sin que hasta el momento el Vaticano haya rectificado en incalificable decisión de santificar el levantamiento militar del general Franco con toda la serie de muertes que provocó y con todo el periodo de opresión, de injusticias y de gobierno totalitario, afín al de Hitler y al de Musolini, que le siguió. ¡Y que ahora se atrevan a levantar su voz contra las decisiones de un gobierno democrático! Si un ministro de Francia o de Portugal o de cualquier otro Estado se atreviese a criticar las leyes y normas internas de nuestro país, se habría producido un escándalo monumental. ¡¿Cómo se acepta que estos señores, vestidos casi siempre con el color de los cuervos, se inmiscuyan en nuestros asuntos en lugar de ir a arreglar su casa en el Vaticano?! Parece que su presencia e interferencia de tantos siglos en la política española les confiera el derecho “consuetudinario” de seguir interfiriendo en ella por los siglos de los siglos, sin tener en cuenta que la persistencia de una situación injusta no la convierte en justa. Señores obispos: ¡Haced el favor de meteros en vuestros asuntos! Señores del gobierno: ¡Recordad que sois nuestros representantes y no permitáis que los obispos os insulten y desprecien, ni que sigan siendo los comecocos de la sociedad española!
miércoles, 26 de septiembre de 2007
El sentido -o sinsentido- de la oración y de los milagros
visto desde la Lógica:
Si tenemos en cuenta que con la palabra “Dios” se pretende hacer referencia a un ser perfecto (omnipotencia, bondad, misericordia y amor infinitos) entonces parece evidente que la oración o bien significa un desconocimiento de estas cualidades divinas o bien un intento de sobornar a Dios para que deje de hacer lo perfecto para que realice aquello que se le pide. Quien reza o bien pide a Dios que haga lo mejor o bien le pide que haga algo distinto. Si le pide que haga lo mejor, demuestra que es un ignorante por desconocer que Dios, a causa de su perfección, hace siempre lo mejor sin necesidad de que nadie se lo pida, o bien desconfía de que vaya a hacerlo si él no se lo recuerda mediante sus oraciones. Si le pide que haga algo distinto, entonces ofende a Dios por pretender sobornarle.
En consecuencia, quien reza o bien es un ignorante o bien ofende a Dios
Símbolos: P = Pedir a Dios que haga lo mejor; I = Ser Ignorante (en asuntos teológicos); D = Desconfiar de Dios; O = Ofender a Dios.
Simbolización del argumento Demostración
Ùx [Rx É (Px Ú ~Px)] 1. Ùx [Rx É (Px Ú ~Px)] P
Ùx [Px É Ix Ú Dx)] 2. Ùx [Px É Ix Ú Dx)] P
Ùx (~Px É Ox) 3. Ùx (~Px É Ox) P
Ùx [Rx É [(Ix Ú Dx) Ú Ox)]] 4.Ra É (Pa Ú ~Pa) RE Ù, 1.
5. Pa É (Ia Ú Da) RE Ù, 2.
6. ~Px É Ox RE Ù, 3
é 7. Pa Ú ~Pa
½ é8. Pa
½ ë 9. Ia Ú Da RE É, 5, 7.
½ é10. ~Pa
½ ë11. Ox RE É, 6, 10.
ë 12. (Ia Ú Da) Ú Ox RE Ú, 4, 7, 8, 9,10,11.
13. (Pa Ú ~Pa) É [(Ia Ú Da) Ú Ox] RI É, 7, 12.
14. Ra É [(Ia Ú Da) Ú Ox] RTR É, 4, 13.
15. Ùx [Rx É [(Ix Ú Dx) Ú Ox)]] RI Ù, 14.
6. Pa É Da RE Ù, 3
1. Ùx (Rx É Px) Pr
2. Ùx (Dx É Ox) Pr
3. Ùx (Px É Dx) Pr
4. Ra É Pa RE Ù, 1
5. Da É Oa RE Ù, 2
6. Pa É Da RE Ù, 3
7. Ra É Da RTr. É, 4, 6
8. Ra É Oa RTr É, 7, 5.
9. Ùx (Rx É Ox) RI Ù, 8.
-He leído en el periódico que en un pueblo de Ciudad Real los vecinos estaban tan desesperados por la sequía tan larga que están padeciendo que han sacado en procesión la imagen de la Virgen para hacer “Rogativas”.
-¿Y en qué consiste eso?
-Pues se trata de unas procesiones en las que se pide a Dios, a la Virgen o a un santo –como mediadores ante Dios-, determinado favor, como en este caso el favor de la lluvia para que no se pierdan las cosechas.
-¡Qué costumbre tan curiosa!
-¿Por qué dices eso? A mí me parece natural que uno recurra a cualquier medio cuando se encuentra con un serio problema que no sabe cómo resolver. Y, si Dios es omnipotente, ¿quién mejor que él para tratar de encontrar una ayuda?
-Viendo así las cosas, lo que dices parece razonable. Pero, después de reflexionar un poco, me ha parecido encontrar una especie de incongruencia en este asunto.
-No sé a qué te refieres, pero, si quieres explicármelo, estoy dispuesto a escucharte.
-Pues verás: Según enseña la doctrina religiosa del cristianismo (y también la de otras religiones) Dios es omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno. Es decir, Dios puede hacerlo todo, sabe qué es lo mejor y, además, por su infinita bondad, siempre lo hace.
-Estoy de acuerdo contigo, pero, a pesar de todo, no acabo de ver qué problema encuentras en que la gente trate de ponerse en contacto con Dios para implorar su ayuda.
-Pues a mí me parece que está bastante claro. Lo que quiero decir es que, si Dios hace siempre lo mejor, no parece tener sentido pedirle que lo haga. Es más: creo que en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción interna en la doctrina cristiana, contradicción que sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuera.
-Me parece que lo que dices es poco claro y demasiado atrevido; creo que sacas conclusiones demasiado precipitadas a partir de razonamientos que, aunque en apariencia estén bien construidos, podrían ser insuficientes y tal vez algo superficiales. Además, creo que deberías tener en cuenta que los conceptos de oración y religión han estado siempre unidos a lo largo de la historia ¿No has pensado en que tal vez sea demasiado pretencioso creer que se pueda destruir con tanta facilidad el peso de esa larga tradición histórica? ¿Acaso crees que podría existir la religión al margen de la oración? La verdad es que respeto tus ideas igual que tú las mías, pero, si no las argumentas con mayor claridad, no puedo compartirlas.
-Comprendo que mis palabras te produzcan cierta desconfianza, pero espero que, con un poco de paciencia por tu parte y por la mía, conseguiré al menos hacerme entender, al margen de que finalmente coincidamos o no en nuestra respectivo enfoque de esta cuestión.
En primer lugar y respecto a mi enfrentamiento con esa larga tradición histórica, quiero aclararte que yo no pretendo enfrentarme con nadie, sino simplemente pensar con la mayor libertad posible y procurando ser riguroso en el uso de mi limitada inteligencia, siendo consciente de que puedo equivocarme como cualquier otra persona. Además, procuro tener en cuenta ese hecho que mencionas: soy consciente de que la existencia de una larga tradición que ha defendido una determinada creencia no puede ignorarse, pero, a pesar de todo, tú mismo sabes perfectamente que el progreso histórico se ha producido en muchas ocasiones a partir de la crítica a determinadas opiniones que contaban con una larga tradición y que no por ello se han mantenido como verdades inamovibles. Recuerda, por ejemplo, la teoría geocéntrica, que fue criticada por Copérnico y por Galileo: En aquellos tiempos los nuevos planteamientos astronómicos provocaron un gran escándalo que llevó a las instituciones religiosas a tomar medidas represivas realmente graves. Pero, como tú bien sabes, todas estas medidas no sirvieron para demostrar nada en favor de las creencias tradicionales, y finalmente la doctrina heliocéntrica se impuso, a pesar de la tradición geocéntrica.
Con ello no quiero decir que debamos rechazar por sistema cualquier doctrina por el simple hecho de que pertenezca a la tradición, sino que no tenemos por qué renunciar al uso de la razón y de la experiencia a la hora de valorar la verdad o falsedad de cualquier teoría, pues no parece que dispongamos de otros medios más eficaces para aproximarnos a un conocimiento objetivo de la realidad, en el caso de que sea posible.
Por otra parte y en contra de esa tradición, hace más de dos mil años, Platón hacía referencia ya el carácter insobornable de los dioses y criticaba esa forma comercial de comprensión de la religión en la que se hacían sacrificios a los dioses a fin de comprar sus favores.
-Aunque me resulta algo difícil aceptar tus conclusiones, reconozco que al menos tienes razón en eso que defiendes, en que todo el mundo tiene derecho a replantearse el valor de cualquier teoría, por muy antigua que ésta sea. Sin embargo, todavía no he llegado a comprender tu razonamiento sobre el tema que estamos tratando, así que necesitaría una exposición más detallada para poder profundizar un poco más y opinar con un criterio mejor formado.
-Bien; trataré de presentar el asunto con mayor claridad. Como te decía, el núcleo del problema, tal como yo lo veo, se encuentra en el siguiente dilema: cuando uno hace una petición a Dios, como en el caso de las rogativas, o bien le pide que realice lo mejor (considerando que lo mejor en este caso sea que llueva), o bien le pide que realice algo que no es lo mejor.
La primera parte de la alternativa implicaría o bien una desconfianza hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque sea infinitamente bueno, o bien cierta ignorancia en asuntos de teología por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que realice aquello que necesariamente hará como consecuencia de su infinita bondad. Creo que lo que aquí sucede es que, de forma inconsciente al menos, los hombres se han creado una imagen antropomórfica de Dios; es decir, que del mismo modo que encontramos natural pedir favores a los poderosos porque confiamos en que nuestros halagos, súplicas y otras manifestaciones de respeto, admiración y sumisión hacia ellos podrán influir en que tengan hacia nosotros una disposición más favorable, así también se llega a creer que la mejor o peor disposición de Dios –o de los dioses- hacia el hombre depende también de las diversas súplicas y oraciones mediante las cuales el hombre le manifieste su respeto, su devoción y su amor.
Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría o bien algo así como tentar a Dios, rogándole que, al menos por una vez, dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valora personalmente como lo mejor para él, o bien de nuevo el desconocimiento de que todo lo que sucede es consecuencia de los planes de la “Divina Providencia”; en consecuencia parece que no tiene sentido pedirle a Dios que suceda lo que necesariamente sucederá como consecuencia de los planes de su inteligencia infinita, su omnipotencia y su bondad absoluta.
En fin, como ya te he dicho, me parece que en toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración existe un componente antropomórfico fundamental: Del mismo modo que el ser humano se conmueve por las súplicas, y sus propias decisiones pueden estar fuertemente condicionadas por ellas, en lugar de regirse exclusivamente por aquello que racionalmente considera mejor, se tiende a ver a Dios como un ser con las mismas debilidades humanas, como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, me parece que si, cuando uno rezase, fuera consciente de todas estas reflexiones, tendría que considerar la oración (en cuanto petición) como una ofensa a Dios -pues o bien supondría una desconfianza, o bien supondría una especie de deseo de tentar a Dios-, en lugar de verla como un acto piadoso. Además y como consecuencia de todo esto, estarían de sobra la mayor parte de ceremonias de las distintas religiones, así como la creencia de que, de vez en cuando, Dios hace milagros:
Sobrarían las ceremonias en las que se ruega a Dios por la salvación de alguien, en las que se ruega o suplica a Dios cualquier cosa, como la curación de una enfermedad, aprobar un examen sin haber estudiado, que nos toque la lotería o cualquier otra petición, por poca importancia que tuviese.
Tanto la misa, como el Padre Nuestro, como cualquier ceremonia religiosa están llenas de expresiones en las que lo fundamental se relaciona con oraciones en las que se pide a Dios el perdón de los pecados, la bienaventuranza eterna, la curación de los enfermos, la paz del mundo... ¿Qué sentido pueden tener esas peticiones? Si realmente son buenas, Dios –por su omnipotencia y bondad- no esperaría las súplicas de los hombres para concederlas, mientras que, si no lo son, pedirle a Dios que las conceda y que, en consecuencia, deje de hacer el auténtico bien, para hacer aquello que queramos pedirle nosotros, constituiría una especie de sacrilegio.
La verdad es que, eliminada la oración, no sé verdaderamente en qué podrían consistir las relaciones del hombre con Dios.
-Si la oración -al menos entendida como ruego o petición a Dios de cualquier supuesto bien- aparece como algo absurdo, tal vez podría tener sentido acudir a la iglesia para hablar con Dios.
-Pero, ¿qué se le podría decir que no supiese? ¿Quizá crees que su función sería la de agradecerle sus favores? Pero a Dios no le supone ningún esfuerzo el hacerlos; además, si los hace, no es porque el hombre se lo pida sino porque son la manifestación de su perfección, la cual exige que en todo momento obre de acuerdo con ella, tanto cuando parece que nos beneficia como cuando parece que nos perjudica. Dios hace siempre lo mejor y no podría hacer otra cosa porque su perfección le impide querer otra cosa que no sea lo mejor. Su propia perfección convierte en “necesarios” todos los actos que realiza “libremente”: Dios “podría” hacer el mal “si quisiera”, pero Dios no puede querer el mal, porque, por simple definición el bien es aquello que Dios quiere.
¿Qué misión podía seguir cumpliendo la Iglesia? ¿Qué misión cumplirían las relaciones entre Dios y los hombres?
-Tal vez el hombre necesita sentir que “alguien” le escucha y comparte sus preocupaciones –aunque no le responda-.
-En tal caso no nos encontraríamos con un diálogo sino con un monólogo en el que nuestra fantasía nos llevase a construir un personaje especial para sentirnos acompañados. Por otra parte, a fin de conseguir un equilibrio interior parece que da buen resultado dedicar cada día algún tiempo a la meditación para ordenar nuestras ideas, ser conscientes de los problemas que tenemos, tratar de pensar en la forma de darles solución, pensar en los objetivos que pretendemos alcanzar en nuestra vida y en una multitud de asuntos que siempre conviene replantearnos para dirigir nuestra vida en lugar de ser arrastrados por las circunstancias que podíamos haber previsto si hubiésemos dedicado un tiempo a reflexionar.
Pero todo eso podemos realizarlo sin necesidad de imaginarnos un interlocutor que responde a nuestras preguntas, aclara nuestras dudas o nos consuela de nuestras preocupaciones. Claro está, que, si, imaginando que hay un ser invisible que nos consuela, eso nos tranquiliza, en tal caso nos encontramos ante una opción personal que resolveremos en un sentido o en otro según cuál sea la fuerza de nuestra imaginación y su capacidad para ayudarnos a resolver nuestros problemas o a reflexionar sobre ellos.
-Te pido que me disculpes si por el momento me abstengo de seguir hablando sobre ese tema, pero, después de oírte, creo que mis ideas están algo confusas, así que necesito reflexionar para clarificarlas antes de llegar a una conclusión respecto al valor de tus observaciones. Debo reconocer que en lo que dices existe una lógica que, a simple vista, parece bastante convincente, pero necesito pensar algo más sobre esa cuestión, pues nunca antes me la había planteado.
-Espero no haberte molestado con mis propias reflexiones. Además, me parece muy bien que dejes pasar un tiempo para estudiar el asunto con calma, pues en muchas ocasiones nos dejamos llevar por argumentos precipitados –como podría ser el que te he presentado- y no tenemos en cuenta algunos aspectos del problema que tratamos hasta que de pronto nuestra cabeza, como si trabajase de forma inconsciente, de pronto nos presenta una nueva hipótesis o una nueva idea que podría servir para enfrentarnos a un problema desde una perspectiva nueva.
Por cierto, hablando con un compañero sobre esta misma cuestión, me dijo que el rezo por la salvación de un difunto no tiene como finalidad que Dios le libre del infierno que merecería si hubiera muerto en pecado mortal, sino la de pedirle a Dios que haya evitado aquella situación que le habría llevado a morir en tal estado
Pero, de acuerdo con esa respuesta, todo depende de la lotería de las circunstancias, del momento en que uno muera. Y Dios determinaría que uno muriese o no cuando se encontrase en pecado mortal como consecuencia de las oraciones y las misas de quienes pagasen por “la salvación del difunto”. Es decir, que el amor divino por sí mismo, a pesar de ser infinito, no bastaría para propiciar la salvación del difunto; haría falta que la voluntad divina fuera movida por las oraciones de quienes asisten y pagan las misas de difuntos.
En definitiva, parece que el poder y el amor divino infinito serían por sí mismos insuficientes para conceder la salvación, y, en consecuencia, haría falta además ese “empujón” representado por las oraciones humanas para conseguir la salvación del difunto.
Me parece que esta “solución” es un ejemplo más de lo que he estado criticando, pues implica creer que Dios sólo hace lo mejor si se lo pedimos o que no hace lo mejor, cuando le pedimos un favor que no coincide con aquello que es lo mejor. Esta solución sólo podría aceptarla aquél que hubiera pasado por alto el significado de las palabras “amor infinito” y “omnipotencia” y llegase a considerar que Dios necesita de los ruegos de los hombres para perdonar a quienes ama con ese amor infinito.
Simbolización y demostración de los enunciados principales y de la conclusión:
Equivalencias de los símbolos: La “x” es una “variable individual o argumento” y simboliza a cualquier individuo; “R” simboliza al predicado “rezar” como acción o cualidad propia del individuo “x”; el símbolo “É” equivale a la expresión condicional “si… entonces” o, para abreviar –aunque de modo algo inexacto- podríamos darle el significado “implica”; “P” simboliza “pedir a Dios que haga lo mejor”; el símbolo “ Ú ” equivale a la conjunción disyuntiva “o” –no excluyente-; y el símbolo “~” equivale a la negación de la expresión que le sigue; el símbolo “D” significa “Dios”; el símbolo “M” significa “hacer siempre lo mejor”; los símbolos “Ùx” es el cuantificador universal y significa “Para todo individuo x”.
Quien reza pide a Dios que haga lo que él desea
Quien desconfía de la perfección divina ofende a Dios.
Quien pide a Dios lo que él desea desconfía de la perfección divina.
Quien reza ofende a Dios.
Simbolización :
Ùx (Rx É Px)
Ùx (Dx É Ox)
Ùx (Px É Dx)
Ùx (Rx É Ox)
Demostración
1. Ùx (Rx É Px) Pr
2. Ùx (Dx É Ox) Pr
3. Ùx (Px É Dx) Pr
4. Ra É Pa RE Ù, 1
5. Da É Oa RE Ù, 2
6. Pa É Da RE Ù, 3
7. Ra É Da RTr. É, 4, 6
8. Ra É Oa RTr É, 7, 5.
9. Ùx (Rx É Ox) RI Ù, 8.
