miércoles, 26 de septiembre de 2007

Antropomorfismo y Religión

1. ¿Es compatible la idea de un ser perfecto con la idea de creación?.-
-Al concepto de Dios va ligado la cualidad de la perfección. Parece que tal concepto hace referencia a la plena posesión de todas las cualidades positivas que pudiéramos imaginar, de manera que un ser que fuera perfecto las incluiría de tal modo que nada podría ser en él objeto de deseo, ya que sólo se desea lo que no se posee, mientras que dicho ser, al encontrarse en posesión de cualquier cualidad deseable, no carecería de ningún bien y, en consecuencia, no desearía nada, ya que sólo el bien es objeto de deseo (Santo Tomás: “Voluntas in nihil potest tendere nisi sub ratione boni”).
Sin embargo, parece que a partir de un concepto como éste se plantea un problema respecto a la compatibilidad entre la existencia de Dios y la existencia de la creación:
Si se dice que Dios es perfecto, parece que la creación del mundo no tiene explicación de ningún tipo, pues, si se pregunta por qué creó Dios el mundo, quienes creen en Dios suelen contestar que lo creó porque quiso, es decir, porque era omnipotente y porque de algún modo la creación le debió de causar cierta satisfacción, pues en caso contrario no habría tenido ningún sentido producirla.
Parece, sin embargo, que quienes dan esta explicación olvidan que sólo se desea aquel bien que no se posee, pero, como ya se ha dicho, si Dios es perfecto, nada le falta, por lo que, en consecuencia, nada puede desear, y, por ello, no tiene sentido suponer que Dios cree nada.
Por ello, parece absurdo suponer en Dios la existencia de una necesidad que quede satisfecha a partir de una supuesta realidad ajena a él mismo. Si Dios hubiese creado el mundo, eso sólo habría podido explicarse a partir del supuesto de que echaba de menos algo con lo que finalmente alcanzaba una satisfacción y, por lo tanto, una perfección mayor que la que tenía, pero un ser perfecto no puede llegar a serlo más, pues ello habría significaría que antes no lo era.
Parece, pues, que es una visión antropomórfica de la divinidad lo que ha llevado a los hombres a aceptar esa forma de entender a Dios como una especie de ser inmensamente poderoso, pero que tal vez se aburría en su eterna soledad y, por ello, decidió tener compañía creando a los ángeles, creando el mundo, creando a los hombres y creando incluso a su propia madre. El absurdo parece todavía mayor si tenemos en cuenta que esa misma idea de perfección divina implica no sólo que Dios sabe qué es lo que va a ir sucediendo a lo largo de cada día, de cada año y de cada siglo, sino que además ha sido él mismo quien ha programado que suceda así y no de otro modo. ¿Qué atractivo podría encontrar Dios en ver una creación que lo único que “haría” sería comportarse de acuerdo con las propias decisiones divinas?
¿Acaso necesitaba a la humanidad para que le amase y le adorase? De nuevo nos encontraríamos ante una interpretación antropomórfica de la divinidad, pues, si Dios existiera como un ser perfecto, no necesitaría a nadie que le amase, pues, además de que sería autosuficiente, el mismo amor de los hombres habría sido programado por él, de manera que sentirse satisfecho por el amor de los hombres sería tan infantil como la actitud de quien se emocionase porque un muñeco con los resortes adecuados fuera capaz de decirnos “te quiero mucho”. Y, por lo que se refiere a la adoración, ¿qué le importa a Dios que le adoremos diciéndole lo grande y lo perfecto que es? Además de que esta actitud también había sido programada por él, estaríamos viendo a Dios desde una actitud nuevamente antropomórfica, pues, al igual que a nosotros los seres humanos nos gusta recibir halagos por las cualidades que tenemos -y también por las que no tenemos-, estaríamos juzgando que Dios se siente más satisfecho y feliz cuando los hombres le adoran, le ensalzan, le ofrecen sacrificios como si fuera un faraón que necesita más riquezas y que además siente su vanidad satisfecha cuando sus súbditos vienen a postrarse a sus pies y a entregarle sus ofrendas.
