jueves, 27 de septiembre de 2007

Los obispos atacan de nuevo
Antonio García Ninet
Doctor en Filosofía y en Ciencias de la Educación

Con su chulería habitual el secretario de los obispos católicos teóricamente españoles ha manifestado su oposición a que el Estado Español, a través del Ministerio de Educación, pueda tratar de dar una formación moral a los ciudadanos, considerando que tal actitud representa un atentado contra la libertad de conciencia y contra el derecho de los padres a dar a sus hijos la formación moral que consideren oportuna.
El cinismo del señor Martínez Camino es tan insolente que resulta difícil escucharle con serenidad. Es inverosímil que a estas alturas y después de tantos siglos de crímenes de su “Santa Inquisición”, sus “santas cruzadas”, su cómplice intervención “santificadora” en la conquista de América y en su reparto entre España y Portugal en el tratado de Tordesillas, por la mediación del papa Alejandro VI, padre de Lucrecia y de César Borgia, despreciando por completo los derechos de los pueblos americanos autóctonos, de las guerras europeas contra los protestantes, ayudados militarmente por Felipe II, sus “cazas de brujas”, su masacre, en connivencia con las autoridades políticas de diversas naciones, contra los pueblos autóctonos americanos, su racismo contra los negros, respecto a los cuales esta organización llevó a cuestionar si tenían alma a fin de poder justificar la esclavitud, todavía se consienta la presencia en España de esa asociación que sólo está guiada por la ambición de poder. Olvidando los tiempos del nacionalcatolicismo impuesto, que ningún obispo criticó, el señor Martínez Camino habla de la formación moral proveniente del Ministerio de Educación como si de una barbaridad se tratase, cuando el grupo religioso que sigue las consignas del Vaticano tendría tanto que revisar en sus propias doctrinas, tanto políticas, en cuanto todavía no han asumido un sistema democrático en su propio gobierno endogámico en el que entre los cardenales y los obispos todo se lo guisan y todo se lo comen, despreciando al que ellos llaman “pueblo de Dios” e impidiéndole su participación en el nombramiento de los obispos y en el de su primera autoridad. ¿Cómo podrían defender la democracia quienes no la practican?
Igualmente este grupo “religioso” no respeta la idea de igualdad entre el varón y la mujer desde el momento en que de modo irracional sigue defendiendo en sus propias estructuras un machismo radical que impide a las mujeres acceder a puestos como el de sacerdote, obispo o jefe supremo de la Iglesia. ¿Cómo podrían defender la igualdad entre varón y mujer quienes la rechazan en sus propias estructuras.
Este grupo “religioso” (?) se dedica a amasar riquezas de forma insaciable y a inmiscuirse en los asuntos internos de cada país en lugar de dedicarse, en cuanto personas con determinadas creencias, a trasmitirlas a quienes deseen escucharles, pero sin interferir como grupo de presión en la política independiente de cada estado. ¿Cómo van a ser capaces de defender la solidaridad a no ser de un modo absolutamente hipócrita, quienes se dedican a vivir de los pobres en lugar de vivir para los pobres, como suelen afirmar con total descaro y sin disimular el lujo faraónico en que viven?