Al igual que la oración, tampoco la creencia en los milagros parece tener sentido; la creencia en ellos sólo se explicaría a partir del antropomorfismo de suponer que, de pronto y a última hora, Dios, de manera directa o por la mediación de su madre o de los santos, deshace los planes de sus leyes eternas y los rectifica para resolver un asunto particular que, al parecer, no supo prever [?] en la remota eternidad. De manera que esto supondría que o bien se equivocó cuando trazó sus planes primitivos, o bien se equivoca ahora cuando los modifica atendiendo a las súplicas de los hombres o dejándose llevar de la compasión, como si anteriormente no se le hubiera ocurrido tenerlas en cuenta. Ambos planteamientos contradicen la idea de la absoluta perfección divina y, por ello, resultan inaceptables.
Además, resulta asombroso que se atribuyan a Dios de manera especial aquellos milagros para cuya realización el creyente tiene que acudir a rezar a Lourdes, a Fátima o a cualquier otro lugar “especialmente sagrado”. Tal vez eso explicaría por qué los negros de África se mueren de hambre y enfermedades, ya que, si no tienen dinero ni para comer, ¿cómo van a poder trasladarse a Lourdes para ser “curados” de su hambre y de todas las enfermedades y miserias que pronto acaban con su vida?.
Relacionar la Religión con la Lógica parece algo atrevido por cuanto la tradición religiosa siempre ha tratado de escudarse en la fe más que en la Lógica y en la razón. Sin embargo, la defensa de la prioridad de la fe sobre la razón nos plantea ya el problema del porqué de esa prioridad, es decir, de la razón por la cual la misma razón debe someterse a la fe, de manera que el pretender dar una respuesta racional a esa pregunta ya implicaría una subordinación de la fe a la razón; por otra parte si se dice que la fe está por encima de la razón y se renuncia a dar una un porqué, una “razón”, en tal caso nos adentramos en un irracionalismo que podría servir para justificar cualquier tipo de fe -puesto que la fe no requeriría de justificación-. Por otra parte, el comienzo del evangelio de san Juan identifica a Dios con la Razón cuando dice: “In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum et Deus erat Verbum” ( “En el principio existía la Razón ( = palabra, discurso racional, razón), y la Razón estaba junto a Dios y Dios era la Razón”), y, en consecuencia, parece absurdo que haya que dejar de lado esa facultad cuando tratamos de explorar en cuestiones que tratan de Dios o de la religión.
Por ello, considerando esa identificación de la Razón con Dios, señalada por san Juan Evangelista y por otros pensadores cristianos, considero que, dejando de lado los problemas de rigor o falta de rigor intelectual que plantea la fe como afirmación de algo que, por definición, se desconoce, voy a analizar alguna cuestión religiosa desde el simple razonamiento personal y, a continuación, presentaré los resultados desde el punto de vista de su estructura lógica. Con ello pueden lograrse dos objetivos: en primer lugar, ver la importancia que tiene la Lógica para la clara exposición de nuestros razonamientos, y, en segundo lugar, aplicar esas estructuras lógicas para el esclarecimiento de diversos problemas, como, en este caso, uno o dos problemas relacionados con la religión.
Antes de continuar es conveniente señalar que la Lógica “por sí misma” no sirve para descubrir ninguna verdad material; su utilidad es la de extraer conclusiones que se infieren de determinados supuestos, utilizando reglas racionales que resultan evidentes o que se deducen de tales reglas evidentes, que utilizamos para tranformar o ir deduciendo nuevos enunciados a partir de otros que se nos presentan con una evidencia parecida a esa que buscaba Descartes (reglas como la del principio de contradicción, la del principio de identidad, la del “modus ponens”, la del “modus tollens”, las de De Morgan, las del dilema, las de inferencia de la alternativa, etc.). Ahora bien, si los supuestos de que partimos son verdaderos y además utilizamos correctamente las reglas de transformación, aplicándolas a tales supuestos, en tal caso la conclusión o conclusiones que lleguemos a inferir serán tan verdaderas como las verdades iniciales (premisas) de que partamos. Ésta es la mayor utilidad de la Lógica: la de que nos sirva como instrumento para esclarecer nuestros conocimientos inferidos para asegurarnos de que los pasos que hemos dado hasta llegar a ellos son el resultado de la correcta aplicación de las reglas de la razón.
Por ello, en primer lugar expondré una cuestión religiosa, sirviéndome del lenguaje corriente, y después trataré de extraer la “estructura lógica” que pueda haber en los razonamientos de esa exposición para ver si, en efecto, conducen a la conclusión obtenida mediante el diálogo o mediante una simple reflexión personal.
3.4. ¿Tiene sentido la oración?.-
He leído en el periódico que en un pueblo de Ciudad Real los vecinos están tan desesperados por la sequía tan larga que están padeciendo que han sacado en procesión la imagen de la Virgen para hacer rogativas. Las rogativas son unas procesiones en las que se saca en procesión la imagen de algún santo, de Cristo o de la Virgen y se le pide que mediante su poder realicen un milagro, que en esta ocasión era el que terminase la sequía y se pusiera a llover de una vez para que así acabase ya la calamidad económica por la que estaban atravesando.
Puede parecer natural que uno recurra a cualquier medio cuando se encuentra con un serio problema que no sabe cómo resolver, y, si Dios es omnipotente, ¿quién mejor que él para tratar de encontrar una ayuda? Pero, después de reflexionar un poco, me parece que hay una incongruencia en esta actitud. Según diversas creencias de muy distintas religiones, como la del cristianismo, Dios es omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno. Es decir, Dios puede hacerlo todo, sabe qué es lo mejor y, además, por su infinita bondad, siempre lo hace. En consecuencia, si Dios hace siempre lo mejor, no parece tener sentido pedirle que lo haga. Es más: creo que en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción interna en la doctrina cristiana, contradicción que sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuese.
Soy consciente de que la existencia de una larga tradición que ha defendido la creencia que critico, pero, a pesar de todo, el progreso histórico se ha producido en muchas ocasiones a partir de la crítica a determinadas opiniones que contaban con una larga tradición y que no por ello se han mantenido como verdades inamovibles; así, por ejemplo, la teoría geocéntrica, que fue criticada por Copérnico y por Galileo: En aquellos tiempos los nuevos planteamientos astronómicos provocaron un gran escándalo que llevó a las instituciones religiosas a tomar medidas represivas realmente graves, todas estas medidas no demostraron nada en favor de las creencias tradicionales, y finalmente la doctrina heliocéntrica se impuso, a pesar de esa larga tradición que defendía el geocentrismo. Con ello no quiero decir que debamos rechazar por sistema cualquier doctrina por el simple hecho de que pertenezca a la tradición, pero tampoco que debamos aceptarlo por ese mismo motivo; y, en definitiva, que no tenemos por qué renunciar al uso de la razón y de la experiencia a la hora de valorar la verdad o falsedad de cualquier teoría, pues no parece que dispongamos de otros medios más adecuados para aproximarnos a un conocimiento objetivo de la realidad, en el caso de que ese acercamiento sea posible. Por otra parte y en contra de esa tradición, Platón defendía ya, hace más de dos mil años, el carácter insobornable de los dioses y criticaba esa forma comercial de entender la religión en la que se hacían sacrificios a los dioses a fin de comprar sus favores.
El núcleo del problema se encuentra en el siguiente dilema: cuando uno hace una petición a Dios, como en el caso de las rogativas, o bien pide a Dios que realice lo mejor (considerando que lo mejor en este caso sea que llueva), o bien pide a Dios que realice algo que no es lo mejor.
La primera parte de la alternativa o bien implicaría una especie de desconfianza consciente o inconsciente hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque Él sea infinitamente bueno, o bien implicaría cierta ignorancia en asuntos de teología por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que realice aquello que necesariamente hará como consecuencia de su infinita bondad. Creo que lo que aquí sucede es que, de forma inconsciente al menos, los hombres se han creado una imagen antropomórfica de Dios; es decir, que del mismo modo que encontramos natural pedir favores a los poderosos porque confiamos en que nuestras súplicas y manifestaciones de respeto y sumisión podrán influir en que tengan hacia nosotros una disposición más favorable, así también los hombres han llegado a creer que la mejor o peor disposición de Dios hacia ellos depende también de las diversas súplicas y oraciones mediante las cuales le manifiesten su respeto, su adoración, su fidelidad y su amor. Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría algo así como tentar a Dios, rogándole que, al menos por una vez, dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valora personalmente como lo mejor para él.
Alguien podría objetar que, aunque Dios realiza siempre lo mejor, desea que el hombre se lo pida, pero parece absurdo tener que pedir lo que de antemano sabemos que necesariamente se ha de cumplir por ser lo mejor y por depender de Dios, que sólo se guía por ese principio. Además, suponer que Dios desea que el hombre le pida cualquier cosa supone de nuevo el regreso a esa interpretación antropomórfica de Dios, pues, si Dios es perfecto, lo tiene todo y sería una equivocación suponer en él la existencia de deseos, ya que sólo podría desearse lo que no se posee, de manera que suponer que Dios desee algo equivale a suponer que es imperfecto, ya que le faltaría aquello que se supone que desea.
Quizá alguien objetase que es el hecho de pedirle algo a Dios lo que convierte esa petición en algo bueno. Pero ya en el siglo XIV Guillermo de Ockam señaló que la bondad de cualquier realidad estaba subordinada a la omnipotencia divina; y, en consecuencia, que Dios había establecido el valor de las cosas no porque fueran buenas en sí mismas, sino que eran buenas porque Él así lo había establecido, de manera que no existía nada que fuera bueno en sí mismo y que sirviera de guía a la que tuvieran que someterse las decisiones divinas, pues en tal caso Dios no sería omnipotente, ya que, al estar subordinadas sus decisiones a ese supuesto bien absoluto, éste estaría por encima de Él, debiendo servirle de criterio para sus decisiones, y, en consecuencia, esa subordinación representaría una limitación a su supuesta omnipotencia.
Tomando, pues, como referencia estas observaciones de Ockam ¿no parece que si hacemos depender el bien de una acción del hecho de que el hombre la pida en ese caso estaremos negando la omnipotencia de Dios al subordinar su voluntad a un bien que lo es no porque Dios así lo decida, sino porque el hombre así lo quiera? Además, si se acepta ese planteamiento, en tal caso podría uno pedirle a Dios, por ejemplo, que matase a todos sus enemigos...¿acaso se convertiría en buena esa acción por el simple hecho de haberla pedido? Supongo que la respuesta es obvia. Por lo tanto, parece claro que el criterio de la bondad de una acción no puede encontrarse en el hecho de que el hombre la pida a Dios, sino que previamente dicha acción debe ya ser buena por ella misma o, como pretendía Ockam, porque el propio Dios lo haya decretado así.
Por eso en ocasiones nos encontramos con tipos de oraciones como las que dicen “Dios mío, si es bueno para mí o si es esa tu voluntad, cúrame de esta enfermedad”. Esto representa cierto avance, pero, como antes he dicho, tiene todavía el inconveniente de que en ella se le pide a Dios que haga lo que es bueno, como si el hecho de que lo haga o no pudiera depender del hecho de que uno se lo pidiera en lugar de ser una simple consecuencia de su absoluta bondad y perfección. Y pedirle que haga su voluntad está de sobra, pues ¿acaso no es una contradicción la idea de que pueda haber una diferencia entre la voluntad de Dios y sus decisiones? ¿Acaso podría hacer otra cosa que no fuera su voluntad?
En fin, me parece que debo insistir nuevamente en que en toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración existe un componente antropomórfico fundamental: Del mismo modo que el ser humano se conmueve por las súplicas, y sus decisiones pueden estar fuertemente condicionadas por ellas en lugar de regirse exclusivamente por aquello que racionalmente considera mejor, se tiende a ver a Dios como un ser con las mismas debilidades humanas, como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, me parece que si, cuando uno rezase, fuera consciente de todas estas reflexiones, tendría que considerar la oración (en cuanto petición) como una ofensa a Dios -pues o bien supondría una desconfianza, o bien una especie de deseo de tentar a Dios-, y, en cualquier caso, no tendría sentido verla como un acto piadoso.
visto desde la Lógica:
Si tenemos en cuenta que con la palabra “Dios” se pretende hacer referencia a un ser perfecto (omnipotencia, bondad, misericordia y amor infinitos) entonces parece evidente que la oración o bien significa un desconocimiento de estas cualidades divinas o bien un intento de sobornar a Dios para que deje de hacer lo perfecto para que realice aquello que se le pide. Quien reza o bien pide a Dios que haga lo mejor o bien le pide que haga algo distinto. Si le pide que haga lo mejor, demuestra que es un ignorante por desconocer que Dios, a causa de su perfección, hace siempre lo mejor sin necesidad de que nadie se lo pida, o bien desconfía de que vaya a hacerlo si él no se lo recuerda mediante sus oraciones. Si le pide que haga algo distinto, entonces ofende a Dios por pretender sobornarle.
En consecuencia, quien reza o bien es un ignorante o bien ofende a Dios
Símbolos: P = Pedir a Dios que haga lo mejor; I = Ser Ignorante (en asuntos teológicos); D = Desconfiar de Dios; O = Ofender a Dios.
Simbolización del argumento Demostración
Ùx [Rx É (Px Ú ~Px)] 1. Ùx [Rx É (Px Ú ~Px)] P
Ùx [Px É Ix Ú Dx)] 2. Ùx [Px É Ix Ú Dx)] P
Ùx (~Px É Ox) 3. Ùx (~Px É Ox) P
Ùx [Rx É [(Ix Ú Dx) Ú Ox)]] 4.Ra É (Pa Ú ~Pa) RE Ù, 1.
5. Pa É (Ia Ú Da) RE Ù, 2.
6. ~Px É Ox RE Ù, 3
é 7. Pa Ú ~Pa
½ é8. Pa
½ ë 9. Ia Ú Da RE É, 5, 7.
½ é10. ~Pa
½ ë11. Ox RE É, 6, 10.
ë 12. (Ia Ú Da) Ú Ox RE Ú, 4, 7, 8, 9,10,11.
13. (Pa Ú ~Pa) É [(Ia Ú Da) Ú Ox] RI É, 7, 12.
14. Ra É [(Ia Ú Da) Ú Ox] RTR É, 4, 13.
15. Ùx [Rx É [(Ix Ú Dx) Ú Ox)]] RI Ù, 14.
6. Pa É Da RE Ù, 3
1. Ùx (Rx É Px) Pr
2. Ùx (Dx É Ox) Pr
3. Ùx (Px É Dx) Pr
4. Ra É Pa RE Ù, 1
5. Da É Oa RE Ù, 2
6. Pa É Da RE Ù, 3
7. Ra É Da RTr. É, 4, 6
8. Ra É Oa RTr É, 7, 5.
9. Ùx (Rx É Ox) RI Ù, 8.
-He leído en el periódico que en un pueblo de Ciudad Real los vecinos estaban tan desesperados por la sequía tan larga que están padeciendo que han sacado en procesión la imagen de la Virgen para hacer “Rogativas”.
-¿Y en qué consiste eso?
-Pues se trata de unas procesiones en las que se pide a Dios, a la Virgen o a un santo –como mediadores ante Dios-, determinado favor, como en este caso el favor de la lluvia para que no se pierdan las cosechas.
-¡Qué costumbre tan curiosa!
-¿Por qué dices eso? A mí me parece natural que uno recurra a cualquier medio cuando se encuentra con un serio problema que no sabe cómo resolver. Y, si Dios es omnipotente, ¿quién mejor que él para tratar de encontrar una ayuda?
-Viendo así las cosas, lo que dices parece razonable. Pero, después de reflexionar un poco, me ha parecido encontrar una especie de incongruencia en este asunto.
-No sé a qué te refieres, pero, si quieres explicármelo, estoy dispuesto a escucharte.
-Pues verás: Según enseña la doctrina religiosa del cristianismo (y también la de otras religiones) Dios es omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno. Es decir, Dios puede hacerlo todo, sabe qué es lo mejor y, además, por su infinita bondad, siempre lo hace.
-Estoy de acuerdo contigo, pero, a pesar de todo, no acabo de ver qué problema encuentras en que la gente trate de ponerse en contacto con Dios para implorar su ayuda.
-Pues a mí me parece que está bastante claro. Lo que quiero decir es que, si Dios hace siempre lo mejor, no parece tener sentido pedirle que lo haga. Es más: creo que en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción interna en la doctrina cristiana, contradicción que sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuera.
-Me parece que lo que dices es poco claro y demasiado atrevido; creo que sacas conclusiones demasiado precipitadas a partir de razonamientos que, aunque en apariencia estén bien construidos, podrían ser insuficientes y tal vez algo superficiales. Además, creo que deberías tener en cuenta que los conceptos de oración y religión han estado siempre unidos a lo largo de la historia ¿No has pensado en que tal vez sea demasiado pretencioso creer que se pueda destruir con tanta facilidad el peso de esa larga tradición histórica? ¿Acaso crees que podría existir la religión al margen de la oración? La verdad es que respeto tus ideas igual que tú las mías, pero, si no las argumentas con mayor claridad, no puedo compartirlas.
-Comprendo que mis palabras te produzcan cierta desconfianza, pero espero que, con un poco de paciencia por tu parte y por la mía, conseguiré al menos hacerme entender, al margen de que finalmente coincidamos o no en nuestra respectivo enfoque de esta cuestión.
En primer lugar y respecto a mi enfrentamiento con esa larga tradición histórica, quiero aclararte que yo no pretendo enfrentarme con nadie, sino simplemente pensar con la mayor libertad posible y procurando ser riguroso en el uso de mi limitada inteligencia, siendo consciente de que puedo equivocarme como cualquier otra persona. Además, procuro tener en cuenta ese hecho que mencionas: soy consciente de que la existencia de una larga tradición que ha defendido una determinada creencia no puede ignorarse, pero, a pesar de todo, tú mismo sabes perfectamente que el progreso histórico se ha producido en muchas ocasiones a partir de la crítica a determinadas opiniones que contaban con una larga tradición y que no por ello se han mantenido como verdades inamovibles. Recuerda, por ejemplo, la teoría geocéntrica, que fue criticada por Copérnico y por Galileo: En aquellos tiempos los nuevos planteamientos astronómicos provocaron un gran escándalo que llevó a las instituciones religiosas a tomar medidas represivas realmente graves. Pero, como tú bien sabes, todas estas medidas no sirvieron para demostrar nada en favor de las creencias tradicionales, y finalmente la doctrina heliocéntrica se impuso, a pesar de la tradición geocéntrica.
Con ello no quiero decir que debamos rechazar por sistema cualquier doctrina por el simple hecho de que pertenezca a la tradición, sino que no tenemos por qué renunciar al uso de la razón y de la experiencia a la hora de valorar la verdad o falsedad de cualquier teoría, pues no parece que dispongamos de otros medios más eficaces para aproximarnos a un conocimiento objetivo de la realidad, en el caso de que sea posible.