Hay quien considera que quizá la creación de Dios fue un acto de amor a los hombres, sin embargo, no parece nada fácil entender que se pueda amar algo antes de que exista. Pero además, ese amor sería contradictorio con la existencia del sufrimiento y con la del infierno.
Además, como ya decían los epicúreos, si Dios o los dioses son perfectos, no tiene sentido que amen la imperfección que representa el ser humano, pues ese amor les rebajaría, ya que, si tiene sentido aspirar a lo perfecto, no parece tenerlo aspirar hacia lo imperfecto, y eso es lo que sucedería en el caso de un dios que amase al ser humano.
Otra paradoja del cristianismo es que Dios nos mande que amemos incluso a nuestros enemigos y luego a él se le ocurra condenar con castigos eternos a quienes supuestamente obran contra su voluntad, pero esto no encuentro forma de entenderlo porque, en primer lugar, se dice al mismo tiempo que Dios es misericordia y amor infinitos y, además, según el propio santo Tomás, la omnipotencia divina implica que los hombres “hacen” aquello para lo que, en definitiva, fueron ya programados por Dios desde la eternidad, por lo que no serían culpables ni tendrían mérito en relación con ninguna de sus supuestas acciones.

2. ¿Son compatibles la infinitud divina y un mundo distinto del propio Dios? .- Si Dios es infinito, ¿tiene sentido considerar que exista una realidad ajena a él mismo? Si el universo existe como realidad ajena al propio Dios, ¿no representa esa existencia independiente una limitación a esa supuesta infinitud de Dios? Es decir, donde comienza la realidad de aquello que supuestamente no es Dios acaba igualmente la supuesta infinitud divina.
La infinitud de Dios excluye la posibilidad de la existencia de otra realidad que no sea Dios. Esta teoría ya la defendió Spinoza de manera muy acertada, según me parece. Si Dios existe como ser infinito, entonces nosotros mismos somos Dios en cuanto nada puede existir fuera de él. Por eso, en este sentido el panteísmo es una doctrina más coherente que aquellas otras que defienden la existencia de un Dios personal, trascendente e independiente de la realidad supuestamente creada por él. El concepto de Dios como una realidad trascendente y distinta del mundo representa una concepción antropomórfica que olvida que la infinitud y la perfección divina es incompatible con la existencia de cualquier otra realidad.

3. ¿Es compatible la existencia del sufrimiento con el amor y la omnipotencia infinita divina?.- ¿Cómo explicar la existencia del mal en el mundo cuando se suponía que Dios lo había creado todo y que era infinitamente bueno y omnipotente?
Un análisis detallado de esta cuestión la tenemos en el tema correspondiente.

4. ¿Tiene sentido la oración?.-
He leído en el periódico que en un pueblo de Ciudad Real los vecinos están tan desesperados por la sequía tan larga que están padeciendo que han sacado en procesión la imagen de la Virgen para hacer rogativas. Las rogativas son unas procesiones en las que se saca en procesión la imagen de algún santo, de Cristo o de la Virgen y se le pide que mediante su poder realicen un milagro, que en esta ocasión era el que terminase la sequía y se pusiera a llover de una vez para que así acabase ya la calamidad económica por la que estaban atravesando.
Puede parecer natural que uno recurra a cualquier medio cuando se encuentra con un serio problema que no sabe cómo resolver, y, si Dios es omnipotente, ¿quién mejor que él para tratar de encontrar una ayuda? Pero, después de reflexionar un poco, me parece que hay una incongruencia en esta actitud. Según diversas creencias de muy distintas religiones, como la del cristianismo, Dios es omnipotente, omnisciente e infinitamente bueno. Es decir, Dios puede hacerlo todo, sabe qué es lo mejor y, además, por su infinita bondad, siempre lo hace. En consecuencia, si Dios hace siempre lo mejor, no parece tener sentido pedirle que lo haga. Es más: creo que en el fondo de esta cuestión existe una especie de dilema que conduce a una contradicción interna en la doctrina cristiana, contradicción que sólo se resolvería con la desaparición de cualquier forma de oración que implicase una petición a Dios, fuera del tipo que fuese.
