miércoles, 26 de septiembre de 2007

El sentido -o sinsentido- de la oración y de los milagros
visto desde la Lógica:
Si tenemos en cuenta que con la palabra “Dios” se pretende hacer referencia a un ser perfecto (omnipotencia, bondad, misericordia y amor infinitos) entonces parece evidente que la oración o bien significa un desconocimiento de estas cualidades divinas o bien un intento de sobornar a Dios para que deje de hacer lo perfecto para que realice aquello que se le pide. Quien reza o bien pide a Dios que haga lo mejor o bien le pide que haga algo distinto. Si le pide que haga lo mejor, demuestra que es un ignorante por desconocer que Dios, a causa de su perfección, hace siempre lo mejor sin necesidad de que nadie se lo pida, o bien desconfía de que vaya a hacerlo si él no se lo recuerda mediante sus oraciones. Si le pide que haga algo distinto, entonces ofende a Dios por pretender sobornarle.
En consecuencia, quien reza o bien es un ignorante o bien ofende a Dios
Símbolos: P = Pedir a Dios que haga lo mejor; I = Ser Ignorante (en asuntos teológicos); D = Desconfiar de Dios; O = Ofender a Dios.
Simbolización del argumento Demostración
Ùx [Rx É (Px Ú ~Px)] 1. Ùx [Rx É (Px Ú ~Px)] P
Ùx [Px É Ix Ú Dx)] 2. Ùx [Px É Ix Ú Dx)] P
Ùx (~Px É Ox) 3. Ùx (~Px É Ox) P
Ùx [Rx É [(Ix Ú Dx) Ú Ox)]] 4.Ra É (Pa Ú ~Pa) RE Ù, 1.
5. Pa É (Ia Ú Da) RE Ù, 2.
6. ~Px É Ox RE Ù, 3
é 7. Pa Ú ~Pa
½ é8. Pa
½ ë 9. Ia Ú Da RE É, 5, 7.
½ é10. ~Pa
½ ë11. Ox RE É, 6, 10.
ë 12. (Ia Ú Da) Ú Ox RE Ú, 4, 7, 8, 9,10,11.
13. (Pa Ú ~Pa) É [(Ia Ú Da) Ú Ox] RI É, 7, 12.
14. Ra É [(Ia Ú Da) Ú Ox] RTR É, 4, 13.
15. Ùx [Rx É [(Ix Ú Dx) Ú Ox)]] RI Ù, 14.





6. Pa É Da RE Ù, 3

1. Ùx (Rx É Px) Pr
2. Ùx (Dx É Ox) Pr
3. Ùx (Px É Dx) Pr
4. Ra É Pa RE Ù, 1
5. Da É Oa RE Ù, 2
6. Pa É Da RE Ù, 3
7. Ra É Da RTr. É, 4, 6
8. Ra É Oa RTr É, 7, 5.
9. Ùx (Rx É Ox) RI Ù, 8.

-He leído en el periódico que en un pueblo de Ciudad Real los vecinos estaban tan desesperados por la sequía tan larga que están padeciendo que han sacado en procesión la imagen de la Virgen para hacer “Rogativas”.
-¿Y en qué consiste eso?
-Pues se trata de unas procesiones en las que se pide a Dios, a la Virgen o a un santo –como mediadores ante Dios-, determinado favor, como en este caso el favor de la lluvia para que no se pierdan las cosechas.
-¡Qué costumbre tan curiosa!
-¿Por qué dices eso? A mí me parece natural que uno recurra a cualquier medio cuando se encuentra con un serio problema que no sabe cómo resolver. Y, si Dios es omnipotente, ¿quién mejor que él para tratar de encontrar una ayuda?
-Viendo así las cosas, lo que dices parece razonable. Pero, después de reflexionar un poco, me ha parecido encontrar una especie de incongruencia en este asunto.
-No sé a qué te refieres, pero, si quieres explicármelo, estoy dispuesto a escucharte.
-Pues verás: Según enseña la doctrina religiosa del cristianismo (y también la de otras religiones) Dios es omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno. Es decir, Dios puede hacerlo todo, sabe qué es lo mejor y, además, por su infinita bondad, siempre lo hace.
-Estoy de acuerdo contigo, pero, a pesar de todo, no acabo de ver qué problema encuentras en que la gente trate de ponerse en contacto con Dios para implorar su ayuda.