Por otra parte y en contra de esa tradición, hace más de dos mil años, Platón hacía referencia ya el carácter insobornable de los dioses y criticaba esa forma comercial de comprensión de la religión en la que se hacían sacrificios a los dioses a fin de comprar sus favores.
-Aunque me resulta algo difícil aceptar tus conclusiones, reconozco que al menos tienes razón en eso que defiendes, en que todo el mundo tiene derecho a replantearse el valor de cualquier teoría, por muy antigua que ésta sea. Sin embargo, todavía no he llegado a comprender tu razonamiento sobre el tema que estamos tratando, así que necesitaría una exposición más detallada para poder profundizar un poco más y opinar con un criterio mejor formado.
-Bien; trataré de presentar el asunto con mayor claridad. Como te decía, el núcleo del problema, tal como yo lo veo, se encuentra en el siguiente dilema: cuando uno hace una petición a Dios, como en el caso de las rogativas, o bien le pide que realice lo mejor (considerando que lo mejor en este caso sea que llueva), o bien le pide que realice algo que no es lo mejor.
La primera parte de la alternativa implicaría o bien una desconfianza hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque sea infinitamente bueno, o bien cierta ignorancia en asuntos de teología por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que realice aquello que necesariamente hará como consecuencia de su infinita bondad. Creo que lo que aquí sucede es que, de forma inconsciente al menos, los hombres se han creado una imagen antropomórfica de Dios; es decir, que del mismo modo que encontramos natural pedir favores a los poderosos porque confiamos en que nuestros halagos, súplicas y otras manifestaciones de respeto, admiración y sumisión hacia ellos podrán influir en que tengan hacia nosotros una disposición más favorable, así también se llega a creer que la mejor o peor disposición de Dios –o de los dioses- hacia el hombre depende también de las diversas súplicas y oraciones mediante las cuales el hombre le manifieste su respeto, su devoción y su amor.
Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría o bien algo así como tentar a Dios, rogándole que, al menos por una vez, dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valora personalmente como lo mejor para él, o bien de nuevo el desconocimiento de que todo lo que sucede es consecuencia de los planes de la “Divina Providencia”; en consecuencia parece que no tiene sentido pedirle a Dios que suceda lo que necesariamente sucederá como consecuencia de los planes de su inteligencia infinita, su omnipotencia y su bondad absoluta.
En fin, como ya te he dicho, me parece que en toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración existe un componente antropomórfico fundamental: Del mismo modo que el ser humano se conmueve por las súplicas, y sus propias decisiones pueden estar fuertemente condicionadas por ellas, en lugar de regirse exclusivamente por aquello que racionalmente considera mejor, se tiende a ver a Dios como un ser con las mismas debilidades humanas, como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, me parece que si, cuando uno rezase, fuera consciente de todas estas reflexiones, tendría que considerar la oración (en cuanto petición) como una ofensa a Dios -pues o bien supondría una desconfianza, o bien supondría una especie de deseo de tentar a Dios-, en lugar de verla como un acto piadoso. Además y como consecuencia de todo esto, estarían de sobra la mayor parte de ceremonias de las distintas religiones, así como la creencia de que, de vez en cuando, Dios hace milagros:
Sobrarían las ceremonias en las que se ruega a Dios por la salvación de alguien, en las que se ruega o suplica a Dios cualquier cosa, como la curación de una enfermedad, aprobar un examen sin haber estudiado, que nos toque la lotería o cualquier otra petición, por poca importancia que tuviese.
Tanto la misa, como el Padre Nuestro, como cualquier ceremonia religiosa están llenas de expresiones en las que lo fundamental se relaciona con oraciones en las que se pide a Dios el perdón de los pecados, la bienaventuranza eterna, la curación de los enfermos, la paz del mundo... ¿Qué sentido pueden tener esas peticiones? Si realmente son buenas, Dios –por su omnipotencia y bondad- no esperaría las súplicas de los hombres para concederlas, mientras que, si no lo son, pedirle a Dios que las conceda y que, en consecuencia, deje de hacer el auténtico bien, para hacer aquello que queramos pedirle nosotros, constituiría una especie de sacrilegio.
La verdad es que, eliminada la oración, no sé verdaderamente en qué podrían consistir las relaciones del hombre con Dios.
-Si la oración -al menos entendida como ruego o petición a Dios de cualquier supuesto bien- aparece como algo absurdo, tal vez podría tener sentido acudir a la iglesia para hablar con Dios.
-Pero, ¿qué se le podría decir que no supiese? ¿Quizá crees que su función sería la de agradecerle sus favores? Pero a Dios no le supone ningún esfuerzo el hacerlos; además, si los hace, no es porque el hombre se lo pida sino porque son la manifestación de su perfección, la cual exige que en todo momento obre de acuerdo con ella, tanto cuando parece que nos beneficia como cuando parece que nos perjudica. Dios hace siempre lo mejor y no podría hacer otra cosa porque su perfección le impide querer otra cosa que no sea lo mejor. Su propia perfección convierte en “necesarios” todos los actos que realiza “libremente”: Dios “podría” hacer el mal “si quisiera”, pero Dios no puede querer el mal, porque, por simple definición el bien es aquello que Dios quiere.
¿Qué misión podía seguir cumpliendo la Iglesia? ¿Qué misión cumplirían las relaciones entre Dios y los hombres?
-Tal vez el hombre necesita sentir que “alguien” le escucha y comparte sus preocupaciones –aunque no le responda-.
-En tal caso no nos encontraríamos con un diálogo sino con un monólogo en el que nuestra fantasía nos llevase a construir un personaje especial para sentirnos acompañados. Por otra parte, a fin de conseguir un equilibrio interior parece que da buen resultado dedicar cada día algún tiempo a la meditación para ordenar nuestras ideas, ser conscientes de los problemas que tenemos, tratar de pensar en la forma de darles solución, pensar en los objetivos que pretendemos alcanzar en nuestra vida y en una multitud de asuntos que siempre conviene replantearnos para dirigir nuestra vida en lugar de ser arrastrados por las circunstancias que podíamos haber previsto si hubiésemos dedicado un tiempo a reflexionar.
Pero todo eso podemos realizarlo sin necesidad de imaginarnos un interlocutor que responde a nuestras preguntas, aclara nuestras dudas o nos consuela de nuestras preocupaciones. Claro está, que, si, imaginando que hay un ser invisible que nos consuela, eso nos tranquiliza, en tal caso nos encontramos ante una opción personal que resolveremos en un sentido o en otro según cuál sea la fuerza de nuestra imaginación y su capacidad para ayudarnos a resolver nuestros problemas o a reflexionar sobre ellos.
-Te pido que me disculpes si por el momento me abstengo de seguir hablando sobre ese tema, pero, después de oírte, creo que mis ideas están algo confusas, así que necesito reflexionar para clarificarlas antes de llegar a una conclusión respecto al valor de tus observaciones. Debo reconocer que en lo que dices existe una lógica que, a simple vista, parece bastante convincente, pero necesito pensar algo más sobre esa cuestión, pues nunca antes me la había planteado.
-Espero no haberte molestado con mis propias reflexiones. Además, me parece muy bien que dejes pasar un tiempo para estudiar el asunto con calma, pues en muchas ocasiones nos dejamos llevar por argumentos precipitados –como podría ser el que te he presentado- y no tenemos en cuenta algunos aspectos del problema que tratamos hasta que de pronto nuestra cabeza, como si trabajase de forma inconsciente, de pronto nos presenta una nueva hipótesis o una nueva idea que podría servir para enfrentarnos a un problema desde una perspectiva nueva.
Por cierto, hablando con un compañero sobre esta misma cuestión, me dijo que el rezo por la salvación de un difunto no tiene como finalidad que Dios le libre del infierno que merecería si hubiera muerto en pecado mortal, sino la de pedirle a Dios que haya evitado aquella situación que le habría llevado a morir en tal estado
Pero, de acuerdo con esa respuesta, todo depende de la lotería de las circunstancias, del momento en que uno muera. Y Dios determinaría que uno muriese o no cuando se encontrase en pecado mortal como consecuencia de las oraciones y las misas de quienes pagasen por “la salvación del difunto”. Es decir, que el amor divino por sí mismo, a pesar de ser infinito, no bastaría para propiciar la salvación del difunto; haría falta que la voluntad divina fuera movida por las oraciones de quienes asisten y pagan las misas de difuntos.
En definitiva, parece que el poder y el amor divino infinito serían por sí mismos insuficientes para conceder la salvación, y, en consecuencia, haría falta además ese “empujón” representado por las oraciones humanas para conseguir la salvación del difunto.
Me parece que esta “solución” es un ejemplo más de lo que he estado criticando, pues implica creer que Dios sólo hace lo mejor si se lo pedimos o que no hace lo mejor, cuando le pedimos un favor que no coincide con aquello que es lo mejor. Esta solución sólo podría aceptarla aquél que hubiera pasado por alto el significado de las palabras “amor infinito” y “omnipotencia” y llegase a considerar que Dios necesita de los ruegos de los hombres para perdonar a quienes ama con ese amor infinito.
Simbolización y demostración de los enunciados principales y de la conclusión:
Equivalencias de los símbolos: La “x” es una “variable individual o argumento” y simboliza a cualquier individuo; “R” simboliza al predicado “rezar” como acción o cualidad propia del individuo “x”; el símbolo “É” equivale a la expresión condicional “si… entonces” o, para abreviar –aunque de modo algo inexacto- podríamos darle el significado “implica”; “P” simboliza “pedir a Dios que haga lo mejor”; el símbolo “ Ú ” equivale a la conjunción disyuntiva “o” –no excluyente-; y el símbolo “~” equivale a la negación de la expresión que le sigue; el símbolo “D” significa “Dios”; el símbolo “M” significa “hacer siempre lo mejor”; los símbolos “Ùx” es el cuantificador universal y significa “Para todo individuo x”.
Quien reza pide a Dios que haga lo que él desea
Quien desconfía de la perfección divina ofende a Dios.
Quien pide a Dios lo que él desea desconfía de la perfección divina.
Quien reza ofende a Dios.
Simbolización :
Ùx (Rx É Px)
Ùx (Dx É Ox)
Ùx (Px É Dx)
Ùx (Rx É Ox)
Demostración
1. Ùx (Rx É Px) Pr
2. Ùx (Dx É Ox) Pr
3. Ùx (Px É Dx) Pr
4. Ra É Pa RE Ù, 1
5. Da É Oa RE Ù, 2
6. Pa É Da RE Ù, 3
7. Ra É Da RTr. É, 4, 6
8. Ra É Oa RTr É, 7, 5.
9. Ùx (Rx É Ox) RI Ù, 8.
Al igual que la oración, tampoco la creencia en los milagros parece tener sentido; la creencia en ellos sólo se explicaría a partir del antropomorfismo de suponer que, de pronto y a última hora, Dios, de manera directa o por la mediación de su madre o de los santos, deshace los planes de sus leyes eternas y los rectifica para resolver un asunto particular que, al parecer, no supo prever [?] en la remota eternidad. De manera que esto supondría que o bien se equivocó cuando trazó sus planes primitivos, o bien se equivoca ahora cuando los modifica atendiendo a las súplicas de los hombres o dejándose llevar de la compasión, como si anteriormente no se le hubiera ocurrido tenerlas en cuenta. Ambos planteamientos contradicen la idea de la absoluta perfección divina y, por ello, resultan inaceptables.
Además, resulta asombroso que se atribuyan a Dios de manera especial aquellos milagros para cuya realización el creyente tiene que acudir a rezar a Lourdes, a Fátima o a cualquier otro lugar “especialmente sagrado”. Tal vez eso explicaría por qué los negros de África se mueren de hambre y enfermedades, ya que, si no tienen dinero ni para comer, ¿cómo van a poder trasladarse a Lourdes para ser “curados” de su hambre y de todas las enfermedades y miserias que pronto acaban con su vida?.
Relacionar la Religión con la Lógica parece algo atrevido por cuanto la tradición religiosa siempre ha tratado de escudarse en la fe más que en la Lógica y en la razón. Sin embargo, la defensa de la prioridad de la fe sobre la razón nos plantea ya el problema del porqué de esa prioridad, es decir, de la razón por la cual la misma razón debe someterse a la fe, de manera que el pretender dar una respuesta racional a esa pregunta ya implicaría una subordinación de la fe a la razón; por otra parte si se dice que la fe está por encima de la razón y se renuncia a dar una un porqué, una “razón”, en tal caso nos adentramos en un irracionalismo que podría servir para justificar cualquier tipo de fe -puesto que la fe no requeriría de justificación-. Por otra parte, el comienzo del evangelio de san Juan identifica a Dios con la Razón cuando dice: “In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum et Deus erat Verbum” ( “En el principio existía la Razón ( = palabra, discurso racional, razón), y la Razón estaba junto a Dios y Dios era la Razón”), y, en consecuencia, parece absurdo que haya que dejar de lado esa facultad cuando tratamos de explorar en cuestiones que tratan de Dios o de la religión.
Por ello, considerando esa identificación de la Razón con Dios, señalada por san Juan Evangelista y por otros pensadores cristianos, considero que, dejando de lado los problemas de rigor o falta de rigor intelectual que plantea la fe como afirmación de algo que, por definición, se desconoce, voy a analizar alguna cuestión religiosa desde el simple razonamiento personal y, a continuación, presentaré los resultados desde el punto de vista de su estructura lógica. Con ello pueden lograrse dos objetivos: en primer lugar, ver la importancia que tiene la Lógica para la clara exposición de nuestros razonamientos, y, en segundo lugar, aplicar esas estructuras lógicas para el esclarecimiento de diversos problemas, como, en este caso, uno o dos problemas relacionados con la religión.
Antes de continuar es conveniente señalar que la Lógica “por sí misma” no sirve para descubrir ninguna verdad material; su utilidad es la de extraer conclusiones que se infieren de determinados supuestos, utilizando reglas racionales que resultan evidentes o que se deducen de tales reglas evidentes, que utilizamos para tranformar o ir deduciendo nuevos enunciados a partir de otros que se nos presentan con una evidencia parecida a esa que buscaba Descartes (reglas como la del principio de contradicción, la del principio de identidad, la del “modus ponens”, la del “modus tollens”, las de De Morgan, las del dilema, las de inferencia de la alternativa, etc.). Ahora bien, si los supuestos de que partimos son verdaderos y además utilizamos correctamente las reglas de transformación, aplicándolas a tales supuestos, en tal caso la conclusión o conclusiones que lleguemos a inferir serán tan verdaderas como las verdades iniciales (premisas) de que partamos. Ésta es la mayor utilidad de la Lógica: la de que nos sirva como instrumento para esclarecer nuestros conocimientos inferidos para asegurarnos de que los pasos que hemos dado hasta llegar a ellos son el resultado de la correcta aplicación de las reglas de la razón.
Por ello, en primer lugar expondré una cuestión religiosa, sirviéndome del lenguaje corriente, y después trataré de extraer la “estructura lógica” que pueda haber en los razonamientos de esa exposición para ver si, en efecto, conducen a la conclusión obtenida mediante el diálogo o mediante una simple reflexión personal.
3.4. ¿Tiene sentido la oración?.-
He leído en el periódico que en un pueblo de Ciudad Real los vecinos están tan desesperados por la sequía tan larga que están padeciendo que han sacado en procesión la imagen de la Virgen para hacer rogativas. Las rogativas son unas procesiones en las que se saca en procesión la imagen de algún santo, de Cristo o de la Virgen y se le pide que mediante su poder realicen un milagro, que en esta ocasión era el que terminase la sequía y se pusiera a llover de una vez para que así acabase ya la calamidad económica por la que estaban atravesando.
Puede parecer natural que uno recurra a cualquier medio cuando se encuentra con un serio problema que no sabe cómo resolver, y, si Dios es omnipotente, ¿quién mejor que él para tratar de encontrar una ayuda? Pero, después de reflexionar un poco, me parece que hay una incongruencia en esta actitud. Según diversas creencias de muy distintas religiones, como la del cristianismo, Dios es omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno. Es decir, Dios puede hacerlo todo, sabe qué es lo mejor y, además, por su infinita bondad, siempre lo hace. En consecuencia, si Dios hace siempre lo mejor, no parece tener sentido pedirle que lo haga. Es más: creo que en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción interna en la doctrina cristiana, contradicción que sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuese.
Soy consciente de que la existencia de una larga tradición que ha defendido la creencia que critico, pero, a pesar de todo, el progreso histórico se ha producido en muchas ocasiones a partir de la crítica a determinadas opiniones que contaban con una larga tradición y que no por ello se han mantenido como verdades inamovibles; así, por ejemplo, la teoría geocéntrica, que fue criticada por Copérnico y por Galileo: En aquellos tiempos los nuevos planteamientos astronómicos provocaron un gran escándalo que llevó a las instituciones religiosas a tomar medidas represivas realmente graves, todas estas medidas no demostraron nada en favor de las creencias tradicionales, y finalmente la doctrina heliocéntrica se impuso, a pesar de esa larga tradición que defendía el geocentrismo. Con ello no quiero decir que debamos rechazar por sistema cualquier doctrina por el simple hecho de que pertenezca a la tradición, pero tampoco que debamos aceptarlo por ese mismo motivo; y, en definitiva, que no tenemos por qué renunciar al uso de la razón y de la experiencia a la hora de valorar la verdad o falsedad de cualquier teoría, pues no parece que dispongamos de otros medios más adecuados para aproximarnos a un conocimiento objetivo de la realidad, en el caso de que ese acercamiento sea posible. Por otra parte y en contra de esa tradición, Platón defendía ya, hace más de dos mil años, el carácter insobornable de los dioses y criticaba esa forma comercial de entender la religión en la que se hacían sacrificios a los dioses a fin de comprar sus favores.
El núcleo del problema se encuentra en el siguiente dilema: cuando uno hace una petición a Dios, como en el caso de las rogativas, o bien pide a Dios que realice lo mejor (considerando que lo mejor en este caso sea que llueva), o bien pide a Dios que realice algo que no es lo mejor.
La primera parte de la alternativa o bien implicaría una especie de desconfianza consciente o inconsciente hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque Él sea infinitamente bueno, o bien implicaría cierta ignorancia en asuntos de teología por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que realice aquello que necesariamente hará como consecuencia de su infinita bondad. Creo que lo que aquí sucede es que, de forma inconsciente al menos, los hombres se han creado una imagen antropomórfica de Dios; es decir, que del mismo modo que encontramos natural pedir favores a los poderosos porque confiamos en que nuestras súplicas y manifestaciones de respeto y sumisión podrán influir en que tengan hacia nosotros una disposición más favorable, así también los hombres han llegado a creer que la mejor o peor disposición de Dios hacia ellos depende también de las diversas súplicas y oraciones mediante las cuales le manifiesten su respeto, su adoración, su fidelidad y su amor. Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría algo así como tentar a Dios, rogándole que, al menos por una vez, dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valora personalmente como lo mejor para él.