Soy consciente de que la existencia de una larga tradición que ha defendido la creencia que critico, pero, a pesar de todo, el progreso histórico se ha producido en muchas ocasiones a partir de la crítica a determinadas opiniones que contaban con una larga tradición y que no por ello se han mantenido como verdades inamovibles; así, por ejemplo, la teoría geocéntrica, que fue criticada por Copérnico y por Galileo: En aquellos tiempos los nuevos planteamientos astronómicos provocaron un gran escándalo que llevó a las instituciones religiosas a tomar medidas represivas realmente graves, todas estas medidas no demostraron nada en favor de las creencias tradicionales, y finalmente la doctrina heliocéntrica se impuso, a pesar de esa larga tradición que defendía el geocentrismo. Con ello no quiero decir que debamos rechazar por sistema cualquier doctrina por el simple hecho de que pertenezca a la tradición, pero tampoco que debamos aceptarlo por ese mismo motivo; y, en definitiva, que no tenemos por qué renunciar al uso de la razón y de la experiencia a la hora de valorar la verdad o falsedad de cualquier teoría, pues no parece que dispongamos de otros medios más adecuados para aproximarnos a un conocimiento objetivo de la realidad, en el caso de que ese acercamiento sea posible. Por otra parte y en contra de esa tradición, Platón defendía ya, hace más de dos mil años, el carácter insobornable de los dioses y criticaba esa forma comercial de entender la religión en la que se hacían sacrificios a los dioses a fin de comprar sus favores.
El núcleo del problema se encuentra en el siguiente dilema: cuando uno hace una petición a Dios, como en el caso de las rogativas, o bien pide a Dios que realice lo mejor (considerando que lo mejor en este caso sea que llueva), o bien pide a Dios que realice algo que no es lo mejor.
La primera parte de la alternativa o bien implicaría una especie de desconfianza consciente o inconsciente hacia Dios, por suponer que sólo hará lo mejor si uno se lo pide y no porque Él sea infinitamente bueno, o bien implicaría cierta ignorancia en asuntos de teología por desconocer que Dios siempre hace lo mejor y que, en consecuencia, no tiene sentido pedirle que realice aquello que necesariamente hará como consecuencia de su infinita bondad. Creo que lo que aquí sucede es que, de forma inconsciente al menos, los hombres se han creado una imagen antropomórfica de Dios; es decir, que del mismo modo que encontramos natural pedir favores a los poderosos porque confiamos en que nuestras súplicas y manifestaciones de respeto y sumisión podrán influir en que tengan hacia nosotros una disposición más favorable, así también los hombres han llegado a creer que la mejor o peor disposición de Dios hacia ellos depende también de las diversas súplicas y oraciones mediante las cuales le manifiesten su respeto, su adoración, su fidelidad y su amor. Por otro lado, la segunda parte de la alternativa implicaría algo así como tentar a Dios, rogándole que, al menos por una vez, dejase de hacer lo mejor en un sentido absoluto para hacer lo que uno valora personalmente como lo mejor para él.
Alguien podría objetar que, aunque Dios realiza siempre lo mejor, desea que el hombre se lo pida, pero parece absurdo tener que pedir lo que de antemano sabemos que necesariamente se ha de cumplir por ser lo mejor y por depender de Dios, que sólo se guía por ese principio. Además, suponer que Dios desea que el hombre le pida cualquier cosa supone de nuevo el regreso a esa interpretación antropomórfica de Dios, pues, si Dios es perfecto, lo tiene todo y sería una equivocación suponer en él la existencia de deseos, ya que sólo podría desearse lo que no se posee, de manera que suponer que Dios desee algo equivale a suponer que es imperfecto, ya que le faltaría aquello que se supone que desea.
