miércoles, 26 de septiembre de 2007

Educación para la ciudadanía

y

objeción de conciencia

Antonio García Ninet

Doctor en Filosofía y en ciencias de la educación

El próximo curso se introduce en la enseñanza primaria la asignatura Educación para la ciudadanía. Parece que será una asignatura muy conveniente para la formación de los niños en el conocimiento de aquellos valores que, desde una perspectiva humanista y al margen de creencias religiosas, la propia sociedad considera beneficiosos para la formación ciudadana.

1. Los valores que deberán tratarse y debatirse en la nueva asignatura son en líneas generales los que se reflejan en la “Declaración Universal de los Derechos del Hombre” y los de nuestra constitución, entre los que se podrían señalar los siguientes: el respeto a la libertad de pensamiento, de expresión y de conductas que no atenten contra la libertad ni contra los derechos ajenos; la doctrina según la cual el poder político proviene del pueblo; los ideales de justicia y solidaridad; el rechazo a las aberrantes desigualdades sociales y la lucha contra la miseria, el hambre y el sufrimiento; la consideración del prójimo como otro yo; las tesis de que varón y mujer poseen igual dignidad y de que la sexualidad es una manifestación inocente y natural del nuestra naturaleza; el respeto por las distintas opciones sexuales y afectivas; el rechazo de cualquier forma de adoctrinamiento irracional y la defensa de la razón como auténtica fuerza liberadora del hombre; la consideración del mundo como nuestra morada a la que debemos valorar y respetar; y la tesis de que las relaciones personales deben ser libres y nunca absurdas “ataduras”.

El método para la enseñanza de esta asignatura debe consistir en una presentación de valores como los señalados para ser tratados mediante análisis racional, debate y discusión, a fin de esclarecer el alcance de su fundamento racional.

2. Algunos obispos y asociaciones católicas han planteado la posibilidad de oponerse a esta nueva asignatura mediante “objeción de conciencia” -¡lástima que se olvidasen de hacerla con la “Formación del Espíritu Nacional” del franquismo!-. Sin embargo, su oposición a esta enseñanza proviene de que una parte fundamental de su negocio consiste en formar y ampliar su red económica piramidal mediante la difusión de un ideario que a no muy largo plazo le reporta ganancias muy lucrativas, al margen de que el reparto de beneficios entre sus accionistas más incautos quede pospuesto para “otra vida mejor”. La jerarquía católica pretende mantener el monopolio de la enseñanza de ideas y valores morales que ha disfrutado a lo largo de tantos siglos, y evitar por todos los medios la presencia de una competencia que pueda quitarle parte de su clientela. En ese contexto puede entenderse que no hace muchos meses, en una entrevista televisiva, un obispo criticase al gobierno diciendo “¡¿qué clase de valores van a enseñar éstos?!”. Y ciertamente, en relación con el humanismo reflejado en

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