Alguien podría objetar que, aunque Dios realiza siempre lo mejor, desea que el hombre se lo pida, pero parece absurdo tener que pedir lo que de antemano sabemos que necesariamente se ha de cumplir por ser lo mejor y por depender de Dios, que sólo se guía por ese principio. Además, suponer que Dios desea que el hombre le pida cualquier cosa supone de nuevo el regreso a esa interpretación antropomórfica de Dios, pues, si Dios es perfecto, lo tiene todo y sería una equivocación suponer en él la existencia de deseos, ya que sólo podría desearse lo que no se posee, de manera que suponer que Dios desee algo equivale a suponer que es imperfecto, ya que le faltaría aquello que se supone que desea.
Quizá alguien objetase que es el hecho de pedirle algo a Dios lo que convierte esa petición en algo bueno. Pero ya en el siglo XIV Guillermo de Ockam señaló que la bondad de cualquier realidad estaba subordinada a la omnipotencia divina; y, en consecuencia, que Dios había establecido el valor de las cosas no porque fueran buenas en sí mismas, sino que eran buenas porque Él así lo había establecido, de manera que no existía nada que fuera bueno en sí mismo y que sirviera de guía a la que tuvieran que someterse las decisiones divinas, pues en tal caso Dios no sería omnipotente, ya que, al estar subordinadas sus decisiones a ese supuesto bien absoluto, éste estaría por encima de Él, debiendo servirle de criterio para sus decisiones, y, en consecuencia, esa subordinación representaría una limitación a su supuesta omnipotencia.
Tomando, pues, como referencia estas observaciones de Ockam ¿no parece que si hacemos depender el bien de una acción del hecho de que el hombre la pida en ese caso estaremos negando la omnipotencia de Dios al subordinar su voluntad a un bien que lo es no porque Dios así lo decida, sino porque el hombre así lo quiera? Además, si se acepta ese planteamiento, en tal caso podría uno pedirle a Dios, por ejemplo, que matase a todos sus enemigos...¿acaso se convertiría en buena esa acción por el simple hecho de haberla pedido? Supongo que la respuesta es obvia. Por lo tanto, parece claro que el criterio de la bondad de una acción no puede encontrarse en el hecho de que el hombre la pida a Dios, sino que previamente dicha acción debe ya ser buena por ella misma o, como pretendía Ockam, porque el propio Dios lo haya decretado así.
Por eso en ocasiones nos encontramos con tipos de oraciones como las que dicen “Dios mío, si es bueno para mí o si es esa tu voluntad, cúrame de esta enfermedad”. Esto representa cierto avance, pero, como antes he dicho, tiene todavía el inconveniente de que en ella se le pide a Dios que haga lo que es bueno, como si el hecho de que lo haga o no pudiera depender del hecho de que uno se lo pidiera en lugar de ser una simple consecuencia de su absoluta bondad y perfección. Y pedirle que haga su voluntad está de sobra, pues ¿acaso no es una contradicción la idea de que pueda haber una diferencia entre la voluntad de Dios y sus decisiones? ¿Acaso podría hacer otra cosa que no fuera su voluntad?
En fin, me parece que debo insistir nuevamente en que en toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración existe un componente antropomórfico fundamental: Del mismo modo que el ser humano se conmueve por las súplicas, y sus decisiones pueden estar fuertemente condicionadas por ellas en lugar de regirse exclusivamente por aquello que racionalmente considera mejor, se tiende a ver a Dios como un ser con las mismas debilidades humanas, como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, me parece que si, cuando uno rezase, fuera consciente de todas estas reflexiones, tendría que considerar la oración (en cuanto petición) como una ofensa a Dios -pues o bien supondría una desconfianza, o bien una especie de deseo de tentar a Dios-, y, en cualquier caso, no tendría sentido verla como un acto piadoso.
Señores del Constitucional:
¡DIMITAN, por favor!
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
La Federación Estatal de Profesores de Enseñaza Religiosa (FEPER) ha opinado que el Tribunal Constitucional, con su sentencia de ayer, ha demostrado tener un "desconocimiento total" de la situación de estos docentes, a los que confunde "con sacerdotes o monjas". Su vicepresidente, Luis Guridi, ha expresado su respeto por las decisiones judiciales aunque ha discrepado "absolutamente" del fallo del alto tribunal sobre el caso de la profesora María del Carmen Galayo Macías, despedida por estar separada y vivir en la actualidad con su nueva pareja. La sentencia confirmó a la Iglesia la potestad de designar y destituir a los profesores basándose no sólo en sus conocimientos, sino también en su conducta. La propia Galayo Macías se ha mostrado "indignada".
• El Constitucional avala el despido de docentes de religión por su vida privada
• El cardenal Rouco tacha de "calvario" el conflicto con el Gobierno por la religión
Galayo, una de los 17.000 profesores contratados y pagados por el Estado a petición del episcopado, prestó servicios como docente de religión católica en diversos centros públicos de Primaria en Canarias desde el curso 1990/1991. En octubre de 2000, las autoridades eclesiásticas de las islas decidieron no renovar el contrato de esta profesora por mantener una relación afectiva con un hombre que no era su marido, del que se había separado previamente. La profesorá recurrió a la Justicia y fue el Tribunal Superior de Justicia de Canarias (TSJC) quien planteó en 2002 al Constitucional una posible contradicción entre los Acuerdos Iglesia-Estado de 1979 y la Constitución Española de 1978 en lo referente al régimen laboral de los profesores de Religión católica en la enseñanza pública.
"En la época de la Inquisición"
Ayer, el Constitucional desestimó la cuestión de inconstitucionalidad del TSJC. Su argumento es que la enseñanza religiosa va más allá de la transmisión de conocimientos y, por tanto, la capacitación para impartirla "puede implicar exigencias" que desborden las limitaciones de una empresa al uso. El auto dice que los docentes deben destacar "por el testimonio de vida cristiana" y que su elección ha de efectuarse entre los declarados "idóneos" por la Iglesia. Tras conocer el fallo, la profesora canaria está "indignada". "Parece que estamos en la época de la Inquisición porque si te separas, te vas de copas, tienes un hijo soltera o te afilias a un sindicato, te retiran la idoneidad", ha dicho.
En respuesta a la sentencia, la FEPER ha anunciado que seguirá "luchando" contra estas injusticias y que recurrirá el fallo en España y ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Para Guridi, el Constitucional "se ha equivocado totalmente" porque confunde a los profesores de religión "con sacerdotes o monjas", cuando estos docentes no tienen voto de obediencia a los obispos y además son "mayoritariamente laicos o seglares". Según Guridi, la misión de los profesores de religión no es dar catequesis o adoctrinar a los alumnos sino "decir lo que la Iglesia piensa".
"Un paso más al talibanismo católico"
Además, ha observado que el fallono ha tenido en cuenta la ley que se aprobó el pasado año y que estableció que los profesores de religión se rigen por el Estatuto de los Trabajadores. El vicepresidente ha cirticado este fallo porque, a su juicio, va a ser "un paso más hacia el talibanismo católico absoluto y repugnante", al tiempo que ha comparado la situación actual con el "nacionalcatolicismo" de los años 40 y 50. "No podemos seguir en un Estado aconfesional con leyes del nacionalcatolicismo", ha añadido.
Guridi ha asegurado que la potestad que tienen las autoridades eclesiásticas de participar en la propuesta de los profesores de religión se ha transformado en "privilegio" y que este privilegio se ha convertido "en ley". En este mismo sentido se ha pronunciado la Confederación Española de Asociaciones de Padres de Alumnos. Su su presidenta, Lola Abelló, ha considerado "abusivo que la Iglesia tenga toda la capacidad de decidir no sólo sobre el trabajo, sino sobre la vida de unos profesores de religión que además están pagados por el Estado". La Alianza Evangélica Española también ha criticado la sentencia al considerar que "crea un grave precedente".
Yendo más allá que la propia sentencia, el grupo parlamentario de IU-ICV ha instado al Gobierno a que revoque los acuerdos pactados con la Iglesia. En el lado contrario, la Federación Estatal de Religiosos de Enseñanza-Centros Concertadosy Educación y Gestión han mostrado su satisfacción porque entienden que impartir la materia confesional precisa tener una "cierta coherencia" con lo que se está transmitiendo. El obispo de Málaga y presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, Antonio Dorado Soto, ha afirmado que el Constitucional "ha tardado en responder", pero que finalmente ha resuelto "a favor de la Iglesia".
En teoría y desde hace algún tiempo vivimos en un sistema democrático. La democracia nos exige respetar nuestras leyes e instituciones, pero no tenemos otra ley más esencial que la representada por la Constitución Española. Sin embargo en estos momentos nos encontramos ante la sombría paradoja de que algunos miembros de la institución que debía velar por el cumplimiento de nuestra Carta Magna parecen burlarse de ella “fallando” en contra del espíritu y de la letra de la dicha ley.
En efecto el Tribunal Constitucional acaba de fallar inconstitucionalmente en el caso de la profesora……. y, por ello, como ciudadanos que debemos defender nuestra democracia, obraríamos mal callando ante esta gravísima situación, y en consecuencia debemos exigir la dimisión de todos aquellos miembros de dicho tribunal que hayan vulnerado la Constitución de manera tan flagrante e incompetente.
Parecía que a través de la LOE aprobada por el Parlamento se lograba cierto avance en la recuperación de la libertad respecto al Vaticano, pero se ha quedado muy lejos de librarse de sus cadenas, pues
a) sigue aceptando que la enseñanza de la Religión se realice como adoctrinamiento dogmático.
Pero tal adoctrinamiento equivale a inculcar doctrinas de un modo ajeno al de la exposición de su intrínseca racionalidad, y por ello la LOE debería haber desterrado de nuestros centros educativos cualquier forma de enseñanza realizada desde esa perspectiva anti-racional, pues, lejos de contribuir a la formación del alumnado, representa un serio obstáculo para su desarrollo intelectual, que nunca debería consistir en un martilleo mental por el que se tratase de inculcarle la sumisa aceptación de dogmas o misterios a partir de la supuesta autoridad de nadie ni a partir de un acto de fe en sus palabras que comenzase con la negación del valor de la propia razón.
Por ello, en contra del adoctrinamiento, la LOE debería haber fomentado el desarrollo de la capacidad crítica del alumnado y debería haber exigido que la enseñanza de la Religión se hiciese de un modo descriptivo, analítico y crítico y no desde la perspectiva que proclama gratuitamente la verdad de unas doctrinas que, por definición, no pueden ser demostradas por tratarse de “dogmas” o “misterios”
Si a la Iglesia la guiasen intereses realmente formativos, debería haber comprendido que la exposición de la doctrina cristiana podía realizarse perfectamente al margen de cuáles fueran las creencias del profesor que la explicase, del mismo modo que el profesor de lengua y cultura griegas puede exponer adecuadamente la antigua religión helénica al margen de que siga creyendo o no en los dioses del Olimpo.
Esperemos al menos que el Gobierno no ceda a las presiones del Vaticano y no permita que ese adoctrinamiento cuente como un mérito en el expediente del alumno –a no ser como mérito para ingresar en un convento-. Lo contrario sería el colmo del absurdo: Se premiaría a los alumnos que hubiesen asumido borreguilmente la doctrina de que deben anular su razón para someterse ciegamente a las consignas de sus “pastores”.
b) sigue permitiendo que la jerarquía católica se encargue del nombramiento del profesorado de Religión.
(No parece que haya coherencia entre la LOE y el acuerdo Iglesia Estado de 1979).
Según el nefasto acuerdo de 1979 sobre enseñanza entre el Estado español y el Vaticano, la designación del profesorado de Religión se realiza a partir de las propuestas de los obispos, quienes cada curso comunican al gobierno los nombres de profesores y personas que consideran competentes para dicha enseñanza (Acuerdo, Art. III). Como consecuencia de este acuerdo, el profesorado de Religión se encuentra en una situación de gravísima precariedad porque su nombramiento no depende de criterios objetivos sino de la decisión del obispo, que puede dejarle sin trabajo por motivos ajenos a los del cumplimiento de su labor profesional.
Para remediar esta injusta situación el Estado, además de denunciar su acuerdo anticonstitucional de 1979 con el Vaticano, debería ser respetuoso con la Constitución española y con el Estatuto de los Trabajadores protegiendo con ambos instrumentos jurídicos al colectivo de profesores de Religión frente al despotismo de la Jerarquía católica, que sólo pretende mantener y ampliar su poder sobre la sociedad y que además tiene la desvergüenza de querer mantener este privilegio a pesar de que no es ella ni el Vaticano quien paga a este profesorado sino el conjunto de todos los españoles, sean o no católicos.
A pesar de todo, en relación con la situación laboral de este colectivo de profesores, la LOE representa avance importante por cuanto señala que el nombramiento de los profesores se “renovará automáticamente” y su remoción “se ajustará a derecho” (LOE, Disp. Adic. III, 2), de manera que, aunque el obispo pueda proponer nombramientos, no podrá proponer ceses. El portavoz de los obispos se quejaba de la pérdida parcial de este privilegio y ¡curiosa coincidencia! el PP, tan próximo a las instrucciones del Vaticano, pedía que la renovación de tales nombramientos sólo se produjera “salvo propuesta en contra de la entidad religiosa que lo realizó” (enmienda 380). Pero nuestros gobernantes no deben seguir consintiendo la desprotección jurídica de ningún trabajador español y, en consecuencia, no deben permitir que la Iglesia Católica juegue con la estabilidad de los docentes de Religión, nombrándolos o cesándolos a su antojo.
Este grupo de profesores solicitó que su acceso al puesto de trabajo se realizase con criterios constitucionales de igualdad, mérito y capacidad, y posteriormente pidió al Partido Popular que retirase su enmienda 380 “por perjudicar […] los intereses laborales de este colectivo” (Manifiesto intersindical de profesores de Religión).
Un beneficio indirecto, derivado de esta protección jurídica al profesorado de Religión -pero vislumbrado con toda seguridad por la jerarquía vaticana- iba a serla de que a partir de la aprobación de la LOE el profesorado de Religión gozaría del derecho a la libertad de cátedra, reconocido en nuestra Constitución, pues hasta el momento actual su dependencia de los obispos le obligaba a acatar las diversas opiniones morales y religiosas impuestas por la Iglesia como si fueran verdades absolutas, privándole del derecho a explicar tales doctrinas de acuerdo con su conciencia. Y así, con la manumisión de estos profesores, su labor docente iba a quedar dignificada al poder impartir sus clases sin temor a represalias derivadas del ejercicio de su derecho a ser coherentes con su propio pensamiento y de su derecho a cambiar de opinión y de creencias sin que ello determinase un peligro para su estabilidad laboral (Estatuto de los trabajadores, art. 4º, 2, c).
Pero, por desgracia, el Tribunal Constitucional en la decisión acordada el día de ¿hoy? Contra la profesora de Religión….. parece ignorar que la Constitución Española y las leyes que la desarrollan deben estar por encima de cualquier otra ley o acuerdo y por encima de cualquier decisión que implique el rechazo unilateral de cualquiera de sus artículos.
¡DIMITAN, por favor!
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
La Federación Estatal de Profesores de Enseñaza Religiosa (FEPER) ha opinado que el Tribunal Constitucional, con su sentencia de ayer, ha demostrado tener un "desconocimiento total" de la situación de estos docentes, a los que confunde "con sacerdotes o monjas". Su vicepresidente, Luis Guridi, ha expresado su respeto por las decisiones judiciales aunque ha discrepado "absolutamente" del fallo del alto tribunal sobre el caso de la profesora María del Carmen Galayo Macías, despedida por estar separada y vivir en la actualidad con su nueva pareja. La sentencia confirmó a la Iglesia la potestad de designar y destituir a los profesores basándose no sólo en sus conocimientos, sino también en su conducta. La propia Galayo Macías se ha mostrado "indignada".
• El Constitucional avala el despido de docentes de religión por su vida privada
• El cardenal Rouco tacha de "calvario" el conflicto con el Gobierno por la religión
Galayo, una de los 17.000 profesores contratados y pagados por el Estado a petición del episcopado, prestó servicios como docente de religión católica en diversos centros públicos de Primaria en Canarias desde el curso 1990/1991. En octubre de 2000, las autoridades eclesiásticas de las islas decidieron no renovar el contrato de esta profesora por mantener una relación afectiva con un hombre que no era su marido, del que se había separado previamente. La profesorá recurrió a la Justicia y fue el Tribunal Superior de Justicia de Canarias (TSJC) quien planteó en 2002 al Constitucional una posible contradicción entre los Acuerdos Iglesia-Estado de 1979 y la Constitución Española de 1978 en lo referente al régimen laboral de los profesores de Religión católica en la enseñanza pública.
"En la época de la Inquisición"
Ayer, el Constitucional desestimó la cuestión de inconstitucionalidad del TSJC. Su argumento es que la enseñanza religiosa va más allá de la transmisión de conocimientos y, por tanto, la capacitación para impartirla "puede implicar exigencias" que desborden las limitaciones de una empresa al uso. El auto dice que los docentes deben destacar "por el testimonio de vida cristiana" y que su elección ha de efectuarse entre los declarados "idóneos" por la Iglesia. Tras conocer el fallo, la profesora canaria está "indignada". "Parece que estamos en la época de la Inquisición porque si te separas, te vas de copas, tienes un hijo soltera o te afilias a un sindicato, te retiran la idoneidad", ha dicho.
En respuesta a la sentencia, la FEPER ha anunciado que seguirá "luchando" contra estas injusticias y que recurrirá el fallo en España y ante el Tribunal Europeo de Derechos Humanos. Para Guridi, el Constitucional "se ha equivocado totalmente" porque confunde a los profesores de religión "con sacerdotes o monjas", cuando estos docentes no tienen voto de obediencia a los obispos y además son "mayoritariamente laicos o seglares". Según Guridi, la misión de los profesores de religión no es dar catequesis o adoctrinar a los alumnos sino "decir lo que la Iglesia piensa".
"Un paso más al talibanismo católico"
Además, ha observado que el fallono ha tenido en cuenta la ley que se aprobó el pasado año y que estableció que los profesores de religión se rigen por el Estatuto de los Trabajadores. El vicepresidente ha cirticado este fallo porque, a su juicio, va a ser "un paso más hacia el talibanismo católico absoluto y repugnante", al tiempo que ha comparado la situación actual con el "nacionalcatolicismo" de los años 40 y 50. "No podemos seguir en un Estado aconfesional con leyes del nacionalcatolicismo", ha añadido.