Quizá alguien objetase que es el hecho de pedirle algo a Dios lo que convierte esa petición en algo bueno. Pero ya en el siglo XIV Guillermo de Ockam señaló que la bondad de cualquier realidad estaba subordinada a la omnipotencia divina; y, en consecuencia, que Dios había establecido el valor de las cosas no porque fueran buenas en sí mismas, sino que eran buenas porque Él así lo había establecido, de manera que no existía nada que fuera bueno en sí mismo y que sirviera de guía a la que tuvieran que someterse las decisiones divinas, pues en tal caso Dios no sería omnipotente, ya que, al estar subordinadas sus decisiones a ese supuesto bien absoluto, éste estaría por encima de Él, debiendo servirle de criterio para sus decisiones, y, en consecuencia, esa subordinación representaría una limitación a su supuesta omnipotencia.
Tomando, pues, como referencia estas observaciones de Ockam ¿no parece que si hacemos depender el bien de una acción del hecho de que el hombre la pida en ese caso estaremos negando la omnipotencia de Dios al subordinar su voluntad a un bien que lo es no porque Dios así lo decida, sino porque el hombre así lo quiera? Además, si se acepta ese planteamiento, en tal caso podría uno pedirle a Dios, por ejemplo, que matase a todos sus enemigos...¿acaso se convertiría en buena esa acción por el simple hecho de haberla pedido? Supongo que la respuesta es obvia. Por lo tanto, parece claro que el criterio de la bondad de una acción no puede encontrarse en el hecho de que el hombre la pida a Dios, sino que previamente dicha acción debe ya ser buena por ella misma o, como pretendía Ockam, porque el propio Dios lo haya decretado así.
Por eso en ocasiones nos encontramos con tipos de oraciones como las que dicen “Dios mío, si es bueno para mí o si es esa tu voluntad, cúrame de esta enfermedad”. Esto representa cierto avance, pero, como antes he dicho, tiene todavía el inconveniente de que en ella se le pide a Dios que haga lo que es bueno, como si el hecho de que lo haga o no pudiera depender del hecho de que uno se lo pidiera en lugar de ser una simple consecuencia de su absoluta bondad y perfección. Y pedirle que haga su voluntad está de sobra, pues ¿acaso no es una contradicción la idea de que pueda haber una diferencia entre la voluntad de Dios y sus decisiones? ¿Acaso podría hacer otra cosa que no fuera su voluntad?
En fin, me parece que debo insistir nuevamente en que en toda esa tradición relacionada con las distintas modalidades de la oración existe un componente antropomórfico fundamental: Del mismo modo que el ser humano se conmueve por las súplicas, y sus decisiones pueden estar fuertemente condicionadas por ellas en lugar de regirse exclusivamente por aquello que racionalmente considera mejor, se tiende a ver a Dios como un ser con las mismas debilidades humanas, como un ser cuya voluntad puede ser comprada o modificada mediante suplicas, sacrificios, gestos de sumisión y obediencia, etc. Y, en este sentido, me parece que si, cuando uno rezase, fuera consciente de todas estas reflexiones, tendría que considerar la oración (en cuanto petición) como una ofensa a Dios -pues o bien supondría una desconfianza, o bien una especie de deseo de tentar a Dios-, y, en cualquier caso, no tendría sentido verla como un acto piadoso.

4.1.- ¿Existen los milagros?.- Además y como consecuencia de todo esto, estarían de sobra la mayor parte de ceremonias de las distintas religiones, así como la creencia de que, de vez en cuando, Dios hace milagros:
Sobrarían las ceremonias en las que se ruega a Dios por la salvación de alguien, en las que se ruega, se pide o se suplica a Dios cualquier cosa: las distintas oraciones, el Padre nuestro, el Ave María, la Salve, la Letanía, el Rosario, todos los momentos de la Misa en los que se pide a Dios cualquiera de los diversos deseos humanos no tendrían sentido alguno.