-Pues a mí me parece que está bastante claro. Lo que quiero decir es que, si Dios hace siempre lo mejor, no parece tener sentido pedirle que lo haga. Es más: creo que en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción interna en la doctrina cristiana, contradicción que sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuera.
-Me parece que lo que dices es poco claro y demasiado atrevido; creo que sacas conclusiones demasiado precipitadas a partir de razonamientos que, aunque en apariencia estén bien construidos, podrían ser insuficientes y tal vez algo superficiales. Además, creo que deberías tener en cuenta que los conceptos de oración y religión han estado siempre unidos a lo largo de la historia ¿No has pensado en que tal vez sea demasiado pretencioso creer que se pueda destruir con tanta facilidad el peso de esa larga tradición histórica? ¿Acaso crees que podría existir la religión al margen de la oración? La verdad es que respeto tus ideas igual que tú las mías, pero, si no las argumentas con mayor claridad, no puedo compartirlas.
-Comprendo que mis palabras te produzcan cierta desconfianza, pero espero que, con un poco de paciencia por tu parte y por la mía, conseguiré al menos hacerme entender, al margen de que finalmente coincidamos o no en nuestra respectivo enfoque de esta cuestión.
En primer lugar y respecto a mi enfrentamiento con esa larga tradición histórica, quiero aclararte que yo no pretendo enfrentarme con nadie, sino simplemente pensar con la mayor libertad posible y procurando ser riguroso en el uso de mi limitada inteligencia, siendo consciente de que puedo equivocarme como cualquier otra persona. Además, procuro tener en cuenta ese hecho que mencionas: soy consciente de que la existencia de una larga tradición que ha defendido una determinada creencia no puede ignorarse, pero, a pesar de todo, tú mismo sabes perfectamente que el progreso histórico se ha producido en muchas ocasiones a partir de la crítica a determinadas opiniones que contaban con una larga tradición y que no por ello se han mantenido como verdades inamovibles. Recuerda, por ejemplo, la teoría geocéntrica, que fue criticada por Copérnico y por Galileo: En aquellos tiempos los nuevos planteamientos astronómicos provocaron un gran escándalo que llevó a las instituciones religiosas a tomar medidas represivas realmente graves. Pero, como tú bien sabes, todas estas medidas no sirvieron para demostrar nada en favor de las creencias tradicionales, y finalmente la doctrina heliocéntrica se impuso, a pesar de la tradición geocéntrica.
Con ello no quiero decir que debamos rechazar por sistema cualquier doctrina por el simple hecho de que pertenezca a la tradición, sino que no tenemos por qué renunciar al uso de la razón y de la experiencia a la hora de valorar la verdad o falsedad de cualquier teoría, pues no parece que dispongamos de otros medios más eficaces para aproximarnos a un conocimiento objetivo de la realidad, en el caso de que sea posible.
Por otra parte y en contra de esa tradición, hace más de dos mil años, Platón hacía referencia ya el carácter insobornable de los dioses y criticaba esa forma comercial de comprensión de la religión en la que se hacían sacrificios a los dioses a fin de comprar sus favores.
-Aunque me resulta algo difícil aceptar tus conclusiones, reconozco que al menos tienes razón en eso que defiendes, en que todo el mundo tiene derecho a replantearse el valor de cualquier teoría, por muy antigua que ésta sea. Sin embargo, todavía no he llegado a comprender tu razonamiento sobre el tema que estamos tratando, así que necesitaría una exposición más detallada para poder profundizar un poco más y opinar con un criterio mejor formado.
-Bien; trataré de presentar el asunto con mayor claridad. Como te decía, el núcleo del problema, tal como yo lo veo, se encuentra en el siguiente dilema: cuando uno hace una petición a Dios, como en el caso de las rogativas, o bien le pide que realice lo mejor (considerando que lo mejor en este caso sea que llueva), o bien le pide que realice algo que no es lo mejor.
La primera parte de la alternativa implicaría o bien una desconfianza hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque sea infinitamente bueno, o bien cierta ignorancia en asuntos de teología por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que realice aquello que necesariamente hará como consecuencia de su infinita bondad. Creo que lo que aquí sucede es que, de forma inconsciente al menos, los hombres se han creado una imagen antropomórfica de Dios; es decir, que del mismo modo que encontramos natural pedir favores a los poderosos porque confiamos en que nuestros halagos, súplicas y otras manifestaciones de respeto, admiración y sumisión hacia ellos podrán influir en que tengan hacia nosotros una disposición más favorable, así también se llega a creer que la mejor o peor disposición de Dios –o de los dioses- hacia el hombre depende también de las diversas súplicas y oraciones mediante las cuales el hombre le manifieste su respeto, su devoción y su amor.
Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría o bien algo así como tentar a Dios, rogándole que, al menos por una vez, dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valora personalmente como lo mejor para él, o bien de nuevo el desconocimiento de que todo lo que sucede es consecuencia de los planes de la “Divina Providencia”; en consecuencia parece que no tiene sentido pedirle a Dios que suceda lo que necesariamente sucederá como consecuencia de los planes de su inteligencia infinita, su omnipotencia y su bondad absoluta.
En fin, como ya te he dicho, me parece que en toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración existe un componente antropomórfico fundamental: Del mismo modo que el ser humano se conmueve por las súplicas, y sus propias decisiones pueden estar fuertemente condicionadas por ellas, en lugar de regirse exclusivamente por aquello que racionalmente considera mejor, se tiende a ver a Dios como un ser con las mismas debilidades humanas, como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, me parece que si, cuando uno rezase, fuera consciente de todas estas reflexiones, tendría que considerar la oración (en cuanto petición) como una ofensa a Dios -pues o bien supondría una desconfianza, o bien supondría una especie de deseo de tentar a Dios-, en lugar de verla como un acto piadoso. Además y como consecuencia de todo esto, estarían de sobra la mayor parte de ceremonias de las distintas religiones, así como la creencia de que, de vez en cuando, Dios hace milagros:
Sobrarían las ceremonias en las que se ruega a Dios por la salvación de alguien, en las que se ruega o suplica a Dios cualquier cosa, como la curación de una enfermedad, aprobar un examen sin haber estudiado, que nos toque la lotería o cualquier otra petición, por poca importancia que tuviese.
Tanto la misa, como el Padre Nuestro, como cualquier ceremonia religiosa están llenas de expresiones en las que lo fundamental se relaciona con oraciones en las que se pide a Dios el perdón de los pecados, la bienaventuranza eterna, la curación de los enfermos, la paz del mundo... ¿Qué sentido pueden tener esas peticiones? Si realmente son buenas, Dios –por su omnipotencia y bondad- no esperaría las súplicas de los hombres para concederlas, mientras que, si no lo son, pedirle a Dios que las conceda y que, en consecuencia, deje de hacer el auténtico bien, para hacer aquello que queramos pedirle nosotros, constituiría una especie de sacrilegio.
La verdad es que, eliminada la oración, no sé verdaderamente en qué podrían consistir las relaciones del hombre con Dios.
-Si la oración -al menos entendida como ruego o petición a Dios de cualquier supuesto bien- aparece como algo absurdo, tal vez podría tener sentido acudir a la iglesia para hablar con Dios.
-Pero, ¿qué se le podría decir que no supiese? ¿Quizá crees que su función sería la de agradecerle sus favores? Pero a Dios no le supone ningún esfuerzo el hacerlos; además, si los hace, no es porque el hombre se lo pida sino porque son la manifestación de su perfección, la cual exige que en todo momento obre de acuerdo con ella, tanto cuando parece que nos beneficia como cuando parece que nos perjudica. Dios hace siempre lo mejor y no podría hacer otra cosa porque su perfección le impide querer otra cosa que no sea lo mejor. Su propia perfección convierte en “necesarios” todos los actos que realiza “libremente”: Dios “podría” hacer el mal “si quisiera”, pero Dios no puede querer el mal, porque, por simple definición el bien es aquello que Dios quiere.
¿Qué misión podía seguir cumpliendo la Iglesia? ¿Qué misión cumplirían las relaciones entre Dios y los hombres?
-Tal vez el hombre necesita sentir que “alguien” le escucha y comparte sus preocupaciones –aunque no le responda-.
-En tal caso no nos encontraríamos con un diálogo sino con un monólogo en el que nuestra fantasía nos llevase a construir un personaje especial para sentirnos acompañados. Por otra parte, a fin de conseguir un equilibrio interior parece que da buen resultado dedicar cada día algún tiempo a la meditación para ordenar nuestras ideas, ser conscientes de los problemas que tenemos, tratar de pensar en la forma de darles solución, pensar en los objetivos que pretendemos alcanzar en nuestra vida y en una multitud de asuntos que siempre conviene replantearnos para dirigir nuestra vida en lugar de ser arrastrados por las circunstancias que podíamos haber previsto si hubiésemos dedicado un tiempo a reflexionar.