Guridi ha asegurado que la potestad que tienen las autoridades eclesiásticas de participar en la propuesta de los profesores de religión se ha transformado en "privilegio" y que este privilegio se ha convertido "en ley". En este mismo sentido se ha pronunciado la Confederación Española de Asociaciones de Padres de Alumnos. Su su presidenta, Lola Abelló, ha considerado "abusivo que la Iglesia tenga toda la capacidad de decidir no sólo sobre el trabajo, sino sobre la vida de unos profesores de religión que además están pagados por el Estado". La Alianza Evangélica Española también ha criticado la sentencia al considerar que "crea un grave precedente".
Yendo más allá que la propia sentencia, el grupo parlamentario de IU-ICV ha instado al Gobierno a que revoque los acuerdos pactados con la Iglesia. En el lado contrario, la Federación Estatal de Religiosos de Enseñanza-Centros Concertadosy Educación y Gestión han mostrado su satisfacción porque entienden que impartir la materia confesional precisa tener una "cierta coherencia" con lo que se está transmitiendo. El obispo de Málaga y presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis, Antonio Dorado Soto, ha afirmado que el Constitucional "ha tardado en responder", pero que finalmente ha resuelto "a favor de la Iglesia".
En teoría y desde hace algún tiempo vivimos en un sistema democrático. La democracia nos exige respetar nuestras leyes e instituciones, pero no tenemos otra ley más esencial que la representada por la Constitución Española. Sin embargo en estos momentos nos encontramos ante la sombría paradoja de que algunos miembros de la institución que debía velar por el cumplimiento de nuestra Carta Magna parecen burlarse de ella “fallando” en contra del espíritu y de la letra de la dicha ley.
En efecto el Tribunal Constitucional acaba de fallar inconstitucionalmente en el caso de la profesora……. y, por ello, como ciudadanos que debemos defender nuestra democracia, obraríamos mal callando ante esta gravísima situación, y en consecuencia debemos exigir la dimisión de todos aquellos miembros de dicho tribunal que hayan vulnerado la Constitución de manera tan flagrante e incompetente.
Parecía que a través de la LOE aprobada por el Parlamento se lograba cierto avance en la recuperación de la libertad respecto al Vaticano, pero se ha quedado muy lejos de librarse de sus cadenas, pues
a) sigue aceptando que la enseñanza de la Religión se realice como adoctrinamiento dogmático.
Pero tal adoctrinamiento equivale a inculcar doctrinas de un modo ajeno al de la exposición de su intrínseca racionalidad, y por ello la LOE debería haber desterrado de nuestros centros educativos cualquier forma de enseñanza realizada desde esa perspectiva anti-racional, pues, lejos de contribuir a la formación del alumnado, representa un serio obstáculo para su desarrollo intelectual, que nunca debería consistir en un martilleo mental por el que se tratase de inculcarle la sumisa aceptación de dogmas o misterios a partir de la supuesta autoridad de nadie ni a partir de un acto de fe en sus palabras que comenzase con la negación del valor de la propia razón.
Por ello, en contra del adoctrinamiento, la LOE debería haber fomentado el desarrollo de la capacidad crítica del alumnado y debería haber exigido que la enseñanza de la Religión se hiciese de un modo descriptivo, analítico y crítico y no desde la perspectiva que proclama gratuitamente la verdad de unas doctrinas que, por definición, no pueden ser demostradas por tratarse de “dogmas” o “misterios”
Si a la Iglesia la guiasen intereses realmente formativos, debería haber comprendido que la exposición de la doctrina cristiana podía realizarse perfectamente al margen de cuáles fueran las creencias del profesor que la explicase, del mismo modo que el profesor de lengua y cultura griegas puede exponer adecuadamente la antigua religión helénica al margen de que siga creyendo o no en los dioses del Olimpo.
Esperemos al menos que el Gobierno no ceda a las presiones del Vaticano y no permita que ese adoctrinamiento cuente como un mérito en el expediente del alumno –a no ser como mérito para ingresar en un convento-. Lo contrario sería el colmo del absurdo: Se premiaría a los alumnos que hubiesen asumido borreguilmente la doctrina de que deben anular su razón para someterse ciegamente a las consignas de sus “pastores”.
b) sigue permitiendo que la jerarquía católica se encargue del nombramiento del profesorado de Religión.
(No parece que haya coherencia entre la LOE y el acuerdo Iglesia Estado de 1979).
Según el nefasto acuerdo de 1979 sobre enseñanza entre el Estado español y el Vaticano, la designación del profesorado de Religión se realiza a partir de las propuestas de los obispos, quienes cada curso comunican al gobierno los nombres de profesores y personas que consideran competentes para dicha enseñanza (Acuerdo, Art. III). Como consecuencia de este acuerdo, el profesorado de Religión se encuentra en una situación de gravísima precariedad porque su nombramiento no depende de criterios objetivos sino de la decisión del obispo, que puede dejarle sin trabajo por motivos ajenos a los del cumplimiento de su labor profesional.
Para remediar esta injusta situación el Estado, además de denunciar su acuerdo anticonstitucional de 1979 con el Vaticano, debería ser respetuoso con la Constitución española y con el Estatuto de los Trabajadores protegiendo con ambos instrumentos jurídicos al colectivo de profesores de Religión frente al despotismo de la Jerarquía católica, que sólo pretende mantener y ampliar su poder sobre la sociedad y que además tiene la desvergüenza de querer mantener este privilegio a pesar de que no es ella ni el Vaticano quien paga a este profesorado sino el conjunto de todos los españoles, sean o no católicos.
A pesar de todo, en relación con la situación laboral de este colectivo de profesores, la LOE representa avance importante por cuanto señala que el nombramiento de los profesores se “renovará automáticamente” y su remoción “se ajustará a derecho” (LOE, Disp. Adic. III, 2), de manera que, aunque el obispo pueda proponer nombramientos, no podrá proponer ceses. El portavoz de los obispos se quejaba de la pérdida parcial de este privilegio y ¡curiosa coincidencia! el PP, tan próximo a las instrucciones del Vaticano, pedía que la renovación de tales nombramientos sólo se produjera “salvo propuesta en contra de la entidad religiosa que lo realizó” (enmienda 380). Pero nuestros gobernantes no deben seguir consintiendo la desprotección jurídica de ningún trabajador español y, en consecuencia, no deben permitir que la Iglesia Católica juegue con la estabilidad de los docentes de Religión, nombrándolos o cesándolos a su antojo.
Este grupo de profesores solicitó que su acceso al puesto de trabajo se realizase con criterios constitucionales de igualdad, mérito y capacidad, y posteriormente pidió al Partido Popular que retirase su enmienda 380 “por perjudicar […] los intereses laborales de este colectivo” (Manifiesto intersindical de profesores de Religión).
Un beneficio indirecto, derivado de esta protección jurídica al profesorado de Religión -pero vislumbrado con toda seguridad por la jerarquía vaticana- iba a serla de que a partir de la aprobación de la LOE el profesorado de Religión gozaría del derecho a la libertad de cátedra, reconocido en nuestra Constitución, pues hasta el momento actual su dependencia de los obispos le obligaba a acatar las diversas opiniones morales y religiosas impuestas por la Iglesia como si fueran verdades absolutas, privándole del derecho a explicar tales doctrinas de acuerdo con su conciencia. Y así, con la manumisión de estos profesores, su labor docente iba a quedar dignificada al poder impartir sus clases sin temor a represalias derivadas del ejercicio de su derecho a ser coherentes con su propio pensamiento y de su derecho a cambiar de opinión y de creencias sin que ello determinase un peligro para su estabilidad laboral (Estatuto de los trabajadores, art. 4º, 2, c).
Pero, por desgracia, el Tribunal Constitucional en la decisión acordada el día de ¿hoy? Contra la profesora de Religión….. parece ignorar que la Constitución Española y las leyes que la desarrollan deben estar por encima de cualquier otra ley o acuerdo y por encima de cualquier decisión que implique el rechazo unilateral de cualquiera de sus artículos.
Antropomorfismo y Religión
1. ¿Es compatible la idea de un ser perfecto con la idea de creación?.-
-Al concepto de Dios va ligado la cualidad de la perfección. Parece que tal concepto hace referencia a la plena posesión de todas las cualidades positivas que pudiéramos imaginar, de manera que un ser que fuera perfecto las incluiría de tal modo que nada podría ser en él objeto de deseo, ya que sólo se desea lo que no se posee, mientras que dicho ser, al encontrarse en posesión de cualquier cualidad deseable, no carecería de ningún bien y, en consecuencia, no desearía nada, ya que sólo el bien es objeto de deseo (Santo Tomás: “Voluntas in nihil potest tendere nisi sub ratione boni”).
Sin embargo, parece que a partir de un concepto como éste se plantea un problema respecto a la compatibilidad entre la existencia de Dios y la existencia de la creación:
Si se dice que Dios es perfecto, parece que la creación del mundo no tiene explicación de ningún tipo, pues, si se pregunta por qué creó Dios el mundo, quienes creen en Dios suelen contestar que lo creó porque quiso, es decir, porque era omnipotente y porque de algún modo la creación le debió de causar cierta satisfacción, pues en caso contrario no habría tenido ningún sentido producirla.
Parece, sin embargo, que quienes dan esta explicación olvidan que sólo se desea aquel bien que no se posee, pero, como ya se ha dicho, si Dios es perfecto, nada le falta, por lo que, en consecuencia, nada puede desear, y, por ello, no tiene sentido suponer que Dios cree nada.
Por ello, parece absurdo suponer en Dios la existencia de una necesidad que quede satisfecha a partir de una supuesta realidad ajena a él mismo. Si Dios hubiese creado el mundo, eso sólo habría podido explicarse a partir del supuesto de que echaba de menos algo con lo que finalmente alcanzaba una satisfacción y, por lo tanto, una perfección mayor que la que tenía, pero un ser perfecto no puede llegar a serlo más, pues ello habría significaría que antes no lo era.
Parece, pues, que es una visión antropomórfica de la divinidad lo que ha llevado a los hombres a aceptar esa forma de entender a Dios como una especie de ser inmensamente poderoso, pero que tal vez se aburría en su eterna soledad y, por ello, decidió tener compañía creando a los ángeles, creando el mundo, creando a los hombres y creando incluso a su propia madre. El absurdo parece todavía mayor si tenemos en cuenta que esa misma idea de perfección divina implica no sólo que Dios sabe qué es lo que va a ir sucediendo a lo largo de cada día, de cada año y de cada siglo, sino que además ha sido él mismo quien ha programado que suceda así y no de otro modo. ¿Qué atractivo podría encontrar Dios en ver una creación que lo único que “haría” sería comportarse de acuerdo con las propias decisiones divinas?
¿Acaso necesitaba a la humanidad para que le amase y le adorase? De nuevo nos encontraríamos ante una interpretación antropomórfica de la divinidad, pues, si Dios existiera como un ser perfecto, no necesitaría a nadie que le amase, pues, además de que sería autosuficiente, el mismo amor de los hombres habría sido programado por él, de manera que sentirse satisfecho por el amor de los hombres sería tan infantil como la actitud de quien se emocionase porque un muñeco con los resortes adecuados fuera capaz de decirnos “te quiero mucho”. Y, por lo que se refiere a la adoración, ¿qué le importa a Dios que le adoremos diciéndole lo grande y lo perfecto que es? Además de que esta actitud también había sido programada por él, estaríamos viendo a Dios desde una actitud nuevamente antropomórfica, pues, al igual que a nosotros los seres humanos nos gusta recibir halagos por las cualidades que tenemos -y también por las que no tenemos-, estaríamos juzgando que Dios se siente más satisfecho y feliz cuando los hombres le adoran, le ensalzan, le ofrecen sacrificios como si fuera un faraón que necesita más riquezas y que además siente su vanidad satisfecha cuando sus súbditos vienen a postrarse a sus pies y a entregarle sus ofrendas.
Hay quien considera que quizá la creación de Dios fue un acto de amor a los hombres, sin embargo, no parece nada fácil entender que se pueda amar algo antes de que exista. Pero además, ese amor sería contradictorio con la existencia del sufrimiento y con la del infierno.
Además, como ya decían los epicúreos, si Dios o los dioses son perfectos, no tiene sentido que amen la imperfección que representa el ser humano, pues ese amor les rebajaría, ya que, si tiene sentido aspirar a lo perfecto, no parece tenerlo aspirar hacia lo imperfecto, y eso es lo que sucedería en el caso de un dios que amase al ser humano.
Otra paradoja del cristianismo es que Dios nos mande que amemos incluso a nuestros enemigos y luego a él se le ocurra condenar con castigos eternos a quienes supuestamente obran contra su voluntad, pero esto no encuentro forma de entenderlo porque, en primer lugar, se dice al mismo tiempo que Dios es misericordia y amor infinitos y, además, según el propio santo Tomás, la omnipotencia divina implica que los hombres “hacen” aquello para lo que, en definitiva, fueron ya programados por Dios desde la eternidad, por lo que no serían culpables ni tendrían mérito en relación con ninguna de sus supuestas acciones.
2. ¿Son compatibles la infinitud divina y un mundo distinto del propio Dios? .- Si Dios es infinito, ¿tiene sentido considerar que exista una realidad ajena a él mismo? Si el universo existe como realidad ajena al propio Dios, ¿no representa esa existencia independiente una limitación a esa supuesta infinitud de Dios? Es decir, donde comienza la realidad de aquello que supuestamente no es Dios acaba igualmente la supuesta infinitud divina.
La infinitud de Dios excluye la posibilidad de la existencia de otra realidad que no sea Dios. Esta teoría ya la defendió Spinoza de manera muy acertada, según me parece. Si Dios existe como ser infinito, entonces nosotros mismos somos Dios en cuanto nada puede existir fuera de él. Por eso, en este sentido el panteísmo es una doctrina más coherente que aquellas otras que defienden la existencia de un Dios personal, trascendente e independiente de la realidad supuestamente creada por él. El concepto de Dios como una realidad trascendente y distinta del mundo representa una concepción antropomórfica que olvida que la infinitud y la perfección divina es incompatible con la existencia de cualquier otra realidad.
3. ¿Es compatible la existencia del sufrimiento con el amor y la omnipotencia infinita divina?.- ¿Cómo explicar la existencia del mal en el mundo cuando se suponía que Dios lo había creado todo y que era infinitamente bueno y omnipotente?
Un análisis detallado de esta cuestión la tenemos en el tema correspondiente.
4. ¿Tiene sentido la oración?.-
He leído en el periódico que en un pueblo de Ciudad Real los vecinos están tan desesperados por la sequía tan larga que están padeciendo que han sacado en procesión la imagen de la Virgen para hacer rogativas. Las rogativas son unas procesiones en las que se saca en procesión la imagen de algún santo, de Cristo o de la Virgen y se le pide que mediante su poder realicen un milagro, que en esta ocasión era el que terminase la sequía y se pusiera a llover de una vez para que así acabase ya la calamidad económica por la que estaban atravesando.
Puede parecer natural que uno recurra a cualquier medio cuando se encuentra con un serio problema que no sabe cómo resolver, y, si Dios es omnipotente, ¿quién mejor que él para tratar de encontrar una ayuda? Pero, después de reflexionar un poco, me parece que hay una incongruencia en esta actitud. Según diversas creencias de muy distintas religiones, como la del cristianismo, Dios es omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno. Es decir, Dios puede hacerlo todo, sabe qué es lo mejor y, además, por su infinita bondad, siempre lo hace. En consecuencia, si Dios hace siempre lo mejor, no parece tener sentido pedirle que lo haga. Es más: creo que en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción interna en la doctrina cristiana, contradicción que sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuese.
Soy consciente de que la existencia de una larga tradición que ha defendido la creencia que critico, pero, a pesar de todo, el progreso histórico se ha producido en muchas ocasiones a partir de la crítica a determinadas opiniones que contaban con una larga tradición y que no por ello se han mantenido como verdades inamovibles; así, por ejemplo, la teoría geocéntrica, que fue criticada por Copérnico y por Galileo: En aquellos tiempos los nuevos planteamientos astronómicos provocaron un gran escándalo que llevó a las instituciones religiosas a tomar medidas represivas realmente graves, todas estas medidas no demostraron nada en favor de las creencias tradicionales, y finalmente la doctrina heliocéntrica se impuso, a pesar de esa larga tradición que defendía el geocentrismo. Con ello no quiero decir que debamos rechazar por sistema cualquier doctrina por el simple hecho de que pertenezca a la tradición, pero tampoco que debamos aceptarlo por ese mismo motivo; y, en definitiva, que no tenemos por qué renunciar al uso de la razón y de la experiencia a la hora de valorar la verdad o falsedad de cualquier teoría, pues no parece que dispongamos de otros medios más adecuados para aproximarnos a un conocimiento objetivo de la realidad, en el caso de que ese acercamiento sea posible. Por otra parte y en contra de esa tradición, Platón defendía ya, hace más de dos mil años, el carácter insobornable de los dioses y criticaba esa forma comercial de entender la religión en la que se hacían sacrificios a los dioses a fin de comprar sus favores.
El núcleo del problema se encuentra en el siguiente dilema: cuando uno hace una petición a Dios, como en el caso de las rogativas, o bien pide a Dios que realice lo mejor (considerando que lo mejor en este caso sea que llueva), o bien pide a Dios que realice algo que no es lo mejor.
La primera parte de la alternativa o bien implicaría una especie de desconfianza consciente o inconsciente hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque Él sea infinitamente bueno, o bien implicaría cierta ignorancia en asuntos de teología por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que realice aquello que necesariamente hará como consecuencia de su infinita bondad. Creo que lo que aquí sucede es que, de forma inconsciente al menos, los hombres se han creado una imagen antropomórfica de Dios; es decir, que del mismo modo que encontramos natural pedir favores a los poderosos porque confiamos en que nuestras súplicas y manifestaciones de respeto y sumisión podrán influir en que tengan hacia nosotros una disposición más favorable, así también los hombres han llegado a creer que la mejor o peor disposición de Dios hacia ellos depende también de las diversas súplicas y oraciones mediante las cuales le manifiesten su respeto, su adoración, su fidelidad y su amor. Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría algo así como tentar a Dios, rogándole que, al menos por una vez, dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valora personalmente como lo mejor para él.
Alguien podría objetar que, aunque Dios realiza siempre lo mejor, desea que el hombre se lo pida, pero parece absurdo tener que pedir lo que de antemano sabemos que necesariamente se ha de cumplir por ser lo mejor y por depender de Dios, que sólo se guía por ese principio. Además, suponer que Dios desea que el hombre le pida cualquier cosa supone de nuevo el regreso a esa interpretación antropomórfica de Dios, pues, si Dios es perfecto, lo tiene todo y sería una equivocación suponer en él la existencia de deseos, ya que sólo podría desearse lo que no se posee, de manera que suponer que Dios desee algo equivale a suponer que es imperfecto, ya que le faltaría aquello que se supone que desea.