A partir de estas consideraciones, la misma norma de la iglesia católica según la cual se exige la prueba de haber realizado al menos tres milagros para poder proceder a la beatificación de un supuesto santo habría que verla como algo absurdo. Pues, desde este punto de vista los milagros no tendrían sentido y la creencia en ellos sólo se explicaría a partir del antropomorfismo de suponer que, de pronto y a última hora, Dios, de manera directa o por la mediación de su madre o de los santos, desharía los planes de sus leyes eternas y los rectificaría para resolver un asunto particular que, al parecer, no supo prever en la remota eternidad. De manera que esto supondría que o bien se equivocó cuando trazó sus planes primitivos, o bien se equivoca ahora cuando los modifica atendiendo a las súplicas de los hombres o dejándose llevar de la compasión, como si anteriormente no se le hubiera ocurrido tenerlas en cuenta. Ambos planteamientos contradicen la idea de la absoluta perfección divina y, por ello, resultan inaceptables.
La verdad es que, eliminada la oración, no sé verdaderamente en qué podrían consistir las relaciones entre el hombre y Dios.
Si la oración -al menos entendida como ruego o petición a Dios de cualquier supuesto bien- aparece como algo absurdo, ¿qué sentido podría tener acudir a la iglesia para “hablar con Dios”? ¿Qué se le podría decir que no supiese? ¿Quizá para agradecerle sus favores? Pero a Dios no le supone ningún esfuerzo el hacerlos; además, si los hace, no es porque el hombre se lo pida sino porque son la manifestación de su perfección, la cual exige que en todo momento obre de acuerdo con ella, tanto cuando parece que nos beneficia como cuando parece que nos perjudica. Dios hace siempre lo mejor y no podría hacer otra cosa porque su perfección le lleva a querer libre, pero necesariamente, sólo mejor. Su propia perfección convierte en “necesarios” todos los actos que realiza “libremente”.
Aceptando esta crítica, alguien podría argumentar que la oración puede tener otro sentido y ser sólo un modo de tratar de sentirnos en más en contacto con él, un medio de tratar de superar nuestra inmensa debilidad tomando una conciencia renovada de que él está con nosotros, de que él nos acompaña en todo momento.
Sin embargo, desde el momento en que uno trata de ponerse “en contacto con Dios” ya está cayendo la equivocación de pensar que Dios no está a su lado y que sólo pensando en él conseguirá atraerlo para que le haga compañía. Y así, esa actitud sólo es una muestra de la debilidad humana en cuanto necesita “imaginarse” a Dios con él porque olvida que Dios estaría siempre a nuestro lado. Pero, si esa actitud representa una debilidad, ¿por qué además habría que considerarla como un mérito por el que Dios se sintiera especialmente agradecido al hombre y le concediera la gloria eterna o cualquier otro favor del tipo que fuere?
Si sus planteamientos eran correctos, tienen una importancia mayor de la que a simple vista parece, pues la falta de sentido de la oración implica, al parecer, el carácter absurdo de un gran número de ceremonias y de instituciones religiosas que se fundamentaban en ese supuesto valor de la oración. Tanto la misa, como el Padre Nuestro, como cualquier ceremonia religiosa estaban llenas de expresiones en las que lo fundamental se relacionaba con oraciones en las que se pide a Dios el perdón de los pecados, la bienaventuranza eterna, la curación de los enfermos, la paz del mundo... o que gane el Valencia ¿Qué sentido pueden tener esas peticiones? Si realmente son buenas, Dios no va a esperar las súplicas de los hombres para concederlas, puesto que es omnipotente e infinitamente bueno, mientras que, si no lo son, pedirle a Dios que las conceda y que, en consecuencia, deje de hacer el auténtico bien para hacer aquello que caprichosamente quieran pedirle los hombres, constituye una especie de sacrilegio.


5. ¿Existe el deber moral?.- Otra cuestión que llama la atención es la de la naturalidad con que la gente asume no sólo la existencia de un dios o de múltiples dioses, sino también la idea de que los hombres tengamos deberes que cumplir con respecto a ellos; es decir, la facilidad con que identifican el concepto de la divinidad con el de una especie de monarca absoluto cuyas órdenes deban ser cumplidas sin discusión de ninguna clase.
Sin embargo, si se analiza lógicamente esta cuestión, parece que podemos encontrar en ella una nueva forma de antropomorfismo, pues, en efecto, parecen entender que Dios sería algo así como una especie de tirano que exigiría de sus súbditos la obediencia, la sumisión y la adoración sin limitación alguna, como la que debió mostrar Abraham cuando Yavéh le ordenó sacrificarle a su hijo Isaac.