Pero todo eso podemos realizarlo sin necesidad de imaginarnos un interlocutor que responde a nuestras preguntas, aclara nuestras dudas o nos consuela de nuestras preocupaciones. Claro está, que, si, imaginando que hay un ser invisible que nos consuela, eso nos tranquiliza, en tal caso nos encontramos ante una opción personal que resolveremos en un sentido o en otro según cuál sea la fuerza de nuestra imaginación y su capacidad para ayudarnos a resolver nuestros problemas o a reflexionar sobre ellos.
-Te pido que me disculpes si por el momento me abstengo de seguir hablando sobre ese tema, pero, después de oírte, creo que mis ideas están algo confusas, así que necesito reflexionar para clarificarlas antes de llegar a una conclusión respecto al valor de tus observaciones. Debo reconocer que en lo que dices existe una lógica que, a simple vista, parece bastante convincente, pero necesito pensar algo más sobre esa cuestión, pues nunca antes me la había planteado.
-Espero no haberte molestado con mis propias reflexiones. Además, me parece muy bien que dejes pasar un tiempo para estudiar el asunto con calma, pues en muchas ocasiones nos dejamos llevar por argumentos precipitados –como podría ser el que te he presentado- y no tenemos en cuenta algunos aspectos del problema que tratamos hasta que de pronto nuestra cabeza, como si trabajase de forma inconsciente, de pronto nos presenta una nueva hipótesis o una nueva idea que podría servir para enfrentarnos a un problema desde una perspectiva nueva.
Por cierto, hablando con un compañero sobre esta misma cuestión, me dijo que el rezo por la salvación de un difunto no tiene como finalidad que Dios le libre del infierno que merecería si hubiera muerto en pecado mortal, sino la de pedirle a Dios que haya evitado aquella situación que le habría llevado a morir en tal estado
Pero, de acuerdo con esa respuesta, todo depende de la lotería de las circunstancias, del momento en que uno muera. Y Dios determinaría que uno muriese o no cuando se encontrase en pecado mortal como consecuencia de las oraciones y las misas de quienes pagasen por “la salvación del difunto”. Es decir, que el amor divino por sí mismo, a pesar de ser infinito, no bastaría para propiciar la salvación del difunto; haría falta que la voluntad divina fuera movida por las oraciones de quienes asisten y pagan las misas de difuntos.
En definitiva, parece que el poder y el amor divino infinito serían por sí mismos insuficientes para conceder la salvación, y, en consecuencia, haría falta además ese “empujón” representado por las oraciones humanas para conseguir la salvación del difunto.
Me parece que esta “solución” es un ejemplo más de lo que he estado criticando, pues implica creer que Dios sólo hace lo mejor si se lo pedimos o que no hace lo mejor, cuando le pedimos un favor que no coincide con aquello que es lo mejor. Esta solución sólo podría aceptarla aquél que hubiera pasado por alto el significado de las palabras “amor infinito” y “omnipotencia” y llegase a considerar que Dios necesita de los ruegos de los hombres para perdonar a quienes ama con ese amor infinito.
Simbolización y demostración de los enunciados principales y de la conclusión:
Equivalencias de los símbolos: La “x” es una “variable individual o argumento” y simboliza a cualquier individuo; “R” simboliza al predicado “rezar” como acción o cualidad propia del individuo “x”; el símbolo “É” equivale a la expresión condicional “si… entonces” o, para abreviar –aunque de modo algo inexacto- podríamos darle el significado “implica”; “P” simboliza “pedir a Dios que haga lo mejor”; el símbolo “ Ú ” equivale a la conjunción disyuntiva “o” –no excluyente-; y el símbolo “~” equivale a la negación de la expresión que le sigue; el símbolo “D” significa “Dios”; el símbolo “M” significa “hacer siempre lo mejor”; los símbolos “Ùx” es el cuantificador universal y significa “Para todo individuo x”.

Quien reza pide a Dios que haga lo que él desea
Quien desconfía de la perfección divina ofende a Dios.
Quien pide a Dios lo que él desea desconfía de la perfección divina.
Quien reza ofende a Dios.