Quizá alguien objetase que es el hecho de pedirle algo a Dios lo que convierte esa petición en algo bueno. Pero ya en el siglo XIV Guillermo de Ockam señaló que la bondad de cualquier realidad estaba subordinada a la omnipotencia divina; y, en consecuencia, que Dios había establecido el valor de las cosas no porque fueran buenas en sí mismas, sino que eran buenas porque Él así lo había establecido, de manera que no existía nada que fuera bueno en sí mismo y que sirviera de guía a la que tuvieran que someterse las decisiones divinas, pues en tal caso Dios no sería omnipotente, ya que, al estar subordinadas sus decisiones a ese supuesto bien absoluto, éste estaría por encima de Él, debiendo servirle de criterio para sus decisiones, y, en consecuencia, esa subordinación representaría una limitación a su supuesta omnipotencia.
Tomando, pues, como referencia estas observaciones de Ockam ¿no parece que si hacemos depender el bien de una acción del hecho de que el hombre la pida en ese caso estaremos negando la omnipotencia de Dios al subordinar su voluntad a un bien que lo es no porque Dios así lo decida, sino porque el hombre así lo quiera? Además, si se acepta ese planteamiento, en tal caso podría uno pedirle a Dios, por ejemplo, que matase a todos sus enemigos...¿acaso se convertiría en buena esa acción por el simple hecho de haberla pedido? Supongo que la respuesta es obvia. Por lo tanto, parece claro que el criterio de la bondad de una acción no puede encontrarse en el hecho de que el hombre la pida a Dios, sino que previamente dicha acción debe ya ser buena por ella misma o, como pretendía Ockam, porque el propio Dios lo haya decretado así.
Por eso en ocasiones nos encontramos con tipos de oraciones como las que dicen “Dios mío, si es bueno para mí o si es esa tu voluntad, cúrame de esta enfermedad”. Esto representa cierto avance, pero, como antes he dicho, tiene todavía el inconveniente de que en ella se le pide a Dios que haga lo que es bueno, como si el hecho de que lo haga o no pudiera depender del hecho de que uno se lo pidiera en lugar de ser una simple consecuencia de su absoluta bondad y perfección. Y pedirle que haga su voluntad está de sobra, pues ¿acaso no es una contradicción la idea de que pueda haber una diferencia entre la voluntad de Dios y sus decisiones? ¿Acaso podría hacer otra cosa que no fuera su voluntad?
En fin, me parece que debo insistir nuevamente en que en toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración existe un componente antropomórfico fundamental: Del mismo modo que el ser humano se conmueve por las súplicas, y sus decisiones pueden estar fuertemente condicionadas por ellas en lugar de regirse exclusivamente por aquello que racionalmente considera mejor, se tiende a ver a Dios como un ser con las mismas debilidades humanas, como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, me parece que si, cuando uno rezase, fuera consciente de todas estas reflexiones, tendría que considerar la oración (en cuanto petición) como una ofensa a Dios -pues o bien supondría una desconfianza, o bien una especie de deseo de tentar a Dios-, y, en cualquier caso, no tendría sentido verla como un acto piadoso.
4.1.- ¿Existen los milagros?.- Además y como consecuencia de todo esto, estarían de sobra la mayor parte de ceremonias de las distintas religiones, así como la creencia de que, de vez en cuando, Dios hace milagros:
Sobrarían las ceremonias en las que se ruega a Dios por la salvación de alguien, en las que se ruega, se pide o se suplica a Dios cualquier cosa: las distintas oraciones, el Padre nuestro, el Ave María, la Salve, la Letanía, el Rosario, todos los momentos de la Misa en los que se pide a Dios cualquiera de los diversos deseos humanos no tendrían sentido alguno.
A partir de estas consideraciones, la misma norma de la iglesia católica según la cual se exige la prueba de haber realizado al menos tres milagros para poder proceder a la beatificación de un supuesto santo habría que verla como algo absurdo. Pues, desde este punto de vista los milagros no tendrían sentido y la creencia en ellos sólo se explicaría a partir del antropomorfismo de suponer que, de pronto y a última hora, Dios, de manera directa o por la mediación de su madre o de los santos, desharía los planes de sus leyes eternas y los rectificaría para resolver un asunto particular que, al parecer, no supo prever en la remota eternidad. De manera que esto supondría que o bien se equivocó cuando trazó sus planes primitivos, o bien se equivoca ahora cuando los modifica atendiendo a las súplicas de los hombres o dejándose llevar de la compasión, como si anteriormente no se le hubiera ocurrido tenerlas en cuenta. Ambos planteamientos contradicen la idea de la absoluta perfección divina y, por ello, resultan inaceptables.
La verdad es que, eliminada la oración, no sé verdaderamente en qué podrían consistir las relaciones entre el hombre y Dios.
Si la oración -al menos entendida como ruego o petición a Dios de cualquier supuesto bien- aparece como algo absurdo, ¿qué sentido podría tener acudir a la iglesia para “hablar con Dios”? ¿Qué se le podría decir que no supiese? ¿Quizá para agradecerle sus favores? Pero a Dios no le supone ningún esfuerzo el hacerlos; además, si los hace, no es porque el hombre se lo pida sino porque son la manifestación de su perfección, la cual exige que en todo momento obre de acuerdo con ella, tanto cuando parece que nos beneficia como cuando parece que nos perjudica. Dios hace siempre lo mejor y no podría hacer otra cosa porque su perfección le lleva a querer libre, pero necesariamente, sólo mejor. Su propia perfección convierte en “necesarios” todos los actos que realiza “libremente”.
Aceptando esta crítica, alguien podría argumentar que la oración puede tener otro sentido y ser sólo un modo de tratar de sentirnos en más en contacto con él, un medio de tratar de superar nuestra inmensa debilidad tomando una conciencia renovada de que él está con nosotros, de que él nos acompaña en todo momento.
Sin embargo, desde el momento en que uno trata de ponerse “en contacto con Dios” ya está cayendo la equivocación de pensar que Dios no está a su lado y que sólo pensando en él conseguirá atraerlo para que le haga compañía. Y así, esa actitud sólo es una muestra de la debilidad humana en cuanto necesita “imaginarse” a Dios con él porque olvida que Dios estaría siempre a nuestro lado. Pero, si esa actitud representa una debilidad, ¿por qué además habría que considerarla como un mérito por el que Dios se sintiera especialmente agradecido al hombre y le concediera la gloria eterna o cualquier otro favor del tipo que fuere?
Si sus planteamientos eran correctos, tienen una importancia mayor de la que a simple vista parece, pues la falta de sentido de la oración implica, al parecer, el carácter absurdo de un gran número de ceremonias y de instituciones religiosas que se fundamentaban en ese supuesto valor de la oración. Tanto la misa, como el Padre Nuestro, como cualquier ceremonia religiosa estaban llenas de expresiones en las que lo fundamental se relacionaba con oraciones en las que se pide a Dios el perdón de los pecados, la bienaventuranza eterna, la curación de los enfermos, la paz del mundo... o que gane el Valencia ¿Qué sentido pueden tener esas peticiones? Si realmente son buenas, Dios no va a esperar las súplicas de los hombres para concederlas, puesto que es omnipotente e infinitamente bueno, mientras que, si no lo son, pedirle a Dios que las conceda y que, en consecuencia, deje de hacer el auténtico bien para hacer aquello que caprichosamente quieran pedirle los hombres, constituye una especie de sacrilegio.
5. ¿Existe el deber moral?.- Otra cuestión que llama la atención es la de la naturalidad con que la gente asume no sólo la existencia de un dios o de múltiples dioses, sino también la idea de que los hombres tengamos deberes que cumplir con respecto a ellos; es decir, la facilidad con que identifican el concepto de la divinidad con el de una especie de monarca absoluto cuyas órdenes deban ser cumplidas sin discusión de ninguna clase.
Sin embargo, si se analiza lógicamente esta cuestión, parece que podemos encontrar en ella una nueva forma de antropomorfismo, pues, en efecto, parecen entender que Dios sería algo así como una especie de tirano que exigiría de sus súbditos la obediencia, la sumisión y la adoración sin limitación alguna, como la que debió mostrar Abraham cuando Yavéh le ordenó sacrificarle a su hijo Isaac.
Hay quien argumenta que, aunque es cierto que se lo ordenó, sólo quiso probarle para ver hasta qué punto estaba dispuesto a obedecerle, de manera que, cuando vio que Abraham estaba dispuesto a realizar aquel sacrificio, Dios le dijo que lo cambiase por el sacrificio de una oveja. Sin embargo, no hay que olvidar que, según las propias doctrinas morales del cristianismo, lo que realmente cuenta en nuestras acciones es la intención y no el hecho de si materialmente llegamos a realizarlas o no. Pero, además, creo que no sólo es absurdo que Dios le pida a Abraham que le sacrifique a su hijo sino también que le sacrifique ese cordero inocente que vivía en paz sin molestar a nadie.
¿Para que le servía a Dios la muerte de Isaac o la de ese cordero que finalmente le sacrificó Abraham?
Pero dejando de lado el ejemplo de Abraham, no parece que tenga ningún sentido la teoría según la cual se defiende que Dios tiene el derecho de mandar y el hombre la obligación de obedecer lo que Dios mande. Eso no parece tener ninguna lógica: Sólo manda quien no puede conseguir las cosas por sí mismo o quien disfruta disponiendo de la vida de los demás, pero Dios no necesitaría siervos para conseguir nada, puesto que todo lo posee, ni tampoco sería lógico considerarlo como un tirano que disfrutase dando órdenes del tipo que fuere, con la amenaza del Infierno en el caso de que no se le obedeciese. Además suponer que Dios mande parece que desde el punto de vista lógico plantea varios problemas, pero en lo esencial quisiera señalar dos:
En primer lugar y como diría Hume, hay que indicar que a partir de la existencia de Dios como la de un ser infinitamente poderoso no hay forma de inferir que el hombre tenga el deber de obedecer lo que disponga. Si Dios nos creó, fue porque quiso, pero en ningún caso estableció un pacto, aceptado por el hombre, en el que se dijera algo así como “sólo te crearé a condición de que te comportes de acuerdo con mis órdenes”; ese pacto no podía establecerse sino después de que el hombre hubiera sido ya creado para aceptarlo o no, pero evidentemente no puede establecerse ningún pacto mientras falte uno de los sujetos que deben intervenir en él.
En segundo lugar, surge una segunda cuestión igualmente importante: Al margen de la anterior objeción, que no parece que pueda refutarse, ¿por qué habría que obedecer a Dios?: 1) ¿Acaso porque no deseamos ser condenados al Infierno?, 2) ¿Acaso porque simplemente es Él quien lo ordena? o 3) porque lo que Dios ordena es bueno?
La aceptación del primer supuesto implicaría una actitud interesada, que, como Kant diría, no tendría valor moral, ya que obedecer por temor al Infierno no es cumplir con ningún tipo de deber por simple respeto a una supuesta ley moral absoluta que se imponga a nuestra conciencia y frente a la cual seamos libres para obedecerla o no; en segundo lugar, obedecer los mandatos divinos porque proceden de Dios es simplemente irracional en cuanto no se explique de dónde se infiere la obligación de cumplir con dichos mandatos; y, en tercer lugar, obedecer a Dios porque lo que manda es bueno equivale a afirmar que lo prioritario a la hora de guiar nuestra acción no es el hecho de que sea Dios quien la ordene, sino que advertimos que obedeciéndole podremos alcanzar algo bueno, de forma que la obediencia no es el fin de la acción, sino que dicho fin es el bien que tratamos de conseguir, y, lógicamente, todo el mundo desea alcanzar lo que es bueno en cuanto, como decían Aristóteles, santo Tomás, Spinoza y muchos otros filósofos lo bueno no es otra cosa que aquello que nos causa satisfacción o felicidad; y todo el mundo desea la felicidad. Es decir lo bueno es lo que deseamos, y no lo deseamos porque sea bueno sino que, como decía Spinoza, lo consideramos bueno porque lo deseamos. En consecuencia, es imposible dejar de obrar voluntariamente en contra de lo que en el momento actual entendemos como bueno, o lo que es lo mismo, como deseable.
6. ¿Tiene sentido el pecado original?.- En cuanto al famoso “pecado original”, se trata de un dogma según el cual toda la humanidad, a excepción de María, nació en pecado como consecuencia del pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva.
Este dogma plantea diversos problemas. Uno de ellos consiste en el propio carácter absurdo y contradictorio de un pecado que se hereda: si el concepto de pecado hace referencia a una acción voluntariamente cometida en contra de la ley de Dios, no tiene sentido la tesis de que el hombre nazca ya en pecado, pues antes de nacer no puede haber cometido ninguna acción, ni voluntaria ni involuntaria, en contra de las normas divinas. De hecho, el mismo san Agustín sólo pudo encontrar como una explicación (?) para esa supuesta herencia del pecado original su doctrina del “traducianismo”, según la cual los hijos heredarían de los padres no sólo el cuerpo sino también el alma, y por ello el hombre habría nacido en pecado. Si sólo heredásemos el cuerpo, san Agustín no veía cómo encontrar una explicación al dogma del pecado original. Sin embargo, su doctrina fue rechazada por la Iglesia oficial, considerando que era Dios quien creaba el alma de cada persona en el momento de su concepción.
Por otra parte, el mismo pecado original, considerado en sí mismo, plantea igualmente problemas que nos llevan a rechazar esta doctrina:
1) ¿Por qué Dios puso a Adán y a Eva la prohibición de comer la fruta de aquel árbol y al mismo tiempo les colocó el árbol, les proporcionó la tentación de comer de él y dejo que el diablo en forma de serpiente contribuyese a hacer más atractiva la famosa manzana?
2) Además Dios sabía desde toda la eternidad que Adán y Eva comerían de la manzana, ¿por qué entonces “jugó” con ellos haciéndoles cometer -como diría santo Tomás- aquella acción prohibida?.
6.1. ¿Es compatible la omnipotencia divina con el pecado original.-
Pero, en segundo lugar, podemos plantear un nuevo problema: si María nació sin pecado, eso demuestra que el nacer en pecado no era absolutamente necesario e inevitable. Sería incluso una ofensa a la omnipotencia divina negarle el poder de evitar que no sólo María, sino el resto de la humanidad naciera también sin pecado. ¿Por qué no lo evitó? ¿Habrá que pensar que era bueno que el hombre naciera en pecado? ¿Acaso el pecado es bueno? En tal caso, ¿por qué privó a María de ese bien? Y, si es malo, ¿por qué utilizó su poder sólo para librar a María del pecado y no al resto de la humanidad? ¿No dice el cristianismo que Dios ama al hombre con un amor infinito? ¿Acaso el poder de Dios se debilita a medida que lo utiliza? ¿Acaso no es infinito? ¿Acaso puede ser “más infinito” para unos que para otros?
Quizá alguien diga que el pecado original era bueno para que Dios manifestase su amor muriendo en la cruz, pero también se dice que el fin no justifica los medios, y, además, para perdonar al hombre parece totalmente absurdo que este perdón se obtenga por la mediación del sufrimiento y de la muerte de alguien, tanto si se trata del hombre, como si se trata del mismo Dios en la cruz. Que el perdón de Dios derive de un crimen mucho peor que el de comer una manzana sólo es explicable desde una mentalidad primitiva en la que las ofensas al rey o al faraón sólo se perdonaban con la muerte del ofensor. En este caso sería el propio Dios, convertido en hombre, quien pagaría la desobediencia de otro hombre. Esta doctrina sería una aplicación de la famosa ley del Talión (“ojo por ojo y diente por diente”) y, por ello, parece que constituye un mito más absurdo que el conjunto de todos los mitos griegos, con su Olimpo mucho más humanizado, aunque igualmente antropomórfico y lleno de fantasía.
7.- ¿Es compatible el amor y la infinita misericordia divinas con la existencia del Infierno?: ¿Como encaja el dogma de la existencia del infierno con el del amor infinito de Dios? Se trataría, en efecto, de un amor muy “ardiente”, pero no demasiado apetecible para la persona amada de ese modo.
El dogma de la existencia del infierno parece claramente absurdo, teniendo en cuenta el amor infinito de Dios hacia el hombre, pero algunos cristianos dicen que en realidad no es Dios quien condena sino que es el hombre quien elige libremente vivir alejado de Dios; de manera que el infierno no consistiría en otra cosa que en ese estado de infinita soledad en el que el hombre se instalaría libremente. Sin embargo, aunque mediante “esa solución” Dios quedaría libre de cualquier responsabilidad por lo que se refiere al destino del hombre, no veo que de ese modo se solucione el problema, pues siguen apareciendo problemas, como los siguientes: En primer lugar, recuerdo que cuando en los evangelios se habla del infierno, se lo describe como un lugar de castigo al que Dios envía a la mayoría de los hombres, pues dicen los evangelios “muchos son los llamados y pocos los escogidos” y hay además otras muchas afirmaciones atribuidas al mismo Jesucristo en las que se habla del infierno como un lugar de castigo para quienes no tengan fe y no sigan su palabra. Y, en segundo lugar, me parece absurdo que nadie elija apartarse del bien de manera consciente, de manera que, si el infierno representa el mayor mal que pudiera sufrir el hombre -hasta el punto que los mismos evangelios dicen de Judas que “más le valiera no haber nacido”-, en tal caso es inconcebible que nadie desee ese mal: sólo se desea lo que se presenta con cierto atractivo para el hombre, pero el infierno en cuanto tal no parece tener ninguno; en consecuencia, no parece que nadie se aleje voluntariamente de Dios -Bien absoluto-. Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles, decía que la voluntad tiende necesariamente al bien, y así, desde una eminente figura del cristianismo tenemos una crítica implícita al argumento anterior. Recordemos también que este argumento tiene sus orígenes en el intelectualismo socrático; Sócrates consideraba que “nadie hace el mal voluntariamente” y, efectivamente, siempre que hacemos cualquier cosa es porque en dicha acción encontramos, de manera directa o indirecta, un bien que nos lleva a realizarla, al margen de que nos podamos equivocar y elegir un bien inferior a otro también realizable pero que en esos momentos no hemos sabido apreciar adecuadamente. También éste es el motivo que llevó a Spinoza a decir que “entre dos bienes elegimos el mejor, y entre dos males, el menos malo”.
Considero, pues, que la idea de un Dios infinitamente misericordioso que a la vez haya creado el castigo eterno del Infierno es tan inteligible como un círculo cuadrado. Se trata de una nueva forma de antropomorfismo, aunque llevada a su máxima expresión en cuanto a la crueldad que supone; es decir, así como el hombre es agresivo y vengativo, tradicionalmente, creando a sus dioses a su imagen y semejanza, ha proyectado en ellos esas mismas cualidades, considerando, pues, que Dios también es vengativo o “justo” en una proporción infinita acorde con su poder.
Todavía se utiliza ese argumento para atemorizar a los niños a fin de que en su mente quede grabada para siempre esa absurda pesadilla, pero lo que más me asombra es que haya personas ya formadas que sigan aceptando esos planteamientos tan absurdos.