¿Acaso el Estado Español trata de interferir en el Estado del Vaticano para decirle cómo debe organizarse?
El Estado español debería denunciar cuanto antes cualquier acuerdo con el Vaticano a fin de que no interfiera, como lo hace continuamente, en nuestra política nacional sin otra finalidad que la de incrementar patológicamente su poder en el mundo.
Asombrosamente los obispos consideran normal hablar de una religión y de una “moral” católica, que ni ellos mismos practican, y, sin embargo, se atreven a oponerse a que el pueblo español, a través de sus representantes libremente elegidos, pueda darse a sí mismo unos criterios cívicos de comportamiento a fin de ayudar a que los ciudadanos adquieran una formación cívica que permita una convivencia basada en el respeto a los demás, en la tolerancia, en la libertad y en aquella serie de valores que -respetando la libertad para disentir, discutir, opinar y dialogar desde la tolerancia- considere adecuados para su formación como ciudadanos.
Posiblemente haya aquí un malentendido que consiste en que, como los obispos enfocan la enseñanza de la Religión desde una perspectiva adoctrinadora, mediante la cual tratan de imponer sus propias doctrinas por absurdas que sean, quizás por ello consideran que el gobierno español pretende actuar de un modo similar. Pero no. En el fondo saben que eso no es así. Saben perfectamente que de lo que se trata es de dar una “educación” y no un “adoctrinamiento”, como el que ellos imponen sin escrúpulos a niños de seis años, atentando contra sus derechos infantiles. Y ya se sabe que la diferencia entre educación y adoctrinamiento consiste en que mientras la primera trata de exponer de manera racionalmente fundamentada los diversos argumentos que avalan o desmienten el valor de una teoría, el adoctrinamiento se basa en primer lugar en la negación dogmática del valor de la razón, para dejar a continuación el camino expedito a fin de introducir en la mente de los adoctrinados cualquier contenido disparatado, en cuanto especialmente las mentes de los niños son fácilmente manipulables y por ello los obispos aprovechan esos momentos para introducirlo en su conciencia porque saben que posteriormente serán difíciles de extirpar en cuanto el lavado de cerebro recibido implica ya desde el principio la sumisa aceptación de que su razón es un instrumento despreciable y de que no deben tener el osado orgullo de intentar entender las doctrinas ¡“morales”! y los dogmas que están por encima de ella, aunque sí deban asumir irracionalmente la obligación de creer en las ideas que ellos quieran imponerles.
Por ello, lo que realmente sí debería contemplarse como delito dentro de nuestro Código Penal es ese adoctrinamiento “moral” y religioso que impunemente hasta ahora se ha permitido ejercer a los obispos de la Iglesia Católica, fomentando la creencia sumisa e hipnótica en sus palabras en lugar de fomentar el desarrollo de la capacidad racional para que sean capaces de conducir su propia vida. A los obispos, como “pastores” sin escrúpulos, no les interesa otra cosa que aborregar al mayor número de personas a fin de aumentar su “redil”, pues eso es lo que les servirá para incrementar su poder, y, por ello mismo, no les interesa para nada que a los niños se les enseñe a razonar y a dialogar acerca de las diversas formas de entender la vida y las relaciones humanas.
Ya en diversas ocasiones el señor Martínez Camino, refiriéndose al gobierno de España, dijo con una risa insultante y despectiva “¡¿qué clase de moral van a enseñarles ellos?!”. No sé si realmente ese señor cree en la moral que teóricamente defiende, pero en cualquier caso se trata de una moral que en la práctica siempre se coloca del lado de los poderosos y de quienes tienen el dinero –que efectivamente son sus socios- y no del lado de los pobres. Se trata de una moral contraria a los valores democráticos y no de una moral que defienda de verdad la igualdad de todos y el derecho de todos a participar activamente en la vida política. Se trata de una moral que coloca a la mujer en un lugar de sumisión frente al varón y no de una moral que defienda la igualdad. ¿Alguien ha visto en la reunión de los obispos a alguna mujer? ¡Qué bajeza! ¡¿Cómo podría permitirse que el ser que trajo el pecado al mundo pudiera convertirse en embajadora de la divinidad?!
Es vergonzoso que esta dependencia del Estado español respecto a la llamada Iglesia Católica se haya mantenida y se siga manteniendo a lo largo de tantos siglos.
Inquisición, guerras de religión como las de las cruzadas, las del siglo XVI contra los protestantes o la “Cruzada nacional” que, sigue ostentando ese título, sin que hasta el momento el Vaticano haya rectificado en incalificable decisión de santificar el levantamiento militar del general Franco con toda la serie de muertes que provocó y con todo el periodo de opresión, de injusticias y de gobierno totalitario, afín al de Hitler y al de Musolini, que le siguió. ¡Y que ahora se atrevan a levantar su voz contra las decisiones de un gobierno democrático! Si un ministro de Francia o de Portugal o de cualquier otro Estado se atreviese a criticar las leyes y normas internas de nuestro país, se habría producido un escándalo monumental. ¡¿Cómo se acepta que estos señores, vestidos casi siempre con el color de los cuervos, se inmiscuyan en nuestros asuntos en lugar de ir a arreglar su casa en el Vaticano?! Parece que su presencia e interferencia de tantos siglos en la política española les confiera el derecho “consuetudinario” de seguir interfiriendo en ella por los siglos de los siglos, sin tener en cuenta que la persistencia de una situación injusta no la convierte en justa. Señores obispos: ¡Haced el favor de meteros en vuestros asuntos! Señores del gobierno: ¡Recordad que sois nuestros representantes y no permitáis que los obispos os insulten y desprecien, ni que sigan siendo los comecocos de la sociedad española!

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