Simbolización :
Ùx (Rx É Px)
Ùx (Dx É Ox)
Ùx (Px É Dx)
Ùx (Rx É Ox)
Demostración
1. Ùx (Rx É Px) Pr
2. Ùx (Dx É Ox) Pr
3. Ùx (Px É Dx) Pr
4. Ra É Pa RE Ù, 1
5. Da É Oa RE Ù, 2
6. Pa É Da RE Ù, 3
7. Ra É Da RTr. É, 4, 6
8. Ra É Oa RTr É, 7, 5.
9. Ùx (Rx É Ox) RI Ù, 8.

Al igual que la oración, tampoco la creencia en los milagros parece tener sentido; la creencia en ellos sólo se explicaría a partir del antropomorfismo de suponer que, de pronto y a última hora, Dios, de manera directa o por la mediación de su madre o de los santos, deshace los planes de sus leyes eternas y los rectifica para resolver un asunto particular que, al parecer, no supo prever [?] en la remota eternidad. De manera que esto supondría que o bien se equivocó cuando trazó sus planes primitivos, o bien se equivoca ahora cuando los modifica atendiendo a las súplicas de los hombres o dejándose llevar de la compasión, como si anteriormente no se le hubiera ocurrido tenerlas en cuenta. Ambos planteamientos contradicen la idea de la absoluta perfección divina y, por ello, resultan inaceptables.
Además, resulta asombroso que se atribuyan a Dios de manera especial aquellos milagros para cuya realización el creyente tiene que acudir a rezar a Lourdes, a Fátima o a cualquier otro lugar “especialmente sagrado”. Tal vez eso explicaría por qué los negros de África se mueren de hambre y enfermedades, ya que, si no tienen dinero ni para comer, ¿cómo van a poder trasladarse a Lourdes para ser “curados” de su hambre y de todas las enfermedades y miserias que pronto acaban con su vida?.

Relacionar la Religión con la Lógica parece algo atrevido por cuanto la tradición religiosa siempre ha tratado de escudarse en la fe más que en la Lógica y en la razón. Sin embargo, la defensa de la prioridad de la fe sobre la razón nos plantea ya el problema del porqué de esa prioridad, es decir, de la razón por la cual la misma razón debe someterse a la fe, de manera que el pretender dar una respuesta racional a esa pregunta ya implicaría una subordinación de la fe a la razón; por otra parte si se dice que la fe está por encima de la razón y se renuncia a dar una un porqué, una “razón”, en tal caso nos adentramos en un irracionalismo que podría servir para justificar cualquier tipo de fe -puesto que la fe no requeriría de justificación-. Por otra parte, el comienzo del evangelio de san Juan identifica a Dios con la Razón cuando dice: “In principio erat Verbum, et Verbum erat apud Deum et Deus erat Verbum” ( “En el principio existía la Razón ( = palabra, discurso racional, razón), y la Razón estaba junto a Dios y Dios era la Razón”), y, en consecuencia, parece absurdo que haya que dejar de lado esa facultad cuando tratamos de explorar en cuestiones que tratan de Dios o de la religión.
Por ello, considerando esa identificación de la Razón con Dios, señalada por san Juan Evangelista y por otros pensadores cristianos, considero que, dejando de lado los problemas de rigor o falta de rigor intelectual que plantea la fe como afirmación de algo que, por definición, se desconoce, voy a analizar alguna cuestión religiosa desde el simple razonamiento personal y, a continuación, presentaré los resultados desde el punto de vista de su estructura lógica. Con ello pueden lograrse dos objetivos: en primer lugar, ver la importancia que tiene la Lógica para la clara exposición de nuestros razonamientos, y, en segundo lugar, aplicar esas estructuras lógicas para el esclarecimiento de diversos problemas, como, en este caso, uno o dos problemas relacionados con la religión.