8. ¿Por qué los hombres siguen creyendo en Dios, a pesar de toda esta serie de dificultades que la religión no explica?- Parece que el motivo fundamental se encuentra en el temor que el hombre siente ante los diversos peligros que continuamente amenazan su vida. Parece que el hombre necesita creer en algo o en alguien, en algunos dioses, espíritus y diversos seres poderosos e invisibles que podrían librarle de las angustias que rodean su existencia con tal de que les manifestase su sumisión, su respeto, su devoción y su adoración más plena. Parece que el sentimiento de soledad y la vivencia de la falta de sentido del mundo en que vivimos nos lleva a desear que exista “algo” que le de sentido, pero conviene distinguir nuestros deseos con nuestros conocimientos. Como decía Nietzsche, el hambre no demuestra que haya comida.
1. ¿Es compatible la idea de un ser perfecto con la idea de creación?.-
-Al concepto de Dios va ligado la cualidad de la perfección. Parece que tal concepto hace referencia a la plena posesión de todas las cualidades positivas que pudiéramos imaginar, de manera que un ser que fuera perfecto las incluiría de tal modo que nada podría ser en él objeto de deseo, ya que sólo se desea lo que no se posee, mientras que dicho ser, al encontrarse en posesión de cualquier cualidad deseable, no carecería de ningún bien y, en consecuencia, no desearía nada, ya que sólo el bien es objeto de deseo (Santo Tomás: “Voluntas in nihil potest tendere nisi sub ratione boni”).
Sin embargo, parece que a partir de un concepto como éste se plantea un problema respecto a la compatibilidad entre la existencia de Dios y la existencia de la creación:
Si se dice que Dios es perfecto, parece que la creación del mundo no tiene explicación de ningún tipo, pues, si se pregunta por qué creó Dios el mundo, quienes creen en Dios suelen contestar que lo creó porque quiso, es decir, porque era omnipotente y porque de algún modo la creación le debió de causar cierta satisfacción, pues en caso contrario no habría tenido ningún sentido producirla.
Parece, sin embargo, que quienes dan esta explicación olvidan que sólo se desea aquel bien que no se posee, pero, como ya se ha dicho, si Dios es perfecto, nada le falta, por lo que, en consecuencia, nada puede desear, y, por ello, no tiene sentido suponer que Dios cree nada.
Por ello, parece absurdo suponer en Dios la existencia de una necesidad que quede satisfecha a partir de una supuesta realidad ajena a él mismo. Si Dios hubiese creado el mundo, eso sólo habría podido explicarse a partir del supuesto de que echaba de menos algo con lo que finalmente alcanzaba una satisfacción y, por lo tanto, una perfección mayor que la que tenía, pero un ser perfecto no puede llegar a serlo más, pues ello habría significaría que antes no lo era.
Parece, pues, que es una visión antropomórfica de la divinidad lo que ha llevado a los hombres a aceptar esa forma de entender a Dios como una especie de ser inmensamente poderoso, pero que tal vez se aburría en su eterna soledad y, por ello, decidió tener compañía creando a los ángeles, creando el mundo, creando a los hombres y creando incluso a su propia madre. El absurdo parece todavía mayor si tenemos en cuenta que esa misma idea de perfección divina implica no sólo que Dios sabe qué es lo que va a ir sucediendo a lo largo de cada día, de cada año y de cada siglo, sino que además ha sido él mismo quien ha programado que suceda así y no de otro modo. ¿Qué atractivo podría encontrar Dios en ver una creación que lo único que “haría” sería comportarse de acuerdo con las propias decisiones divinas?
¿Acaso necesitaba a la humanidad para que le amase y le adorase? De nuevo nos encontraríamos ante una interpretación antropomórfica de la divinidad, pues, si Dios existiera como un ser perfecto, no necesitaría a nadie que le amase, pues, además de que sería autosuficiente, el mismo amor de los hombres habría sido programado por él, de manera que sentirse satisfecho por el amor de los hombres sería tan infantil como la actitud de quien se emocionase porque un muñeco con los resortes adecuados fuera capaz de decirnos “te quiero mucho”. Y, por lo que se refiere a la adoración, ¿qué le importa a Dios que le adoremos diciéndole lo grande y lo perfecto que es? Además de que esta actitud también había sido programada por él, estaríamos viendo a Dios desde una actitud nuevamente antropomórfica, pues, al igual que a nosotros los seres humanos nos gusta recibir halagos por las cualidades que tenemos -y también por las que no tenemos-, estaríamos juzgando que Dios se siente más satisfecho y feliz cuando los hombres le adoran, le ensalzan, le ofrecen sacrificios como si fuera un faraón que necesita más riquezas y que además siente su vanidad satisfecha cuando sus súbditos vienen a postrarse a sus pies y a entregarle sus ofrendas.
Hay quien considera que quizá la creación de Dios fue un acto de amor a los hombres, sin embargo, no parece nada fácil entender que se pueda amar algo antes de que exista. Pero además, ese amor sería contradictorio con la existencia del sufrimiento y con la del infierno.
Además, como ya decían los epicúreos, si Dios o los dioses son perfectos, no tiene sentido que amen la imperfección que representa el ser humano, pues ese amor les rebajaría, ya que, si tiene sentido aspirar a lo perfecto, no parece tenerlo aspirar hacia lo imperfecto, y eso es lo que sucedería en el caso de un dios que amase al ser humano.
Otra paradoja del cristianismo es que Dios nos mande que amemos incluso a nuestros enemigos y luego a él se le ocurra condenar con castigos eternos a quienes supuestamente obran contra su voluntad, pero esto no encuentro forma de entenderlo porque, en primer lugar, se dice al mismo tiempo que Dios es misericordia y amor infinitos y, además, según el propio santo Tomás, la omnipotencia divina implica que los hombres “hacen” aquello para lo que, en definitiva, fueron ya programados por Dios desde la eternidad, por lo que no serían culpables ni tendrían mérito en relación con ninguna de sus supuestas acciones.
2. ¿Son compatibles la infinitud divina y un mundo distinto del propio Dios? .- Si Dios es infinito, ¿tiene sentido considerar que exista una realidad ajena a él mismo? Si el universo existe como realidad ajena al propio Dios, ¿no representa esa existencia independiente una limitación a esa supuesta infinitud de Dios? Es decir, donde comienza la realidad de aquello que supuestamente no es Dios acaba igualmente la supuesta infinitud divina.
La infinitud de Dios excluye la posibilidad de la existencia de otra realidad que no sea Dios. Esta teoría ya la defendió Spinoza de manera muy acertada, según me parece. Si Dios existe como ser infinito, entonces nosotros mismos somos Dios en cuanto nada puede existir fuera de él. Por eso, en este sentido el panteísmo es una doctrina más coherente que aquellas otras que defienden la existencia de un Dios personal, trascendente e independiente de la realidad supuestamente creada por él. El concepto de Dios como una realidad trascendente y distinta del mundo representa una concepción antropomórfica que olvida que la infinitud y la perfección divina es incompatible con la existencia de cualquier otra realidad.
3. ¿Es compatible la existencia del sufrimiento con el amor y la omnipotencia infinita divina?.- ¿Cómo explicar la existencia del mal en el mundo cuando se suponía que Dios lo había creado todo y que era infinitamente bueno y omnipotente?
Un análisis detallado de esta cuestión la tenemos en el tema correspondiente.
4. ¿Tiene sentido la oración?.-
He leído en el periódico que en un pueblo de Ciudad Real los vecinos están tan desesperados por la sequía tan larga que están padeciendo que han sacado en procesión la imagen de la Virgen para hacer rogativas. Las rogativas son unas procesiones en las que se saca en procesión la imagen de algún santo, de Cristo o de la Virgen y se le pide que mediante su poder realicen un milagro, que en esta ocasión era el que terminase la sequía y se pusiera a llover de una vez para que así acabase ya la calamidad económica por la que estaban atravesando.
Puede parecer natural que uno recurra a cualquier medio cuando se encuentra con un serio problema que no sabe cómo resolver, y, si Dios es omnipotente, ¿quién mejor que él para tratar de encontrar una ayuda? Pero, después de reflexionar un poco, me parece que hay una incongruencia en esta actitud. Según diversas creencias de muy distintas religiones, como la del cristianismo, Dios es omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno. Es decir, Dios puede hacerlo todo, sabe qué es lo mejor y, además, por su infinita bondad, siempre lo hace. En consecuencia, si Dios hace siempre lo mejor, no parece tener sentido pedirle que lo haga. Es más: creo que en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción interna en la doctrina cristiana, contradicción que sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuese.
Soy consciente de que la existencia de una larga tradición que ha defendido la creencia que critico, pero, a pesar de todo, el progreso histórico se ha producido en muchas ocasiones a partir de la crítica a determinadas opiniones que contaban con una larga tradición y que no por ello se han mantenido como verdades inamovibles; así, por ejemplo, la teoría geocéntrica, que fue criticada por Copérnico y por Galileo: En aquellos tiempos los nuevos planteamientos astronómicos provocaron un gran escándalo que llevó a las instituciones religiosas a tomar medidas represivas realmente graves, todas estas medidas no demostraron nada en favor de las creencias tradicionales, y finalmente la doctrina heliocéntrica se impuso, a pesar de esa larga tradición que defendía el geocentrismo. Con ello no quiero decir que debamos rechazar por sistema cualquier doctrina por el simple hecho de que pertenezca a la tradición, pero tampoco que debamos aceptarlo por ese mismo motivo; y, en definitiva, que no tenemos por qué renunciar al uso de la razón y de la experiencia a la hora de valorar la verdad o falsedad de cualquier teoría, pues no parece que dispongamos de otros medios más adecuados para aproximarnos a un conocimiento objetivo de la realidad, en el caso de que ese acercamiento sea posible. Por otra parte y en contra de esa tradición, Platón defendía ya, hace más de dos mil años, el carácter insobornable de los dioses y criticaba esa forma comercial de entender la religión en la que se hacían sacrificios a los dioses a fin de comprar sus favores.
El núcleo del problema se encuentra en el siguiente dilema: cuando uno hace una petición a Dios, como en el caso de las rogativas, o bien pide a Dios que realice lo mejor (considerando que lo mejor en este caso sea que llueva), o bien pide a Dios que realice algo que no es lo mejor.
La primera parte de la alternativa o bien implicaría una especie de desconfianza consciente o inconsciente hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque Él sea infinitamente bueno, o bien implicaría cierta ignorancia en asuntos de teología por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que realice aquello que necesariamente hará como consecuencia de su infinita bondad. Creo que lo que aquí sucede es que, de forma inconsciente al menos, los hombres se han creado una imagen antropomórfica de Dios; es decir, que del mismo modo que encontramos natural pedir favores a los poderosos porque confiamos en que nuestras súplicas y manifestaciones de respeto y sumisión podrán influir en que tengan hacia nosotros una disposición más favorable, así también los hombres han llegado a creer que la mejor o peor disposición de Dios hacia ellos depende también de las diversas súplicas y oraciones mediante las cuales le manifiesten su respeto, su adoración, su fidelidad y su amor. Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría algo así como tentar a Dios, rogándole que, al menos por una vez, dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valora personalmente como lo mejor para él.
Alguien podría objetar que, aunque Dios realiza siempre lo mejor, desea que el hombre se lo pida, pero parece absurdo tener que pedir lo que de antemano sabemos que necesariamente se ha de cumplir por ser lo mejor y por depender de Dios, que sólo se guía por ese principio. Además, suponer que Dios desea que el hombre le pida cualquier cosa supone de nuevo el regreso a esa interpretación antropomórfica de Dios, pues, si Dios es perfecto, lo tiene todo y sería una equivocación suponer en él la existencia de deseos, ya que sólo podría desearse lo que no se posee, de manera que suponer que Dios desee algo equivale a suponer que es imperfecto, ya que le faltaría aquello que se supone que desea.
Quizá alguien objetase que es el hecho de pedirle algo a Dios lo que convierte esa petición en algo bueno. Pero ya en el siglo XIV Guillermo de Ockam señaló que la bondad de cualquier realidad estaba subordinada a la omnipotencia divina; y, en consecuencia, que Dios había establecido el valor de las cosas no porque fueran buenas en sí mismas, sino que eran buenas porque Él así lo había establecido, de manera que no existía nada que fuera bueno en sí mismo y que sirviera de guía a la que tuvieran que someterse las decisiones divinas, pues en tal caso Dios no sería omnipotente, ya que, al estar subordinadas sus decisiones a ese supuesto bien absoluto, éste estaría por encima de Él, debiendo servirle de criterio para sus decisiones, y, en consecuencia, esa subordinación representaría una limitación a su supuesta omnipotencia.
Tomando, pues, como referencia estas observaciones de Ockam ¿no parece que si hacemos depender el bien de una acción del hecho de que el hombre la pida en ese caso estaremos negando la omnipotencia de Dios al subordinar su voluntad a un bien que lo es no porque Dios así lo decida, sino porque el hombre así lo quiera? Además, si se acepta ese planteamiento, en tal caso podría uno pedirle a Dios, por ejemplo, que matase a todos sus enemigos...¿acaso se convertiría en buena esa acción por el simple hecho de haberla pedido? Supongo que la respuesta es obvia. Por lo tanto, parece claro que el criterio de la bondad de una acción no puede encontrarse en el hecho de que el hombre la pida a Dios, sino que previamente dicha acción debe ya ser buena por ella misma o, como pretendía Ockam, porque el propio Dios lo haya decretado así.
Por eso en ocasiones nos encontramos con tipos de oraciones como las que dicen “Dios mío, si es bueno para mí o si es esa tu voluntad, cúrame de esta enfermedad”. Esto representa cierto avance, pero, como antes he dicho, tiene todavía el inconveniente de que en ella se le pide a Dios que haga lo que es bueno, como si el hecho de que lo haga o no pudiera depender del hecho de que uno se lo pidiera en lugar de ser una simple consecuencia de su absoluta bondad y perfección. Y pedirle que haga su voluntad está de sobra, pues ¿acaso no es una contradicción la idea de que pueda haber una diferencia entre la voluntad de Dios y sus decisiones? ¿Acaso podría hacer otra cosa que no fuera su voluntad?
En fin, me parece que debo insistir nuevamente en que en toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración existe un componente antropomórfico fundamental: Del mismo modo que el ser humano se conmueve por las súplicas, y sus decisiones pueden estar fuertemente condicionadas por ellas en lugar de regirse exclusivamente por aquello que racionalmente considera mejor, se tiende a ver a Dios como un ser con las mismas debilidades humanas, como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, me parece que si, cuando uno rezase, fuera consciente de todas estas reflexiones, tendría que considerar la oración (en cuanto petición) como una ofensa a Dios -pues o bien supondría una desconfianza, o bien una especie de deseo de tentar a Dios-, y, en cualquier caso, no tendría sentido verla como un acto piadoso.
4.1.- ¿Existen los milagros?.- Además y como consecuencia de todo esto, estarían de sobra la mayor parte de ceremonias de las distintas religiones, así como la creencia de que, de vez en cuando, Dios hace milagros:
Sobrarían las ceremonias en las que se ruega a Dios por la salvación de alguien, en las que se ruega, se pide o se suplica a Dios cualquier cosa: las distintas oraciones, el Padre nuestro, el Ave María, la Salve, la Letanía, el Rosario, todos los momentos de la Misa en los que se pide a Dios cualquiera de los diversos deseos humanos no tendrían sentido alguno.
A partir de estas consideraciones, la misma norma de la iglesia católica según la cual se exige la prueba de haber realizado al menos tres milagros para poder proceder a la beatificación de un supuesto santo habría que verla como algo absurdo. Pues, desde este punto de vista los milagros no tendrían sentido y la creencia en ellos sólo se explicaría a partir del antropomorfismo de suponer que, de pronto y a última hora, Dios, de manera directa o por la mediación de su madre o de los santos, desharía los planes de sus leyes eternas y los rectificaría para resolver un asunto particular que, al parecer, no supo prever en la remota eternidad. De manera que esto supondría que o bien se equivocó cuando trazó sus planes primitivos, o bien se equivoca ahora cuando los modifica atendiendo a las súplicas de los hombres o dejándose llevar de la compasión, como si anteriormente no se le hubiera ocurrido tenerlas en cuenta. Ambos planteamientos contradicen la idea de la absoluta perfección divina y, por ello, resultan inaceptables.
La verdad es que, eliminada la oración, no sé verdaderamente en qué podrían consistir las relaciones entre el hombre y Dios.
Si la oración -al menos entendida como ruego o petición a Dios de cualquier supuesto bien- aparece como algo absurdo, ¿qué sentido podría tener acudir a la iglesia para “hablar con Dios”? ¿Qué se le podría decir que no supiese? ¿Quizá para agradecerle sus favores? Pero a Dios no le supone ningún esfuerzo el hacerlos; además, si los hace, no es porque el hombre se lo pida sino porque son la manifestación de su perfección, la cual exige que en todo momento obre de acuerdo con ella, tanto cuando parece que nos beneficia como cuando parece que nos perjudica. Dios hace siempre lo mejor y no podría hacer otra cosa porque su perfección le lleva a querer libre, pero necesariamente, sólo mejor. Su propia perfección convierte en “necesarios” todos los actos que realiza “libremente”.
Aceptando esta crítica, alguien podría argumentar que la oración puede tener otro sentido y ser sólo un modo de tratar de sentirnos en más en contacto con él, un medio de tratar de superar nuestra inmensa debilidad tomando una conciencia renovada de que él está con nosotros, de que él nos acompaña en todo momento.
Sin embargo, desde el momento en que uno trata de ponerse “en contacto con Dios” ya está cayendo la equivocación de pensar que Dios no está a su lado y que sólo pensando en él conseguirá atraerlo para que le haga compañía. Y así, esa actitud sólo es una muestra de la debilidad humana en cuanto necesita “imaginarse” a Dios con él porque olvida que Dios estaría siempre a nuestro lado. Pero, si esa actitud representa una debilidad, ¿por qué además habría que considerarla como un mérito por el que Dios se sintiera especialmente agradecido al hombre y le concediera la gloria eterna o cualquier otro favor del tipo que fuere?
Si sus planteamientos eran correctos, tienen una importancia mayor de la que a simple vista parece, pues la falta de sentido de la oración implica, al parecer, el carácter absurdo de un gran número de ceremonias y de instituciones religiosas que se fundamentaban en ese supuesto valor de la oración. Tanto la misa, como el Padre Nuestro, como cualquier ceremonia religiosa estaban llenas de expresiones en las que lo fundamental se relacionaba con oraciones en las que se pide a Dios el perdón de los pecados, la bienaventuranza eterna, la curación de los enfermos, la paz del mundo... o que gane el Valencia ¿Qué sentido pueden tener esas peticiones? Si realmente son buenas, Dios no va a esperar las súplicas de los hombres para concederlas, puesto que es omnipotente e infinitamente bueno, mientras que, si no lo son, pedirle a Dios que las conceda y que, en consecuencia, deje de hacer el auténtico bien para hacer aquello que caprichosamente quieran pedirle los hombres, constituye una especie de sacrilegio.