Hay quien argumenta que, aunque es cierto que se lo ordenó, sólo quiso probarle para ver hasta qué punto estaba dispuesto a obedecerle, de manera que, cuando vio que Abraham estaba dispuesto a realizar aquel sacrificio, Dios le dijo que lo cambiase por el sacrificio de una oveja. Sin embargo, no hay que olvidar que, según las propias doctrinas morales del cristianismo, lo que realmente cuenta en nuestras acciones es la intención y no el hecho de si materialmente llegamos a realizarlas o no. Pero, además, creo que no sólo es absurdo que Dios le pida a Abraham que le sacrifique a su hijo sino también que le sacrifique ese cordero inocente que vivía en paz sin molestar a nadie.
¿Para que le servía a Dios la muerte de Isaac o la de ese cordero que finalmente le sacrificó Abraham?
Pero dejando de lado el ejemplo de Abraham, no parece que tenga ningún sentido la teoría según la cual se defiende que Dios tiene el derecho de mandar y el hombre la obligación de obedecer lo que Dios mande. Eso no parece tener ninguna lógica: Sólo manda quien no puede conseguir las cosas por sí mismo o quien disfruta disponiendo de la vida de los demás, pero Dios no necesitaría siervos para conseguir nada, puesto que todo lo posee, ni tampoco sería lógico considerarlo como un tirano que disfrutase dando órdenes del tipo que fuere, con la amenaza del Infierno en el caso de que no se le obedeciese. Además suponer que Dios mande parece que desde el punto de vista lógico plantea varios problemas, pero en lo esencial quisiera señalar dos:
En primer lugar y como diría Hume, hay que indicar que a partir de la existencia de Dios como la de un ser infinitamente poderoso no hay forma de inferir que el hombre tenga el deber de obedecer lo que disponga. Si Dios nos creó, fue porque quiso, pero en ningún caso estableció un pacto, aceptado por el hombre, en el que se dijera algo así como “sólo te crearé a condición de que te comportes de acuerdo con mis órdenes”; ese pacto no podía establecerse sino después de que el hombre hubiera sido ya creado para aceptarlo o no, pero evidentemente no puede establecerse ningún pacto mientras falte uno de los sujetos que deben intervenir en él.
En segundo lugar, surge una segunda cuestión igualmente importante: Al margen de la anterior objeción, que no parece que pueda refutarse, ¿por qué habría que obedecer a Dios?: 1) ¿Acaso porque no deseamos ser condenados al Infierno?, 2) ¿Acaso porque simplemente es Él quien lo ordena? o 3) porque lo que Dios ordena es bueno?
La aceptación del primer supuesto implicaría una actitud interesada, que, como Kant diría, no tendría valor moral, ya que obedecer por temor al Infierno no es cumplir con ningún tipo de deber por simple respeto a una supuesta ley moral absoluta que se imponga a nuestra conciencia y frente a la cual seamos libres para obedecerla o no; en segundo lugar, obedecer los mandatos divinos porque proceden de Dios es simplemente irracional en cuanto no se explique de dónde se infiere la obligación de cumplir con dichos mandatos; y, en tercer lugar, obedecer a Dios porque lo que manda es bueno equivale a afirmar que lo prioritario a la hora de guiar nuestra acción no es el hecho de que sea Dios quien la ordene, sino que advertimos que obedeciéndole podremos alcanzar algo bueno, de forma que la obediencia no es el fin de la acción, sino que dicho fin es el bien que tratamos de conseguir, y, lógicamente, todo el mundo desea alcanzar lo que es bueno en cuanto, como decían Aristóteles, santo Tomás, Spinoza y muchos otros filósofos lo bueno no es otra cosa que aquello que nos causa satisfacción o felicidad; y todo el mundo desea la felicidad. Es decir lo bueno es lo que deseamos, y no lo deseamos porque sea bueno sino que, como decía Spinoza, lo consideramos bueno porque lo deseamos. En consecuencia, es imposible dejar de obrar voluntariamente en contra de lo que en el momento actual entendemos como bueno, o lo que es lo mismo, como deseable.