Antes de continuar es conveniente señalar que la Lógica “por sí misma” no sirve para descubrir ninguna verdad material; su utilidad es la de extraer conclusiones que se infieren de determinados supuestos, utilizando reglas racionales que resultan evidentes o que se deducen de tales reglas evidentes, que utilizamos para tranformar o ir deduciendo nuevos enunciados a partir de otros que se nos presentan con una evidencia parecida a esa que buscaba Descartes (reglas como la del principio de contradicción, la del principio de identidad, la del “modus ponens”, la del “modus tollens”, las de De Morgan, las del dilema, las de inferencia de la alternativa, etc.). Ahora bien, si los supuestos de que partimos son verdaderos y además utilizamos correctamente las reglas de transformación, aplicándolas a tales supuestos, en tal caso la conclusión o conclusiones que lleguemos a inferir serán tan verdaderas como las verdades iniciales (premisas) de que partamos. Ésta es la mayor utilidad de la Lógica: la de que nos sirva como instrumento para esclarecer nuestros conocimientos inferidos para asegurarnos de que los pasos que hemos dado hasta llegar a ellos son el resultado de la correcta aplicación de las reglas de la razón.
Por ello, en primer lugar expondré una cuestión religiosa, sirviéndome del lenguaje corriente, y después trataré de extraer la “estructura lógica” que pueda haber en los razonamientos de esa exposición para ver si, en efecto, conducen a la conclusión obtenida mediante el diálogo o mediante una simple reflexión personal.




3.4. ¿Tiene sentido la oración?.-
He leído en el periódico que en un pueblo de Ciudad Real los vecinos están tan desesperados por la sequía tan larga que están padeciendo que han sacado en procesión la imagen de la Virgen para hacer rogativas. Las rogativas son unas procesiones en las que se saca en procesión la imagen de algún santo, de Cristo o de la Virgen y se le pide que mediante su poder realicen un milagro, que en esta ocasión era el que terminase la sequía y se pusiera a llover de una vez para que así acabase ya la calamidad económica por la que estaban atravesando.
Puede parecer natural que uno recurra a cualquier medio cuando se encuentra con un serio problema que no sabe cómo resolver, y, si Dios es omnipotente, ¿quién mejor que él para tratar de encontrar una ayuda? Pero, después de reflexionar un poco, me parece que hay una incongruencia en esta actitud. Según diversas creencias de muy distintas religiones, como la del cristianismo, Dios es omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno. Es decir, Dios puede hacerlo todo, sabe qué es lo mejor y, además, por su infinita bondad, siempre lo hace. En consecuencia, si Dios hace siempre lo mejor, no parece tener sentido pedirle que lo haga. Es más: creo que en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción interna en la doctrina cristiana, contradicción que sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuese.
Soy consciente de que la existencia de una larga tradición que ha defendido la creencia que critico, pero, a pesar de todo, el progreso histórico se ha producido en muchas ocasiones a partir de la crítica a determinadas opiniones que contaban con una larga tradición y que no por ello se han mantenido como verdades inamovibles; así, por ejemplo, la teoría geocéntrica, que fue criticada por Copérnico y por Galileo: En aquellos tiempos los nuevos planteamientos astronómicos provocaron un gran escándalo que llevó a las instituciones religiosas a tomar medidas represivas realmente graves, todas estas medidas no demostraron nada en favor de las creencias tradicionales, y finalmente la doctrina heliocéntrica se impuso, a pesar de esa larga tradición que defendía el geocentrismo. Con ello no quiero decir que debamos rechazar por sistema cualquier doctrina por el simple hecho de que pertenezca a la tradición, pero tampoco que debamos aceptarlo por ese mismo motivo; y, en definitiva, que no tenemos por qué renunciar al uso de la razón y de la experiencia a la hora de valorar la verdad o falsedad de cualquier teoría, pues no parece que dispongamos de otros medios más adecuados para aproximarnos a un conocimiento objetivo de la realidad, en el caso de que ese acercamiento sea posible. Por otra parte y en contra de esa tradición, Platón defendía ya, hace más de dos mil años, el carácter insobornable de los dioses y criticaba esa forma comercial de entender la religión en la que se hacían sacrificios a los dioses a fin de comprar sus favores.
El núcleo del problema se encuentra en el siguiente dilema: cuando uno hace una petición a Dios, como en el caso de las rogativas, o bien pide a Dios que realice lo mejor (considerando que lo mejor en este caso sea que llueva), o bien pide a Dios que realice algo que no es lo mejor.