5. ¿Existe el deber moral?.- Otra cuestión que llama la atención es la de la naturalidad con que la gente asume no sólo la existencia de un dios o de múltiples dioses, sino también la idea de que los hombres tengamos deberes que cumplir con respecto a ellos; es decir, la facilidad con que identifican el concepto de la divinidad con el de una especie de monarca absoluto cuyas órdenes deban ser cumplidas sin discusión de ninguna clase.
Sin embargo, si se analiza lógicamente esta cuestión, parece que podemos encontrar en ella una nueva forma de antropomorfismo, pues, en efecto, parecen entender que Dios sería algo así como una especie de tirano que exigiría de sus súbditos la obediencia, la sumisión y la adoración sin limitación alguna, como la que debió mostrar Abraham cuando Yavéh le ordenó sacrificarle a su hijo Isaac.
Hay quien argumenta que, aunque es cierto que se lo ordenó, sólo quiso probarle para ver hasta qué punto estaba dispuesto a obedecerle, de manera que, cuando vio que Abraham estaba dispuesto a realizar aquel sacrificio, Dios le dijo que lo cambiase por el sacrificio de una oveja. Sin embargo, no hay que olvidar que, según las propias doctrinas morales del cristianismo, lo que realmente cuenta en nuestras acciones es la intención y no el hecho de si materialmente llegamos a realizarlas o no. Pero, además, creo que no sólo es absurdo que Dios le pida a Abraham que le sacrifique a su hijo sino también que le sacrifique ese cordero inocente que vivía en paz sin molestar a nadie.
¿Para que le servía a Dios la muerte de Isaac o la de ese cordero que finalmente le sacrificó Abraham?
Pero dejando de lado el ejemplo de Abraham, no parece que tenga ningún sentido la teoría según la cual se defiende que Dios tiene el derecho de mandar y el hombre la obligación de obedecer lo que Dios mande. Eso no parece tener ninguna lógica: Sólo manda quien no puede conseguir las cosas por sí mismo o quien disfruta disponiendo de la vida de los demás, pero Dios no necesitaría siervos para conseguir nada, puesto que todo lo posee, ni tampoco sería lógico considerarlo como un tirano que disfrutase dando órdenes del tipo que fuere, con la amenaza del Infierno en el caso de que no se le obedeciese. Además suponer que Dios mande parece que desde el punto de vista lógico plantea varios problemas, pero en lo esencial quisiera señalar dos:
En primer lugar y como diría Hume, hay que indicar que a partir de la existencia de Dios como la de un ser infinitamente poderoso no hay forma de inferir que el hombre tenga el deber de obedecer lo que disponga. Si Dios nos creó, fue porque quiso, pero en ningún caso estableció un pacto, aceptado por el hombre, en el que se dijera algo así como “sólo te crearé a condición de que te comportes de acuerdo con mis órdenes”; ese pacto no podía establecerse sino después de que el hombre hubiera sido ya creado para aceptarlo o no, pero evidentemente no puede establecerse ningún pacto mientras falte uno de los sujetos que deben intervenir en él.
En segundo lugar, surge una segunda cuestión igualmente importante: Al margen de la anterior objeción, que no parece que pueda refutarse, ¿por qué habría que obedecer a Dios?: 1) ¿Acaso porque no deseamos ser condenados al Infierno?, 2) ¿Acaso porque simplemente es Él quien lo ordena? o 3) porque lo que Dios ordena es bueno?
La aceptación del primer supuesto implicaría una actitud interesada, que, como Kant diría, no tendría valor moral, ya que obedecer por temor al Infierno no es cumplir con ningún tipo de deber por simple respeto a una supuesta ley moral absoluta que se imponga a nuestra conciencia y frente a la cual seamos libres para obedecerla o no; en segundo lugar, obedecer los mandatos divinos porque proceden de Dios es simplemente irracional en cuanto no se explique de dónde se infiere la obligación de cumplir con dichos mandatos; y, en tercer lugar, obedecer a Dios porque lo que manda es bueno equivale a afirmar que lo prioritario a la hora de guiar nuestra acción no es el hecho de que sea Dios quien la ordene, sino que advertimos que obedeciéndole podremos alcanzar algo bueno, de forma que la obediencia no es el fin de la acción, sino que dicho fin es el bien que tratamos de conseguir, y, lógicamente, todo el mundo desea alcanzar lo que es bueno en cuanto, como decían Aristóteles, santo Tomás, Spinoza y muchos otros filósofos lo bueno no es otra cosa que aquello que nos causa satisfacción o felicidad; y todo el mundo desea la felicidad. Es decir lo bueno es lo que deseamos, y no lo deseamos porque sea bueno sino que, como decía Spinoza, lo consideramos bueno porque lo deseamos. En consecuencia, es imposible dejar de obrar voluntariamente en contra de lo que en el momento actual entendemos como bueno, o lo que es lo mismo, como deseable.
6. ¿Tiene sentido el pecado original?.- En cuanto al famoso “pecado original”, se trata de un dogma según el cual toda la humanidad, a excepción de María, nació en pecado como consecuencia del pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva.
Este dogma plantea diversos problemas. Uno de ellos consiste en el propio carácter absurdo y contradictorio de un pecado que se hereda: si el concepto de pecado hace referencia a una acción voluntariamente cometida en contra de la ley de Dios, no tiene sentido la tesis de que el hombre nazca ya en pecado, pues antes de nacer no puede haber cometido ninguna acción, ni voluntaria ni involuntaria, en contra de las normas divinas. De hecho, el mismo san Agustín sólo pudo encontrar como una explicación (?) para esa supuesta herencia del pecado original su doctrina del “traducianismo”, según la cual los hijos heredarían de los padres no sólo el cuerpo sino también el alma, y por ello el hombre habría nacido en pecado. Si sólo heredásemos el cuerpo, san Agustín no veía cómo encontrar una explicación al dogma del pecado original. Sin embargo, su doctrina fue rechazada por la Iglesia oficial, considerando que era Dios quien creaba el alma de cada persona en el momento de su concepción.
Por otra parte, el mismo pecado original, considerado en sí mismo, plantea igualmente problemas que nos llevan a rechazar esta doctrina:
1) ¿Por qué Dios puso a Adán y a Eva la prohibición de comer la fruta de aquel árbol y al mismo tiempo les colocó el árbol, les proporcionó la tentación de comer de él y dejo que el diablo en forma de serpiente contribuyese a hacer más atractiva la famosa manzana?
2) Además Dios sabía desde toda la eternidad que Adán y Eva comerían de la manzana, ¿por qué entonces “jugó” con ellos haciéndoles cometer -como diría santo Tomás- aquella acción prohibida?.
6.1. ¿Es compatible la omnipotencia divina con el pecado original.-
Pero, en segundo lugar, podemos plantear un nuevo problema: si María nació sin pecado, eso demuestra que el nacer en pecado no era absolutamente necesario e inevitable. Sería incluso una ofensa a la omnipotencia divina negarle el poder de evitar que no sólo María, sino el resto de la humanidad naciera también sin pecado. ¿Por qué no lo evitó? ¿Habrá que pensar que era bueno que el hombre naciera en pecado? ¿Acaso el pecado es bueno? En tal caso, ¿por qué privó a María de ese bien? Y, si es malo, ¿por qué utilizó su poder sólo para librar a María del pecado y no al resto de la humanidad? ¿No dice el cristianismo que Dios ama al hombre con un amor infinito? ¿Acaso el poder de Dios se debilita a medida que lo utiliza? ¿Acaso no es infinito? ¿Acaso puede ser “más infinito” para unos que para otros?
Quizá alguien diga que el pecado original era bueno para que Dios manifestase su amor muriendo en la cruz, pero también se dice que el fin no justifica los medios, y, además, para perdonar al hombre parece totalmente absurdo que este perdón se obtenga por la mediación del sufrimiento y de la muerte de alguien, tanto si se trata del hombre, como si se trata del mismo Dios en la cruz. Que el perdón de Dios derive de un crimen mucho peor que el de comer una manzana sólo es explicable desde una mentalidad primitiva en la que las ofensas al rey o al faraón sólo se perdonaban con la muerte del ofensor. En este caso sería el propio Dios, convertido en hombre, quien pagaría la desobediencia de otro hombre. Esta doctrina sería una aplicación de la famosa ley del Talión (“ojo por ojo y diente por diente”) y, por ello, parece que constituye un mito más absurdo que el conjunto de todos los mitos griegos, con su Olimpo mucho más humanizado, aunque igualmente antropomórfico y lleno de fantasía.
7.- ¿Es compatible el amor y la infinita misericordia divinas con la existencia del Infierno?: ¿Como encaja el dogma de la existencia del infierno con el del amor infinito de Dios? Se trataría, en efecto, de un amor muy “ardiente”, pero no demasiado apetecible para la persona amada de ese modo.
El dogma de la existencia del infierno parece claramente absurdo, teniendo en cuenta el amor infinito de Dios hacia el hombre, pero algunos cristianos dicen que en realidad no es Dios quien condena sino que es el hombre quien elige libremente vivir alejado de Dios; de manera que el infierno no consistiría en otra cosa que en ese estado de infinita soledad en el que el hombre se instalaría libremente. Sin embargo, aunque mediante “esa solución” Dios quedaría libre de cualquier responsabilidad por lo que se refiere al destino del hombre, no veo que de ese modo se solucione el problema, pues siguen apareciendo problemas, como los siguientes: En primer lugar, recuerdo que cuando en los evangelios se habla del infierno, se lo describe como un lugar de castigo al que Dios envía a la mayoría de los hombres, pues dicen los evangelios “muchos son los llamados y pocos los escogidos” y hay además otras muchas afirmaciones atribuidas al mismo Jesucristo en las que se habla del infierno como un lugar de castigo para quienes no tengan fe y no sigan su palabra. Y, en segundo lugar, me parece absurdo que nadie elija apartarse del bien de manera consciente, de manera que, si el infierno representa el mayor mal que pudiera sufrir el hombre -hasta el punto que los mismos evangelios dicen de Judas que “más le valiera no haber nacido”-, en tal caso es inconcebible que nadie desee ese mal: sólo se desea lo que se presenta con cierto atractivo para el hombre, pero el infierno en cuanto tal no parece tener ninguno; en consecuencia, no parece que nadie se aleje voluntariamente de Dios -Bien absoluto-. Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles, decía que la voluntad tiende necesariamente al bien, y así, desde una eminente figura del cristianismo tenemos una crítica implícita al argumento anterior. Recordemos también que este argumento tiene sus orígenes en el intelectualismo socrático; Sócrates consideraba que “nadie hace el mal voluntariamente” y, efectivamente, siempre que hacemos cualquier cosa es porque en dicha acción encontramos, de manera directa o indirecta, un bien que nos lleva a realizarla, al margen de que nos podamos equivocar y elegir un bien inferior a otro también realizable pero que en esos momentos no hemos sabido apreciar adecuadamente. También éste es el motivo que llevó a Spinoza a decir que “entre dos bienes elegimos el mejor, y entre dos males, el menos malo”.
Considero, pues, que la idea de un Dios infinitamente misericordioso que a la vez haya creado el castigo eterno del Infierno es tan inteligible como un círculo cuadrado. Se trata de una nueva forma de antropomorfismo, aunque llevada a su máxima expresión en cuanto a la crueldad que supone; es decir, así como el hombre es agresivo y vengativo, tradicionalmente, creando a sus dioses a su imagen y semejanza, ha proyectado en ellos esas mismas cualidades, considerando, pues, que Dios también es vengativo o “justo” en una proporción infinita acorde con su poder.
Todavía se utiliza ese argumento para atemorizar a los niños a fin de que en su mente quede grabada para siempre esa absurda pesadilla, pero lo que más me asombra es que haya personas ya formadas que sigan aceptando esos planteamientos tan absurdos.
8. ¿Por qué los hombres siguen creyendo en Dios, a pesar de toda esta serie de dificultades que la religión no explica?- Parece que el motivo fundamental se encuentra en el temor que el hombre siente ante los diversos peligros que continuamente amenazan su vida. Parece que el hombre necesita creer en algo o en alguien, en algunos dioses, espíritus y diversos seres poderosos e invisibles que podrían librarle de las angustias que rodean su existencia con tal de que les manifestase su sumisión, su respeto, su devoción y su adoración más plena. Parece que el sentimiento de soledad y la vivencia de la falta de sentido del mundo en que vivimos nos lleva a desear que exista “algo” que le de sentido, pero conviene distinguir nuestros deseos con nuestros conocimientos. Como decía Nietzsche, el hambre no demuestra que haya comida.
Antonio García Ninet
El señor Ratzinger, jefe supremo de la Secta Vaticana, con la excusa de que Amnistía Internacional defiende el derecho al aborto en determinadas condiciones, ha pedido a los católicos que no concedan ayudas a esta institución
¿Qué habría que hacer con los fondos públicos que el Estado español dedica a subvencionar a la Secta Católica, una institución que no sólo no respeta los derechos humanos sino que ni siquiera acepta la democracia?
Es vergonzoso que el Estado español siga concediendo esta ayuda, a pesar de saber que la Secta Vaticana comete un gravísimo delito de malversación de fondos desde el momento en que dedica un alto porcentaje de la “limosna” que recibe a engrandecer su patrimonio como un fin en sí mismo, en lugar de destinarlo a salvar las vidas de quienes cada día mueren de hambre.
Pues, desde luego, con su bienaventuranza dedicada a los pobres no creo que Jesús quisiera decir que hubiese que contribuir al incremento del número de pobres para que así hubiese más “bienaventurados” –aunque su mensaje no deja de ser paradójico, pues, si se ensalza a los pobres, parece que haya que dejarlos en su situación en cuanto sea ella la que les hace bienaventurados y por ello la Secta Católica, deseando contribuir a que la famosa "bienaventuranza" dedicada a los pobres se cumpla algún día, se sacrifica cargando humildemente con la repugnante riqueza de los demás -al igual que Jesús cargó con los pecados del mundo (según dicen)-, y así los mantienen puros en medio de una pobreza impoluta, a fin de que tengan garantizada la "bienaventuranza" eterna por ser pobres y por morir en medio de la miseria y del hambre más absolutos.
No obstante y a pesar de estas trascendentes intenciones de la Secta Católica, hay que exigir a nuestros gobernantes que no sigan cediendo cobardemente a ese chantaje.
Ceder a él significa consentir y ser cómplice de un robo efectuado contra los ciudadanos españoles, de quienes procede ese dinero, y contra los pobres, a quienes debería ir destinado. La Secta Católica acepta e incluso exige esa “limosna” con hipocresía y plenamente consciente de que el dinero que recibe es el producto de una malversación de fondos, pues sabe que esos miles de millones de euros proceden del pueblo español y sabe que aceptar ese dinero es tan indigno como aceptar dinero robado, pues el dinero que recibe la Secta Vaticana procede de todos los españoles, de cuyos impuestos se ha detraído para una finalidad que a nadie se ha consultado, siendo cedido a la Secta sin nuestro consentimiento.
A la malversación de fondos de los sucesivos gobiernos de España y a la complicidad de la Secta Católica en ese robo, se une a continuación la malversación de fondos de la propia Secta Católica en cuanto ni siquiera utiliza esos recursos económicos para distribuirlos entre los pobres sino para el engrandecimiento de su propia economía, para la construcción o ampliación de sus palacios, para sus lujos personales, para la compra de mobiliario de lujo, anillos, cálices y custodias de oro, obras de arte de gran valor económico, gastos diversos para adornar sus iglesias a fin de que sirvan para hacer creíbles sus doctrinas por ese medio irracional, en cuanto desde la racionalidad son, desde luego, increíbles.
¿No es absurdo que el Estado español regale a la Secta Vaticana ese dinero, a pesar de que en nuestro país sigue existiendo una bolsa de pobreza nada desdeñable? ¿No es una desvergüenza que, mientras hay personas que están cobrando una jubilación que no llega a los 400 euros mensuales se destine toda esa barbaridad de millones a “ayudar” a la jerarquía de una Secta Religiosa, cuya renta per capita es infinitamente superior a la de cualquier país del mundo? ¿No es el colmo de la desvergüenza que a continuación de todo esto la Secta se dedique ahora a cobrar por visitar las catedrales que se han construido con el esfuerzo y el dinero de los españoles?
Y, si esto está pasando con el PSOE en el gobierno, ¿qué pasará cuando entren a gobernar los secuaces de la Secta Vaticana.
Quien quiera preguntarse por qué se siguen concediendo a la Secta católica esas “ayudas” millonarias se le puede explicar que los gobiernos se sienten chantajeados por esa Secta hasta el punto de que por evitar su intervención, erosionando al gobierno de turno, éste se doblega a sus exigencias después de una negociación en la que las jerarquías sectarias amenazan con “manifestaciones”, con “objeciones de conciencia” o con “excomuniones” a quienes no actúen de acuerdo con sus consignas.
A la Secta católica no le importa la defensa de unos u otros principios morales. Lo que le importa es poder utilizarlos como armas mediante las cuales adoctrinar a sus “fieles” y así poder comunicarles sus consignas cuando le parezca oportuno a fin de conseguir sus auténticos intereses.
Una pequeña prueba de ello es la escandalosa diferencia existente por lo que se refiere a la tibieza de sus denuncias contra el capitalismo voraz frente a la dureza con que ataca un tema tan intrascendente como la ley del divorcio y otras similares -que a nadie obligan a nada sino sólo le permiten-. En definitiva, hablar de la miseria y del hambre no le resulta rentable y, por ello, apenas hace mención de ellas en alguna ocasión a fin de evitar las críticas por su despreocupación, mientras que servirse de su oposición doctrinal al divorcio sí le sirve para presionar a los gobiernos no porque le importe el divorcio en sí mismo sino porque esa doctrina le sirve de arma para poder atacar a los gobiernos que no ceden al chantaje económico exigido por la Secta Católica a cambio de su silencio sobre asuntos que pertenecen exclusivamente a la conciencia de cada uno. ¿Qué pasa con la guerra de Irak? La Secta y su jefe, el señor Ratzinger, sabían que por “principios” tenía que oponerse a ella, y, efectivamente así lo hicieron en un primer momento y en alguna reciente ocasión, pero de un modo tan delicado y suave que muy pocos se han enterado de qué postura defienden. ¿No deberían estar denunciando todos los días esa guerra tan absurda? Lo que sucede es que la actitud de denuncia no les resulta nada rentable desde el punto de vista económico cuando se trata de un asunto relacionado con el gobierno de los Estados Unidos, al que considera más prudente respetar que denunciar. Hipocresía y ambición de poder, eso es la explicación.
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* Antonio García Ninet es Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación
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