6. ¿Tiene sentido el pecado original?.- En cuanto al famoso “pecado original”, se trata de un dogma según el cual toda la humanidad, a excepción de María, nació en pecado como consecuencia del pecado de nuestros primeros padres, Adán y Eva.
Este dogma plantea diversos problemas. Uno de ellos consiste en el propio carácter absurdo y contradictorio de un pecado que se hereda: si el concepto de pecado hace referencia a una acción voluntariamente cometida en contra de la ley de Dios, no tiene sentido la tesis de que el hombre nazca ya en pecado, pues antes de nacer no puede haber cometido ninguna acción, ni voluntaria ni involuntaria, en contra de las normas divinas. De hecho, el mismo san Agustín sólo pudo encontrar como una explicación (?) para esa supuesta herencia del pecado original su doctrina del “traducianismo”, según la cual los hijos heredarían de los padres no sólo el cuerpo sino también el alma, y por ello el hombre habría nacido en pecado. Si sólo heredásemos el cuerpo, san Agustín no veía cómo encontrar una explicación al dogma del pecado original. Sin embargo, su doctrina fue rechazada por la Iglesia oficial, considerando que era Dios quien creaba el alma de cada persona en el momento de su concepción.
Por otra parte, el mismo pecado original, considerado en sí mismo, plantea igualmente problemas que nos llevan a rechazar esta doctrina:
1) ¿Por qué Dios puso a Adán y a Eva la prohibición de comer la fruta de aquel árbol y al mismo tiempo les colocó el árbol, les proporcionó la tentación de comer de él y dejo que el diablo en forma de serpiente contribuyese a hacer más atractiva la famosa manzana?
2) Además Dios sabía desde toda la eternidad que Adán y Eva comerían de la manzana, ¿por qué entonces “jugó” con ellos haciéndoles cometer -como diría santo Tomás- aquella acción prohibida?.

6.1. ¿Es compatible la omnipotencia divina con el pecado original.-
Pero, en segundo lugar, podemos plantear un nuevo problema: si María nació sin pecado, eso demuestra que el nacer en pecado no era absolutamente necesario e inevitable. Sería incluso una ofensa a la omnipotencia divina negarle el poder de evitar que no sólo María, sino el resto de la humanidad naciera también sin pecado. ¿Por qué no lo evitó? ¿Habrá que pensar que era bueno que el hombre naciera en pecado? ¿Acaso el pecado es bueno? En tal caso, ¿por qué privó a María de ese bien? Y, si es malo, ¿por qué utilizó su poder sólo para librar a María del pecado y no al resto de la humanidad? ¿No dice el cristianismo que Dios ama al hombre con un amor infinito? ¿Acaso el poder de Dios se debilita a medida que lo utiliza? ¿Acaso no es infinito? ¿Acaso puede ser “más infinito” para unos que para otros?
Quizá alguien diga que el pecado original era bueno para que Dios manifestase su amor muriendo en la cruz, pero también se dice que el fin no justifica los medios, y, además, para perdonar al hombre parece totalmente absurdo que este perdón se obtenga por la mediación del sufrimiento y de la muerte de alguien, tanto si se trata del hombre, como si se trata del mismo Dios en la cruz. Que el perdón de Dios derive de un crimen mucho peor que el de comer una manzana sólo es explicable desde una mentalidad primitiva en la que las ofensas al rey o al faraón sólo se perdonaban con la muerte del ofensor. En este caso sería el propio Dios, convertido en hombre, quien pagaría la desobediencia de otro hombre. Esta doctrina sería una aplicación de la famosa ley del Talión (“ojo por ojo y diente por diente”) y, por ello, parece que constituye un mito más absurdo que el conjunto de todos los mitos griegos, con su Olimpo mucho más humanizado, aunque igualmente antropomórfico y lleno de fantasía.

7.- ¿Es compatible el amor y la infinita misericordia divinas con la existencia del Infierno?: ¿Como encaja el dogma de la existencia del infierno con el del amor infinito de Dios? Se trataría, en efecto, de un amor muy “ardiente”, pero no demasiado apetecible para la persona amada de ese modo.