La primera parte de la alternativa o bien implicaría una especie de desconfianza consciente o inconsciente hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque Él sea infinitamente bueno, o bien implicaría cierta ignorancia en asuntos de teología por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que realice aquello que necesariamente hará como consecuencia de su infinita bondad. Creo que lo que aquí sucede es que, de forma inconsciente al menos, los hombres se han creado una imagen antropomórfica de Dios; es decir, que del mismo modo que encontramos natural pedir favores a los poderosos porque confiamos en que nuestras súplicas y manifestaciones de respeto y sumisión podrán influir en que tengan hacia nosotros una disposición más favorable, así también los hombres han llegado a creer que la mejor o peor disposición de Dios hacia ellos depende también de las diversas súplicas y oraciones mediante las cuales le manifiesten su respeto, su adoración, su fidelidad y su amor. Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría algo así como tentar a Dios, rogándole que, al menos por una vez, dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valora personalmente como lo mejor para él.
Alguien podría objetar que, aunque Dios realiza siempre lo mejor, desea que el hombre se lo pida, pero parece absurdo tener que pedir lo que de antemano sabemos que necesariamente se ha de cumplir por ser lo mejor y por depender de Dios, que sólo se guía por ese principio. Además, suponer que Dios desea que el hombre le pida cualquier cosa supone de nuevo el regreso a esa interpretación antropomórfica de Dios, pues, si Dios es perfecto, lo tiene todo y sería una equivocación suponer en él la existencia de deseos, ya que sólo podría desearse lo que no se posee, de manera que suponer que Dios desee algo equivale a suponer que es imperfecto, ya que le faltaría aquello que se supone que desea.
Quizá alguien objetase que es el hecho de pedirle algo a Dios lo que convierte esa petición en algo bueno. Pero ya en el siglo XIV Guillermo de Ockam señaló que la bondad de cualquier realidad estaba subordinada a la omnipotencia divina; y, en consecuencia, que Dios había establecido el valor de las cosas no porque fueran buenas en sí mismas, sino que eran buenas porque Él así lo había establecido, de manera que no existía nada que fuera bueno en sí mismo y que sirviera de guía a la que tuvieran que someterse las decisiones divinas, pues en tal caso Dios no sería omnipotente, ya que, al estar subordinadas sus decisiones a ese supuesto bien absoluto, éste estaría por encima de Él, debiendo servirle de criterio para sus decisiones, y, en consecuencia, esa subordinación representaría una limitación a su supuesta omnipotencia.
Tomando, pues, como referencia estas observaciones de Ockam ¿no parece que si hacemos depender el bien de una acción del hecho de que el hombre la pida en ese caso estaremos negando la omnipotencia de Dios al subordinar su voluntad a un bien que lo es no porque Dios así lo decida, sino porque el hombre así lo quiera? Además, si se acepta ese planteamiento, en tal caso podría uno pedirle a Dios, por ejemplo, que matase a todos sus enemigos...¿acaso se convertiría en buena esa acción por el simple hecho de haberla pedido? Supongo que la respuesta es obvia. Por lo tanto, parece claro que el criterio de la bondad de una acción no puede encontrarse en el hecho de que el hombre la pida a Dios, sino que previamente dicha acción debe ya ser buena por ella misma o, como pretendía Ockam, porque el propio Dios lo haya decretado así.
Por eso en ocasiones nos encontramos con tipos de oraciones como las que dicen “Dios mío, si es bueno para mí o si es esa tu voluntad, cúrame de esta enfermedad”. Esto representa cierto avance, pero, como antes he dicho, tiene todavía el inconveniente de que en ella se le pide a Dios que haga lo que es bueno, como si el hecho de que lo haga o no pudiera depender del hecho de que uno se lo pidiera en lugar de ser una simple consecuencia de su absoluta bondad y perfección. Y pedirle que haga su voluntad está de sobra, pues ¿acaso no es una contradicción la idea de que pueda haber una diferencia entre la voluntad de Dios y sus decisiones? ¿Acaso podría hacer otra cosa que no fuera su voluntad?
En fin, me parece que debo insistir nuevamente en que en toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración existe un componente antropomórfico fundamental: Del mismo modo que el ser humano se conmueve por las súplicas, y sus decisiones pueden estar fuertemente condicionadas por ellas en lugar de regirse exclusivamente por aquello que racionalmente considera mejor, se tiende a ver a Dios como un ser con las mismas debilidades humanas, como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, me parece que si, cuando uno rezase, fuera consciente de todas estas reflexiones, tendría que considerar la oración (en cuanto petición) como una ofensa a Dios -pues o bien supondría una desconfianza, o bien una especie de deseo de tentar a Dios-, y, en cualquier caso, no tendría sentido verla como un acto piadoso.

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