El dogma de la existencia del infierno parece claramente absurdo, teniendo en cuenta el amor infinito de Dios hacia el hombre, pero algunos cristianos dicen que en realidad no es Dios quien condena sino que es el hombre quien elige libremente vivir alejado de Dios; de manera que el infierno no consistiría en otra cosa que en ese estado de infinita soledad en el que el hombre se instalaría libremente. Sin embargo, aunque mediante “esa solución” Dios quedaría libre de cualquier responsabilidad por lo que se refiere al destino del hombre, no veo que de ese modo se solucione el problema, pues siguen apareciendo problemas, como los siguientes: En primer lugar, recuerdo que cuando en los evangelios se habla del infierno, se lo describe como un lugar de castigo al que Dios envía a la mayoría de los hombres, pues dicen los evangelios “muchos son los llamados y pocos los escogidos” y hay además otras muchas afirmaciones atribuidas al mismo Jesucristo en las que se habla del infierno como un lugar de castigo para quienes no tengan fe y no sigan su palabra. Y, en segundo lugar, me parece absurdo que nadie elija apartarse del bien de manera consciente, de manera que, si el infierno representa el mayor mal que pudiera sufrir el hombre -hasta el punto que los mismos evangelios dicen de Judas que “más le valiera no haber nacido”-, en tal caso es inconcebible que nadie desee ese mal: sólo se desea lo que se presenta con cierto atractivo para el hombre, pero el infierno en cuanto tal no parece tener ninguno; en consecuencia, no parece que nadie se aleje voluntariamente de Dios -Bien absoluto-. Santo Tomás, siguiendo a Aristóteles, decía que la voluntad tiende necesariamente al bien, y así, desde una eminente figura del cristianismo tenemos una crítica implícita al argumento anterior. Recordemos también que este argumento tiene sus orígenes en el intelectualismo socrático; Sócrates consideraba que “nadie hace el mal voluntariamente” y, efectivamente, siempre que hacemos cualquier cosa es porque en dicha acción encontramos, de manera directa o indirecta, un bien que nos lleva a realizarla, al margen de que nos podamos equivocar y elegir un bien inferior a otro también realizable pero que en esos momentos no hemos sabido apreciar adecuadamente. También éste es el motivo que llevó a Spinoza a decir que “entre dos bienes elegimos el mejor, y entre dos males, el menos malo”.
Considero, pues, que la idea de un Dios infinitamente misericordioso que a la vez haya creado el castigo eterno del Infierno es tan inteligible como un círculo cuadrado. Se trata de una nueva forma de antropomorfismo, aunque llevada a su máxima expresión en cuanto a la crueldad que supone; es decir, así como el hombre es agresivo y vengativo, tradicionalmente, creando a sus dioses a su imagen y semejanza, ha proyectado en ellos esas mismas cualidades, considerando, pues, que Dios también es vengativo o “justo” en una proporción infinita acorde con su poder.
Todavía se utiliza ese argumento para atemorizar a los niños a fin de que en su mente quede grabada para siempre esa absurda pesadilla, pero lo que más me asombra es que haya personas ya formadas que sigan aceptando esos planteamientos tan absurdos.

8. ¿Por qué los hombres siguen creyendo en Dios, a pesar de toda esta serie de dificultades que la religión no explica?- Parece que el motivo fundamental se encuentra en el temor que el hombre siente ante los diversos peligros que continuamente amenazan su vida. Parece que el hombre necesita creer en algo o en alguien, en algunos dioses, espíritus y diversos seres poderosos e invisibles que podrían librarle de las angustias que rodean su existencia con tal de que les manifestase su sumisión, su respeto, su devoción y su adoración más plena. Parece que el sentimiento de soledad y la vivencia de la falta de sentido del mundo en que vivimos nos lleva a desear que exista “algo” que le de sentido, pero conviene distinguir nuestros deseos con nuestros conocimientos. Como decía Nietzsche, el hambre no demuestra que haya comida.

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